Hace un año.
Miro a mi alrededor un poco agobiada por la fuerte música. Mamá había dicho que sería buena idea acercarme al lago por el cual la ciudad llevaba su nombre, donde los adultos jóvenes de la ciudad se juntaban a sociabilizar. Nunca había tenido demasiados problema para sociabilizar, pero tampoco jamás había estado en una fiesta mixta. Las chicas de vuelta en Quebec eran fáciles de conocer; simpáticas y tranquilas. Aquí, casi parecía la mala copia de Proyecto X, y ya varias personas me habían mirado como si supieran que era una extraña. Nuestros nuevos vecinos ya nos habían advertido que esta era una de esas pequeñas ciudades donde todos conocen a todos, y donde todos hablan mal de todos. Los forasteros no son bienvenidos tampoco.
Me estoy sirviendo jugo en la improvisada barra cuando dos chicos se ponen junto a mí, bromeando sobre alguna chica que acababa de tirarse al lago congelado en ropa interior. No les presto mucha atención porque los chicos aún logran ponerme nerviosa; nunca aprendí a tratar con ellos.
Gracias papá por ponerme en una escuela de chicas.
Uno de ellos me mira con curiosidad y cometo el error de mirarlo de vuelta. Los más impresionante ojos azul cielo que he visto en mi vida atrapan mi mirada y es casi como si me hipnotizaran. ¿Han escuchado esa frase “amor a primer vista” y pensado que es la estupidez más grande en la tierra? Por un pequeño segundo, yo lo sentí.
El chico de ojos azules le susurra algo a su amigo y este se marcha sin decir una palabra. No aparto mi vista pensando que él se marcharía luego de servirse un trago, pero en cambio, dirige su atención hacia mí.
—Hola, extraña. No te conozco. ¿Nueva en la ciudad?
Me cuesta un poco encontrar mis palabras. Su voz es cruda y ronca, casi como si apenas hubiera rodado fuera de la cama. Es tan profunda que cala hasta el fondo de mi pecho, y tengo que evitar soltar un suspiro.
—Hola —respondo con menos voz de la que en realidad tengo—. Me mudé con mi mamá hace unos cuantos días.
—Interesante —dice como si estuviera evaluando la situación, pero entonces esboza una sonrisa y me extiende su mano—. Soy Damon Hunter. Mucho gusto.
Miro su mano y dudo un momento. Su mano es grande y tiene elegantes y largos dedos de pianista. Me parece un poco agobiante, pero me las arreglo para estrechársela.
—Blakely. Puedes decirme Blake.
—Qué lindo nombre tienes, Blakely.
Le sonrío tímidamente, pero no sé por qué lo hago. Quizá estoy demasiado nerviosa.
—Gracias, Damon.
—Cuéntame un poco de ti, Blake, ¿de dónde vienes?
—Solía vivir en Quebec.
—¿Quebec? —pregunta, casi con confusión—. ¿Por qué alguien de Quebec vendría a vivir a este lugar abandonado por la decencia y los buenos modales?
—Digamos que no fue una situación convencional.
—Comprendo —parece pensativo un momento.
—¿Tú eres de aquí?
—Como la mayoría —se encoje de hombros—. ¿Puedo invitarte a una cerveza, Blake? Bueno, será solo jugo para mí. Vine en mi auto.
Nunca he tomado cerveza. Quizá he probado un poco de vino en una que otra cena familiar, pero jamás algo real. Miro a Damon y no puedo pensar en parecer una aburrida niña de ciudad para él que no es capaz de salir de su zona de confort, así que acepto y me digo que no puede ser tan terrible.
Damon asiente y pide una cerveza y un jugo al chico que está junto a lo que parece un mini refrigerador. Él se los tira y se saludan con un gesto extraño. Damon me entrega la cerveza y ya se está tomando su bebestible mientras yo batallo para abrir mi lata. Cuando finalmente lo logro, no puedo evitar mi cara de asco cuando la pruebo. Espero que Damon no me haya visto, pero él se está riendo.
—Lo siento, es la única cerveza que tenía el único mercado que nos vendía alcohol sin pedir identificaciones.
—No, no. No está mal, es solo que… no suelo tomar cerveza —admito un poco avergonzada.
—No pasa nada. De todas formas, tienes que estar un poco ebria previamente para pasar esta cosa por la garganta sin querer vomitar.
Sonrío ante su amabilidad. Este chico no es solo el chico más guapo que he visto en mi vida; musculoso, alto, sexy, y con los más hermosos ojos que he visto, sino que también es encantador, ¡y me está hablando! De pronto, ya no odio tanto las circunstancias que me trajeron a esta horrible ciudad.
