Portada de la novela De las cenizas a su abrazo

De las cenizas a su abrazo

8.6 / 10.0
Al borde de la muerte y con un arma apuntándole, el protagonista suplica ayuda a Isa, su amada. Ella lo desprecia con crueldad, negando conocerlo y priorizando su boda con Jordán, el criminal que orquestó el asesinato. Abandonado por su origen humilde, el destino cambia cuando un comando armado lo rescata. Una enigmática mujer de gran poder le propone un pacto: un matrimonio de conveniencia que le otorgará protección total y la oportunidad de vengarse.

De las cenizas a su abrazo Capítulo 1

El frío cañón de una pistola se apretó contra mi nuca. Tenía una última llamada para salvar mi vida, y la elegí a ella: mi Isa.

Pero la mujer que respondió era una extraña. Cuando le dije que iban a matarme, que su primo Jordán me había tendido una trampa, se mostró impaciente.

—No tengo tiempo para esto —dijo, su voz como el hielo—. Jordán y yo estamos terminando las invitaciones para nuestra fiesta de compromiso.

Comprometida. Con el mismo hombre que me quería muerto. Le supliqué, le recordé nuestra vida juntos, la pérdida de memoria por el tratamiento al que su familia la obligó.

—No tengo amnesia —espetó—. Recuerdo todo lo que importa. Eres un mecánico de Irapuato. Yo soy una heredera. Vivimos en mundos diferentes.

Me dijo que amaba a Jordán, que él era su igual y que yo no era nada. El clic del teléfono al colgar fue más fuerte que el martillo de la pistola amartillándose detrás de mí. Ya no tenía miedo de morir. La mujer que amaba ya me había matado.

Justo cuando cerré los ojos, las puertas de la bodega se abrieron de golpe. Una docena de figuras con trajes negros desarmaron a mis captores en segundos. Una mujer alta, con un impecable traje sastre, emergió de la luz.

Me ofreció una propuesta de negocios: un contrato matrimonial. A cambio de mi firma, me proporcionaría protección, recursos y un escape total.

Era mi única salida.

Capítulo 1

El frío cañón de una pistola se apretó contra la nuca de Elías Herrera.

Dos hombres corpulentos le sujetaban los brazos, con una fuerza que le dejaría moretones. Podía oler la cerveza rancia y los cigarros baratos en ellos. Fuera de la mugrienta bodega, la lluvia golpeaba con furia el techo de lámina.

Tenía una llamada. Una última oportunidad. Su pulgar se detuvo sobre el nombre del contacto: Isa.

Presionó el botón de llamar.

El teléfono sonó dos veces antes de que ella contestara. Su voz era fría, distante, nada que ver con la calidez que él recordaba.

—¿Qué quieres, Elías?

—Isa, estoy en problemas —dijo él, con la voz tensa—. Van a matarme. Tienes que creerme. Jordán planeó todo esto.

Hubo un silencio al otro lado de la línea, solo roto por el débil sonido de música clásica.

—Elías, ¿estás borracho otra vez? Estoy harta de estos juegos.

—No es un juego —suplicó él, con el corazón hundiéndosele en el pecho—. Por favor, solo escucha…

—No tengo tiempo para esto —lo interrumpió Isadora Navarro. Su tono era agudo, impaciente—. Estoy ocupada. Jordán y yo acabamos de terminar las invitaciones para nuestra fiesta de compromiso.

Las palabras lo golpearon más fuerte que cualquier puñetazo. Comprometida. Con su primo, Jordán. El hombre que había destruido sistemáticamente su vida.

—Isa, no. No puedes. Tú me amas. Me dijiste que me amabas.

—¿Amarte? —una risa seca y sin humor resonó a través del teléfono—. Elías, mírate. Eres un mecánico de un pueblo olvidado en Guanajuato. Yo soy una heredera. Vivimos en mundos diferentes. Deja de hacerte estas ilusiones patéticas.

—¡No es una ilusión! Tu memoria… el tratamiento… no nos recuerdas. Teníamos una vida juntos. Prometiste que enfrentaríamos a tu familia juntos.

La recordó acurrucada en su pequeño departamento, aterrorizada por el juicio de su familia, sus manos temblando mientras sostenían las de él. "Eres mi ancla, Elías", le había susurrado. "Contigo, puedo hacer cualquier cosa".

—No tengo amnesia —espetó ella, su voz goteando desprecio—. Recuerdo todo lo que importa. Y tú no eres parte de eso.

—Estás mintiendo —susurró él, una lágrima finalmente escapando, trazando un camino a través de la grasa en su mejilla.

—Yo no soy una mentirosa —dijo ella, su voz volviéndose venenosa—. Tú eres el que me ha estado acosando, hostigando, usando estas historias patéticas para tratar de acercarte a mí. Jordán me advirtió que eras inestable.

Podía oír la convicción en su voz. Jordán le había envenenado la mente por completo.

—Amo a Jordán —declaró ella, y cada palabra fue un clavo en su ataúd—. Él es mi igual, mi compañero. Él me entiende. Tú no eres nada.

Una voz apagada habló en el fondo de su lado de la línea. Una secretaria, tal vez.

—Señorita Navarro, los del catering están en la línea uno.

—Diles que esperen —ordenó Isadora. Luego, su voz regresó al teléfono, aún más fría que antes—. Tengo que irme. Estoy eligiendo los arreglos florales para mi fiesta de compromiso. No vuelvas a llamarme. Si lo haces, conseguiré una orden de restricción.

La línea quedó muerta.

El clic sordo resonó en la silenciosa bodega.

