Capítulo 2

—¿¡Qué demonios!? —digo leyendo los documentos y sintiendo cada vez más ganas de vomitar

—Mi padre no pudo hacerme esto—me digo a mí misma, reprimiendo las lágrimas.

No sabía hasta qué punto estaba la adicción de mi padre por el juego, pero jamás pensé que desviaría dinero de la empresa donde trabajaba y mucho menos, que cediera sus propiedades. Pero, ¿Ceder algo por lo que he luchado y trabajado durante este tiempo?

Las piernas me fallan y me siento en la butaca cerca de la caja. El documento explicaba que la prórroga del pago se cumplía y que debería entregar lo estipulado en los documentos.

— Soy una estúpida, me digo a mí misma.

Confiaba en mi padre. Por eso, cuando decidí montar la tienda, llame a mi padre desde Londres, donde había estado en casa de mi abuela materna, le dije que regresaría y quería un inmueble que había visto online. Yo le giré el cheque para que él lo comprara. Lógicamente, estaba a su nombre y no me preocupe por cambiar eso. Y ahora, tengo en mis manos el documento que me arrebata lo más preciado. Cada vez me sentía más enferma.

Debía arreglar esto. Necesitaba explicar la situación.

Reviso los papeles y se me hiela la sangre cuando leo el nombre del casino al que le había cedido todo lo que teníamos.

Reina de Corazones.

No. No. No

—¡Debe ser una puta broma! —Grito furiosa.

Mi futuro dependía de Lucas Salvatore. El hombre con el que, años atrás, me iba a casar y deje plantado un día antes de la boda.

Recojo mi bolso y con el sobre en mis manos salgo de la tienda, no sin antes cerrar bien con llave. Tomo un taxi y le doy la dirección del casino.

Diez minutos después, estaba frente al casino del hombre que no veía hace ocho años.

Camino hasta la puerta lateral, donde sabía que era la única entrada a esta hora de la tarde, pero estaba custodiada. Acomodo mi vestido azul eléctrico, de corte recto, y toco mi cabello rubio, que me llega hasta mis caderas. Muy poco le cortaba el largo, solo las puntas mensualmente. Era el recordatorio de que era una sobreviviente.

Me acerco hasta la puerta y de inmediato me detienen.

—¿Desea algo? —me dice uno de los gorilas en la puerta.

—Necesito hablar con Lucas—digo sin ninguna formalidad.

—El señor, no está —espeta acercándose —Así que, le pido que se retire —Levanto el rostro y lo miro con ganas de cortarle la garganta.

—¿Me podría decir a qué hora regresa? Es urgente.

—No podemos dar esa información.

¡Maldición!

Estoy por irme y regresar en la noche, cuando escucho que abren la puerta y una figura va saliendo. Me mira y veo el shock reflejado en su rostro para luego volverse una máscara de serenidad. La cual cubre la sorpresa

—Gianna —dice mi nombre como si le costara hacerlo.

—Adriano— me acerco al mejor amigo de Lucas— Él, ¿Está? —no necesitaba decir su nombre, él sabía de quién hablaba.

—No está y dudo que quiera verte— me responde en tono seco.

—¡Maldita sea, Adriano! Esto me llego esta mañana a la tienda y no es posible— él, mira el sobre que le pongo delante y suelta un suspiro.

—No se puede hacer nada —me informa— todo es legal. Lo siento, Gianna.

—¿Lo sabías? — pregunto, dándole una mirada acusatoria.

—Tu padre apostó y perdió. Lo siento— dice como si no fuera la gran cosa.

—¡Puede quedarse con todo, menos con mi tienda! — grito fuera de mí— ¡Es mía! Yo la compré y la trabaje— continúo— No es justo Adriano, él no puede quedarse con algo, por lo que luche y saque adelante. Él lo sabe, Tú lo sabes, ¡Maldita sea! — su expresión se suaviza, pero luego vuelve a su postura original.

