Capítulo 2

BRIELLA. 

Rojo...

Mis ojos se abren de golpee y respiro con fuerza. 

El sentimiento de estar ahogándome me obliga a arrancarme los malditos cables en mi cuerpo. 

Miro en todas direcciones esto es...

-¡Tranquila! ¡Doctor!

Las manos suaves que reconocería en cualquier lugar apenas me mantienen en la cama. 

Me toco el costado esperando sentir la herida. 

Esta ahí, un parche cubre lo que sospecho es una costura. 

-¿Qué... 

-Cariño,  respira... debes estar asustada dios mío. 

Aprieto los dientes, mierda si no conociera a esta horrible mujer y sus castigos creería que esta preocupada por mi.  

Los recuerdos de la noche que me torturaron hasta que casi muero me golpean como una tormenta arrasando con todo a su paso. 

El doctor entra a toda prisa, me revisa los ojos, la boca, los dedos, todo hasta que sonríe acariciando mi cabello.  

-Briella, estarás bien, tienes mucha suerte. 

Abro la boca para responder, pero,  como siempre, la madre superiora Datura me roba la palabra, sonrie tomando mi mano. 

-Debe ser una bendición, oramos a dios durante todo el mes, tus hermanas pasaron noches enteras en la capilla Briella, cuando vuelvas deberías agradecerles.- esto ultimo me da escalofríos, porque puedo traducir perfectamente sus palabras. 

"Has causado problemas"

-Te haremos un chequeo completo, tal vez puedas irte a casa esta misma tarde.- el. Doctor sonríe ajeno al infierno al que me esta enviando. 

Recuerdo a mi padre, intentando arrancarme lo único que jamás le daría, su risa martillando mis oídos y la manera en la que nadie se atreve a hacer o decir nada, puedo recordarme mirando las estrellas y el destello de sangre en mis mano, pero no tengo idea de como llegue aquí.  

Cuando el doctor abandona la habitación, Datura me mira con los ojos llenos de rabia, sus uñas se clavan en mi piel y mi palma izquierda hormiguea. 

-¿Sabes lo que hiciste Briella?

Agacho la mirada y asiento, no hice nada malo, pero no sirve de nada luchar contra ello. 

-Si, señora.

Sus uñas duelen cada vez mas pero no me muevo. 

-¿Y sabes que mereces un castigo verdad?

Aprieto los dientes. 

-Si, señora. 

-Bien, porque el pastor esta muy decepcionado de ti y cuando volvamos a la iglesia quiere hablarte, mas te vale comportarte como la buena paloma que eres.

-Si, señora. 

Me suelta después de unos minutos y yo escondo las marcas bajando la manga de mi pijama hospitalaria. 

El chequeo termina con una sonrisa del personal, todos me felicitan y se alegran por mi, somos monjas de clausura naturalmente soy un caso especial, nunca salimos del convento y probablemente nunca vuelvan a verme. 

Nos marchamos del hospital sin decir una palabra, debería estar feliz porque estoy viva, pero todo lo que siento es miedo y rabia. 

***

Mi habitación es un pequeño cubo gris, un crucifijo cuelga de la pared sobre la puerta, una silla de madera tapizada de rojo terciopelo espera en la esquina y un escritorio de madera podrida y desgastada alberga mis escasos libros que han sido una donación de las personas que viven en el pueblo. 

Miro el habito nuevo sobre mi cama. 

Papá desgarro el ultimo. 

Suspiro resignándome, me meto en la fría ropa, miro mi reflejo en la ventana que me permite ver la vida que me ha sido privada en el exterior y trago intentando calmarme al tiempo que mi palma izquierda pica y hormiguea. 

Dos golpes en mi puerta me sacan de mi trance y me giro para ver a Zad, uno de los pocos buenos que conozco en este lugar.  

Sus ojos me examinan, entra cerrando la puerta lentamente, él sabe que no debería estar aquí, si lo atrapan me castigaran. 

-Gracias a Dios...

Me toma de las manos acercándome a él pero me suelta casi de inmediato, empujándome como si le quemara. 

-¿Briella?

-¿Zadkiel?

Abre la boca para decir algo pero se arrepiente a la mitad de camino. 

