Días antes
“Querida Ayla, sé que pensaras que soy un cobarde y un gilipollas, pero esta es la manera que encontré para poder decirte las cosas. Cuando nos casamos yo creí que iba a ser para toda la vida, pero la rutina nos fue consumiendo. Tu con tus escritos te has olvidado de mí y por eso tuve que buscar afuera lo que no me dabas tu adentro. Sé que pensaras que te culpó de nuestro fracaso y en parte es así, tu nunca estabas para mí, siempre había algo o alguien más importa te que yo y eso fue apagando nuestro amor. El tiempo fue dándome la razón con el pasar de los meses y los años; lo nuestro estaba destinado al fracaso. Pase noches vacías y cada vez que me decías que no querías amarme, tenía que tragarme las ganas. No sé cómo decirte esto y no quiero lastimarte, pero estoy enamorado de alguien más. Ella ha sabido darme todo lo que tú no y aunque sé que me odiaras de por vida, esto es algo que debo hacer. Aymee, tu hermana y yo hemos estado saliendo desde hace un año. Yo sé que estás son cosas que debería decirte mirándote a los ojos, pero no puedo hacerlo. Amo a tu hermana y aunque me cueste decirlo, siempre la he querido en secreto. Sé que el dolor que te ocasionare será irreparable y aunque sientas que tu vida no tiene sentido, vas a ver qué encontrarás a alguien que te amara como te lo mereces.
Lo siento y sé feliz como yo no pude hacerlo contigo ni tú conmigo.”
“Hermana, tu ex esposo, ahora MI FUTURO MARIDO y yo queremos invitarte al Baby shower de nuestra hija. Él no se ha animado a decírtelo, aunque le he dicho que tienes derecho a saberlo, pero, en fin, lo importante es que te lo estoy contando yo a ti. Estoy embarazada de cuatro meses y es una niña. Ya hermosa escogido el nombre se llamará Amber, ¿Ese nombre te gustaba a ti verdad? Siempre decías que cuando tuvieras una hija con Sergio ese mismo llevaría la niña y piénsalo de ese modo, yo le daré esa hija que tanto deseaste.
No faltes hermanita.
Pd: te dejo unas fotos de nuestras vacaciones en Venecia y los papeles de divorcio. Sé la hermana mayor dulce y bondadosa que siempre piensa en los demás y fírmalos. Nos urge casarnos.
Bye bye Ayli”
Ayla no podía creer lo que sus ojos leían y necesitó repasar cada esquela unas dos o tres veces más porque todo aquello le aprecia una película de terror. ¿Aymee y Sergio? Eso era imposible hasta de pensarlo, pero ambos se lo dejaban bien en claro, no había dudas.
Aymee era su hermana menor, cinco años menos que ella y aunque siempre le ha tenido envidia por todo lo que ella había conseguido, Ayla había buscado muchas maneras de contentarla, pero ninguna lo había podido hacer. Cuando ambas eran pequeñas, ella había tenido que pasar por un trasplante de riñón por una enfermedad congénita y fue su propia madre quien le donó; meses más tarde ella falleció y desde entonces Amber creció culpándola por ello y por tener todo aquello que deseaba.
Cuando ella cumplió sus quince años, en su fiesta conoció a un amigo del hermano mayor de su mejor amiga y mirar sus ojos marrones y esa sonrisa cautivadora le fue suficiente para flecharle el corazón, enamorándose perdidamente. Pero para su mala suerte, se había quedado hipnotizado por la belleza de Ayla y ella por el carisma de él y terminaron, esa misma noche, a los besos en los rincones del salón e iniciando un noviazgo que duro cinco años.
Durante todo ese tiempo Amber intento conquistarlo, pero no habría podido lograrlo hasta el fallecimiento de su padre hace un año y medio atrás, cuando una noche, pasada de copas terminó por confesarle a su cuñado que se sentía atraída por él y éste por alguna razón, terminó cayendo en sus encantos. Ese hombre era Sergio.
