Capítulo 2

Baltimore, Maryland.

Baltimore Memorial Hospital.

—¡¿Quién demonios crees que eres?! — Apreté la mandíbula y me obligué a bajar la mirada, me repetí una y mil veces. "Compórtate, compórtate, compórtate." — ¡¿Acaso ya te crees residente?! ¡Mamá no te puede ayudar aquí, Martini!

Eso había sido bajo… Pero que zorra.

Doctora William, Cirujana general, doctora de turno en urgencia, aquella noche. Siempre había sabido que no le agradaba, nunca entendí bien por qué, pero tenía una fijación maliciosa con mi madre, bueno, no era la única, ser interna de Cirugía de segundo año no era sencillo, la competencia era cruda, los cirujanos unos hijos de puta exigentes, crueles. Y como si fuera poco, cuando tu madre era la directora general de medicina, de la universidad de Jhons Hopkins. Entonces… Todo se iba al caño, estaba en un escrutinio constante, todos esperaban absoluta perfección de ti, de cada una de mis respuestas, de mis comportamientos.

En fin. Una verdadera mierda.

Levanté la mirada para fulminar a la cirujana, nunca había usado el título de mi madre a beneficio propio, pero aquella vez realmente me había hecho enojar, era la mejor estudiante, la que hacía más horas, tomaba los turnos que nadie quería, me esforzaba el maldito, doble. Si la posición de mi madre podía librarme de eso, entonces bien. Llevaba toda la semana asignada a la doctora Williams en urgencias, y había sido un completo infierno, la doctora no había hecho el mínimo intento en tratarme como nada más que una mísera lacra, me había hecho doblar los turnos y en aquel minuto, llevaba setenta y dos horas sin dormir.

Se me había ido la maldita resiliencia al carajo.

—¡¿Qué?!— Exigió ella cruzando los brazos sobre el pecho.

—La paciente está bien. La medicación asignada fue correcta. Sus signos vitales son esta…

—¡No tenias el puto derecho! —Volvió a gritar — ¡No eres más que una niñata engreída que juega a ser doctora!

—¡Al menos yo si hago mi puto trabajo! — Ella pestañeó pasmada, el piso quedó en silencio, no era extraño ver a un recidente reprender a gritos a sus internos, pero que uno de nosotros tenga los cojones, o la nula inteligencia, como para responderle, era inaudito, inaceptable.

—¿Qué dijiste? …— Su rostro se volvió rojo de ira.

Aquel era el minuto que debía de haberme puesto a rogar. Pero de nuevo, reitero, llevaba setenta y dos horas sin dormir. Claramente, no estaba en mi momento más brillante.

—¡Si no fuera por mí, el paciente se muere!, ¡Si no fuera por mi eficiencia, usted tendría un maldito cadáver en vez de un chico de diecisiete años listo para cirugía! — Le grite extendiendo mis brazos, la gesticulación de mis manos era algo que casi había podido controlar tantos años lejos de mi tierra natal, casi, pero bueno, no existe italiano capaz de contener la gesticulación del todo, pero estando enojados, era… Antinatural. — ¡¿Dónde cojones estaba usted?! ¡Se supone que responda el maldito teléfono!

Ella estaba pasmada, sus manos temblaban de rabia, pero de alguna forma, no parecía creer que le estuviera contestando, lo comprendía, yo tampoco podía entender cómo se me había encendido la sangre.

—¡Lo que yo estuviera…! — No pensaba dejarla continuar.

—¡Me interesa un pepino con quién estaba doctora! ¡Solo pídale al doctor Hernández que no se la folle tan duro! ¡Las neuronas deben dejarle de funcionar, lo suficiente, si no es capaz de contestar el puto teléfono!

—¡Zorra! ¡Te voy a romper la cara!