—Paga la deuda y te podrás quedar con la tienda

—Es una suma exorbitante que no estoy en posición de pagar y lo sabes— me acerque hasta él, y arrugo el sobre lanzándolo el pavimento para pisarlo con mis zapatos negros, de Carolina Herrera —Estos no son negocios. Es una venganza— señalo —dile a Lucas que, para que se quede con mi tienda, tendrá que mandarme a unos de sus matones y acabar conmigo, ¿Entendido? —él asiente. Me doy media vuelta y camino con toda la dignidad.

Demostrando una seguridad que no sentía en ese momento. Siempre le daba batalla a Salvatore y esta, no iba a ser la excepción.

★★★★★★★★

Por la noche, al llegar a mi departamento, me cambio la ropa que llevaba para trabajar y me pongo unos pantalones de deporte ajustados, un top y mis zapatillas de deporte. Mi departamento tenía dos habitaciones de las cuales, una, la había convertido en un pequeño Gimnasio donde me ejercitaba casi a diario.

Si bien no lo hacía por las mañanas, lo hacía en la noche al llegar.

Recojo mi cabello en una cola alta, subo a la cinta y enciendo la música de mi iPod. Adele suena a través de mis auriculares y comienzo con mi caminata.

Debía de mantenerme en forma saludable, mientras más me cuidara, menos propensa seria a sufrir de nuevo esa enfermedad. A menos así lo sentía y quería creer.

Pensamos que no nos pasara, o sencillamente no prestamos atención a que es algo que sucede cuando menos lo esperas, piensas que siendo joven estás exenta a él. Pues eso me sucedió a mí.

A los diecinueve años y a punto de casarme con el hombre de mi vida, la noticia del cáncer me llegó como una puñalada mortal. Él estaba ahí acechándome. Los médicos me aseguraron que tenía que ser rápida. Operarme y comenzar con mi tratamiento.

Y ahí es donde mi historia se tuerce. ¿Qué hacía? Estaba a dos días de la ceremonia y no iba a hacer pasar a Lucas por lo que me esperaba. ¿Qué podría decir? ¡Hey! ¡Cariño! Mi regalo de bodas es que ¡Sorpresa! Tengo cáncer.

Como empezar un matrimonio así.

Por eso, cancelé la ceremonia y me fui a Londres, a casa de mi abuela. Allí comencé mi viacrucis. ¿Egoísta? Sí. No lo niego, ¿Me arrepiento? A veces lo hago, pero luego de pasar mi proceso donde gracias a Dios salí adelante, me dieron la noticia que el tratamiento había hecho que las posibilidades de concebir fueran poco probables y que, debía estar en remisión y chequearme cada seis meses. Ahora, es una vez al año.

Decidí cambiar mi forma de vida a excepción de la cafeína que por más que traté de dejarlo, sencillamente no pude.

Alejo los pensamientos, subo la velocidad y comienzo a correr.

Necesito agotarme físicamente y así poder dormir un poco. Gracias a mi condición física, corro un poco más sin parar hasta que el día de trabajo, el estrés y recordar mi pasado comienzan hacer efecto en mí. Pero sé que necesito algo más, así que mañana iré al gimnasio donde práctico kickboxing desde hace cuatro años.

Por increíble que parezca, me relajaba más haciendo eso que, haciendo yoga, lo cual hacía de vez en cuando.

Una hora más en la caminadora y estoy muerta. Voy hasta mi habitación y me deshago de la ropa sudada, me ducho y me meto en la cama donde después de mucho dar vueltas, me duermo.

********

—Gracias por su compra — le doy la factura a la clienta. Tomo el café que está a un lado de la caja registradora y sorbo.

Miro la hora en el reloj de la pared y noto que es media mañana y la tienda estaba muy concurrida. Aún esperaba recibir una llamada de Adriano por lo de ayer. Dejo el café con más fuerza de lo necesario. Vamos Gianna, sabes que Adriano no es tu problema, sino Lucas.

