Capítulo 2

MARTINA PIÑEIRO POV:

El zumbido insistente de mi teléfono me sacó de un sueño pesado y sin paz.

Era un mensaje.

De la madre de Gerardo. Modesta Bermúdez.

"Martina, ¿ya despertaste? ¿Recuerdas lo que hablamos ayer? ¡Tenemos que empezar con el proceso del bebé! ¡Gerardo te contó, ¿verdad?!"

Cerré los ojos, el mensaje era un puñetazo en el estómago.

Bebé. Proceso. Incubadora.

Todas las palabras de Gerardo, de anoche, resonaron en mi cabeza.

Me senté, sintiendo un escalofrío. El lado de la cama de Gerardo seguía vacío.

Escuché el sonido de la puerta del baño abriéndose.

Gerardo salió, sin camisa, con una toalla alrededor de la cintura.

Su mirada se posó en mí, luego en mi teléfono.

Una sonrisa torcida se dibujó en sus labios.

"¿Mi madre, verdad? Obsesionada con el heredero".

Su tono era sarcástico, pero no había burla en sus ojos. Solo una frialdad habitual.

"Sí", logré decir, mi voz apenas un susurro.

"Me preguntó si ya me habías contado sobre... el proceso".

Él se encogió de hombros, como si fuera un tema trivial.

"Bueno, ya lo sabes. No hay nada que 'contar'".

"Gerardo, no entiendo", dije, mi voz temblaba.

"¿Por qué in vitro? ¿Por qué...?".

Se acercó a la cama, me tomó por los brazos y me empujó suavemente hacia abajo.

No era violento, pero era un gesto de poder, de control.

Me di cuenta de que mi camisón, ligero y sedoso, era demasiado revelador.

Sentí una oleada de vergüenza.

Sus ojos recorrieron mi cuerpo, y por un instante, vi algo.

Algo fugaz, innegable.

Deseo.

Pero luego, sus ojos se endurecieron. La puerta de hielo se cerró de nuevo.

Me soltó bruscamente, como si me quemara.

"Porque es lo mejor", dijo, su voz helada. "Así nadie tiene que fingir nada".

"¿Y qué es lo que nadie tiene que fingir, Gerardo?", pregunté, mi voz se elevaba en un crescendo de desesperación. "¡¿Que me deseas?! ¡¿Que te importa lo que siento?!"

Una risa sin alegría brotó de sus labios. Era un sonido hueco, lleno de desprecio.

"No te preocupes por eso, Martina. Ya está todo arreglado".

Dio media vuelta y salió de la habitación, dejándome sola, la palabra "arreglado" resonando en mi mente.

¿Arreglado? ¿Qué significaba "arreglado"?

No me dio tiempo a pensar.

Horas más tarde, me encontré en el coche, rumbo a un destino desconocido.

Gerardo conducía, su rostro inexpresivo.

"¿Adónde vamos?", pregunté, mi voz con un hilo de temor.

Me miró de reojo, sus ojos oscuros, sin emoción.

"Al hospital", dijo. "Para el proceso".

Mi corazón se detuvo. "¿Al hospital? ¿Para... para qué?"

Sin responder, detuvo el coche frente a un edificio imponente.

Me abrió la puerta, y antes de que pudiera reaccionar, me sacó del coche, no con delicadeza, sino con una fuerza que me hizo tambalear.

"Ya te lo dije, Martina", dijo, su voz carente de toda emoción. "Todo está arreglado. Tendrás un heredero, y yo no tendré que fingir que te deseo".

Su mirada era un puñal.

"No hay necesidad de que nos toquemos", continuó, su voz bajando a un susurro cruel. "No hay necesidad de que yo... te ensucie".

Me quedé helada. ¿Ensuciar?

Sentí un nudo en la garganta. La humillación me invadió, quemando mi piel.

"¿Cómo puedes ser tan cruel?", logré decir, mis ojos llenos de lágrimas.

Una sonrisa amarga se dibujó en sus labios.

