El reino de Garicia era un pueblo mediano situado al lado de otros reinos más y menos poderosos que ellos. Garicia no tenía problemas, se basaba en una monarquía tranquila y entregada el pueblo, los reyes habían hecho un trabajo extraordinario: anularon la pena de muerte, convirtieron el pueblo en uno de acorde con los avances del mundo exterior, no estaban avanzados ni tampoco retrasados. Fue gracias al rey de Garicia que el pueblo renació de las cenizas, habían sido momentos de incertidumbre en las guerras, años atrás se veían muerte en cada esquina del pueblo, Garicia no era un lugar seguro. Hasta que, para fortuna de los pobladores, el reino de Garicia se unió al reino de Mitros en una boda real, uniendo lazos y sangre de los reyes, formando así el pueblo que era ahora.
Dos reyes que el pueblo amaba.
Un príncipe temido por su dureza y adorado por su fuerza.
Una princesa como modelo a seguir de niños y niñas, de jóvenes y jovencitas. Amada con locura por su bondad y gracia.
Hasta ese día.
— ¿Se encuentra usted bien, princesa?
— «Mmm» — le sonrió ella para no preocupar al jovencito.
Lo veía tan desnutrido y sucio, su cabello estaba tan largo que creía que podía tocar el suelo. Estaba a su lado, separándolos una gran reja con el espacio suficiente para pasar una mano por ella.
Eva aclamaba por comida. Su hijo necesitaba comer y beber.
No había ingerido el alimento de medio día y estaba por anochecer. Se sentía mareada y necesitada, su hermoso vestido floreado ya no estaba, se había ensuciado por polvo y barro del calabozo; apenas entraba un poco de luz lunar, lograba tocar su vientre intentado calmar los intensos movimientos de su bebé.
— Tranquilo mi hermoso hijo, vamos a salir de aquí.
— Si me permite, mi princesa, no creo que sea posible.
La princesa observó con cautela al joven a su lado, ambos apoyados en la reja.
— Por qué estás aquí — le preguntó para apaciguar su ansiedad.
— Robé un poco de leche para mis hermanos, mi princesa, llevo tres años encerrado aquí.
— ¡Mi dios! — exclamó, ella no soportaría que le arrebatasen a su bebé, no soportaría verlo lejos de ella, en esa situación — Tus padres ... ¿dónde...
— Se los llevaron lejos — el chico sollozó — No sé a qué reino se los llevaron, solo sé que no podré verlos nunca más.
A la princesa Eva se le aguaron los ojos, sintió las lágrimas correr por sus mejillas. Esa era la verdadera vida fuera del palacio, una llena de sufrimiento y trabajo. Una familia obligada a separarse por hambre, por necesidad. — ¿Cuál es tu nombre?
— Soy Remy, mi señora. No tenga lástima por mí, hoy es mi último día de mi condena.
— ¿De verdad?
— Así es mi princesa, seré libre. — el adolescente derramó algunas lágrimas — Buscaré a mi familia sea lo último que haga.
Familia.
Para Eva, la palabra familia no significaba importancia, esa familia por quien vivía le había dado la espalda en sus peores momentos, no habían creído en ella, la juzgaron sin escuchar su versión de la historia. Eva amaba tanto a las personas a quienes llamaba familia que esperaba por lo menos una visita por más mínima que fuese. Tenía la esperanza de ver a su hermana visitarla y darle su apoyo, esa hermana mayor que adoraba con locura, esa quien era su modelo a seguir no evidenció el mismo aprecio hacia ella.
Le pesaba hasta el alma del terror a lo se venía.
La princesa quería volver a su pieza, deseaba que todo volviese a la normalidad, aunque de ser así, todo iba a cambiar.
— ¡Llegó la comida!
Tres guardias de adentraron al calabozo con bandejas repletas de una pasta amarillenta sobre los recientes sucios.
Pasaron frente a la princesa con normalidad, pararon frente a ella para causarle más dolor, para lastimarla, así como lo había ordenado el príncipe. Los guardias repartieron la asquerosa comida a todos los prisioneros, excepto a dos.
— Faltamos nosotros — exclamó Remy sacando su sucia mano por el espacio entre las rejas.
— No hay para ustedes — dijo uno de ellos.
— ¡Por qué! No, la princesa está embarazada, el bebé puede debilitarse.
