—No estoy aquí para jugar a esos juegos, Eliza. Ya he hablado con mi esposa sobre ti, y quiero que dejes de hacer esto. Esto no es profesional, ni para ti ni para mí. —Ricardo intentó que su voz sonara firme, pero algo en el aire entre ellos, la proximidad, hacía que su confianza comenzara a tambalear.
Eliza se levantó lentamente, acercándose a él con pasos decididos. Cada movimiento estaba calculado, como si estuviera creando una atmósfera cargada de tensión.
—¿De verdad lo crees, Ricardo? —dijo, su tono ahora mucho más bajo y sugerente. —¿Qué tan perfecta es tu esposa? Porque yo no veo nada que sea tan perfecta. Tú y yo sabemos lo que hay entre nosotros. ¿Por qué seguir luchando contra ello?
Ricardo sintió que la presión aumentaba. Eliza estaba siendo descaradamente provocativa, y aunque su mente le ordenaba mantenerse firme, algo en su interior comenzaba a dudar. No de su amor por Dulce, sino de su capacidad para manejar la situación. Eliza estaba jugando con él, y aunque él lo sabía, no podía evitar sentirse atrapado en su propia red de palabras y miradas.
—Te he dicho que esto se acabó. —Ricardo dio un paso atrás, alejándose de ella. —No quiero que esto vuelva a ocurrir, Eliza. Si sigues con este comportamiento, te voy a reportar.
Eliza lo miró con una mezcla de desdén y desafío. Sus labios se curvaron en una sonrisa, pero esta vez no era cálida. Era una sonrisa de quien sabe que tiene el control de la situación, aunque Ricardo no lo supiera aún.
—¿Crees que con una amenaza vas a detenerme? —Eliza lo miró con intensidad, como si estuviera esperando una respuesta que sabía que no llegaría. —Tú y yo sabemos que esto no ha terminado, Ricardo. Yo siempre consigo lo que quiero.
Ricardo, sintiendo un torbellino de emociones, salió rápidamente de la oficina sin decir una palabra más. Necesitaba aire, necesitaba claridad, porque en ese momento algo le decía que Eliza no iba a detenerse. Había desatado algo dentro de él que no podía ignorar, aunque su amor por Dulce seguía siendo su mayor prioridad.
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Al mismo tiempo, Dulce se encontraba en casa, esperando a que Ricardo regresara. La tensión entre ellos seguía siendo palpable, pero Dulce sabía que su esposo estaba tratando de hacer lo correcto. Sin embargo, una parte de ella no podía evitar sentirse insegura. La situación con Eliza no solo la estaba afectando a ella, sino a su matrimonio entero. No era solo el hecho de que su esposo estuviera siendo seducido; era la falta de comunicación, la falta de transparencia.
Dulce decidió hacer algo que nunca había hecho antes: ir a la oficina de Ricardo, sin previo aviso, para ver cómo estaban las cosas. Quería saber si él estaba dispuesto a hacer lo que fuera necesario para que su matrimonio siguiera intacto. Sin embargo, al llegar al edificio, no sabía que sus pasos la llevarían a una confrontación que cambiaría todo entre ellos.
Al ingresar al edificio, Dulce vio a Eliza salir del despacho de Ricardo, con una sonrisa que, para ella, estaba llena de significado. Eliza no la vio al principio, pero cuando sus ojos se encontraron, la sonrisa de la secretaria desapareció, y algo en su mirada se oscureció. Dulce no necesitaba palabras para entender lo que había sucedido. Algo en su pecho se quebró al instante.
Eliza había ganado la primera batalla. ¿Sería Dulce capaz de recuperar lo que había perdido? ¿O dejaría que Eliza destruyera todo lo que había construido junto a Ricardo?
Dulce se quedó paralizada en el umbral de la puerta, observando a Eliza salir del despacho de Ricardo con una expresión que no dejaba lugar a dudas. Algo había sucedido, algo que no era solo profesional. La sonrisa de la secretaria, cargada de una confianza que le resultó insoportable, fue suficiente para que Dulce comprendiera que su peor miedo se había hecho realidad. Eliza no solo había estado coqueteando con Ricardo; había cruzado una línea.
Eliza, al notar su presencia, detuvo sus pasos y la miró con una mezcla de desafío y suficiencia, como si la situación le perteneciera. Dulce, sin embargo, no quería enfrentarse a ella. Lo que necesitaba era hablar con Ricardo, y lo necesitaba ahora.