Ayla no tenía a nadie más que a su hermana y a su esposo. Con veinticinco años recién cumplidos, no había podido ir a la universidad, dado que prefirió trabajar duro para pagar la carrera de diseñadora de modas a su pequeña hermana, sin saber que mientras ella le depositaba en una cuenta hasta el último peso de dólar que generaba en su trabajo, ella se lo gastaba con amigas y el último tiempo, con su propio esposo, su propio cuñado. Mientras que sus notas iban de mal en peor.
Aymee nunca perdonó que su hermana se haya casado con el hombre que, según ella, siempre fue para sí porque fue la que lo vio primero.
Sergio sin darse cuenta de que su cuñada lo único que buscaba era herir a su hermana, se dejó seducir por la pelirroja al punto de perder la cabeza arriesgando los sueños de formar una familia y trabajar duro, con su esposa, para llegar a concretar su más ansiado proyecto, una pequeña cadena de comidas.
- Ayla. – musitó Victoria, su mejor amiga que justamente estaba con ella en los preparativos de la fiesta sorpresa donde se suponía le darían la noticia a él sobre el embarazo de ella. – amiga. – insistió al ver que no respondía y releía un ay otra vez la carta de su hermana.
No reaccionaba, todo aquello le parecía un sueño ¿por qué estaba pasándole estas cosas? Sentía injusto tanto sufrimiento y que los causantes de todo ese sentimiento, sean las únicas dos personas que tenía en la vida y a quienes amaba más que su propia existencia.
Guardó silencio todo el tiempo que estuvo sentada en esa cama leyendo aquellas esquelas y aunque sabía que aquellas fotos estaban dentro del sobre no se animaba a mirar la realidad con sus propios ojos ¿por qué había sido tan cruel? Ella nunca supo de las intenciones de su hermana para con su esposo cuando se conocieron, por lo que esta situación jamás se lo esperó.
- Estoy bien. – dijo dejando las notas encima de la cama y poniéndose de pie.
- ¿quieres venir conmigo a casa? – fue lo único que le salió decirle en esos momentos donde lo único que sentís es que te caes en un pozo negro y te pierdes en la oscuridad, Victoria comprendía ese sentimiento de vacío y desilusión porque ella había tenido que vivir algo parecido, aunque no fue con su hermana, si no con una de sus amigas.
Ayla le dio la espalda al mismo tiempo que comenzó a darle vuelta a la cama y cubrirse la boca para no dejar escapar un sollozo que tenía atravesado en la garganta. Con cuidado, su amiga se puso de pie y se encaminó hacía donde ella se encontraba; de pie mirando el inmenso y bellísimo jardín que tenían en el patio delantero de la casa.
- Amiga. –cuando llegó a su lado puso su mano en su hombro para hacerla sentir contenida, que no estaba sola y que podía apoyarse en su cariño. También sabía que nada de lo que dijera le haría no sentir ese dolor agudo en su pecho, por lo que solo se limitó a abrazarla.
- ¿por qué? – fue en su abrazo, con su cabeza escondida en el hueco entre el cuello y el hombro que rompió en llantos.
- Tranquila mi amor, llora, hazlo para desahogarte. – nada de lo que dijera ayudaría aliviar el dolor que estaba experimentando en ese mismo momento.
- Mi hermana. – le dice mirándola fijamente con pena y sus ojos nublados por sus lágrimas. – mi esposo. – dijo con más dolor aún. - ¿qué hice mal? – soltó acompañado de un grito de dolor y desesperación.
Era normal que sintiera eso, pero la realidad es que no puede hacerse cargo de las malas acciones, conscientes, de las personas que debían respetarla, por lo que eso mismo quería dejarle en claro Victoria al soltar su abrazo y tomar su rostro entre sus manos y obligándole a mirarla fijamente y escucharla con atención.
- No vuelvas a decir eso. Si quiera lo pienses ni te lo preguntes porque tu no tienes la culpa de la maldad y la envidia de tu hermana y la cobardía de Sergio ¿comprendes? – habla seriamente y muy segura de cada palabra que salía de su boca.