Elías bajó el teléfono, su mano temblaba. Los hombres que lo sostenían se rieron entre dientes.

Las lágrimas corrían por su rostro ahora, calientes y silenciosas. No lloraba porque iba a morir. Lloraba porque la mujer que amaba acababa de matarlo.

La recordó antes de todo esto. Antes de que su familia la obligara a someterse a la terapia electroconvulsiva experimental para su severa ansiedad. No siempre fue este monstruo frío.

La Isadora que él conocía, su Isa, era gentil. Lo había encontrado en su pequeño pueblo de Guanajuato durante un viaje por carretera en el que su auto clásico se había descompuesto. Se estaba escondiendo de su sofocante vida en la capital, de sus padres elitistas que la veían como un activo empresarial.

Él había arreglado su auto, y ella se había quedado. Amaba la simplicidad de su vida, la grasa bajo sus uñas, la fuerza tranquila en sus manos. Él amaba su vulnerabilidad, la forma en que se acurrucaba contra él después de un ataque de pánico, sintiéndose segura por primera vez.

Ella era la valiente. Cuando los investigadores privados de su familia la encontraron, se paró frente a Elías, protegiéndolo con su pequeño cuerpo.

—Él es mi vida —les había dicho, su voz temblorosa pero firme—. Si le hacen daño, me matan a mí.

Fue ese amor feroz lo que la hizo aceptar la TEC. Sus padres prometieron que curaría su ansiedad, que la haría lo suficientemente fuerte como para enfrentarlos. Prometieron que no afectaría su memoria.

Todos habían mentido.

Regresó del tratamiento siendo una persona diferente. Una pizarra en blanco. Sus hermosos y expresivos ojos ahora estaban vacíos, fríos. Y Jordán, su celoso primo, estaba allí para escribir su propia historia en esa pizarra.

Pintó a Elías como un acosador de clase baja, un depredador que se había aprovechado de ella en un momento de debilidad. Y ella le creyó. Toda la familia Navarro le creyó.

Usaron su dinero y poder para aplastarlo. Hicieron que lo despidieran de su trabajo, difundieron rumores que arruinaron su reputación y se aseguraron de que todas las puertas se le cerraran en la cara. Amigos que había tenido durante años le dieron la espalda.

Ahora, esto. Jordán había contratado a estos matones para terminar el trabajo.

Elías cerró los ojos, una sensación de derrota lo invadió. Había luchado durante tanto tiempo, aferrándose a la esperanza de que la verdadera Isa todavía estuviera allí en alguna parte.

Estaba equivocado.

—Acaben con esto de una vez —dijo, su voz un susurro hueco.

El hombre detrás de él amartilló la pistola.

Elías no se inmutó. Solo esperó. Se había acabado.

De repente, las puertas de la bodega se abrieron de golpe, inundando el oscuro espacio con los faros cegadores de un vehículo.

Una docena de figuras con trajes negros impecables irrumpieron, moviéndose con una precisión disciplinada. Los dos matones que sostenían a Elías fueron desarmados y arrojados al suelo antes de que pudieran reaccionar.

Elías parpadeó, desorientado.

Una mujer emergió de la luz. Era alta, vestida con un traje sastre que parecía más caro que todo su taller. Llevaba el pelo corto en un bob severo y práctico, y sus ojos eran agudos, inteligentes y completamente desprovistos de emoción.

—¿Elías Herrera? —preguntó. Su voz era tranquila y autoritaria.

Elías asintió, todavía tratando de procesar lo que estaba sucediendo.

—Mi nombre es Regina Cantú —dijo, extendiendo una mano no para un apretón, sino para mostrar un documento—. Tengo una propuesta de negocios para usted. Involucra un contrato matrimonial.

No esperó una respuesta.

—El testamento de mi padre estipula que debo estar casada para mi próximo cumpleaños para heredar las acciones mayoritarias de su empresa. Usted cumple con los criterios que él describió. A cambio de su firma, le proporcionaré protección, recursos financieros y una extracción completa de sus circunstancias actuales.

Elías la miró, estupefacto.

—¿Por qué yo? —logró preguntar.

—Está vivo, es soltero y no tiene lazos familiares poderosos que compliquen el acuerdo. Usted es, para mis propósitos, perfecto. —Su mirada era penetrante—. Y a juzgar por su situación, no tiene mejores ofertas. Este es su único escape.

Tenía razón.

Su vida estaba en ruinas. Su amor se había ido. Su esperanza estaba muerta. Esta extraña, esta mujer poderosa y pragmática, le estaba ofreciendo un salvavidas. Un salvavidas frío y transaccional, pero un salvavidas al fin y al cabo.

Miró a los matones quejándose en el suelo, luego al rostro impasible de Regina Cantú.

No le quedaba nada aquí. Isa lo había dejado claro.

Respiró hondo y temblorosamente.

—Acepto.

Regina Cantú asintió levemente, casi imperceptiblemente.

—Bien. Mi equipo legal se encargará de los detalles. Estará en un jet privado a la Ciudad de México en menos de una hora.

Se dio la vuelta para irse, su trabajo aquí había terminado.

Mientras lo escoltaban hacia la lluvia, hacia una elegante camioneta negra, Elías se permitió una última mirada a la bodega, a los escombros de su antigua vida.

Pensó en Isadora, eligiendo flores para su fiesta con Jordán. Una última y amarga lágrima se mezcló con la lluvia en su rostro.

Sé feliz, Isa, pensó, las palabras una silenciosa oración de despedida. Sé feliz con la vida que elegiste.

Luego subió a la camioneta y no miró atrás.

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