Sin decir palabra alguna, Dulce siguió su camino hasta la oficina de su esposo. El pasillo parecía más largo que nunca, y su corazón latía con fuerza mientras sus pensamientos se aceleraban. ¿Qué haría Ricardo al verla? ¿Por qué no le había dicho la verdad antes? El dolor y la confusión nublaban su juicio, pero sabía que tenía que enfrentar la realidad.
Cuando llegó frente a la puerta de la oficina de Ricardo, dudó por un momento. La puerta estaba entreabierta, y dentro, la luz de su escritorio iluminaba su figura en la sombra. Lo vio en su silla, con la cabeza inclinada sobre papeles que probablemente ya no le importaban. Al principio, no quiso interrumpir, pero un impulso la hizo avanzar y golpear suavemente.
—Ricardo… —dijo con voz baja, casi temerosa.
Él levantó la cabeza rápidamente, sorprendido, y por un instante, los dos se quedaron en silencio, como si ninguno de los dos supiera qué decir primero. Ricardo se levantó de su asiento, con un gesto de incomodidad.
—Dulce, no… no es lo que parece —empezó, pero ella lo interrumpió antes de que pudiera seguir.
—No me mientas, Ricardo. ¿Qué estaba haciendo Eliza en tu oficina? —su voz se quebró, aunque ella trató de mantener la calma. No quería que su debilidad se notara, no quería que él viera lo frágil que se sentía por dentro. —La vi salir, y no puedo ignorar lo que está pasando.
Ricardo, al ver la desesperación en los ojos de su esposa, sintió que su mundo se desplomaba. Se acercó a ella, tratando de buscar una explicación, pero Dulce retrocedió un paso, alejándose de él.
—Lo siento, Dulce. No sé cómo ocurrió, pero te juro que no ha pasado nada… —dijo con la voz temblorosa, sin saber cómo hacerle entender lo que realmente había sucedido. Pero Dulce no quería promesas vacías ni excusas. Ella quería hechos. Quería que él demostrara que la amaba, que estaba dispuesto a protegerla a toda costa.
—¿Y qué hay de tu promesa de ayer, Ricardo? ¿Acaso tu palabra no significa nada? —dijo, su voz cargada de frustración. —¿De qué sirve hablar si no haces nada al respecto?
Ricardo, al ver el dolor en sus ojos, comprendió lo grave que había sido su error. Pero también sabía que había algo más que estaba comenzando a afectarlo: Eliza. Aunque no la quería, algo en su presencia lo había desconcertado. Nunca se había sentido tan vulnerable con una mujer, y por más que quisiera deshacerse de esos pensamientos, no podía. Sin embargo, el amor que sentía por Dulce era lo más importante para él.
—No sé qué pasó entre nosotros, pero te juro que lo voy a solucionar —dijo con determinación, acercándose a ella, pero Dulce se alejó otra vez, esta vez más firme.
—No sé si quiero que lo soluciones, Ricardo —respondió con tristeza, su voz temblorosa. —Yo no quiero ser la segunda opción. Y si lo que te atrae de Eliza es más fuerte que lo que compartimos, entonces… entonces esto no tiene sentido.
Ricardo sintió como si el suelo se desmoronara bajo sus pies. Estaba claro que Dulce estaba decidida a poner un límite, y su corazón se llenó de desesperación al comprender que su matrimonio estaba al borde del colapso. Tenía que hacer algo. No solo por él, sino por ella.
—Dulce, por favor… dame una oportunidad para arreglar esto. Te amo. Eres mi vida. —Su voz, cargada de emoción, mostraba la urgencia con la que sentía la situación.
Dulce lo miró fijamente, como buscando una respuesta en sus ojos. Por un momento, sus miradas se entrelazaron, y algo dentro de ella se quebró aún más. ¿Realmente lo amaba? ¿Era capaz de perdonarlo? Su corazón le decía que sí, pero su mente estaba llena de dudas. ¿Era esto lo que merecía?
—No sé si puedo seguir confiando en ti, Ricardo. Lo que más me duele no es lo que hizo Eliza, sino lo que tú permitiste que pasara. —Dulce intentó hablar, pero las lágrimas comenzaron a asomarse. —Te prometí que sería tu compañera, que lucharíamos por todo. Y ahora no sé si estoy luchando por un matrimonio que vale la pena.