-¿Qué sucedió?.- pregunta con cuidado. 

-Yo... no lo recuerdo.- miento.  

-La policía estuvo aquí la noche que... 

Frunzo el ceño.  

"Mierda, papá debe estar realmente molesto"

-Zad, puedes decirlo. 

-La noche en que te atacaron. 

Intento obtener la mayor cantidad de información, cuando hable con papá no quiero equivocarme. 

-¿Qué paso?

-¿De verdad no lo recuerdas?

Niego con la cabeza. 

-Un loco entro a la fuerza, atacó al pastor a Datura y te secuestro, afortunadamente alguien te encontró en el bosque y pidió ayuda en el pueblo, de no haber sido por eso no sabríamos si tu...- se golpea la cabeza negando.- por dios no, no sabríamos si volverías. 

-¿Quién era... el hombre que ma ataco?.- digo apretando los dientes. 

-No pudimos reconocerlo, pero tal vez alguien con resentimiento a la iglesia,  tu estabas rezando en la capilla principal te vio de inmediato. 

Asiento respirando profundo. 

Recuerdo a mi padre dejando que Datura hiciera eso... con la boca, de rodillas frente a él, los gritos ahogados y mi biblia cayendo, luego lo recuerdo furioso luego... nada. 

-Es un alivio que estes bien.-  dice sin tocarme, sonríe, sus Cabello castaño baila con una pequeña fuga de viento en mi ventana, es realmente atractivo y se ve tan joven para su edad.

-Gracias por preocuparte Zad, escuche que rezaron toda la noche.  

-¡por supuesto que lo hicimos! Queríamos tenerte de vuelta. 

Alguien toca la puerta pero no entra, la voz de Datura inunda el espacio mientras Zad se queda quieto. 

-El pastor quiere verte Briella. 

Tiemblo debido al escalofrío que me provoca, escuchamos cuando se aleja y soltamos el aire. 

-Tengo que irme.

-Te veré mañana.- se despide mientras abro la puerta y me marcho. 

Camino entre los fríos pasillos de concreto sintiendo que mi cuerpo hormiguea con cada paso que doy. 

Una vez que llego a la capilla principal, las imágenes religiosas se imponen sobre mi cabeza, la alfombra evita que mis pasos se escuchen pero él de alguna manera sabe que estoy aquí. 

-¡Pasa!.- su grito rebota en las paredes. 

Empujo la puerta con el suave rechinado de la misma como mi compañera. 

El olor a madera vieja y libros desgastados me revuelve el estomago, camino suavemente hasta llegar al pequeño atrio que tiene frente a su escritorio, me coloco de rodillas frente a él con la cabeza agachada, para el sacerdote... no... para mi padre nunca ha habido ningún dios, es él quien se proclama como si lo fuera, como si fuera él mismo el que resucito. 

Su mano se enreda en mi cabello aun con el habito puesto, me obliga a mirarlo. 

-¿Sabes lo que has hecho? 

Aprieto los dientes intentando controlar mis impulsos, clavando las uñas en mi palma que quema, arde como si acabaran de calcinarme. 

-Si.- miento, no hice nada malo. 

-Dilo.- me ordena lleno de rabia. 

-Estuve fuera de mi habitación lejos del toque de queda. 

-¿Qué mas?.- su mano aprieta el agarre provocando que mi cuero cabelludo arda. 

-Yo...- cierro los ojos.- lo siento no puedo recordarlo. 

Debe ver algo en mi mirada porque me suelta, luego se marcha poniendo en su rostro esa falsa sonrisa. 

Solo entonces puedo respirar.

-No olvides que mentir en la casa de dios es un pecado imperdonable Briella.

-No, señor.

-Pensaré en tu penitencia.- se acerca a mi de nuevo pasando el dedo áspero por mi barbilla, obligándome a levantar el rostro para observar su mirada lujuriosa recorrer mis pechos incluso bajo el habito provocándome una ola de ira.- Vuelve a tu habitación y reza por tu perdón, hija mía.

Cierro los ojos y salgo inclinándome como si fuera la realeza, le doy una ultima mirada al atrio detrás de él miro a ese dios que se supone debería cuidarme.