Ayla no dijo nada, solo se volvió abrazar a su amiga, quien estuvo acompañándola por horas ese día hasta que tuvo que regresar a su casa al recibir un mensaje de su madre, que le avisaba desesperada que su hijo se había caído de la hamaca y estaban en la clínica pediátrica. A ella le daba miedo dejarla sola, pero no podía no ir donde su hijo y su madre. Ellos la necesitaban.
- Estarás bien. – susurro acariciando su rostro y quitando de él los mechones de cabello mientras dormía.
Cuando el reloj dio las veinte horas un trueno la despertó de repente, haciendo se exalte y note que a su lado ya no se encontraba el hombre a quine amaba, sino aquellas cartas y ese sobre con los papeles de divorcio. También, sabía perfectamente que además de aquello, ese sobre marrón contenía esas supuestas fotos y aunque tenía miedo ve verlas, necesitaba hacerlo, para poder, de una vez, abrir sus ojos a la realidad.
Se sentó en la cama y luego de estar mirando el sobre en sus manos por casi treinta minutos, es que se decidió por ver lo que había dentro.
La primera foto que sacó, era la de ellos cenando en la terraza de un restaurante que dejaba ver la hermosa Venecia. Por inercia comenzó a llorar, pero necesitaba seguir mirando esas fotos. La segunda se la habían sacado en uno de esas canoas, sobre el agua y mirándose fijamente mientras Aymee sujetaba una rosa roja en sus manos. La tercera, se los dejaba ver entre risas, a orillas de la playa abrazados mientras ella estiraba sus brazos al cielo y él besaba su cuello. Pero las tres últimas fueron las que más le dolieron.
Sergio y Aymee se estaban dando un beso con los ojos cerrados. Ella siempre creyó que cuando te dan un beso de esa forma es porque realmente la otra persona está enamorada y eso era lo que podía percibir en esas últimas imágenes.
En la siguiente, más dolorosa aún que la interior, podía ver, tristemente a sus manos entrelazadas y algo que fue una puñalada al pecho directamente. Llevaban unas alianzas doradas con plateadas y en el dorso de la foto una leyenda que él mismo firmó “Así como nuestro amor, estos anillos es la alianza de nuestros sueños de una vida juntos… TE AMO mi bella dama”.
Todo era devastador, pero la última foto era el tiro de gracia. Ver a Sergio besando el vientre de Aymee fue la que le hizo tomar la decisión de acabar con todo.
Dejó todo aquello en el suelo y sin mirar se puso de pie, caminó dejando caer sus lágrimas, que mojaban todo su rostro, hasta el baño y luego de buscar en los cajones del pequeño mueble, toma en sus manos la gilete y se introduce dentro de la bañera. Por varios minutos la observó en sus manos, dándose tiempo para buscar y encontrar el valor que necesitaba para acabar con su vida y cuando al fin lo halló, todo sucedió en cámara lenta.
Victoria había estado toda la tarde marcando le el teléfono a su amiga. Al principio lo tomo normal, dado que comprendía que quizás necesitaba tiempo para procesar las cosas; no todos reaccionan de la misma manera ante semejante engaño, pero la preocupación comenzó hacerse presente cuando, tres horas más tarde, notó que si quiera había levantado sus mensajes.
- Mamá, tengo que ir a ver a Ayla. – dijo luego de hacer dormir a su pequeño Samuel.
Ayla y Victoria se conocían de la escuela primaria, por lo que han pasado su infancia y adolescencia juntas, compartiéndolo todo y sus padres las amaban profundamente. Cuando los padres de Ayla murieron, la madre de Vicky fue de gran contención, por eso, al enterarse lo que la desgraciada de su hermana le hizo junto a su marido, le dolió muchísimo y no dudo en quedarse con su nieto para que su hija vaya a consolar a su mejor amiga.
- Salúdala de mí parte y dile que en la vida no hay mal que por bien no venga – dice llevando sus ambos entrelazados a su pecho. – dios mío, que no haya hecho ninguna locura. – dijo cerrando sus ojos. – cuídala, señor. – se persigno mirando el crucifijo en el mueble al lado de la puerta.
