Capítulo 2

Salí corriendo del recinto universitario siendo perseguida por mis compañeros y amigos. Mi mamá lloraba emocionada, igual que mi padre. Kentin me perseguía con un huevo en la mano, Chester sostenía una botella de cerveza con la intención de vaciármela encima, Ámber correteaba con unas tijeras en la mano, Ayaka tenía las palmas de ambas manos llenas de pintura y pretendía estampármelas en mi ropa nueva mientras Rosa sacaba fotos con una mano y con la otra sostenía su panza de embarazada.

—¡Te graduasteeeee! —gritó Chester mientras corría detrás de mí. No quería que me llenen de harina, huevos y pintura, incluso habían traído arroz, sémola, champagne y sidra, así que debía correr, pero Gaeil se interpuso en mi camino y me atraparon.

Lo que siguió a continuación fue la vergüenza más grande de mi vida. Allison vino con las tijeras, me cortó un mechón de cabello y luego tajeó mi pantalón nuevo en las nalgas, dejando mi trasero al aire en una tanga de jean. Ayaka estampó sus palmas a la altura de mis senos y me embadurnaron entera con todo lo que habían traído. No me importaba nada. Ya estaba sucia y esas manchas no iban a salir, así que no servía de nada resistirme.

—Qué lástima que Aren no esté aquí para apreciar este momento —dijo Ayaka con la mirada baja.

—No sé qué hora es en Islandia pero apenas pueda le mandaré un WhatsApp —dije mientras chorreaba clara de huevo y otras cosas.

—Estoy muy feliz por ti, amor. Eres mi gran orgullo —dijo Kentin, quise abrazarlo pero él me apartó—. ¿Estás loca? Me vas a ensuciar.

Luego de un paseo por la Capital, regresamos al pueblo. Habían sido unas largas seis horas de viaje, yo ya apestaba y el engrudo que habían hecho en mi cabello se había endurecido. Ni el pegamento especial de Art Attack podía compararse con lo que tenía en la cabeza, así que apenas llegué a casa saludé a Fuser y entré a ducharme.

—Linda, ¿ya decidiste que hacer con las fiestas? —preguntó Kentin del otro lado de la puerta mientras yo me quitaba la ropa sucia y rota.

—¡Acabo de graduarme! ¡Dame hasta mañana para pensar que hacer, todavía faltan como dos semanas! —le grité. Mae y Rick vendrían para pasar las Navidades con nosotros y esperábamos juntarnos en familia, pero el departamento de Lola y Thomas era muy chico así que era muy probable que las pasáramos aquí.

—De acuerdo, pero avisa con tiempo porque hay que comprar una tonelada de comida —pidió Kentin. Escuché sus pasos alejarse y yo entré a la ducha.

Luego de higienizarme, me senté en la mesa a ver qué hacer con las fiestas de Navidad y Año Nuevo. Lo mejor era que las pasáramos aquí, pero luego tendría que limpiar todo yo sola, a menos que Kentin me ayude, además Mae y Rick se quedarían en casa a dormir hasta regresar a Irlanda.

Tomé el celular y marqué el número de Gaeil, al tercer tono me atendió.

—Doctora Sucrette —dijo cuando me atendió, yo no pude evitar reírme.

—Abogada y ya, que todavía no hice la tesis ni la maestría —dije mientras me acomodaba en el sofá—. Y llámame “Annie”, que sigo siendo la misma.

—Está bien, abogada y ya —rio Gaeil—. ¿Necesitabas algo, cuñadita?

—Estoy pensando en que pasemos las fiestas aquí en casa, pero no sé si Helena vendrá, ¿tú que dices? —pregunté. Gaeil se quedó pensando un rato.

—Pues no me dijo nada de regresar a Argentina para las fiestas, así que creo que se queda aquí conmigo —respondió mi cuñado. Anoté su nombre en la hoja que estaba usando para calcular quién venía y quién no.

—Bueno, entonces tú y Helena traerán las bebidas, ¿de acuerdo?

—Específicamente, ¿qué bebidas llevo?

—Lo clásico: champagne, vino tinto y blanco, en lo posible cabernet o malbec porque Kentin no toma otra cosa, cervezas si quieres, ¡Ah! Y Coca-Cola para mí.

—Y una Coca para la futura mamá, muy bien. ¿Quieres de dieta? Tienes que comer por dos pero no engordar para dos —bromeó Gaeil.

—No pienso engordar más que lo necesario; pero sí, tráeme de dieta —dije, lo que más me aterraba del embarazo era engordar, siempre fui una chica delgada pero no quería perder mi figura ahora que estaba esperando un hijo.

Dejé el celular y fui a buscar a Kentin que estaba robando queso del refrigerador.

—Ahora entiendo por qué no dura el queso —le dije mientras me miraba con los cachetes llenos como un hámster—. Con tremenda rata dando vueltas por la cocina... Me parece que tendré que pedirle prestado su gato a Nicholas.