—Imagino que irás a la secundaria pública, ¿no?
—Imaginas bien —le doy un sorbo a mi cerveza y me las arreglo para no poner más caras.
—¿Algo más que deba saber de ti, Blake?
Me sorprendía un poco que estuviera interesado en mí, considerando que se veía como el tipo de chico que podría ganarse a cualquier chica en una fiesta.
—Uhm… patino. Hago patinaje artístico en hielo desde los cuatro años, así que me he enlistado en el equipo de la ciudad.
—¿Hablas en serio? Nos estaremos viendo en la pista entonces a menudo.
—¿También patinas? —pregunto, sorprendida.
—Por supuesto, pero no hago patinaje artístico —se ríe—. Soy parte del equipo de hockey de la escuela. Entrenamos también en las pistas de hielo de la calle Kennedy.
—¿Hockey? Eso es genial. He escuchado que los Lobos Blancos son uno de los mejores equipos del Estado. ¿Es cierto?
—Si te lo digo sonará como que solo estoy presumiendo —me muestra una sonrisa toda dientes blancos y siento que mis piernas tiemblan un poco—. Pero sí, lo somos. Podrás ver los partidos cuando empiece la temporada.
—No me los perdería.
Presente
Cuando termino de vestirme me siento un rato en la banca a pensar. Sin poder contenerme, saco de mi mochila la flor de origami que me ha acompañado por más de un año. A esta altura, no sé por qué la conservo ni por qué me transmite tanta paz y tranquilidad cuando la persona que me la dio hace mi vida imposible y hace que los demás lo hagan también. Si Damon supiera que aún la conservo y aún la admiro en silencio en mis momentos de soledad me aplastaría como la cucaracha que siempre soy en su zapato.
Suspiro y la vuelvo a guardar, recordando con un poco de tristeza los momentos previos al inicio del año escolar anterior, anticipando el último que comenzaría el lunes. No quería volver a la escuela, un lugar que para mí era el centro de todos los males de mi existencia. Usualmente podía evitar a todos durante las vacaciones; el equipo de hockey no entrenaba y solo tenía que soportar a Evangeline y a sus secuaces. El resto de las chicas solo me hacían la ley del hielo.
Lamentablemente y para mi mala suerte, la escuela era un cuento completamente opuesto. Durante ocho horas diarias era el periodo de tiempo en el que cualquiera podría tener tiempo para ser un idiota. Generalmente no me importaba mucho lo que me decían, pero eso tampoco significaba que quisiera escucharlo.
Las cosas se ponían más difíciles cuando Damon estaba involucrado. Era gracias a él que todo el mundo me odiaba, porque al ser capitán del aclamado equipo de hockey de la ciudad tenía a toda la escuela comiendo de sus manos. Si Damon me odiaba, todos me odiaban, y considerando que él parecía tener una clase de repulsión especial hacia mí, todos estaban más que contentos con hacerme pagar por lo que sea que le hubiera hecho a su aclamado capitán.
Damon me ignoraba la mayor parte del tiempo, a pesar de que su gélida mirada de odio absoluto siempre estaba posada en mí cada vez que hacíamos contacto visual. El gran problema aparecía las pocas veces que decidía meterse conmigo personal y directamente. Sus palabras eran brutales y desestabilizantes.
Y yo tenía que ser masoquista, porque mi corazón jamás reflejaba lo que mi cabeza decía.
Mi cabeza decía corre, mi cabeza decía tenle miedo. Damon Hunter había arruinado una vida ya arruinada y la había hecho de alguna forma aun peor y cada vez que estaba cerca de él sentía que me iba a desmayar de la angustia. Su presencia me provocaba querer correr al otro lado del país y no volver, y todas sus acciones durante el último año habían cavado mi tumba social y me habían dejado en el abismo del cual intentaba cada día salir sin éxito.
Pero mi corazón. Oh mi estúpido, desesperado y asqueroso corazón que quisiera arrancar de mi pecho.
A mi corazón no le importaba el tipo de atención que le diera Damon Hunter. Negativa o positiva, era atención al fin y al cabo, y latía por cada una de sus miradas y palabras. Mi corazón se había quedado estancado en el primer día en que nos conocimos y en aquellas pocas horas previas al inicio escolar que había esperado para reencontrarme con él en las que me había ilusionado a tal punto que era insano.
Esas expectativas se vieron rápidamente no solo aplastadas, sino que lapidadas contra el duro y frío suelo. Damon no era quien yo había creído, y como si no pudiera ser peor, me odiaba.
Damon me odiaba, y no tenía idea por qué.