—Tierra llamando a Gianna— Carlo está parado en frente de mí con un cliente haciendo gestos con la mano.

—Sí. ¿Dime? —me sobresalto. Él sonríe y pone encima del mostrador dos camisas perfectamente dobladas.

—El caballero se llevará estas— me informa— Disfrútelas— le dice al cliente mientras yo facturo. Una vez se va, repaso la tienda y mientras Carlo le muestra unas corbatas a un hombre, Nicole está atendiendo a una mujer que no sabía si llevarse un vestido u otro.

—Gianna. Esto es para ti— dice Pía entregándome una tarjeta— En una semana celebraré el cumpleaños de Dominic y me gustaría que estuvieras allí —Dominic era su esposo desde hace un año y era el primer cumpleaños que pasarían con marido y mujer.

—No faltaré —la leo y me rio—¿En serio? —pregunto con diversión, ella asiente.

—Me pareció genial hacerla de disfraces— habla sonriendo encantada —Ya sabes. Era eso o una fiesta común y corriente que Dominic quería. ¡Gracias a Dios! Me tiene —nos reímos ante su comentario, miro mi móvil que me anunciaba la llegada de un correo electrónico—¡Madre mía! — exclama de pronto Pía—Que par de especímenes —levanto la vista y tengo que agarrarme del mostrador para no caerme redonda —Si no estuviera casada y amara a mi marido, no me importaría tirarme a uno de ellos.

De pie. En la entrada de la boutique, se encontraban Adriano y Lucas. Este último, tenía la mirada fija en mí y mostraba total hostilidad.

Los dos llevaban trajes hechos a medidas que los hacían verse imponente. Mientras Adriano lleva un traje negro. Lucas, por su parte, usa un traje azul oscuro que le queda perfecto. Adriano mira alrededor asegurándose que nada perturbe a su jefe.

Me tenso cuando Lucas comienza su andar hasta mí. También veo como las clientas miran a ambos hombres con descaro. Cuando llega hasta donde estamos Pía y yo, quería salir corriendo.

Pero a ver, ¿Tú no lo fuiste a buscar ayer?

¡Maldita conciencia!

—Gianna—cierro mis ojos cuando el sonido de su voz me envuelve.

Su voz es más ronca de lo que recordaba y ya no era un chico de veinte y tres años al cual deje. Ahora, era un hombre de treinta y un años. Ocho años después.

—¿Podemos hablar? —continúa de forma dura, haciendo que abriera mis ojos rápidamente. Asiento y miro a una embobada Pía.

—Te dejo a cargo —le digo para luego mirar de nuevo a Lucas— Pasemos a mi oficina —Camino hasta atrás de la tienda sintiendo la mirada de Lucas clavada en mi espalda. Abro la puerta de mi oficina y entro.

Escucho la puerta cerrándose. Miro a Lucas y su mirada se encuentra con la mía. Me estudia con total descaro y me estremezco.

Reviso mentalmente lo que me había puesto esta mañana; falda, tubo de corte alto, rosa fuerte, top negro que dejaba un poco de piel al descubierto, y sobre él un collar largo con un triángulo al final, mi cabello estaba recogido en una cola alta y me había puesto mis sandalias beige de doce centímetros con la punta descubierta dejando ver las uñas de mis pies pintadas de rosa.

Podía trabajar con eso.

—¿Quieres sentarte? —digo. ¿Qué podía decir después de ocho años? Toma asiento en uno de los sofás que tenía en la oficina —¿Algo de beber?

—No estoy aquí para socializar —su respuesta es fría.

Me siento en el sillón de enfrente y lo estudio. Era el mismo hombre que había conocido, solo que con las facciones más duras por el tiempo. Ojos y cabellos negros, mentón fuerte, labios gruesos y sexos que me llevo a la gloria en más de una vez. Su cuerpo era más fuerte. Hombros anchos y caderas estrechas. Manos grandes y masculinas con dedos largos. ¡Dios! No estaba lista para esto.