Ni bien llegó a la casa, estuvo tocando el timbre unas cuantas veces, para terminar por darle fuertes golpes a la puerta ocasionando que los vecinos se alertasen.
- ¡llamen a la policía! – gritó desesperada mientras corría hacía la puerta de atrás rogando que la misma este abierta.
Ella sabía que Ayla era inestable emocionalmente, pero no quería pensar que fuera capaz de atentan contra su vida, aunque sí estaba segura que algo andaba mal y que debía ingresar inmediatamente a la casa.
- ¡Ayla! – gritaba desesperada, al notar que todas las puertas estaban cerradas y que no podía ingresar. Lo único que le quedaba era ingresar por la ventana y para ello, debía romper el vidrio de una de ellas.
Luego de tomar una gran piedra y arrojarla a uno d ellos ventanales del living, ingresó a la vivienda y subió directamente al cuarto, sabía que allí podía encontrarla.
- ¡Ayla! – volvió a llamarla, pero no respondía y ya podía sentir como el corazón se le subía a la boca. - ¡amiga! – la voz se le quebraba, sabía que algo había sucedido y el situarse frente al baño, que estaba cerrado, era sentir un frío que la atravesaba.
Cuando Victoria abrió la puerta la imagen que le devolvió su amiga fue realmente horrorosa. Ella se encontraba dentro de la bañera con sus ojos cerrados y sus brazos colgados de la misma chorreando sangre.
Desesperada corrió a sacarla de la bañera e intentar despertarla, pero no reaccionaba ante sus llamados.
La madre de Vicky se jubiló de enfermera y aunque ella no había elegido la misma carrera, sabía realizar los primeros auxilios, por lo que no dudo un solo segundo y si quiera esperó a que llegase la policía ni la ambulancia que comenzó a verificar los signos vitales.
Ni bien colocó sus yemas en la cara interna de su muñeca, no notó el pulso y se desesperó. Llevó sus manos a su cuello e intentó tomarle los latidos y aunque los encontró, notó que los mismos estaban bajando, por lo que enseguida comenzó a reanimarla.
- Uno, dos, tres, cuatro, cinco. – y se acercó a darle respiración boca a boca, peor no reaccionaba. – uno, dos, tres, cuatro, cinco. – intentó nuevamente, pero nada, no respondía. - ¡vamos! ¡lucha por tu hijo! – le gritó desesperada y volvió a realizar – uno, dos, tres, cuatro, cinco. – pero nada.
El llanto la arrebató y nada de lo que estaba haciendo había logrado reanimarla. Para su suerte, la policía había arribado al lugar y gracias a la intromisión de un vecino que ingresó luego que Victoria a la casa, había llamado a la ambulancia y la misma ya estaba en la puerta.
Cuando los paramédicos entraron al cuarto de baño, notaron las cortaduras en sus muñecas y aunque le preguntaron que había sucedido, su amiga solo pudo decirles que estaba embarazada.
Cómo tampoco reaccionaba a las maniobras de reanimación, trajeron de la ambulancia un desfibrilador portátil, esa era su última esperanza, si no podían hacerla reaccionar no sería capaz de resistir el trayecto hacía la clínica. Debía reaccionar.
- Uno, dos, tres despeguen. – y el ruido provocaba que ella se despegara del suelo, pero su pulso estaba cayendo. – aumenten, uno, dos, tres, despejen. - pero nada, todo era insuficiente y a Ayla se le estaba apagando la vida. – no reacciona. – dijo la doctora preocupada. – Sanches, trae la camilla, si no la llevamos a la clínica puede morir. – la amiga, que lloraba desconsoladamente y la doctora solo podía pensar en una cosa, salvarle la vida. - realizaremos la reanimación en ciclos de 30 compresiones y dos respiraciones. – ordenó a su equipo.
