El ala VIP del Hospital San Lucas no olía a hospital. Olía a lirios frescos y a cera para pisos cara. El silencio aquí se compraba a diez mil dólares la noche.
Alteza salió del elevador. Sus tacones no hacían ruido sobre la alfombra afelpada.
Dos guardaespaldas estaban parados afuera de la Habitación 808. La vieron y se hicieron a un lado, asintiendo. Para ellos, ella seguía siendo la Señora Surco, la bolsa de sangre obediente.
Ella no los corrigió.
Empujó la puerta para abrirla.
Escarcha estaba sentada en la cama. Sostenía una cuchara, comiendo delicadamente de un tazón de porcelana. Sopa de nido de golondrina. Sus mejillas estaban sonrosadas de salud, sus ojos brillantes mientras se desplazaba por su teléfono con la mano libre.
En el momento en que la puerta se abrió, Escarcha se congeló.
En menos de un segundo, ocurrió la transformación. La cuchara repiqueteó en el tazón. Escarcha se dejó caer contra las almohadas. Sus ojos se cerraron a medias, su respiración se volvió superficial y laboriosa.
-Alteza... -susurró Escarcha, con voz temblorosa-. Por fin viniste. Surco dijo que me salvarías...
Alteza entró en la habitación. No se detuvo a los pies de la cama. Caminó hacia el costado, imponiéndose sobre la mujer acostada.
Alcanzó detrás de ella sin mirar y giró el seguro de la puerta.
Clic.
El sonido fue pequeño, pero en la habitación silenciosa, sonó como un disparo.
Los ojos de Escarcha parpadearon. La actuación vaciló por un milisegundo. -¿Por qué... por qué cerraste la puerta?
Alteza tomó el historial médico colgado a los pies de la cama. Lo abrió de golpe.
-Hemoglobina, 12.5 -leyó Alteza en voz alta-. Presión arterial, 120 sobre 80. Ritmo cardíaco, estable.
Cerró la carpeta de golpe y la dejó caer sobre la cama. Aterrizó en las piernas de Escarcha.
-Estás más sana que yo, Escarcha. ¿Actuar te agota, o la adrenalina de ser una sociópata te mantiene en marcha?
La cara de Escarcha cambió. La flor débil y moribunda se desvaneció. Sus labios se curvaron en una mueca de desprecio.
-¿Y qué? -Escarcha se rió. Fue un sonido feo-. No importa lo que diga el historial. Si digo que estoy mareada, Surco entra en pánico. Si digo que necesito sangre, él te desangra a ti. Así es como funciona.
Escarcha se inclinó hacia adelante, bajando la voz a un susurro conspirador. -Él estuvo aquí anoche, sabes. Justo en esta cama. Me dijo que eres como un trozo de madera. Aburrida. Fría.
Alteza sintió que una calma se asentaba sobre ella. Era el ojo de la tormenta.
-¿Ah, sí? -preguntó Alteza.
Escarcha, malinterpretando el silencio como derrota, extendió la mano. Agarró la manga de Alteza con una fuerza sorprendente.
-Ve a llamar a la enfermera -ordenó Escarcha-. Quiero mi transfusión. Y tráeme un chocolate caliente mientras vas.
Alteza miró la mano en su manga.
Se movió.
Arrancó su brazo. Escarcha jadeó, lanzándose hacia atrás contra la cabecera, abriendo la boca para gritar.
Antes de que el sonido pudiera salir de su garganta, la mano de Alteza se movió por el aire.
¡ZAS!
El sonido fue húmedo y nítido.
La palma de Alteza conectó con la mejilla de Escarcha con cada onza de frustración, traición y rabia que había reprimido durante tres años.
La cabeza de Escarcha se sacudió hacia un lado. El silencio que siguió fue absoluto.
Alteza flexionó la mano. Le ardía la palma. Se sentía increíble.
-Eso -dijo Alteza, con voz firme-, fue por la chica que pasó tres años vaciando sus venas por una mentirosa.
Escarcha se tocó la mejilla. Una huella de mano roja estaba floreciendo allí, vívida contra su piel pálida.
-¡Me pegaste! -chilló Escarcha-. ¡De verdad me pegaste! ¡Surco te va a matar!
Alteza se inclinó. Agarró la barbilla de Escarcha, sus dedos clavándose en la carne suave, obligando a la otra mujer a mirarla a los ojos.
-Grita más fuerte -susurró Alteza-. A ver si él puede des-abofetearte la cara.
Escarcha luchó, con los ojos muy abiertos por un miedo genuino ahora. Esta no era la Alteza que conocía. Esto era algo peligroso.
-Tengo los registros digitales -mintió Alteza con fluidez, aunque sabía que su contacto ya había asegurado los archivos reales del servidor del hospital-. Los que creíste que habías borrado. Si alguna vez te me vuelves a acercar, todos los noticieros de Nueva York publicarán la historia de la "Heredera Falsa".
La perilla de la puerta se sacudió violentamente.
-¿Escarcha? ¿Alteza? -La voz de Surco llegó desde el pasillo, amortiguada pero furiosa.
Los ojos de Escarcha se iluminaron. Inmediatamente se despeinó el cabello y soltó un gemido de desesperación.
BAM.
Una bota pesada pateó la puerta cerca de la cerradura. La madera se astilló.
La puerta se abrió de golpe, golpeando contra la pared.
Surco entró corriendo, con el pecho agitado. Asimiló la escena: Escarcha sollozando en sus manos, con la mejilla roja brillante, y Alteza de pie junto a la cama, pareciendo un verdugo que acababa de dejar caer el hacha.
-¡Surco! -lloró Escarcha, señalando con un dedo tembloroso-. ¡Intentó matarme! ¡Está loca!
Surco vio la marca roja. Una vena le saltó en la frente.
Cargó contra Alteza, con la mano levantada como para empujarla.
Alteza no se inmutó. No retrocedió. Le sostuvo la mirada, canalizando la autoridad helada de su padre, Beliger.
-Tócame -dijo, su voz bajando a un susurro mortal-, y pierdes la mano.
Surco se congeló. Su mano flotó a centímetros del hombro de ella. La pura amenaza radiante que emanaba de ella lo detuvo en seco. Era como mirar a los ojos de un depredador, no de una presa.
El aire en la habitación se volvió espeso, sofocante.