—Pfero tegemos un pego —dijo Kentin con la boca llena.

—No entendí nada —dije conteniendo la risa. Kentin tragó el queso y volvió hablar.

—Que tenemos un perro, y no cualquiera, es un pitbull —dijo mientras buscaba un poco de jugo para pasar la comida.

—Decidí que vamos a pasar las fiestas aquí, va a ser lo mejor porque vienen Gaeil y Helena también —le dije mientras me sentaba en la mesa de la cocina y acariciaba mi barriguita. Mi embarazo avanzaba poco a poco y ya iba a cumplir las diez semanas de gestación.

—Ok, entonces deberé ir a hacer las compras una semana antes de Navidad —dijo mi esposo.

Ya era Nochebuena. Estaba terminando de poner la mesa cuando Helena me llamó.

—¿Sí, Helen? —pregunté mientras me acomodaba el celular entre el hombro y la oreja.

—¿Annie? Escucháme, ¿qué champagne preferís? ¿Gosset Rosé o Dom Pérignon Rosé? —me preguntó desde el otro lado. Se escuchaba un barullo tremendo, al parecer estaba comprando todo a último minuto.

—¿Dom Pérignon? Te va a costar un millón de dólares —le dije—. Compra un Navarro Correas o un Barón B, no tiene que ser un champagne de alta gama.

—No seas tonta, no sale tan caro —me dijo—. ¡Che! ¿Qué te pasa? ¡Estaba en mi carrito! ¡Devolvélo antes que te corte las pelotas! Disculpá, Annie; pero un pelotudo metió la mano en el carrito y me estaba robando el vino.

—Que desubicado… —susurré.

—Bueno yo llevo los dos. Tengo que colgar porque la vinoteca está hasta las manos y tengo que avanzar —dijo.

Colgué y fui a buscar a Kentin, estaba hablando por su celular desde el patio.

—Yo no tengo problema, además sé qué ustedes no se hablan con sus padres desde el nacimiento de los mellizos, así que pueden venir… si quieren… —dijo Kentin. Al parecer estaba hablando Allison o Nicholas. La relación entre ellos dos y sus padres nunca había estado peor desde el nacimiento de Dylan y Catherine, especialmente desde que Allison y Chester se habían casado. En cuanto a la relación de Kentin con Nick… siempre estaba tensa Claramente mi marido nunca iba a superar lo que había pasado entre él y yo, y sólo toleraba la presencia del rubio. Jamás habían vuelto a ser amigos—. Claro que no. Annie ya me dijo que vamos a pasarlo aquí, así que llámala para ver si necesita que compres algo... Ah espera, aquí esta. Amor, es Nicholas.

Tomé su celular y me lo puse al oído.

—Sí, Nick —dije.

—Hola, Annie. ¿No te molesta que Allison, Chester, los niños y yo pasemos Navidad contigo y Kentin? Ya que no tenemos familia, nos gustaría al menos tener una cara amigable.

—Sin problemas, cada uno estará trayendo un plato, así que ustedes pueden traer el postre. Yo haré el plato principal —dije.

—Genial, se lo comunicaré a mi hermana —dijo Nicholas. Intercambiamos unas palabras más sobre preparativos de último momento y luego colgué.

—¿Vendrá? —preguntó Kentin mientras regresábamos dentro de la casa.

—Sí. Es entendible… no quieren pasar las Navidades solos, aunque seguro que Chester está acostumbrado —respondí—. Helena está disputándose una batalla campal en la vinoteca para conseguir Dom Pérignon.

Kentin me miró casi escandalizado.

—¿Qué? Pero va a tener que hipotecar un pulmón para poder pagarlo.

—Según ella no sale tan caro.

—Bueno… Ve tú a saber cuánto le pagan en Dolce & Gabanna. En una de esas para ella no sale caro. —Kentin se encogió de hombros. La novia de Gaeil trabaja en D&G cómo primera secretaria del jefe del lugar y siempre estaba al último grito de la moda.

Mis padres traerían otro plato principal: ellos harían pollo al horno con papas y crema de champiñones y jamón. Yo cocinaría carne de res al horno con encebollado. Aunque unos invitados más se sumaron mientras estaba terminando de poner la mesa navideña.

El timbre sonó alertando a Fuser que estaba sentado en uno de los sillones.

—Bájate de ahí. Sabes que no puedes sentarte en los sillones —le dije y lo corrí. Me dirigí a la puerta y al abrirla me encontré con Ayaka y Aren.

—¡Feliz Navidad, An-chan! —exclamó Aren mientras me abrazaba. Lo miré con detenimiento. Tenía el cabello cómo antes.

—¡Aren! ¡Qué sorpresa más agradable! —le dije mientras lo abrazaba con todas mis fuerzas—. ¿Qué hacen por aquí? ¿Y Lily y Lila?