Ricardo la miró, su corazón destrozado por las palabras de su esposa. Sabía que no podía esperar más. No podía seguir siendo el hombre que dudaba. La veía a ella, su amor, su apoyo, y el pensamiento de perderla lo aterraba.
—Te prometo que lo voy a arreglar, Dulce. Yo soy el que tiene que cambiar, y haré lo que sea necesario para que confíes en mí de nuevo. Haré lo que sea para que volvamos a ser los de antes, porque no quiero perderte. No quiero perder lo que tenemos.
Dulce lo miró durante unos segundos que parecieron eternos. Su mente estaba en guerra. El dolor, la desconfianza, la traición… pero también el amor. Había un lugar en su corazón que no quería soltarlo, que deseaba creer en su arrepentimiento. Sin embargo, sabía que no podía seguir viviendo con esa incertidumbre.
—Lo que tenemos está en juego, Ricardo. Yo no quiero seguir con esta sombra entre nosotros. Si me amas, tienes que demostrarlo. No quiero palabras. Quiero hechos.
Ricardo asintió, sus ojos reflejando una determinación feroz.
—Lo haré, te lo prometo. Y si me das una oportunidad, haré todo lo posible para que nunca más dudes de mi amor por ti.
Dulce lo miró una última vez, y aunque la duda seguía en su mente, algo dentro de ella comenzó a calmarse. Quizás, solo quizás, aún había una oportunidad para reconstruir lo que había sido su matrimonio. Pero esa reconstrucción no dependería solo de Ricardo, sino de ella también. Ambos tendrían que luchar.
—Entonces, empieza por hacer lo correcto —respondió Dulce, con una mezcla de tristeza y esperanza.
Ricardo la observó, y en sus ojos se reflejaba el compromiso de que no volvería a fallarle.
Dulce salió de la oficina de Ricardo con el corazón agitado y la mente llena de dudas. La conversación con su esposo había sido intensa, pero también reveladora. ¿Qué hacer ahora? Pensó mientras caminaba hacia el ascensor, que parecía más lento que nunca. Su mente no paraba de dar vueltas, sopesando lo que había escuchado y vivido en las últimas horas. Aquel amor que había creído inquebrantable, ¿podría resistir la prueba de la traición?
Ricardo le había prometido que cambiaría, que lo arreglaría, y Dulce quería creerle. Pero había algo en su interior que no podía ignorar: Eliza no se detendría, y si Ricardo no actuaba con determinación, podría perderlo para siempre.
Mientras tanto, en la oficina de Eliza, la situación no era tan sencilla. La joven secretaria, que hasta ese momento había jugado a su favor, comenzaba a sentir la presión de haber cruzado la línea. No esperaba que Ricardo fuera tan claro en su rechazo, y mucho menos tan comprometido con su esposa. Eliza había tenido la certeza de que Ricardo cedería ante sus avances, que él sería como todos los demás hombres que había manipulado en su carrera profesional. Pero algo en su actitud le indicaba que no iba a ser tan fácil.
Eliza había calculado bien cada movimiento, pero ahora se encontraba ante un obstáculo que no había anticipado: el amor de Ricardo por Dulce. ¿Qué hacer cuando el amor verdadero está en juego? La respuesta era simple: Elimina el obstáculo.
Esa tarde, mientras Ricardo atendía una llamada importante en su oficina, Eliza se acercó a la suya, tomando un pequeño sobre con una carta escrita a mano. La carta no era solo un intento de disuadir a Ricardo, sino una jugada estratégica para manipular la situación aún más a su favor.
Con paso firme, Eliza entró en la oficina de su jefe sin previo aviso, dejando la carta en su escritorio antes de que él terminara su llamada.
—Eliza, ¿qué es esto? —preguntó Ricardo al ver la carta, sorprendida por su entrada abrupta.
—Es algo que debes leer —respondió ella con una sonrisa, dejando claro que la conversación estaba lejos de terminar. —No quiero que pienses que todo esto se trata solo de trabajo, Ricardo. Hay cosas que aún no entiendes.
Eliza dio media vuelta y salió rápidamente de la oficina, dejando a Ricardo con la carta en sus manos. Él la miró por un momento, dudando si abrirla o no, pero algo en su interior le decía que lo que fuera que estuviera escrito en esa carta podría cambiarlo todo.
Con las manos temblorosas, Ricardo abrió el sobre y comenzó a leer.