El viaje hasta la clínica más cercana demoraría unos 30 minutos, más si se considera el transito congestionado por ser día entre semana, por lo que la doctora indicó el ritmo de las compresiones que debían hacerle para mantenerla con vida, pero todo podía suceder.
- ¿cómo esta doctora? -
Vicky la detuvo antes de que se fuera con su amiga. Ella sabía que la situación era muy delicada y que todo estaba en ella, en Ayla que debía pelearla por vivir.
Mientras están en la ambulancia, le hacen las maniobras de reanimación respetando las indicaciones de la doctora, cuando de repente se dan cuenta que de entre sus piernas comenzaba a salir mucha sangre, por lo que ahora la situación se agravó demasiado.
Al llegar al hospital, luego de haber estado viajando por cuarenta minutos, ingresan corriendo al edificio y de tras de ellos ingresa Victoria, quien había seguido el trayecto en su auto.
Su corazón no dejaba de llorar y ella de rezar porque se salve.
- Preparen el quirófano. Femenina de 24 años, intento de homicidio y un aborto en curso. – dijo la doctora al ingresar y esto la dejó paralizada ¿aborto? Lo único que le faltaba, que perdiera a su bebé, el mismo día que se enteraba que estaba embarazada de ocho semanas.
Ese día, Vicky supo que, de ahora en adelante, Ayla necesitaría de su apoyo para poder pasar esta situación.
Luego de unas horas la doctora salió hablar con algún familiar, pero solo estaba su amiga, que, aunque intentó llamar a Sergio para avisarle, este le había bloqueado las llamadas a su amiga y no había podido hacerlo. Tristemente, su mejor amiga, no solo tenía que enfrentar sola la decepción de haber sido engañada en su propia casa, ante sus propios ojos, sino que procesar la situación de perder a su bebé por culpa de ellos dos.
Una semana más tarde.
- ¿cómo estás? – le pregunta Vicky al ingresar a su habitación para ayudarla a guardar las cosas. Le daban el alta.
- Bien. – dijo fría y distante.
- Ahora nos vamos a ir a mi casa ¿sabes? –
Victoria no quería que vuelva a su casa, no quería que se sintiera sola y aunque el dolor lo llevaría consigo a donde quiera que vaya, era algo que debía enfrentar por sí misma.
- No hace falta. Volveré a mi casa. – dijo segura de cada palabra que salía de su propia boca.
- Pero Ayla. – intentó convencerla, pero era en vano porque ella estaba rota por dentro y nada de lo que sucediera de ahora en adelante podría cambiar lo que su hermana y su ex marido le había hecho pasar. Los odiaba.
- No te preocupes por mí, estaré bien. – dijo por último para tomar su bolso e irse rumbo a la puerta. No quería que la llevase, quería irse sola, necesitaba estar sola.
- ¡espera! – intentó detenerla, pero ella fue insistente.
- No necesito que estés conmigo en todo porque no hare ninguna otra locura. Solo quiero regresar a mi casa y hacer lo que deba hacer. –
Si había algo de lo que estaba segura, era de que no dejaría la casa donde nació y creció porque pese a todo, esa casa tenía los mejores recuerdos de su niñez y no los abandonaría por nada del mundo.
- Prométeme que cualquier cosa me llamaras. – estaba realmente preocupada, temía que su mejor amiga vuelva atentar contra su propia vida.
- No me sucederá nada. – dijo fingiendo una sonrisa, aunque por dentro estaba llorando a mares.
- Te quiero. – dijo antes de abrazarla. – cuídate mucho. – le pidió a modo de súplica, ella solo sonrió falsamente y detuvo un taxi.
Mientras viajaba en el taxi, su mirada estaba perdida en el paisaje que se podía apreciar desde dentro del vehículo y aunque el transito era un horror y las sirenas de los patrulleros dejaban aturdido a cualquiera, ella no le prestaba atención.