—¡vieni qui!, ¡piccola puttana! — Grité lanzando al suelo la carpeta, el historial médico del paciente, ella se lanzó hacia delante, pero aunque estuve tan cerca… Tan cerca de romperle la maldita nariz de veinte centímetros… Un brazo me tomó por la cintura y me retiró hacia atrás, parte del personal médico hizo lo mismo con ella— ¡Lasciami andare! ¡Lasciami andare!

—¡Maldita zorra! ¡Te parto la cara! — Gritaba la otra desde el otro lado del pasillo.

—¡Chiara, es suficiente! —Gritó una ronca voz a mi espalda. Su grito hizo que todos se detuvieran, incluyéndome. Mierda. Los brazos del Jefe de Cirugía me soltaron cuando dejé de patalear. —Doctora William, vuelva a su turno, Doctora Martini, a mi oficina. Ahora.

El jefe del departamento de cirugía, James O’Neill, se dio media vuelta sin esperar respuesta.

—Merda santa. — dije en voz baja más para mí misma, suspiré frustrada y luego de comprometerme a mí misma que mantendría la compostura, lo seguí hasta su oficina, pasé junto a mis compañeros internos, todos me dieron una mirada de lástima y solo Kimy me hizo un gesto con las manos “Ánimo”, deletrearon sus labios en voz baja.

Seguí por el pasillo en silencio, como si fuera un vil cerdo directo al matadero, así me sentía, joder. Casi podía ver la expresión dura de mamá sobre mí. Solo quedaban dos malditas horas para terminar el jodido turno, ¡Maldita sea Chiara! ¡Solo tenías que cerrar la puta boca!

Cuando llegué a la oficina de O’Neill, la puerta estaba levemente entreabierta, respiré profundamente tres veces antes de golpear mis nudillos suavemente contra la puerta.

—Pasa, Chiara. — Su voz ronca siempre me hacía sobresaltar levemente. Dándome ánimos a mí misma, obligue a cada uno de mis pies a adentrarse en la oficina del Jefe de cirugía— Cierra la puerta, por favor.

No quería, pero hice lo que me pidió, James estaba cerca de los cincuenta, pero como todo el personal femenino del hospital estaba de acuerdo, James O’Neill, era como el vino, de casi metro ochenta, tenía una estructura grande y elegante, de hombros anchos y sobre todo, era un santo. Viudo sin hijos, era el hombre ideal para cualquier mujer, lástima que aquella que parecía ser dueña de sus atenciones, fuera una maldita bruja.

—Doctor O' Neill, yo…— Bajé la mirada, ¡Joder!, respetaba a ese hombre, lo conocía desde que habíamos llegado a Baltimore, con solo nueve años.

—¿Cuándo entraste a turno, Chiara? — Me interrumpió él, levanté la cabeza y le miré, su tono, tajante pero… Conciliador. Definitivamente, no era lo que esperaba.

—¿Qué?

—¿Cuándo empezaste el turno?— Volvió a preguntar con aquella paciencia infinita que tanto le caracterizaba.

—Emm… No lo recuerdo…— Mentí— ayer, ¿Tal vez?

Una cosa era agarrarme con mi recidente a cargo, no estaba nada bien, era un actuar estúpido y suicida, pero a veces, inevitable. Pero otra cosa muy, muy distinta, era acusarla con el jefe de cirugía, aquello sería mi perdición, ningún recidente me querría en su servicio.

Sí, los cirujanos eran unos malditos explotadores, y si, la doctora Williams había sido la peor de todas, pero eso no significaría que echaría todo el esfuerzo, el trabajo de los último dos años a perder, acusándola con el jefe de cirugía.

—Chiara… —Suspiró y sacó de su cajón un registro impreso de mi asistencia.

—Merda … - sentí mis hombros caer y miré aquel hombre que había sido una especie de santo para nosotras— Por favor James, déjalo pasar, estoy bien, te lo juro…

Él me miró con preocupación.