"Ricardo,
Sé que no has sido claro conmigo. Estoy dispuesta a dar un paso más, a hablar de lo que realmente está entre nosotros. Si no tomas una decisión pronto, será demasiado tarde. Tú y yo sabemos lo que queremos.
Eliza."
Ricardo sintió como el peso de las palabras de la carta caía sobre él. Sabía que Eliza había jugado con fuego, pero ahora su mensaje era claro. No era solo una secretaria tratando de acercarse a su jefe, sino una mujer dispuesta a todo por conseguir lo que quería. Eliza estaba tomando el control, y Ricardo no podía permitírselo.
Se levantó rápidamente de su silla, decidido a hacer lo que debía hacer, pero antes de salir de la oficina, pensó en Dulce. En el compromiso que había hecho con ella. No podía permitir que Eliza destruyera su matrimonio.
Al día siguiente, Ricardo decidió enfrentarse a la situación de una vez por todas. Tenía que poner las cartas sobre la mesa, y no solo con Eliza, sino con Dulce. No podía seguir viviendo en la incertidumbre, y mucho menos perder lo que más amaba en este mundo.
Dulce estaba en casa esa mañana cuando Ricardo llegó, con el rostro serio, como si llevara una carga pesada. Sin decir una palabra, se sentó frente a ella, observando a la mujer que amaba, la mujer por la que estaba dispuesto a luchar.
—Dulce, he tomado una decisión. —Su voz sonó firme, aunque en el fondo, Ricardo sentía el peso de las palabras que estaba a punto de decir.
Dulce lo miró con una mezcla de temor y esperanza. Sabía que el momento había llegado.
—¿De qué se trata, Ricardo? —preguntó ella, intentando controlar la ansiedad que le revolvía el estómago.
Ricardo inspiró profundamente y luego, sin rodeos, le contó todo. Le habló de la carta de Eliza, de sus avances y su intento de manipular la situación. Le dijo que la situación con ella había sido más complicada de lo que había imaginado, pero que ahora, finalmente, entendía lo que debía hacer.
—Dulce, te prometo que lo que más quiero en este mundo es estar contigo. No voy a permitir que Eliza siga interfiriendo en nuestra vida. —Tomó la mano de su esposa, buscando en su mirada una señal de que aún había esperanza.
Dulce lo miró en silencio, procesando cada palabra. El dolor seguía allí, pero algo dentro de ella comenzaba a calmarse. Si Ricardo estaba dispuesto a tomar esa decisión, tal vez había una oportunidad para ellos, pero solo si él realmente lo hacía por amor, no solo por evitar perder lo que tenía.
—¿Qué vas a hacer con ella? —preguntó Dulce, su voz baja, pero clara.
—Voy a hablar con ella. Y esta vez, voy a poner fin a todo esto de una vez por todas. No voy a permitir que juegue con nosotros. Te lo prometo. —Ricardo apretó su mano con más firmeza, mientras sentía la determinación crecer dentro de él.
Dulce, aunque aún herida, asintió lentamente. Había algo en su interior que le decía que Ricardo estaba siendo sincero, y aunque no sabía si podría olvidar por completo lo que había sucedido, al menos podía darle la oportunidad de demostrar que su amor por ella era real.
El destino de su relación estaba en juego, y ambos sabían que el futuro dependería de las decisiones que tomaran en los próximos días. Eliza había mostrado sus cartas, pero ahora era el turno de Ricardo.
El silencio que invadió la casa de Dulce y Ricardo esa mañana era más pesado que nunca. Ricardo había sido claro con su decisión: enfrentaría a Eliza, pondría un punto final a la situación y demostraría a Dulce que su amor por ella era lo más importante. Pero, en el fondo, sabía que su relación no volvería a ser la misma de inmediato. El daño ya estaba hecho, y las cicatrices eran profundas.
Después de la conversación con Dulce, Ricardo se dirigió directamente a la oficina. Sabía que Eliza lo estaba esperando, pero también sabía que cualquier enfrentamiento con ella sería complicado. La secretaria había sido persuasiva, manipuladora, y había jugado con sus emociones de manera peligrosa. Pero esta vez, no dejaría que ella ganara.
Cuando llegó a la oficina, encontró a Eliza en su escritorio, como siempre, con una sonrisa de suficiencia en el rostro. No pareció sorprendida al verlo entrar, pero algo en sus ojos reflejaba una tensión palpable, como si estuviera consciente de que este encuentro sería diferente.
