Capítulo 2

Eduardo se encogió de hombros sin decir nada, pero Guillermo se acercó a él, fulminándolo con la mirada antes de soltarle una trompada en la cara.

-Eres un cobarde -repitió Guillermo con voz dura-No mereces tener a una mujer como Amanda.

La mujer embarazada pegó un grito el cual resonó en la sala. Se llevó una mano a la boca, sus ojos reflejaban terror. Eduardo retrocedió un paso, llevándose la mano a la nariz, de la que ahora brotaba sangre.

-Todo esto es por culpa de esta mujer patética-espetó Eduardo refiriéndose a mí, con desprecio, su voz impregnada de rabia-Ahora me va a escuchar.

Dio un paso hacia mí, pero antes de que pudiera tocarme, Guillermo lo detuvo en seco, colocando una mano firme sobre su pecho.

-No te atrevas a tocarla nunca más -advirtió Guillermo, su voz baja y contenida, pero con una fuerza inquebrantable.

Eduardo se quedó inmóvil. Parecía como si las palabras de su hermano hubieran sido una daga que lo atravesaba. Había algo en Guillermo que lo detenía, algo que no entendía, pero que no podía desafiar.

-Guillermo, es suficiente. Salgamos de aquí. Todo está claro... Además, ya firmé el divorcio -dije, con un nudo en la garganta. No quería más problemas, solo deseaba alejarme de ese lugar.

-Es verdad, lárguense de mi casa o llamaré a la policía -espetó Eduardo con frialdad.

Guillermo lo miró con decepción.

-Eduardo... estoy tan decepcionado de ti -dijo, y por primera vez, su voz sonó realmente herida-Nunca pensé que llegarías a esto.

Eduardo bufó con una sonrisa amarga.

-¿Decepcionado de mí? ¡Por favor! Amanda es una mujer con problemas. No puede tener hijos.

El comentario me golpeó como un puñetazo en el estómago. La humillación ardía en mi pecho, pero antes de que pudiera reaccionar, Guillermo ya estaba sobre Eduardo.

-El que ella pueda o no tener hijos no es asunto tuyo -espetó Guillermo con rabia contenida-Lo que importa es que la trates con respeto y dignidad.

-¿Respeto y dignidad? -Eduardo soltó una carcajada seca-No es nada para mí. Es una mujer inservible.

Guillermo cerró los puños con fuerza, respiró hondo y negó con la cabeza.

-Ya no importa. Es demasiado tarde para ti–dijo Guillermo, pero Eduardo frunció el ceño.

-¿Demasiado tarde? No entiendo qué quieres decir. Guillermo solo lo miró con seriedad.

-Tranquilo, hermano. El tiempo lo dirá. Y con eso, me tomó del antebrazo y me llevó hacia la salida. Por un momento pensé que Eduardo intentaría detenernos, o que diría algo... pero no. En su lugar, nos observó en silencio y, apenas cruzamos la puerta, la cerró con un golpe seco.

Fuera de la casa, me solté bruscamente del agarre de Guillermo.

-¿Qué pretendes? -le exigí, sintiendo aún la adrenalina correr por mi cuerpo.

Guillermo no se inmutó.

-Amanda, te llevaré a mi casa. Necesitas descansar.

Se giró y con un leve movimiento de la mano, uno de sus hombres tomó mi bolso y lo llevó al auto.

-No necesito tu ayuda -insistí, intentando recuperar un poco de mi dignidad.

-Pero sí la necesitas -respondió él con firmeza, mirándome con intensidad- No puedes quedarte aquí, sola, después de lo que pasó.

Su preocupación era palpable. Sus ojos me estudiaban con determinación y algo más... ¿Culpa? ¿Compasión?

-Amanda, por favor, déjame ayudarte. Te llevaré a un lugar seguro donde puedas descansar y recuperarte.

Quería rechazarlo, aferrarme a mi orgullo, pero... ¿qué otra opción tenía? Eduardo me había despojado de todo: mi hogar, mi matrimonio, mi dignidad. Estaba cansada, herida. No podía permitirme otro enfrentamiento.

Suspiré y asentí con desgano.

Caminamos hacia el auto en silencio, hasta que las palabras de Guillermo volvieron a resonar en mi cabeza: "El tiempo lo dirá."

Me giré hacia él.

-¿Por qué dijiste eso? "El tiempo lo dirá."hice las comillas con mis dedos

Él sonrió, pero su expresión tenía un aire de misterio.

-Porque creo que Eduardo se arrepentirá de lo que ha hecho -dijo-Y cuando lo haga, será demasiado tarde.

-¿Entonces vienes a mi casa? -preguntó con una carcajada coqueta.

Fruncí el ceño.

-Guillermo, te hice una pregunta -dije con seriedad.

Él se detuvo y me miró fijamente.

-Lo he dicho porque creo que mereces algo mejor que lo que Eduardo te ha dado -dijo. Su voz era serena, pero sus palabras me dejaron sin aliento.