—¿A qué has venido Lucas? — sentía la boca seca.

—Bueno. No nos hagamos los tontos—comienza— Ayer fuiste a buscarme y déjame decirte desde ya, que tienes un mes y medio para desocupar la propiedad —anuncia mirando fijamente.

—No sé qué te has creído, pero esta es mi boutique. Mi padre no tenía derecho a apostar algo que no le pertenece.

—Ya es tarde— me interrumpe— Pero hay algo que no me queda claro —dice inclinándose hacia adelante— ¿Por qué solo te aterra perder la boutique y no las demás propiedades?

—Esas propiedades son de mi padre y él puede hacer con ellas lo que quiera— respondo mientras juego con la pulsera que llevo en mi mano derecha —Esta es mi tienda. Yo la compré, solamente que al momento del contrato yo no estaba en el país y el arreglo todos los documentos.

—Vaya. Debiste conseguirte a un amante con mucho dinero —dice en tono mondas y siento la ira crecer en mi interior.

—Recibí la herencia de mi madre, pero no debería de decírtelo— su expresión se suaviza un poco. Él más que nadie sabía la falta que me hacía mi madre. No crecer con ella, dejaba un vacío en mí que no podía llenar con nada y siempre estaría allí.

—Bueno. Lamento que tu padre hiciera lo que hizo, pero no pienso echarme hacia atrás, así que ya estás sobre aviso —se pone de pie.

—¿Tanto me odias, que solo quieres dejarme sin nada? —se detiene en seco —Lamento lo que sucedió hace ocho años.

—Ya no me interesa hablar de eso —sus palabras salen con esfuerzo— Te largaste sin decir más y eso nunca te lo voy a perdonar—siento que me apuñalan directamente al corazón.

Sale de manera apresurada de la oficina y con el poco acople que me queda camino de nuevo a la parte de enfrente de la boutique.

Al llegar. Lucas está saludando a un cliente y conversaba animadamente con este. Conocía de quien se trataba. Claus Dimitriou, un griego que tenía negocios en Palermo y tanto su esposa, como su hija siempre vienen a la boutique cuando tienen un compromiso importante.

—No sabía que venías a estos lugares— habla el señor Dimitriou.

—Yo podría decir lo mismo, Claus— la voz de Lucas es profunda.

—Oh. Yo siempre que necesitó de ayuda, vengó con mi Afrodita preferida— dice dándole una palmada en el brazo a Lucas y caminando hasta mí.

—Señor Dimitriou —lo saludo —¿Qué lo trae por aquí en esta oportunidad? — digo dándole mi sonrisa especial para clientes.

—Mi aniversario —ríe —Treinta años junto a Elena.

—En ese caso. Tengo un Dior que le quedara muy bien— busco con la mirada a Marcelo, pero me encuentro con la mirada de reproche de Lucas— Sabe que —digo mirando a mi cliente —Yo misma lo atenderé. Venga por aquí.

Le muestro diferentes trajes, pero como supuse, el Dior le queda muy bien. Por un momento me olvido de Lucas y me dedico al cliente. No era por alardear, pero sabía el talle perfecto de un cliente y cuál traje le sentaba mejor. Eso se lo debía a la esposa de mi tío en Londres, que, a pesar de estar financieramente bien, nunca dejo su negocio y me enseño todo lo que sé en cuanto a trajes

—Me has salvado la noche —me dice caminando conmigo hasta la caja— Si mi mujer me ve con un traje que no me entalla bien, no me la acabo en toda la noche —me rio ante su gesto de horror.

—Pero con este Dior, se lo come a besos— bromeo y es su turno de reír. Facturo y el tomo, el traje guardado perfectamente en su funda—regrese cuando tenga algún problemilla con un traje.

—Gracias, hija —se despide el señor Dimitriou. Cierro la registradora y cuando me volteo, Lucas está de pie en frente de mí.