—No se trata solo de ti, y lo sabes, un doctor que no duerme lo suficiente pone en peligro a sus pacientes — reprendió firme pero con el mismo tono conciliador.

Suspiré, no podía contra aquel argumento, demasiado cierto. Había actuado irresponsable, debí negarme a la extensión del turno, pero…

—No lo volveré a permitir. — Le aseguré — te lo prometo, pero por favor, déjalo pasar, no le digas nada, sabes cómo es…

James apretó sus dientes y suspiró.

—No deberías trabajar tan duro, eres excepcional Chiara, no tienes nada que demostrar. — Dijo él y yo apreté las manos, odiaba que fuera capaz de ver a través de mí, ni siquiera mi madre podía. - Que no vuelva a suceder.

Exigió finalmente y yo le miré, agradecida.

—Lo prometo. Mi madre no te merece.— Dije en un profundo alivio.

Él suspiró y se quitó los anteojos.

—Por milésima vez, entre tu madre y yo solo hay una buena amistad. — Se quejó — Ahora vete a casa. Y no te quiero aquí hasta dentro de cuarenta y ocho horas. Duerme.

Capítulo 3

Cuando salí de la oficina de James, pensé que recuperaría el aliento, pero no fue así, caminé por el pasillo y cuando estaba por pasar fuera de la sala de descansos de los residentes, me detuve, aquellas palabras hicieron darme cuenta de que aquella presión, la misma que me impedía respirar, nunca cesaría.

—¿La viste? —Preguntó alguien.

—Es una zorra mimada, una vez que el doctor O’Neill se encargue de ella, será historia, ningún cirujano querrá tomarla bajo su servicio. — Dijo la que reconocí como Williams.

Pasé lo más rápido que pude por fuera de la habitación, estaba harta, adoraba la medicina, adoraba el quirofano, pero la presión de ser la hija de mi madre era algo…

Insoportable.

Me detuve cuando sentí que las piernas no me daría más, llevaba tres días corriendo de un lado para otro en el hospital. Apoyé ambas manos en la pared y me enfoqué en recuperar el aliento, solo en eso, por los próximos segundos, estaba tan cansada que estaba a punto de dormirme ahí mismo, de pie y en medio del pasillo del hospital.

Cuando sentí que podría dar un último aliento levanté la cabeza, no me había preocupado por las personas que pasaban detrás y comentaban, había sido objeto de rumores y comentarios desde que había entrado a la escuela de medicina. Ahora, había hecho un número impresionante con una de las cirujanas recidentes, sería un milagro que no hicieran comentarios al respecto. Mi mente continuó divagando en los posibles escenarios sociales de los próximos días en el hospital, cuando mi vista enfoco el mural en el que estaba apoyada, uno de anuncios, dónde los trabajadores y departamentos ponían sus avisos. Uno en particular llamo mi atención, o mejor dicho, una sola palabra.

“Abruzzo, L’Aquila”

Sin meditarlo, tomé el papel, sacándole de un tirón del alfiler que lo sostenía sobre el mural.

*

“Programa de intercambio para internos de segundo año.

¡Elige una de las siguientes ciudades para terminar los últimos dos años de tu internado!

¡Solo debes contar con dos cartas de recomendación, una de tu casa de estudios y otra de un doctor recidente, contar con un capital de $1000 USD y postular!

París, Francia

San Francisco, EEUU

Creta, Grecia

Río de Janeiro, Brasil

Roma, Italia

L’Aquila, Italia.

…”

*

No continúe leyendo el resto de los destinos, porque no me interesaban.

Volver a Italia, nunca lo había pensado… Mentira, en realidad, no me había atrevido a considerarlo, mamá nos había sacado de ahí, con el corazón roto, habíamos dejado atrás a Pappa…

Con los años descubrir que no era nuestro padre biológico fue una bofetada que Anna y yo tuvimos que simplemente aceptar, mamá nunca fue muy comunicativa sobre nuestra vida en Italia, había fotos de Pappa y los hombres de allá por toda la casa, pero ella no decía palabra alguna, sabíamos que todavía hablaba con Pappa. Él nos enviaba regalos, dinero y flores en cada cumpleaños y eventos importantes. Mamá decía que le gustaba recibir nuestras cartas, pero él jamás las respondía, y en algún momento de nuestra adolescencia, nos cansamos de intentar.

