Capítulo 3

Avancé por el pasillo de la villa, el haz de mi linterna cortando la oscuridad. El aire era pesado, olía a moho y a tristeza.

"Esta era su habitación", dije a la cámara, enfocando una puerta entreabierta. "La habitación de Elena".

El chat se llenó de comentarios morbosos.

"¿Encontraron el cuerpo ahí dentro?"

"¡Búho, busca fantasmas!"

Empujé la puerta. La habitación estaba destrozada. Muebles volcados, un espejo roto en el suelo, y en las paredes... arañazos. Largos y desesperados arañazos que recorrían el papel pintado descolorido.

"Vaya...", susurré, pasando la linterna por las marcas. "Parece que alguien no quería estar aquí".

El chat, que hasta ahora había sido un hervidero de odio, guardó un silencio momentáneo. El horror visual de la escena pareció calmar incluso a los más cínicos.

Pero el silencio no duró mucho.

"Seguro que los hizo ella misma en un ataque de locura".

"¡Claro! Era una drogadicta, ¿no? Estaría alucinando".

"Esa mujer era puro teatro. Siempre queriendo llamar la atención".

Negué con la cabeza, una mezcla de frustración y pena creciendo en mi interior. ¿Cómo podía la gente ser tan cruel?

De repente, una voz incorpórea, un susurro femenino apenas audible, pareció flotar en el aire.

"Ayúdame...".

Me quedé helado. "¿Habéis oído eso?", pregunté a mi audiencia.

El chat se dividió. Algunos decían que no habían oído nada, otros juraban que sí.

Fue entonces cuando mi pie tropezó con algo debajo de la alfombra raída. Me agaché, apartando la tela polvorienta.

Era un ordenador portátil. Viejo, cubierto de polvo, pero intacto.

"¿Qué tenemos aquí?", dije, levantándolo para que la cámara lo viera bien. "Un tesoro inesperado".

Un escalofrío recorrió mi espalda cuando, al abrirlo, la pantalla parpadeó y se encendió. Mostraba un simple archivo de texto abierto, como si alguien hubiera estado escribiendo justo antes de...

"Es un diario", dije, mi voz temblando ligeramente. "El diario de Elena".

La curiosidad venció al miedo. Me senté en el suelo, coloqué el portátil en mi regazo y empecé a leer en voz alta.

"23 de abril. Hoy es el día más feliz de mi vida. Mi hermano, Javier, me ha encontrado. Después de dieciocho años en el orfanato, por fin tengo una familia. Un hogar".

"Javier es mi héroe. Me ha traído a esta casa enorme, un palacio. Todo es tan diferente... la ropa, la comida, la forma en que la gente habla. A veces se ríen de mi acento, pero Javier siempre me defiende. Me dice que soy su hermana, su sangre, y que nadie volverá a hacerme daño. Él es mi ancla en este nuevo mundo. Lo quiero más que a nada".

La inocencia y la gratitud en esas primeras líneas eran palpables. Un nudo se formó en mi garganta. Esta no era la voz de un monstruo. Era la voz de una niña perdida que por fin había encontrado su lugar.

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