"¿Cruel? Martina, no entiendes nada, ¿verdad?"

Se acercó, su aliento frío en mi oído.

"Nuestro matrimonio es una farsa. Un contrato. Para salvar a mi familia de la ruina".

Las palabras taladraron mi alma.

"Tú eres un medio para un fin. Una incubadora. Nada más".

Mi mundo se derrumbó.

Sentí un mareo repentino, mi visión se volvió borrosa.

Mi cuerpo flaqueó, y caí al suelo, la oscuridad envolviéndome.

No sé cuánto tiempo pasó.

Desperté en una habitación blanca, el olor a desinfectante llenando mis fosas nasales.

Una enfermera se inclinó sobre mí, su rostro preocupado.

"Señorita Piñeiro, ¿se encuentra bien?"

Intenté hablar, pero mi garganta estaba seca.

Miré a mi alrededor. Era una sala de ginecología.

¿Qué estaba pasando?

"Nos estaban esperando", dijo la enfermera, con una sonrisa forzada.

"Tenemos que prepararla para el procedimiento".

Procedimiento. La palabra me aterrorizó.

"¿Qué procedimiento?", pregunté, mi voz apenas un murmullo.

Justo en ese momento, Gerardo entró en la habitación, seguido de un médico.

"Ya despertó", dijo, su voz sin emoción. "Podemos empezar".

"Gerardo, ¿qué es esto?", pregunté, mi voz llena de pánico.

El médico se acercó, sosteniendo una jeringa.

"Es para la estimulación ovárica, señorita. Para la fertilización in vitro".

No. No podía ser.

Sentí un escalofrío de horror.

"Gerardo, no quiero esto", dije, mis ojos implorando. "No quiero un bebé así".

Me miró, sus ojos fríos como el hielo.

"No tienes opción, Martina. Es un contrato. Es mi familia".

"¿Pero, por qué?", sollocé, las lágrimas rodando por mis mejillas. "¿Por qué me haces esto?"

Sus labios se curvaron en una sonrisa cruel.

"Porque nunca te quise, Martina. Nunca te quise para nada más que para esto. Para que fueras la incubadora de mi heredero. Para salvar a mi familia".

Su voz, antes tan monótona, ahora estaba cargada de desprecio.

"Y si crees que esto es lo peor que te he hecho, estás muy equivocada".

Sentí un dolor agudo en el pecho.

Miré al médico, a la enfermera. Estaban preparados.

"Por favor, no", rogué, mi voz se rompió. "No quiero esto".

Gerardo se acercó, su rostro a centímetros del mío.

"¿Crees que puedes negarte? ¿Crees que tienes alguna autonomía aquí, Martina?"

Me tomó del brazo con fuerza, sus dedos apretando mi piel.

"Eres mía. Tu cuerpo es mío. Y harás lo que yo diga".

Sentí un escalofrío de terror.

No era solo el procedimiento. Era la violación de mi voluntad, de mi ser.

Era la aniquilación de mi alma.

Mis ojos se llenaron de lágrimas, pero no eran de tristeza.

Eran de rabia. De una rabia fría y cortante.

No le daría el placer de verme rota.

"Te odio, Gerardo", susurré, mi voz llena de veneno. "Te odio con todo mi ser".

Su sonrisa se amplió, una visión macabra.

"Lo sé, Martina. Lo sé".

Y luego, todo se volvió negro.

Capítulo 3

MARTINA PIÑEIRO POV:

La oscuridad me envolvió.

No era una oscuridad de sueño, sino de un vacío profundo, sin fin.

Cuando abrí los ojos, el techo blanco del hospital me recibió de nuevo.

La misma habitación, el mismo olor a desinfectante.

Un médico se inclinó sobre mí, su rostro aliviado.

"Señorita Piñeiro, ¡qué bien que despertó!"

"¿Qué... qué pasó?", pregunté, mi voz débil y ronca.

"El procedimiento fue un éxito", dijo, con una sonrisa forzada. "Ya tenemos un embrión".