-¿Qué quieres decir con eso?-Guillermo se acercó un poco más. Lo cual me intimida. Sentía su respiración de cerca. 

-Quiero decir que creo en ti, Amanda. Y quiero ayudarte a construir un futuro mejor. Sus palabras me desconcertaron. Había algo en su mirada, en su tono... algo que no esperaba.

-¿Qué quieres de mí, Guillermo? -pregunté, sintiendo curiosidad.

Él se detuvo, respiró profundo y, sin apartar la mirada de la mía, respondió por fin.

-Amanda, desde que te conocí supe que eras una mujer especial -dijo con voz firme-Y después de lo que pasó con Eduardo, me di cuenta de que eres la indicada.

Mi corazón empezo a latir desbocado.

-¿Qué estás diciendo...?

-Amanda... ¿quieres casarte conmigo? -preguntó, extendiendo su mano hacia la mía. El aire parecía desaparecer de mis pulmones.

-¿Estás bromeando? -mi voz tembló de incredulidad.

-No, Amanda -respondió con seriedad-. Estoy completamente seguro de esto. La rabia burbujeaba en mi pecho.

-¿Cómo puedes pedirme matrimonio después de todo lo que ha pasado?

-Porque quiero darte lo que realmente mereces -dijo con sinceridad.

-¡No! -grité, abofeteándolo con fuerza-¡No te creo! ¡Eres solo un hombre rico que se está aprovechando de mí!

Guillermo no reaccionó. Solo bajó la mirada y murmuró:

-Lo siento, Amanda.

Su tono había cambiado. Ya no era el hombre seguro de antes.

-No me queda mucho tiempo de vida... y quiero dejar todo lo que tengo en tus manos. No quiero que Eduardo se siga aprovechando de ti. Su confesión me dejó helada.

-No entiendo...

Guillermo respiró hondo antes de mirarme con tristeza.

-Amanda... estoy enfermo.

El mundo pareció desmoronarse a mi alrededor.

-¿Y ahora quieres echarme toda tu carga encima? -le espeté, con el corazón latiendome en la garganta. Guillermo exhaló con frustración y, sin decir más, me tomó del antebrazo con firmeza. Obligándome a subir al auto. 

-Ya basta, por favor. Vamos.

Intenté resistirme, pero estaba demasiado agotada. Cada fibra de mi cuerpo se sentía drenada, sin fuerzas para seguir peleando.

-¿Acaso me estás secuestrando? -pregunté en un hilo de voz.

Guillermo no respondió directamente. Solo abrió la puerta del auto y, con fuerza me hizo entrar.

-Llévanos a casa, Carvajal -ordenó con seguridad al conductor.

Me encogí en mi asiento, abrazándome a mí misma. A estas alturas, mi cuerpo no daba más. No tenía energía para discutir, ni siquiera para pensar. Sentí la mano cálida de Guillermo sobre mi hombro. Su toque era suave, casi tranquilizador, pero yo aún no podía entender si sus palabras eran verdad o una mentira más. ¿Por qué ahora? ¿Por qué de esta manera? Y entonces, un dolor punzante en mi vientre me hizo jadear.

-¿Amanda? -preguntó Guillermo, inclinándose hacia mí con preocupación.

No pude responder. Un escalofrío recorrió mi espalda y, de repente, algo frío y húmedo tocó mi entrepierna.

Levanté la mirada lentamente y, al ver a Guillermo, sentí un miedo profundo...

Capítulo 3

-¿Amanda?-dijo Guillermo, tratando de hacerme reaccionar. Pero era demasiado tarde. Mi cuerpo ya no podía más. Solo me tumbé en el colchón del auto y cerré mis ojos lentamente, pero sentía como la mano de Guillermo trataba de reanimarme. El líquido aún seguía bajando de mi parte íntima. No sabía exactamente qué era, solo sentí un gran dolor en mi vientre. Y lo último que escuché fue la voz de Guillermo, mientras susurraba mi nombre.

Desperté toda confusa, aún sin poder mover mi cuerpo. Pero una extraña sensación de peligro me hizo despertar del todo. En cuanto me levanté de la cómoda cama, vi a Guillermo sentado enfrente de mí, con sus ojos puestos sobre mi cuerpo. Rápidamente, me tapó con las frías sábanas.

-¿Por qué me estás mirando de esa manera?-le acusé.

- Amanda... -su voz estaba grave, y eso transmitía un poco de misterio. Ahora que me daba cuenta, su ropa formal ya no estaba. Solo llevaba un pijama, una franelilla que le hacía marcar todos los músculos, y un pantalón bastante largo, esponjoso y azul tiburón.

-¿No me digas que vas a dormir conmigo?-le pregunté, intentando levantarme de la cama. Pero di un paso atrás en cuanto noté que tenía un ultravenoso conectado en mi brazo.

- Amanda, por favor, relájate. No es lo que parece. Acaba de mirarte un médico y tengo algo muy importante que decirte -dijo intentando tranquilizarme. Pero yo estaba hecha una fiera, atacando por cualquier lado.