Llevaba una de sus manos en su vientre, aun sabiendo que su pequeño hijo no estaba dentro. Si quiera había podido crecer un poco más, era tan pequeño que no pudo saber si era un niño o una niña. De todas las heridas que su hermana y Sergio le habían ocasionado, la perdida de su hijo había sido la peor y no solo tenía decidido firmar los papeles, sino que comprarle la parte de la casa que le corresponde a Aymee para que nunca más aparezca ante sus ojos porque realmente no sabría que era capaz de hacer. Cuando uno odia, lo ciega al punto de dejar de ser uno mismo para convertirse en un monstruo y ella no quería pensarse en esa faceta.
- Señorita, estamos a ocho cuadras de su domicilio, si quiere puedo dejarla aquí. – ella lo miró sin ninguna expresión, él le explicó el por qué de lo que le estaba proponiendo. – es que llevamos diez minutos aquí y el reloj le sigue cobrando. –
- No se preocupe. – le contestó para volver a fijar su mirada en la ventana.
Cuando la marcha se reanudó, el vehículo comenzó andar de manera moderada, cuando aquellas sirenas, que en principio se escuchaban a lo lejos, comenzaron a sentirse cada vez más cerca y al dobla a la vuelta a la esquina, un Ford Mustang de color negro, se le vino encima.
¿Cuál es el sentido de la vida? O bien ¿Qué sentido puede encontrarle una persona a su propia vida luego de sufrir un engaño de semejante calaña? Y esa era la pregunta que le golpeaba la cabeza desde el segundo que salió de aquella habitación de cuarto de hotel.
Bruno siempre creyó en los cuentos de hadas y en qué en algún punto recóndito del planeta estaba nuestra alma gemela que, al igual que uno mismo y hasta quizás inconscientemente, vivía en búsqueda de su otra mitad. Él realmente creyó haberla encontrado en Umma desde aquel momento en el que sus ojos se encontraron entre la multitud. Aún recuerda aquel momento.
Sus ojos caramelo resaltaban entre la gente y su cabello rizado tenían la ondulación perfecta. Aquel lunar cerca de su ojo izquierdo resaltaba las facciones de su rostro que parecía haber sido tallado por los dioses. Su sonrisa cautivadora le robo el corazón en ese mismo instante y un tímido “Buenos días” de su parte fue el inicio de su historia de amor.
- Hola. – respondió ella tímidamente, jugando con el largo de su cabello.
- Parece un resorte. – dijo casi sin pensar en cada palabra y ella enarco una de sus cejas. – lo siento… lo siento mucho, hablé sin pensar. – Dijo avergonzado, sintiendo sus mejillas quemarle y evitando su mirada.
- Resorte. – repitió ella sin dejar de mirarlo. - ¿En serio crees que mí pelo parece resortes? – le dijo sería y él, como era de esperarse en ese tipo de situaciones donde se alteraba emocionalmente, comenzó a tartamudear.
- No.. e.. e… es.. que.. que.. tu.. tu.. pelo.. se … se.. se pare..pare… ce mucho.. al re.. al re. Te.. resorte…” dijo como pudo, sintiendo que su corazón se le salía por la boca, viendo que algunos compañeros de clase, ase agrupaban para reírse de él y ella no soltaba una sola carcajada, estaba completamente sería, por lo que la situación no podía incomodarlo aún más. – adiós. – dijo dándose la vuelta y marchando se del lugar.
- ¡Espera! – grito ella viendo cómo se marchaba entre la gente. - ¡IDIOTAS! – grito con mucho enojo al grupo de adolescentes. - ¡Ey! – lo llamaba de esa manera porque no sabía su nombre, pero de todos modos todo intento era en vano porque él no la oía con el barullo de tantas personas juntas en un mismo ambiente, el patio.
Bruno se sentía tan avergonzado que hizo lo que hacía siempre en estos casos. Esconderse en la biblioteca. Él era un chico con un coeficiente intelectual un poco más alto que el de sus compañeros y era por eso que el resto se burlaba de él haciéndole bulling y poniéndole apodos ofensivos. Muchas veces en años anteriores ha sido víctima de violencia física y como no tenía un solo amigo, se guardaba las cosas para sí mismo y no lo manifestaba ni con los adultos y todo esto lo había convertido en una persona inestable emocionalmente e incapaz de poder socializar con otros y más aún de intentar conquistar a una mujer. Pero Umma no era cualquiera y desde ese segundo en el que le sonrió supo que quería pasar el resto de su vida con ella.