— ¡Ordenes del rey! ¡Atrás! — el guardia sacó una especia de vara con la que se desquitó del muchacho.
Le dio un fuerte golpe en la mano que hizo que el joven de dieciséis años gritara de dolor.
— ¡No, por favor, no le hagan daño! — pedía con llanto la princesa — Se lo suplico.
Eva sollozaba por el niño. ¡Solo era un jovencito!
— Eso debieron pensar antes de pecar. — escupió a ambas celdas — ¡Retírense!
Es así como los guardias dejaron el calabozo para custodiar la entrada desde fuera. Eva veía a los demás comer con desesperación, como si no los hubieran alimentado en días.
El bebé dejó de moverse.
— No, no por favor, dime que sigues allí mi pequeño. — Eva se llevó un susto de muerte, su bebé no daba señales de movimiento, su hijo iba a morir. — Por favor no — lloró desconsoladamente agarrando su vientre con fuerza, pedía y pedía a sus ancestros que la ayudaran, al menos a que su bebé nazca con vida.
— ¿Está bien?
— «Ay» Remy, ¿qué es lo he hecho para ganarme este dolor?
— Yo le creo princesa, yo le creo — Remy tomó la mano de la princesa con miedo a que reaccionara de mala manera, sin embargo, fue todo lo contrario.
Eva sostuvo su mano sucia por el tiempo con fuerza y apoyo. Eva al fin sentía el apoyo de alguien ese día.
— Princesa — alguien la llamó.
El anciano de la celda de al lado llamaba a la princesa en susurros. Eva volteó disimuladamente el rostro hacia el anciano, parecía llevar mucho más tiempo allí que Remy, los cabellos canosos del anciano sobrepasaban el pis, un largo y descuidado cabello.
— Tenga, coma mi señora.
El anciano le tendió su plano intacto de alimento, con la mano temblorosa por su vejez.
— Por favor, tómelo. Usted lo necesita más que yo.
¿Qué podía hacer? El hambre le ganaba, pero sentía que le quitaba la vida a otra persona.
— Gracias, señor.
La princesa se arrastró por la celda sin ánimos de levantarse, tomó el tazón de comida entre sus manos. No era para nada a lo que acostumbraba, no eran esos ricos panes que los cocineros preparaban para ella, no era esa rica comida que preparaban en el palacio. Se veía asqueroso y sin sabor, parecía ser papa prensada, sin condimentos ni sal, la textura era ... rara.
Por su bebé, debía de alimentarse por su bebé.
Comenzó a comer, tratando de no centrar su atención en lo asqueroso que se sentía esa comida. Remy la miraba atento, con su mirada fija en el platillo; su boca se le caía, su boca se le aguaba por sentir el sabor de la comida en su estómago.
— ¿Deseas un poco? — invitó la princesa.
— No, mi señora, coma usted.
— Nos alimentan cada dos días, princesa — añadió el anciano — Ya estamos acostumbrados.
Eva se sintió la peor persona de la tierra. Comía frente a un chiquillo que no comía hacía días, no lo podía creer, ¿cómo es que nunca se había dando cuenta del uso del calabozo? Ella creía que se había dejado de usar años atrás, habían construido celdas sobre la tierra, en mejores condiciones que esa ... ¿por qué?
— Comí lo suficiente Remy, puedes terminar el plato — le invitó la princesa.
Por supuesto no se había alimentado lo suficiente, su estómago aún rugía sin acto de presencia de su bebé. Estaba tan tranquilo que le asustaba y temía.
Remy devoró lo que quedaba del platillo mientras la princesa cerraba los ojos para descansar. ¿Por qué a ella? Era una persona inocente, no había hecho nada de lo que culpaban. Nada.
— ¿Hicieron lo que les ordené?
— Sí, príncipe.
— Bien, retírense.
La habitación del príncipe se sentía vacía, había mandado a sacar todas las pertenencias de la mujer. Ropa, joyas, calzado, todo. Lo habían regalado al pueblo, sin embargo, aquel montón de tela no fue usado por nadie, nadie quería usar las prendas de una adúltera.
— ¿Cómo se siente mi príncipe?
— ¿Cómo crees Catherine? Devastado.
— No se preocupe, cuñado. Todo se resolverá mañana temprano.