Él no era nuestro padre, probablemente solo nos quería porque amaba a mamá, jamás nos había llamado, mucho menos nos había visitado, solo enviaba regalos y nuestras cartas, probablemente terminaron en algún basurero.

Luego Ana, entró al “Walnut Hill School for the Arts” para el programa avanzado de ballet, mi hermana había nacido para ello, desde que Pappa nos había llevado al ballet en Roma, solo teníamos seis años, pero para Anna fue como si encontrara lo que realmente amaba. Mamá siempre la alentó y le permitió bailar en distintas academias complementarias a la escuela, pero con solo catorce años, todas sabíamos que para ella, no había nada más.

A los diecisiete, entraba al Ballet Bolshói, en Moscú, mamá estuvo a punto de negarle la entrada, Anna seguía siendo una niña, impresionantemente talentosa, pero una niña al fin y al cabo. Luego, un día, de la nada, simplemente le dijo que sí, que podía ir. Había sido más que sospechoso, pero ninguna de las dos iba a cuestionar la repentina suerte para mi hermana.

Hoy a los veinticinco, Anna era considerada una “Prima Ballerina”, estaba orgullosa de ella, siendo mellizas, éramos mucho más que hermanas, era mi mejor amiga, y sus éxitos me enorgullecían cómo propios, pero confieso que también le tengo un poco de envidia, Anna siempre ha sabido lo que quiere y ahora, lo tiene. Yo sigo estancada a medio camino, tratando de lograr mis metas sin ser humillada en el camino.

Aún no sabía bien por qué quería irme, tal vez necesitaba un break de tanta presión, o simplemente necesitaba llegar a un lugar donde se me valorara por mi profesionalismo, no por lo que se espera del linaje de mi madre. Fuera cual fuera la razón, quería… No, necesitaba irme.

Doble el trozo de papel en mi pantalón y me marché en busca de mis cosas, necesitaba llegar a casa cuanto antes, tenía absolutamente claro a quien le pediría las cartas de recomendaciones, por supuesto, a mi madre no. Emocionada por la decisión que acababa de tomar, hice las llamadas correspondientes de camino a casa en el asiento del taxi. Cuando llegué, mamá no estaba, por supuesto, una parte de mí se alivió, tenía que hablar con ella, y estaba casi segura que mi repentina decisión, no iba a gustarle. Nada más entrar en mi habitación, encendí mi laptop, no fue sencillo llegar hasta ella, llevaba tres días sin estar en casa y mi habitación era un asco, tenía ropa por todo el suelo, libros y fotocopias apiladas en torres por todas partes, mi cama no tenía un aspecto mejor, joder… Me prometí que después de dormir, me encargaría de ella.

Hice la postulación a través del sitio web que apareció en el pequeño anuncio de papel, luego me fui a la ducha, y una hora Después, cuando ya había comido, me llegó un correo de confirmación por parte de la encargada estudiantil, casi al mismo minuto, recibí las cartas de recomendación de mis dos profesores elegidos. Las adjunté y envié el comprobante de mi cuenta bancaria.

Los internos no recibíamos el mejor sueldo del universo, de hecho era bastante patético, pero yo no tenía mayores necesidades, tampoco tenía tiempo para salir con amigos y gastar, por ende, en los dos últimos años, había ahorrado casi todo mi sueldo.

Luego de enviar todo lo solicitado por la encargada estudiantil, me metí a la cama y como si mi batería interna se hubiera agotado, me dormí antes de que mi cabeza presionara con la almohada.

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