- ¡Idiota! – se dijo cubriéndose el rostro luego de sentarse en el suelo entre los últimos dos estantes de libros infantiles donde sabía muy bien que nadie se acercaría y que ahí podría estar tranquilo.
- Aquí estás. – escuchó aquella voz, pero era tal la vergüenza que sentía que no quiso mirarla, de igual modo ella se sentó a su lado. – resorte. – repitió y él sin levantar su cabeza de entre sus piernas hablo molesto.
- Ya. Te he dicho que lo sentía. – y sin esperarlo, ella rompió en carcajadas. Él la miró por primera vez. - ¿De qué te ríes? – estaba confundido.
- Eres gracioso ¿sabías?- pone sus ojos en blanco creyendo que se estaba burlando de él. – No les hagas caso. – dice luego de cesar sus risas. – son unos idiotas. – concluyó regalándole una enorme sonrisa y poniéndose de pie. – vamos. – le dice extendiendo su mano. Él la mira desconfiado. – vamos. – insiste. – y devolviéndole esa sonrisa es que tomó su mano y no se la soltó más.
¿Cómo fue tan imbécil de no darse cuenta que estaban jugando con él? ¿Cómo no presto atención a las señales? Si era más que evidente que su Umma lo estaba engañando. Ella llevaba meses tratándolo con frialdad y hasta podía darse cuenta que fingía cada vez que le hacía el amor. Quiso negarse a todas las verdades que se desarrollaban ante sus ojos y ahora pagaba las consecuencias.
Apretaba con fuerza el volante mientras de vez en cuando le daba unos cuantos golpes y gritaba con todas sus fuerzas, intentando sacar de lo más profundo de su cuerpo el sufrimiento que lleva en el alma por culpa de esos dos traidores.
El celular sonaba y sonaba, pero a él no le importaba saber quién era, aunque al no tener amigos, lo más probable es que su padre intentará comunicarse con él y eso era lo que estaba sucediendo.
- Amor, deberías dejar las cosas como están. – le dice Umma intentando parar a Alfredo antes que cometa la locura de arreglarse con su hijo. A ella le interesaba que cuánto más lejos estén, más odio se tengan, mejor resultados tendría y mejor podría manipularlo. Bajo ningún concepto se perdería un solo peso de todo su dinero.
- ¡Déjame de una buena vez!, no te pongas cargosa. – eleva su voz y la empuja de su lado.
Si había algo que a él lo sacaba de onda era que cuando se sentía enfadado lo quisieran manipular. Es que si quiera era capaz de darse cuenta que Umma tenía el control de todo lo que respecta a su vida y le hacía creer que en la relación ella era la sumisa, cuando en verdad él era un pobre imbécil que tenía toda su vida controlada por esa mujer de rizos castaños.
Por un momento él se dejó cegar por la belleza y la sensualidad de esa pelicastaña, pero luego cayo en la cuenta de que se había estado acostando con la mujer que su hijo amaba y con la que se iba a casar en horas y que no solo se había quedado sin su padre y el legado de la familia Atiles, sino que aquel deseo le había llegado arrebatar hasta su propio hijo.
- ¿y bien? – dice ella luego de terminar de cambiarse y ver que aquel se desesperaba por que Bruno le cogiera el teléfono.
- No me atiende. – responde desesperado y ella pone sus ojos en blanco.
- ¿y qué pretendes? – dijo sentándose en la cama y cruzándose de piernas.
- Es mi hijo. – le dice él con el ceño fruncido.
- Pero eso no lo has pensado cada una de las veces en las que me has follado. – dice ella molesta.
- Ha sido un error. – dice finalmente para darle la espalda.
Umma sentía que todo su plan por quedarse con la fortuna Atiles se le iba de las manos, por lo que debía actuar inmediatamente antes de que Alfredo termine por darse cuenta que una mujer como ella, jamás podría estar con un hombre como él.