— Ya no seré tu cuñado Catherine, no quiero que lo menciones nunca más, ¿oíste?
— Lo que ordene, su alteza. ¿Desea que mande a acomodar su alcoba?
— Sí. Hazlo.
Herald se vio acorralado por sus sentimientos. ¿Habría hecho bien en dejarla sin alimento? No lo sabía, se dejó llevar por la furia y el odio del momento, sin embargo, todos tenían razón. No se merecía ser llamada mujer, no se merecía ser llamada princesa. No se merecía su perdón.
— Rey mío, ¿está seguro?
— Así es, esa es la decisión.
— ¿No cree que es muy radical? Es una princesa — añadió la reina.
— No lo será más, no será nombrada a partir de ahora. Las futuras generaciones no conocerán la deshonra de la realeza. Su nombre quedará prohibido de pronunciar.
— Gusteau ...
— Está decidido, esposa. Esa mujer será juzgada por el pueblo mañana en la mañana, no hay nada que hacer.
Así pasaron las horas, todos dormían. La princesa cayó rendida al frio suelo de la celda, se tapada con sus mismos brazos, se daba calor con su mismo cuerpo insuficiente. Todo había pasado tan rápido, la juzgaron a una velocidad increíble.
¿Dónde esta el pueblo que decía amarla? ¿Dónde estaban aquellas personas a las que ella había ayudado? ¿Dónde estaban sus amigos? ¿Dónde estaba su amor?
Nadie se preocupaba por ella, ni siquiera sus propios padres, solo aquellas dos personas que había conocido en el calabozo. Solo esos dos desconocidos la habían ayudado sin conocerla, sin ella conocerlos.
El anciano no tenía nada que perder, no tenía familia, no tenía esposa ni hijos por quienes regresar. El viejillo quería partir, sentía que la muerte lo esperaba en la puerta entreabierta, había sido un criminal en toda palabra. Su juventud no fue buena, robó y asesinó a sangre fría, fue condenado a treinta años encerrado en el calabozo; para su mala fortuna la pena de muerte había sido erradicada. Aún así quería redimirse, ver a aquella joven vulnerable y desgraciada lo hizo pensar, ¿qué más daba si no comía? Se iba a morir en cualquier momento, pero aquella joven aun tenía mucho por vivir.
— ¡Levántense todos!
Un ruido estruendoso hizo que Eva se levantase de su sueño, era de día. Había pasado una noche en el calabozo, una noche fría y dolorosa.
— ¿Remy? — Eva buscaba al chico, no lo encontraba. Su celda estaba vacía, no había nadie dentro — ¿Remy?
— Se lo llevaron — habló el anciano — Es libre.
Eva soltó un suspiro aliviado.
— Gracias a Dios
— ¡Le levántate! — le ordenaron.
Eva obedeció, no podía refutar, le habían dejado muy en claro que no tenía autoridad.
— Camina. — la empujaron.
Estaba muy débil, sentía sus piernas frágiles y débiles, se balanceaba de un lado a otro con su cabeza a punto de estallar por el llanto de la noche anterior. Que Dios la ayude y se compadezca por la princesa.
Caminaron hacia en palacio, volvía a sentir las miradas amenazantes de los trabajadores y algunas personas pertenecientes a la nobleza. Muchos le gritaban "Adúltera, adúltera", se sentía en la época de Jesús, se sentía como si fuese a ser arredrada por su familia hasta la muerte. Iba caminando con las manos en la espalda, agarrada fuertemente por uno de los guardias.
Muy a lo lejos divisó a su dama, Regina, quien era más que su dama era su amiga. La vio llorar y aclamar por ella, lloraba al lado de su madre, Martha, quien la sostenía para que se aventara contra los guardias.
— ¡Piedad por mi señora! — gritaba — ¡Es inocente!
— Avanza — la empujaron a la princesa detenerse por su dama — ¡Avanza dije!
— ¡Está embarazada, Dios mío! — gritó Martha viendo a la princesa sucia y con la mirada vacía.
La llevaron a rastras hacia el salón principal del palacio, a los pies del rey. Allí, los representantes del pueblo la miraban asqueados, quién lo diría, una bella princesa convirtiéndose en una asquerosa mujerzuela a los pies del rey.