Ricardo cerró la puerta con fuerza detrás de él, sin dar lugar a preámbulos. Se acercó al escritorio de Eliza, mirándola con determinación.
—Eliza, esto tiene que parar. —Su voz sonó más fuerte de lo que había imaginado. No había lugar para rodeos ni excusas. —No voy a seguir permitiendo que manipules la situación, ni que sigas interfiriendo en mi vida. Ya basta.
Eliza levantó una ceja, divertida, pero en sus ojos brillaba una chispa de incredulidad, como si no pudiera creer que Ricardo estuviera tomando una postura tan firme.
—¿Y qué vas a hacer, Ricardo? —dijo, deslizándose de su silla con una sonrisa burlona. —¿Me vas a despedir? ¿Vas a dejar todo lo que hemos compartido atrás?
Ricardo sintió que la rabia comenzaba a subir por su pecho, pero se obligó a mantener la calma.
—No es sobre lo que hemos compartido, Eliza. Es sobre lo que estoy dispuesto a perder. Y no estoy dispuesto a perder mi matrimonio por un juego que tú estás jugando.
Eliza lo observó por un largo momento, como evaluando su sinceridad. Sabía que había perdido terreno, que la carta que había dejado en su escritorio no había tenido el efecto deseado. La mirada de Ricardo era clara: él había elegido a Dulce, y no dejaría que nada ni nadie lo apartara de esa decisión.
—Ricardo… —dijo Eliza suavemente, acercándose a él con pasos lentos, como si no estuviera dispuesta a rendirse sin más. —Tú y yo sabemos lo que hay entre nosotros. No puedes simplemente ignorarlo. Nosotros tenemos una conexión. No tienes que estar atado a una mujer que no te comprende.
Ricardo se mantuvo firme, sin dejarse llevar por sus palabras. Había pasado demasiado tiempo considerando sus opciones, pero ya no había vuelta atrás.
—No quiero una conexión contigo, Eliza. Mi vida, mi futuro está con Dulce. Y si me sigues presionando, haré lo que sea necesario para que esto se termine. Tú también tienes que entender que no soy tu juguete.
Eliza lo miró fijamente, y por un momento, sus ojos parecieron suavizarse, como si reconociera que había perdido la batalla. Sin embargo, la joven secretaria no era alguien que se rindiera fácilmente. En su interior, una mezcla de furia y frustración hervía. Había hecho todo lo posible para ganar a Ricardo, pero se había dado cuenta de que había subestimado la fuerza de su amor por Dulce.
—Creo que entendí todo lo que necesitaba saber, Ricardo. —Eliza dio un paso atrás, cruzándose de brazos, como si la situación estuviera bajo su control nuevamente. —Es una pena. Pensé que podía tener todo lo que quería, pero parece que no.
Ricardo se acercó un poco más, sin bajar la mirada.
—No puedes tener lo que no es tuyo, Eliza. Y tú no me perteneces.
Eliza sonrió una vez más, esta vez con una mirada fría y calculadora, y sin decir más, salió de la oficina sin mirar atrás, dejándole claro que aunque había perdido esta batalla, no se consideraba derrotada por completo.
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Mientras todo esto ocurría en la oficina de Ricardo, Dulce permanecía en casa, contemplando la situación con una mezcla de incertidumbre y esperanza. Había decidido darle a Ricardo una oportunidad, pero aún sentía el peso del dolor en su corazón. Sabía que el amor por su esposo estaba ahí, pero también sabía que reconstruir la confianza no sería fácil.
Mientras preparaba la cena, sus pensamientos no dejaban de ir y venir. ¿Y si Ricardo no cumplía su promesa? ¿Y si Eliza volvía a aparecer?
Fue en ese momento cuando su teléfono vibró sobre la mesa, interrumpiendo sus pensamientos. Era un mensaje de Ricardo.
"Dulce, ya hablé con ella. No voy a dejar que nada se interponga entre nosotros. Te amo, y haré todo lo que sea necesario para demostrarlo."
Dulce miró el mensaje en silencio, sintiendo un torbellino de emociones. ¿Podía realmente confiar en él?
En ese mismo instante, la puerta se abrió. Ricardo había llegado.
Al verlo entrar, Dulce sintió un nudo en el estómago, pero al mismo tiempo, algo dentro de ella le decía que era hora de enfrentarse a sus miedos, de creer en lo que sentía. Él se acercó a ella, sus ojos reflejando una mezcla de preocupación y amor.