Embrión. La palabra sonó hueca, vacía de todo significado.

Intenté levantarme, pero mi cuerpo se sentía pesado, como si me hubieran drenado toda la energía.

"¿Gerardo?", pregunté, mi voz temblaba.

El médico dudó, su mirada eludiendo la mía.

"El señor Bermúdez... se fue. Dijo que tenía asuntos urgentes que atender".

Mi corazón se apretó. Lo sabía. Lo había sabido.

No le importaba. Nunca le importó.

Era solo un medio para un fin. Una incubadora.

La humillación me invadió de nuevo, quemando mi piel.

"¿Y... y el embrión?", pregunté, mi voz temblaba.

El médico asintió, señalando una pantalla en la pared.

"Aquí está. Un embrión sano, de excelente calidad".

Miré la pantalla. Una pequeña mancha, apenas visible.

Mi hijo. Mi sangre.

Pero no era mío. Era suyo. De Gerardo.

Para su familia. Para su empresa.

Sentí una oleada de náuseas.

No era un bebé. Era un contrato. Una transacción.

Una cadena que me ataba a este infierno.

"No lo quiero", dije, mi voz fría y cortante.

El médico me miró, perplejo. "¿Cómo dice?"

"No lo quiero", repetí, mi voz ahora con una fuerza que no sabía que tenía.

"No voy a llevar esto en mi vientre. No voy a ser una incubadora para un hombre que me odia".

El médico se quedó en silencio, sus ojos fijos en mí.

Gerardo había arreglado todo. Pero había olvidado una cosa.

Yo.

Y mi voluntad.

No podía controlar mi cuerpo, pero podía controlar mi mente.

Y mi decisión.

"Señorita Piñeiro, esto es un asunto muy delicado", dijo el médico, su voz cautelosa.

"Su esposo ya cubrió todos los gastos. Es un embrión viable".

"Viable para quién?", pregunté, mi voz llena de veneno. "Para una farsa? Para una mentira?"

Mis ojos se llenaron de lágrimas, pero no eran de tristeza. Eran de rabia.

"No lo quiero. Y no me importa lo que él diga. No lo voy a hacer".

El médico se acercó, intentando tranquilizarme.

"Piense en las consecuencias, señorita. Esto podría..."

"¡No me importa!", grité, mis lágrimas rodando por mis mejillas. "¡No me importa nada!"

De repente, una enfermera entró en la habitación, sosteniendo una pequeña caja.

"Aquí está el embrión, doctor. Para ser implantado".

Mis ojos se fijaron en la caja. Pequeña, blanca, inocente.

Pero para mí, era una jaula.

Una jaula de la que quería escapar.

Gerardo había dicho que no tenía opción.

Pero yo sí.

Siempre había una opción.

Miré al médico, a la enfermera. A la caja.

Una sonrisa amarga se dibujó en mis labios.

"¿No tengo opción, Gerardo?", susurré, mi voz llena de desafío.

El médico se acercó con la caja, listo para continuar.

"Por favor, cálmese, señorita", dijo.

Pero yo no quería calmarme. Quería luchar.

Extendí mi mano temblorosa, mis dedos se cerraron alrededor de la caja.

El médico intentó quitármela, pero yo me aferré con fuerza.

Mis ojos se fijaron en él, una mirada de determinación fría.

"Yo decido", dije, mi voz clara y fuerte. "Yo decido lo que pasa con mi cuerpo".

Y luego, con un movimiento rápido y decidido, estrellé la caja contra el suelo.

El cristal se rompió en mil pedazos, el líquido, la vida, derramándose por el suelo blanco.

Silencio.

El médico, la enfermera, se quedaron en shock.

Yo, Martina Piñeiro, la "incubadora" sumisa, acababa de destruir el futuro de la familia Bermúdez.

Acababa de destruir la farsa.

Y lo había hecho con una satisfacción helada que me sorprendió a mí misma.

La venganza, pensé, es un plato que se sirve frío.

Y yo, Gerardo, te lo serviré helado.

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