El rey Gusteau y su hijo estaban frente a ella, decididos a condenarla, sin ningún tipo de remordimiento por la escena. Eva sostenía su vientre frente a todas las miradas molestas, estaba protegiendo a su bebé pese a su estado, su vestido floreado dejaba ver muy bien su panza, le remarcaba la figura redonda haciendo elevar mucho más la furia del príncipe.
— ¡Silencio! — ordenó el rey ante los ataques hacia la mujer de rodillas.
— Mi señor — añadió Livene — Estamos listos para comenzar.
El rey dio una última mirada a la muchacha y a sus padres. Le habían dado todo el derecho a él de decidir el futuro de su hija, ellos ya no querían a la princesa con ellos.
— Damos inicio al juicio — dijo el juez con firmeza.
Reino de Garicia
Nombre: Eva de Mitros
Edad: 25
Rango: Princesa.
Acusada de: Adulterio.
El pueblo aclama: Muerte.
— Frente a nosotros tenemos a la que una vez fue princesa, futura reina de Garicia, Eva de Mitros, condenada por adulterio junto al príncipe Jone Pride. Acusada de traicionar a la realeza al confabular con el príncipe, no solo por adulterio, sino también a favor de un posible atentado contra el rey.
— Eso es mentira, yo no hice nada por-
— ¡Silenció! — ordenó el rey haciéndola callar.
— Según la ley — el juez leyó — A todo aquel que traicione al rey y al reino de Garicia será sentenciado a muerte al instante de proclamar la condena, sin embargo, frente a las modificaciones hechas años atrás por los reyes, a todo aquel que traiciones al rey será sentenciado a voluntad del pueblo siendo así llevado por dos posibles caminos: El calabozo o el destierro.
— Piedad — susurró la princesa de rodillas.
— No hay compasión por una adultera traicionera — soltó el príncipe al lado de su padre.
El bebé al fin se movía, por lo menos un rayito de esperanza se sembró en el corazón de Eva.
— Es así, como la primera sentencia deberá llevarse a acabo por los representantes del pueblo. Mi rey, si así lo ordena, le pido permiso para proceder con la condena.
El rey observó por última vez a la joven frente a él. Era una lástima que una chica como ella fuese una pecadora. Gusteau se dirigió a los padres de la anteriormente princesa. Ellos le dieron el permiso necesario para continuar, se veían decididos y avergonzados por su hija.
— Permiso concedido.
EL juez dio inicio a l juicio por el primer delito: Traición.
Los representantes del pueblo comenzaban a cuchichear entre ellos, mujeres y hombres iban a juzgarla, aquellos que alguna vez había ayudado.
— Declaro la destitución de Eva de Mitros como princesa y futura reina de Garicia. Todos sus derechos y privilegios han sido revocados a favor del juicio. De ser así, abogado, le cedo la palabra.
El abogado de la realeza tomó su portafolio y se dirigió hacia la enorme mesa sonde estaban los pobladores.
— Su alteza real, su majestad, juez presente y todos. Hoy estamos aquí denunciando traición al rey y al reino. Esta chica que aquí — la señaló — Es causante de las notables revelaciones reales para con nuestros enemigos, se revelaron estrategias y posibles alianzas que son una daga oxidada para el reino de Garicia. Dichas revelaciones traerán caos al pueblo, sus hijos no tendrán comida, volveremos a la época de muerte y sangre por los pasillos de sus casas. Seremos esclavos de reinos extranjeros a causa de una mujer, de esta mujer.
— Eso no es cierto — susurró sollozando.
— ¿Dejaremos a una mujer peligrosa en las calles? ¿Dejaremos que el reino se vea afectado por esta mujer?
— No, claro que no — susurraban.
— ¿Dejarán a sus hijos sin hogar? — habló llamando la atención de las mujeres quienes veían a Eva como una asquerosidad.
— Nunca.
A Eva nadie la defendía, le negaron cualquier defensa, era ella enfrentándose a un crimen que no había cometido, era ella sola contra su familia.
— Queremos pruebas — dijo un hombre sabio.
— Eso tendrán — respondió el abogado bajo la atenta mirada del rey quien asintió con la cabeza.
Las pruebas eran simples y concisas, había testigos que afirmaban hacer escuchado a Eva de Mitros confabular con sus enemigos.
— Requiero al primer testigo.