—Tengo una oferta que hacerte—habla siseando a través de sus dientes—Mandaré por ti a las siete.

—¿Perdón? —digo incrédula por sus palabras —No creo que me apetezca verte esta noche. Ya dejaste todo claro.

—Me acabó de dar cuenta que no —continúa— Pero si quieres conservar esto— hice un gesto con la mano alrededor de la tienda —estarás lista a esa hora.

—No sabes en donde vivo— digo alzando mi rubia ceja.

—No creo que sea imposible averiguarlo —replica dándome una mirada divertida —siete.

Horas después, estoy frente al espejo escogiendo que me pondría. Eran las seis treinta y ya había hecho mi cabello, dejándolo en ondas con ayuda de la pinza. Me había maquillado solo un poco: base, polvo compacto, delineador para ojos, rubor en las mejillas, solo me faltaba el lápiz labial. Tomo un traje de chaqueta y pantalón rojo. No. Lo desecho. Vestido azul oscuro. No, ¿Qué mierda? No me sentía cómoda.

Capítulo 3

Me gustaba mi propio estilo y hasta ahora, me había funcionado.

—Es nada más una cena Gianna—me dije a mi misma para tranquilizarme, de pronto vino a mi mente una prenda que no me había puesto. Busco entre mi ropa y la encuentro. Tomo lo demás y lo coloco en la cama para observarlo desde lejos.

— Perfecto —Sonrió.

Había elegido una falda corté A de cuero, color negro por encima de mis rodillas, una blusa blanca sin mangas. Con tachas brillantes en el cuello, un blazer negro, para los zapatos escogí unos mocasines de tacón negros y para darle un poco de color al atuendo escogí un Clutch en color granate, del mismo color que llevaría mis labios. Una vez lista, sonrío satisfecha por el resultado. Rocío un poco de perfume y exactamente a las siete, el timbre del portero suena, tome el clutch y salgo.

Cuando bajo me encuentro con Adriano esperándome.

— Buenas noches— saludo él solo, asiente con su cabeza y me abre la puerta de la Range Rover.

Subo y ya hay alguien al volante. Adriano rodea la camioneta y se monta en el lado del copiloto E inmediatamente nos ponemos en marcha. Podía ver que Adriano era incondicional de Lucas. Siempre habían sido muy unidos, Adriano fue un gran apoyo para mí cuando necesitaba a un hermano. Sí. Él fue ese hermano que me protegía de todo. Entre los dos, creció una amistad y un cariño fraternal que nos llevaba a interceder el uno por el otro, pero por la forma fría de tratarme eso había cambiado. Cuando me fui no quise decirle los motivos tampoco, sabía que le diría a Lucas y haría mi partida más difícil

—Ya estamos, señorita —prácticamente escupe las palabras.

Miro por la ventana y estamos frente al sesto canto un restaurante que tenía un ambiente íntimo y la comida era estupenda. Adriano se baja y me abre la puerta —Lucas la espera adentro.

—Adriano —susurro sintiéndome mal por la manera que me mira—Lo siento…

—No debería llegar tarde —no presta atención a mis palabras—No le gusta la impuntualidad— cierro mis ojos y camino abatida por sus palabras.

Durante todo el día medite mis acciones y como cada vez que lo hacía, sabía que me había equivocado, pero ya era tarde para cambiar las cosas.

Entro y efectivamente, Lucas ya está esperándome. Mientras camino a su encuentro pongo mi máscara de que, nada me importa, solo yo. Lucas se pone de pie cuando llego a la mesa situada al fondo donde nos daría la privacidad para hablar de lo que quisiera.

—Buenas noches— mi voz sale serena.

Y, era un logró porque, lo menos que me sentía, era serena. Corre mi silla invitándome a tomar Asiento. Al menos algunas cosas no cambian, me dije a mi misma. La caballerosidad de Lucas fue una de las cosas que me gustaron cuando lo conocí.

