Capítulo 3

Me di la vuelta y salí del salón.

El aire de la noche sevillana era denso y olía a jazmín, pero a mí me asfixiaba. Necesitaba espacio, necesitaba mi guitarra.

Fui a mi estudio, un pequeño cuarto al final del pasillo. La madera oscura de mi guitarra flamenca me esperaba, silenciosa. Era mi único refugio.

Isabela no me siguió. Escuché su voz, suave y preocupada, preguntándole a Mateo si necesitaba algo, si el sofá era cómodo, si quería un vaso de leche caliente.

El mismo tono que usaba conmigo cuando volvía cansado de un ensayo. Ahora era para él.

La desilusión fue como un golpe en el estómago. Me senté en el suelo, pero no toqué las cuerdas. El silencio era más elocuente que cualquier música.

Al cabo de un rato, ella apareció en la puerta. Su rostro era una máscara de frialdad.

«Javier, tenemos que hablar».

No me moví.

«¿Va a quedarse o no?», preguntó, su voz afilada. Era un ultimátum.

Detrás de ella, en el pasillo, vi la sombra de Mateo. Escuchando.

«Isabela», dijo él con falsa humildad, «de verdad, no pasa nada. Me iré por la mañana. No quiero causar problemas entre ustedes».

Su voz era suave, persuasiva, diseñada para hacerla sentir culpable y protectora.

Isabela ni siquiera se giró para mirarlo. Sus ojos estaban clavados en mí.

«Tú no te vas a ninguna parte, Mateo», dijo con una determinación que me heló la sangre. Luego, para reafirmar su control, se acercó a él y le puso una mano en el hombro, un gesto de consuelo y posesión.

Ese fue el momento. El momento en que supe que todo había terminado.

La miré, y por primera vez en años, no sentí amor. Solo un vacío inmenso.

«De acuerdo», dije, mi voz sonando extrañamente tranquila. «Se queda».

Acepté la situación que ella me imponía. Pero no como ella esperaba.

Me levanté lentamente. «Se queda él. Yo me voy».

Fui a nuestro dormitorio y saqué una maleta del armario. Empecé a meter ropa, sin orden, solo la necesidad de huir.

Isabela me siguió, su expresión cambiando de la victoria a la pura sorpresa. Mateo se asomó por la puerta, con los ojos muy abiertos. Su triunfo había sido demasiado breve.

«¿Qué haces?», preguntó Isabela, su voz temblando por primera vez.

«Te dejo el campo libre», dije sin mirarla. «Disfruta de tu héroe».

Cerré la maleta y caminé hacia la puerta.

«¡Javier, espera!», gritó.

La ignoré. Salí de la casa, el sonido de las gravilla bajo mis pies era lo único que escuchaba.

«¡No puedes hacerme esto!», gritó desde el porche. «¡Pondrás en vergüenza a nuestras familias! ¡Mi padre te matará! ¡Tu padre, Don Alejandro, qué dirá de tu falta de palabra!».

Usó el nombre de mi padre como un arma, una última y desesperada baza.

Me detuve, pero no me giré.

«¿Mi padre?», pregunté al aire, con un sarcasmo amargo. «Pregúntale a él qué opina del honor. Y luego mírate al espejo».

La discusión había atraído la atención. Vi luces encenderse en las casas de los trabajadores. Las cortinas se movían. Éramos el espectáculo de la noche.

Conduje sin rumbo hasta que terminé en un tablao del barrio de Triana. Un lugar oscuro, lleno de humo y duende.

Pedí una copa y me senté en un rincón. Necesitaba el ruido, el cante jondo, para apagar el caos de mi cabeza.

De repente, una mano en mi hombro. Era Mateo.

«Señorito Javier, Isabela está muy preocupada».

Su presencia aquí era una intrusión, una violación de mi último santuario.

«Vete de aquí, Mateo».

«Ella no para de llorar», continuó, ignorándome. Su voz era una mezcla de falsa pena y provocación. «Dice que no entiende por qué eres tan cruel. Ella solo te quiere a ti».

La mentira era tan descarada que me provocó una risa seca.

«¿Ah, sí?», dije, mirándolo con todo el desprecio que pude reunir. «¿Y te ha mandado a ti, a su salvador, a decírmelo?».

Su rostro se contrajo. Por un segundo, vi la envidia y el odio puros en sus ojos.

Entonces, su expresión cambió a una de pánico. Se tambaleó hacia atrás, chocando contra una mesa cercana.

«¡Ay!», gritó, cayendo al suelo. «¡No me pegue, señorito! ¡Yo solo traía un mensaje!».

Se agarró la cara, aunque yo no lo había movido ni un dedo.

La música se detuvo. Todos en el bar se giraron para mirarnos.

Había caído en su trampa.

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