Guillermo se acercó a mí, con una expresión seria en su rostro.

- Amanda, necesito que me escuches -me dijo, tomándome la mano.

- ¿Qué es? -le pregunté, sintiendo un nudo en la garganta.

- El médico acaba de decirme que... estás embarazada -me dijo, con una voz suave.

Me sentí como si me hubieran golpeado en el corazón. No podía creer lo que estaba escuchando.

-¿Qué?-le pregunté, sintiendo que las lágrimas comenzaban a brotar de mis ojos.

-Lo siento, Amanda. Sé que esto no es lo que esperabas-me dijo

Yo no podía hablar. Solo podía llorar. La noticia me había pillado por sorpresa, y no sabía cómo reaccionar.

- ¿Por qué lloras? -me preguntó Guillermo, acariciándome el cabello.

- No lo sé -le dije, entre sollozos-. Solo que esto es demasiado para mí. No estoy entendiendo nada, ¿Acaso puedo tener hijos?.

Guillermo me abrazó con fuerza, y me dejé llevar por sus brazos. No sabía qué iba a pasar, pero sabía que no estaba sola.

Guillermo se separó de mí y me miró con una sonrisa.

- ¡Voy a ser tío! -exclamó, con una alegría contagiosa.

Me reí entre lágrimas, viendo la emoción en su rostro.

- ¡Estoy tan feliz! -me dijo, abrazándome de nuevo. Lo que él no sabe es que tenerlo tan cerca de mi, me hace sentir un poco tímida.

-Tengo que llamar a Eduardo-le dije, pensando en mi ex esposo. Aunque tan solo pronunciar su nombre me causará dolor.

Pero Guillermo se puso serio de inmediato.

- No, Amanda. No le digas nada -me dijo, con una voz firme.

- ¿Por qué no? -le pregunté, confundida.

- Porque ya no estás con él. Ya se han separado y ahora debe sufrir las consecuencias de sus acciones .

Me sentí un poco incómoda, pero él tenía toda la razón, ahora Eduardo y yo, no somos nada.

-Amanda, puedes estar tranquila. Y si necesitas algo, puedes ir a mi habitación y decírmelo-su voz sube ahora, me hizo relajar un poco, era como un pétalo de rosa que calma cualquier situación difícil.

Guillermo se acercó un poco más a mí, y me tomó la barbilla con su mano. Me miró fijamente a los labios, y pude ver la intención en sus ojos.

Pero yo no estaba dispuesta a dejar que las cosas fueran más allá. Me separé rápidamente de él, y me alejé un poco.

- Guillermo, no -le dije, con la voz temblorosa-No es apropiado.

Guillermo se quedó quieto por un momento, y luego se encogió de hombros.

- Lo siento, Amanda -me dijo-. No quería hacer que te sintieras incómoda. Solo quiero ayudarte y protegerte, no tengo ninguna mala intención.

Me sentí un poco más tranquila al escuchar sus palabras, pero todavía estaba un poco incómoda por lo que había pasado.

Me dejé caer sobre la cama, aún sin poder creer que estaba embarazada. No entendía qué había pasado y por qué los médicos me habían dicho que era estéril. ¿Acaso era un juego cruel de Eduardo?

- Amanda, tienes que descansar por hoy. Mañana será otro día. Si necesitas algo, por favor, llámame. O si quieres, llama a los empleados, ellos te ayudarán -me dijo Guillermo.

Justo en ese momento, la puerta sonó en reiteradas ocasiones, haciendo que mis oídos chillaran por un instante.

-¡Guillermo, sal de ahí, desgraciado! -escuché una voz femenina, pero estaba un poco ebria.

Noté como Guillermo echó sus ojos hacia arriba en son de fastidio, luego pasó su mano por su cara mientras se frotaba. Evidentemente, se veía un desespero en su rostro. No era necesario preguntarle, su gesto hablaba por sí mismo.

- ¿Quién es esa mujer? -pregunté con intriga.

- Esa es mi ex -me respondió Guillermo-. Cada vez que se pone ebria, viene a mi casa a molestarme.

No sé cómo, pero la puerta se abrió de golpe, dejando entrar a una mujer de estatura media, con un tacón en un pie y el otro descalzo. Su cabello estaba todo despeinado y su vestido un poco sucio. Además, traía una botella de ron en su mano, y su maquillaje estaba todo regado. Parecía un desastre, y el olor a borracho maloliente era insoportable.

- Eres un desgraciado -dijo ella-Acabas de traer a una loca embarazada. Dime, ¿acaso esa es tu mujer? Porque, que yo sepa, la única mujer en tu vida soy yo, Sandra Miller, tu única mujer en tu vida. Porque no vas a tener a ninguna, y si la tienes, me encargaré de matarla con mis propias manos.

En ese momento, la mujer tiró su botella hacia mí, dándome justo en el hombro. Pegué un grito desgarrador. El golpe fue duro, ya que la botella estaba llena.

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