Hace una seña y un camarero. Este se acerca hasta nosotros y me entrega la carta.

—Bienvenidos a sesto canto —dice el camarero —¿Puedo tomar su orden?

—Tomé la del señor— digo abriendo la carta y mirando el menú.

—De entrada, los canapés de calabacín —escucho a Lucas decir —Y tomaré el risotto.

—¿Algún vino? ¿Postre de preferencia? — pregunta.

—Un tinto joven —responde— y, preferiría al finalizar un café solo —bajo la carta y lo miro detenidamente. Ahora, llevaba un traje negro de tres piezas que le da un aire peligroso y sexi,

¡Joder contigo, Gianna!

—Señorita —sacudo la mano ligeramente y me concentro en el camarero.

—De entremés deseo antipasto con tomate, ajo y mozzarella —Pido— de plato principal, carne de ternera en papillot con alcachofas y de postre, una tarta de durazno.

—¿Algo más? —pregunta el hombre con una sonrisa.

—Sangría de frutas— digo dándole un vistazo al menú— Pero, sin alcohol, por favor— el camarero se retira y me enfrento a la mirada de Lucas —¿Qué sucede?

—¿Ya no disfrutas de un buen vino? — pregunta, interesado. Me encojo de hombros. Lucas me había enseñado las delicias del vino cuando salíamos.

—Solamente tomo alcohol cuando es una ocasión especial —digo tomando mi copa de agua y dándole un sorbo— Y dime Lucas. ¿De qué te diste cuenta de que me citaste aquí?

—Directo al grano como siempre— sonríe de manera fría. Llegan con las entradas y Lucas solo me observaba en silencio. Algo que me está empezando a incomodar.

—¿Hace cuanto conoces a Claus?

—Dos años— respondo —su esposa e hija son clientas de la boutique y él va siempre que necesita algún traje, camisa, corbatas. Lo que necesite.

—Está bien— nos quedamos de nuevo en silencio mientras comemos las entradas. Cuando el plato principal ha sido dejado en la mesa, Lucas se endereza en su asiento.

—Necesito que persuadas a Claus de que me venda el edificio que tiene en Génova —me quedo con el cubierto a la altura de mis labios. Lo dejo de regreso en el plato antes de contestar.

—Estás loco —no entendía —¿Por qué yo?

—Bueno. Veámoslo de esta manera. Si logró ese edificio tú te quedas con la boutique —me suelta de manera rápidamente— Fingiremos ser pareja y me acompañarás a algunas cenas donde estará Claus y es ahí donde tú dirás lo buena idea que es que yo obtenga ese edificio o haré efectivo el cobro de la boutique.

—Es una broma, ¿no? —siento que me falta el aire.

—Para nada —se inclina en su silla— Vi el aprecio que Claus te tiene y le pienso sacar provecho. Veámoslo como un negocio donde todos ganamos —continúa— Entonces, ¿Qué me dices?

—Tengo que pensarlo —susurro. Era una locura. Sabía que, si fingíamos ser pareja, perdería mi corazón en el proceso.

—No deberías pensarlo —da un sorbo a su vino —Tienes hasta mañana en la noche para responder, Gianna. No doy concesiones.

—Es bueno saberlo— la ironía brota en mis palabras, me estaba cansando de su actitud grosera, déspota y porque mentir, también dolía. Por eso decidí cambiar de tema — ¿Cómo están Federico y Marena? —pregunto.

—Como estén mis padres no es de tu incumbencia —su actitud me sorprendió llenándome el buche de piedras.

—¡Que te den, Lucas! —digo en un siseo, apretando los dientes— No voy a permitir que me trates así —Lucas golpea la mesa y varias personas nos observan. Se da cuenta de lo que ha hecho y trata de cambiar su postura.

—No vengas ahora a dártelas de ofendida —gruñe —¿Te importaron cuando te fuiste y me dejaste? Ellos te amaban como a la hija que nunca tuvieron. Les Rompiste el corazón —su tono de voz se endurece —No tenías derecho a irte sin más explicaciones que; No estoy lista para el matrimonio.