—Dulce, sé que esto no va a ser fácil. Pero estoy aquí, contigo. No te voy a fallar. —Ricardo tomó su mano con firmeza, como si de esa manera pudiera transmitirle su sinceridad.
Dulce lo miró por un largo momento, buscando una señal en sus ojos. Finalmente, suspiró profundamente y asintió.
—Te quiero, Ricardo. Y quiero creer en ti. Pero no quiero más mentiras, no quiero más dudas. Necesito saber que esta vez lo que dices es real.
Ricardo la abrazó con fuerza, como si temiera que ella pudiera irse en cualquier momento.
—Lo que te prometí lo cumpliré, Dulce. No voy a dejar que nadie, ni Eliza ni nada, destruya lo que tenemos.
Dulce se aferró a él, sintiendo que, por primera vez en días, algo de paz volvía a su corazón. Sabía que el camino por delante sería difícil, pero si Ricardo estaba dispuesto a luchar, ella también lo haría. Juntos podrían reconstruir lo que se había roto, un paso a la vez.
El futuro aún era incierto, pero en ese momento, ambos entendieron que el amor que se tenían podía ser la fuerza para superar cualquier obstáculo.
El tiempo pasó rápidamente, pero el aire en la casa de Dulce y Ricardo seguía cargado de una tensión palpable. A pesar de la promesa que Ricardo había hecho, el camino hacia la reconstrucción de su relación no era fácil. Aunque intentaba demostrarle a Dulce que sus palabras eran sinceras, las sombras del pasado reciente seguían acechando.
Cada vez que Dulce miraba a su esposo, su mente inevitablemente volvía a los momentos de duda y dolor que había vivido. No podía evitar recordar las veces que él le había fallado, y aunque intentaba perdonarlo, la desconfianza persistía como una niebla que no terminaba de disiparse.
Ricardo, por su parte, estaba haciendo todo lo posible para demostrar su arrepentimiento. Había cortado todo contacto con Eliza, le había dejado claro que no quería tener nada que ver con ella, pero aún sentía el peso de lo que había permitido que sucediera. No era solo su matrimonio lo que estaba en juego; su propia integridad como hombre estaba siendo puesta a prueba. Y aunque veía que Dulce lo estaba intentando, sentía que ella aún no lo perdonaba por completo.
Eliza, sin embargo, no era el tipo de mujer que se rendía tan fácilmente. Aunque había perdido la batalla con Ricardo, no había abandonado la guerra. Había quedado profundamente resentida por el rechazo, y aunque no había hecho ningún movimiento directo hacia él en los días posteriores, no podía evitar pensar en cómo podría vengarse de la situación que había perdido. Sabía que, si bien había dejado claro a Ricardo que él había elegido a Dulce, la jugada no estaba completa.
Eliza sabía que, si quería destruir a Ricardo y su relación con Dulce, necesitaba algo más que seducción y juegos mentales. Necesitaba algo que pudiera dividirlos, algo que les mostrara a ambos lo que estaba en juego de una manera mucho más directa.
Un día, después de la jornada laboral, Eliza se presentó en la puerta de la oficina de Ricardo, con una sonrisa que, esta vez, no tenía nada de amigable. Cuando él la vio, una alarma interna se activó. No podía seguir ignorando que Eliza aún tenía el poder de causar problemas.
—Ricardo… ¿puedo hablar contigo? —dijo Eliza con una voz que sonaba demasiado tranquila para lo que él imaginaba.
Ricardo, sabiendo que no podía evitar una confrontación directa, asintió.
—¿Qué es lo que quieres, Eliza? Ya te he dejado claro que no hay nada entre nosotros.
Eliza dio un paso hacia él, acercándose lentamente, pero sin tocarlo. La atmósfera se volvió densa y cargada de tensión.
—Lo que quiero, Ricardo, es lo que siempre he querido. —Su mirada era penetrante, casi desafiante. —Creo que ahora sabes cómo es jugar con fuego. Y como todo fuego, cuando se descontrola, puede arrasar con todo. Yo te di lo que querías, y tú simplemente me tiraste. Pero ahora es mi turno de que tú sientas lo que es perderlo todo.
Ricardo frunció el ceño, comenzando a darse cuenta de que Eliza no se iba a quedar quieta. Algo en su actitud lo hizo sentir que esta conversación no terminaría bien.
—Lo que sea que estés planeando, no va a funcionar. Ya tomé una decisión, y es mi esposa la que quiero a mi lado.