Para ella acostarse con ese viejo era realmente asqueroso. Cada vez que sus manos la tocaban se sentía sucia, cuando la besaba le daba arcadas y cuando tenía que tener sexo con él, trataba de visualizar a otro hombre. Sí es cierto que muchas veces evitaba hacerlo, pero cuando él se ponía insistente y no tenía cómo zafar, terminaba por cerrar los ojos y dejar que hiciera todo el trabajo.
Particularmente ese día, le había aparecido de sorpresa y cómo en horas era su casamiento sabía que no saldría del hotel durante todo el día y toda la noche por lo que tuvo que acostarse con él y para su mala suerte, Bruno se apareció antes.
Alfredo ya le había heredado, en vida, sus bienes, pero podía impugnarlo en el momento que quisiera y era eso la que la mantenía alerta y sometida a sus inmundos deseos de acostarse con ella.
- Perfecto. – dijo ella realmente enfadada y comenzando a coger todas sus cosas en un bolso. – pero quiero que tengas en cuenta una cosa. – le dice mientras guarda una a una sus prendas. – no me volverás a ver nunca más. – concluye al mismo tiempo que cierra el cierre del bolso y sujeta la manija para llevarlo consigo.
- ¡espera! – gritó desesperado dejando a un lado su teléfono celular.
- Déjame. – fingió estar molesta y muy dolida. Actúo unos sollozos, forzó unas cuantas lagrimas y ay lo tenía, de nuevo comiendo de su mano.
- Perdóname mi amor – dice él abrazándola con fuerza.
- Yo sé que lo que hicimos lastimo mucho a Bruno, pero dos personas que se aman no pueden estar separadas, el amor es así y aunque a él le cueste reponerse no quiero perderte, pero tampoco insistiré si lo que quieres es irte y dejarme. Pero ten en cuenta algo muy importante. Si te vas, no regreses jamás. No me busques… - pero no la deja terminar porque enseguida comenzó a besarla apasionadamente, para terminar por alzarla entre sus brazos y comenzar a follarla otra vez.
Realmente era triste la situación por la que lo estaban obligando a pasar a Bruno, pero era evidente que a ninguno de los dos le importaba en lo absoluto cómo podía estar transitando semejante descubrimiento. Claramente no lo imaginaba y estaban muy ocupados como para pensar que puede poner en riesgo su vida como la de terceros.
- ¡malditos sean! – gritó entre llantos de frustración y mucho dolor. - ¡los odio! ¡los odio! – repitió una y otra vez, pero lo cierto era que, pese a todo, su corazón seguía latiendo por esa mala y desvergonzada mujer.
Cada vez que su mente le traía recuerdos de él con Umma, apretaba el acelerador y ponía en riesgo a decenas de peatones, sin mencionar la cantidad de semáforos en rojo que estaba pasando y exponiéndose a provocar un accidente con reacción en cadena.
- ¡SEÑOR, AMINORE SU MARCHA Y DETENGASE AL COSTADO DE LA ASCERA! – le decían los patrulleros con el megáfono en alta voz, pero Bruno no era capaz de escuchar a nadie, solo los gemidos de su ex prometida y el “me vuelves loco” de su padre. No podía borrar de su mente la imagen de su propio héroe de niño, penetrando a la mujer de sus sueños, pensarlo y verlo en su cabeza le desarmaba el alma.
- ¡SEÑOR, DETENGA EL VEHICULO O TENDREMOS QUE APLICAR LA FUERZA POLICÍACA! – Insisten, pero esta vez, amenazándolo, pero él no oía a nadie.
Bruno lo tenía decidido, no quería vivir más con la vergüenza de haber sido engañado por esos dos y sin importarle llevarse vidas inocentes, acelero el vehículo justo a la entrada de una de las avenidas principales. La 9 de julio.
Él tenía sus ojos cerrados como para darse cuenta que en el momento en el que aceleró, un taxi dobla la esquina encontrándoselo de frente.