—Veo que me odias— susurro en voz ronca y luchando con las lágrimas.

—Como a nadie— escupe con desprecio. Me levanto lo más rápido que mi cuerpo se podía mover y salgo como alma que llevaba el diablo.

Escucho a Lucas llamarme, pero sigo caminando. Al salir, me topo con Adriano y el chofer. El primero llega hasta mí en dos pasos.

—Gianna— su tono es suave y si no fuera porque sabía que era imposible, diría que preocupado.

—¡Quítate de mi camino, Adriano! —las lágrimas corrían por mi rostro —Ya tuve suficiente de personas que me desprecian— miro su rostro a través de mis lágrimas y mi respiración es agitada.

Miro buscando un taxi. Vislumbro uno y le hago señas. Sin importar, lo agarro desprevenido y lo hago a un lado de un empujón. Corro y me subo al taxi.

—Arranque señor —digo al conductor.

Miro hacia la entrada y veo a Lucas saliendo del restaurante. Limpio mis lágrimas y me hundo en el asiento.

******

LUCAS POV.

—¿Sabes lo que se les hace a los tramposos? —Gruño al chico que estaba haciendo trampa en el Black Jack.

Las cámaras lo captaron y de inmediato fue llevado a las oficinas de seguridad

—Señor—dice asustado mientras mira al par de sujetos de seguridad que pertenecen a mi equipo para luego mirarme—Yo solo pensé que…

—Pensaste que podías venir y robarme—lo corto—No es la primera vez que lo haces, Estamos partiendo de un precedente

—Finn, me envió—se defiende nervioso—Me dijo que sería fácil—espeta mientras tiembla visiblemente

—Ya sabes qué hacer—digo a Rafa, uno de mis hombres asintió

—¡Señor Salvatore! —grita el hombre mientras me doy media vuelta y salgo de ahí —¡Señor! —camino por el pasillo y llegó a mi oficina

—¿Problemas? —Adriano, está sentado en el sofá de mi oficina con una cerveza en la mano

—Nada que no se pueda solucionar—Me siento en mi silla detrás del escritorio y desabrocho mi saco—Pero me parece que tú deberías estar allá, en vez de estar aquí, en mi sofá, bebiendo mis cervezas

—Vengo de cumplir tus órdenes—bebe un trago—Noche difícil—sabía a qué se refería. O, mejor dicho, a quien

—¿Qué descubriste? —tomo una pequeña pelota para el estrés que me había traído el mismo Adriano. Y comienzo a lanzarla

—La seguí hasta el complejo de departamentos donde vive. Minutos después salió de nuevo y me llevo hasta el gimnasio de Caleb—detengo el movimiento de la pelota y lo miré frunciendo el ceño

—¿Qué hacía allí? —pregunto.

—Al parecer, la Gianna delicada que conocimos se volvió Dura— una sombra de anhelo cruza su rostro—La vi con el saco y es buena, pero tuve que salir a vigilar desde afuera porque están llamando mucho la atención—sonríe —digo. No pinta nada un tío en traje

—¿Qué piensas? —verla era duro para ambos. Adriano se remueve en el sofá y se termina la cerveza de un trago.

—Me pidió disculpas—deja la botella en la mesa del centro frente a sofá—Pero no estoy preparado aún—continúa —La quería como mi hermana, ¡Mierda! Era mi hermana y ella me dejo atrás sin más—parece furioso—Ahora. Lo que yo quiero saber es, ¿Qué vas a hacer si ella acepta?, ¿qué harás?