Llena de resentimiento cierro la puerta y respiro al fin.

Capítulo 3

SYTRY.

Huelo el deseo a kilómetros. 

Me encanta provocar

Me gusta jugar. 

Los seres humanos siempre buscan un poco de placer, las mujeres especialmente tienen el control sobre su instintos carnales yo las llevo al límite, las empujo tan duro que podrían correrse en un segundo, pero eso mata la diversión. 

Hace años no me divierto lo suficiente. 

Todas son desechables, nadie vale la pena, la gran mayoría se baja las bragas en cuanto me ve y ni siquiera debo hacer uso de mis dones. 

Balanceó las piernas en el aire dejando escapar el aire del cigarrillo entre mis labios, esta cruz es bastante cómoda y desde este convento tengo la mejor vista del pueblo. 

Las luces parpadean y algunas brillan hermosas, las mujeres bailan con sus hijos mientras preparan la cena y los hombres salen por la leña para sus estúpidas chimeneas. 

Lo mismo de siempre. 

Pero es por eso que estoy aquí. 

Necesitaba un respiro. 

Soy un maldito demonio no debería necesitar un puto respiro, pero lo hago, no tengo interés en coleccionar almas, tampoco deseo escalar la pirámide de los lamebotas de Lucifer. 

Cuando vives demasiado hay poco que te impresiona. 

Termino mi cigarrillo e inspiro hondo el dulce aroma se mezcla con el maldito humo, algo en mi pecho se extiende como una maldita droga. 

"Sangre" 

De alguien jodidamente pura. 

"Tengo que probarla" 

Miro en todas direcciones, la sangre tiene que venir de algún lugar cercano, pero todo parece tranquilo, incluso para el este pueblo de mierda la noche parece más sombría que el resto de ellas. 

Cierro los ojos agudizando el oído. 

Está en las profundidades del bosque, salto de inmediato y serpenteó entre los árboles. 

Es una imagen pintoresca una barroca como las que solía hacer ese tipo Caravaggio. 

Una monja tirada en medio de las hojas secas de otoño, su habito está roto por todas partes, si empuja solo un poco su cuerpo caerá al precipicio. 

Inspiró hondo, escucho sus pensamientos. 

Quiere morir.

Una sonrisa se extiende por mi rostro. 

Puedo escuchar cada palabra que esta pensando, pero también puedo sentir su desesperación, no por vivir, sino por algo mucho mas siniestro. 

Destrucción. 

Venganza. 

Dolor. 

Hace siglos que no me divertía tanto, la excitación corre por mis venas como una perra, llenándome el cuerpo de intensa adrenalina a la que me entregaré sin objeción. 

Me acerco con pasos decididos. 

Le ofrezco un trato. 

Me da su sangre. 

Y la convierto en mía. 

***

Termino mi paleta helada de uva, uno de los pocos placeres mundanos que disfruto, muerdo el hielo dejando que el sabor se escurra por mi lengua y tiro el maldito palo inútil. 

Observo a esa pequeña monja pervertida y ahora maldita. 

Corta las flores del jardín del convento, moviéndose hábilmente de un lugar a otro, cargando su pequeña canasta repleta de colores. 

La recuerdo ensangrentada y desesperada, a medida que los días pasan me vuelvo mas y mas impaciente. 

Quiero tenerla. 

Echo la cabeza atrás cerrando los ojos intentando respirar su delicioso aroma pero se ve interrumpido por  un terrible hedor a incienso, arrugo la nariz y miro directamente al portador, el maldito intruso que ya puedo sentir como se interpondrá entre nosotros. 

"Hijo de puta"

Mi voz interior susurra y me doy la libertad de mirarlo desde mi cómoda cruz en la punta de la iglesia. 

Gira la cabeza mirándome directamente, él sabe que estoy aquí.

Sonrió estirándome, él parece querer asesinarme, puedo escuchar la voz de mi pequeño pastelito, dice algo sobre el clima y el maldito ángel a su lado sonriendo acariciando su cabello, aprieto los dientes casi sangrando por la boca. 

Él ya debería saber que ella me pertenece. 

¿Entonces como es posible que todavía pueda permanecer cerca de ella?