—Nada—respondo—Es así de sencillo. Digamos que, Gianna es el medio para conseguir un propósito. Una vez obtenga el inmobiliario me quedaré con la tienda—lo miro fijamente—Esa será mi venganza

—No estoy de acuerdo con tu proceder—se pone de pie abrochando la chaqueta de su traje—Pero sabes que soy fiel a nuestra sociedad y si eso es lo que deseas solo asegurarte de no salir jodido al final—camina hasta la puerta y se detiene antes de salir—Porque, por más que lo niegues, Gianna sigue allí—se toca el lado izquierdo de su pecho. Voy a desmentirlo, pero se adelanta—Lo sé porque a mí me sucede igual.

—¿Desde cuándo te volviste tan sentimental? —Es lo que digo ante sus palabras—Lo único que me mueve es la venganza por lo que me hizo hace ocho años y la tendré. Ahora, ve a la oficina de seguridad y cerciórate que todo abajo vaya como debe ser—Hablo haciendo referencia al casino que estaba a medio llenar, hoy miércoles.

Adriano, asiente y sale de mi oficina. Una vez solo, me dejo ir hacia atrás en mi silla y resoplo.

Gianna Bianchi. Mi mayor alegría, pero también mi mayor desilusión. Verla después de tanto tiempo abrió viejas heridas que pensé haber cerrado. Mirarla detrás de ese mostrador, toda sonrisa con sus clientes me perturbó.

Pero había cambiado su forma de expresarse, de comportarse. Denotaba madures. Cuando pude apreciar sus atributos, también noté el cambio. Sus caderas estaban más redondeadas, su busto también parecía más lleno y su cabello rubio era extremadamente largo en comparación a como siempre lo usaba. Paso de llevarlo por los hombros a llevarlo al ras de sus caderas. Pero si quería cumplir mi propósito, debía centrarme en mi objetivo y era la venganza.

Ocho años atrás, me dejo a tan solo un día antes de la boda. Sin duda el amor que me decía tener era muy pobre. Pero, a pesar de todo, no busque vengarme, eso solo llegó por si solo gracias a la adicción de Piero Bianchi. Qué jugo todas y cada una de sus propiedades, dando la oportunidad de saborear el hundimiento de Gianna. Y como bono, me haré con el edificio que quiero en Génova para agrandar mi imperio de casinos.

Un golpe en la puerta me saco de mis pensamientos

—Adelante—uno de mis hombres de seguridad camina hasta estar frente a mí —¿supongo que le dieron su merecido al hombre que robaba? —digo mirando a Leónidas con mi ceja arqueada

—Sí, señor—responde sin inmutarse—se le dio el tratamiento leve. Como lo indica siempre.

—Me parece bien—concuerdo—Con tres dedos rotos puede que se lo piense antes de volver a querer robar en uno de mis casinos—él, solo asiente— ¿Algo más?

—De hecho, señor. Quería pedirle un favor—me levanto y me sirvo un poco de bourbon—Tengo un amigo que desea hablar con usted

—¿Quién es? —inquiero intrigado. Leónidas poco hablaba, y era muy leal a mis órdenes.

—Bueno. Es el primo de este—continúa—Mi amigo se llama Fabrizio Rizzo—asiento.

—Creo recordar a los Rizzo—me siento de nuevo en mi silla—pero, ¿De qué desean hablar conmigo?

—La verdad, no lo sé, señor. Fabrizio me dijo que su primo, el señor Luciano Grimaldi, quería hablar con usted—pensé en la posibilidad mientras movía mi vaso

—¿Qué sabes de ese hombre?

—La verdad. No mucho—dijo—Pero mañana tendré esa información—asentí

—Dile que venga a verme el domingo—concedo—después de medio día que no estaré tan ocupado—Leónidas era uno de mis mejores hombres— Necesito que vigiles a alguien. Su nombre es Gianna Bianchi, dile a Adriano que te dé lo que tenemos

—Está bien jefe. Me encargo de todo—asiente y sin más sale de mi oficina sin decir más.

No debería importarme la vida de Gianna. Pero, si tenía un propósito, debía llevar la delantera. ¿Estaría viendo a alguien? Golpeo la mesa con frustración.

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