Su mirada vuelve a la mía y decido que es hora de desaparecer, porque por mucho que me gustaría arrancarle esas putas alas blancas y tirar de su cabello dorado, hay mucho que tengo que hacer antes de  comerme por completo él alma de mi pastelito. 

Saco el dedo medio y se lo muestro, el maldito ángel frunce el ceño y niega volviendo a prestarle atención al pastelito. 

Desaparezco entre las nubes, sin dejar rastro de mi presencia. 

***

Mirarla se ha vuelto parte de mis actividades favoritas, me encanta sentirla cerca y observar como se rasca la palma de la mano recordatorio de que me pertenece y de que cada segundo que puede respirar es solo porque yo se lo permito. 

Termino mi pastel de chocolate botando la envoltura. 

-No es correcto botar la basura.- esa maldita voz angelical hace que me duelan los oídos 

-Si quisiera saberlo, le habría preguntado a cualquier santurrón en este maldito pueblo. 

Giro la cabeza para verlo a mis espaldas, parado sobre el otro extremo de la cruz, con un bonito traje azul marino, a diferencia de esa sotana horrible que usa cuando esta merodeando a mi pequeño pastelito. 

-¿Qué estas tramando Sytry?

La sonrisa se extiende por todo mi rostro pensando en la manera que pastelito se extendería sobre una mesa áspera a la luz de las velas, gimiendo mi nombre, llorando por la necesidad que le causo, entregándome su sangre desesperada porque yo la beba. 

-¿Qué podría estar tramando Zadkiel?

-¿Enserio me preguntas eso? Eres un demonio, si no fuera por ti yo no tendría que estar aquí perdiendo el tiempo. 

-¿Ser tan engreído no es un pecado?.- suelto poniéndome aun más cómodo. 

-Ahórrate la superioridad moral, eres un demonio perverso, te he olido mucho mas cerca últimamente. 

-Te extraño.- suelto un puchero y rueda los ojos, poniéndose de pronto frente a mi, pisando mi mano, me burlo de él ignorando la picazón.

-No vas a salirte con la tuya.- deja ir mi pie sonriendo, sabiendo perfectamente que un poco mas de tiempo podría quemarme. 

Conozco a Zadkiel casi desde que llegue a este pueblo que yo creía abandonado por dios, es obvio que nunca podríamos tener una buena relación pero si el bastardo engreído no se mete conmigo, tampoco me meto con él. 

-No tengo ni la menor idea de lo que hablas niño bonito, deberías cuidar mejor tus alas, parecen de utilera, ¿son si quiera reales?.- estiro la mano para acariciar las plumas brillantes pero se aleja de inmediato. 

El pequeño pastelito sale al jardín, cargando lo que parece ropa sucia, limpia su sudor con el dorso de la mano y puedo ver como brilla la estrella, reflejando mi marca personal. 

Él también la ve. 

"Lo sabe"

La rabia en sus ojos se cuela por sus poros y su mano me agarra por la garganta dejando las marcas de cadenas en mi cuello, finjo que no arde y lo miro sin moverme. 

-¿Qué le hiciste?

-Sabes que no puedo tocar a nadie sin que ellos me lo permitan. 

Es una regla implícita, puedo tomarlos y marcarlos solo cuando ellos acepten el trato. 

-¡Los engañas! Eres una rata mentirosa. 

-Cálmate querubín, ella sabía lo que hacia. 

-No dejare que te la lleves. 

-No hay nada que puedas hacer al respecto, y, siendo sinceros, ¿que se supone que hacías mientras ella se desangraba? 

-Eso es...

-¿Una conferencia con papi? 

Aprieta mi cuello levantándome hasta que me pongo de pie, luego ambos nos detenemos, su mirada se cuela entre nosotros, incluso desde el majestuoso patio su mirada se encuentra con la mía, frunce el ceño, niega con fuerza y luego mira a Zadkiel quien vuela conmigo por los aires hasta hacernos desaparecer. 

Las excitación recorre mi cuerpo. 

Es mía, siempre fue mía, solo debía encontrarla, solo debo tomarla cuando quiera. 

Y la quiero ahora.

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