—Lily no pudo venir, se quedó en Islandia porque no le daban permiso en el trabajo, pero yo pedí mis vacaciones para estas fechas —dijo Aren mientras lo invitaba a pasar, Ayaka estaba trayendo varios tupper con comida—. Y cuando llegué al país me encontré con la grata sorpresa de que mis padres se fueron a pasar las fiestas a Brasil.

—Yo te lo dije, pero nunca me haces caso —dijo Ayaka—. En cuanto a Lila almorzaremos mañana juntos con su padre, ella pasará las fiestas con él. Ya sabes que es divorciado y está sólo con ella.

—Así que le preguntamos a Kentin si podíamos pasar las fiestas con ustedes y me dijo que sí —terminó Aren, yo miré la mesa, iba a tener que poner otros dos lugares más.

—Aren, baja los regalos del auto. Yo tengo que dejar esta comida —dijo Ayaka, su gemelo obedeció. Cuando Ayaka vio la mesa del comedor vestida de gala y llena de platos abrió los ojos, estupefacto—. ¿Cuántos somos?

—Once. Sin contar a los hijos de Allison —dije mientras tomaba otros dos platos más para los gemelos. Ayaka empezó a levantar los dedos.

—Yo cuento que somos diez, ¿quién más viene? —preguntó Ayaka.

—Louis. Rosa y Leigh se fueron a pasar las fiestas a Inglaterra junto con Ariadne y Ptolomeo —le expliqué. Louis se nos unió a último momento al enterarse que Chester celebraría Navidad con nosotros.

Aren regresó trayendo los regalos, al parecer Ayaka había ido de compras porque eran una montaña. Kentin bajó ya vestido, me sorprendía su organización porque había tenido suficiente tiempo para ayudarme en la cocina y vestirse para la cena.

—¡Hola, muchachos! Ya llegaron —saludó a los gemelos con un abrazo.

—Muchas gracias por invitarnos, lo habría pasado muy aburrido con Aren ignorándome toda la cena mientras juega —dijo Ayaka. Aren sacó su portátil y se puso a jugar mientras se sentaba en uno de los sillones al lado de mi perro—. ¡Aren! No seas maleducado, estamos en casa ajena.

—Es el evento de Navidad y debo estar. Serán sólo un momento, no suele durar más de cuarenta y cinco minutos,

Ayaka suspiró molesto mientras yo me reía.

—Déjalo, a mí no me molesta —le dije mientras me dirigía a la cocina a ver cómo seguía el cerdo.

—A mí sí. Es insoportable con esos malditos videojuegos —dijo Ayaka, se sentó en una de las sillas de la mesa de la cocina.

—¿Cómo está Lila, Al? —preguntó mi esposo mientras robaba un pedazo de queso de la bandeja de carnes frías que consistía en la entrada. Le pegué en la mano, pero él simplemente rio y se lo comió.

—Bien. Está pasando la Navidad con su padre, quizás yo vaya a pasar Año Nuevo con ellos porque Aren no estará para para entonces, regresará a Islandia el veintiocho para pasarlo con Lily —explicó Ayaka.

—Una lástima. Estábamos pensando en organizar una fiesta de Año Nuevo o salir a festejarlo afuera —le comenté. Con Kentin teníamos pensado recibir el nuevo año bailando en una discoteca con nuestros amigos, aunque lo más probable era decorar la casa para ambientarla y que Chester y Allison la pasen con nosotros—. Esto de tener a uno de nuestros mejores amigos tan lejos no nos conviene.

—Para nada, especialmente cuando se trata del bueno de Aren —rio mi esposo,

—¡Lo tomaré como un cumplido! —gritó Aren desde la sala, sonó el timbre y Kentin fue a abrir, escuché la voz de Louis, Chester y Nicholas saludando a Kentin.

—¡Feliz Navidad! —dijeron con entusiasmo. Me quité el mandil y salí a saludarlos. Allison se había recuperado perfectamente de su embarazo, pero ahora se cuidaba con anticonceptivos inyectables. Llevaba a Catherine y Dylan en sus brazos mientras Chester traía los regalos, al igual que Louis y Nicholas la comida.

—¡Llegaron! Qué bueno, ya estamos casi todos. Sólo faltan Gaeil y Helena —dijo Kentin mientras tomaba en brazos a Dylan, Allison y Chester nos habían nombrado los padrinos del niño y a Nicholas y Melany como padrinos de la niña, pero desde que el rubio había terminado su noviazgo con ella que no la habían vuelto a ver, así que sustituí a Melany en sus labores cómo madrina de Catherine.

Al ver que su padrino lo alzaba en brazos, Dylan empezó a reír con muchas ganas.

—¡Hola, campeón! A ver esos cinco —dijo Kentin y le enseñó su mano cubierta por los guantes para la moto, Dylan chocó su palmita con la enorme manaza de Kentin—. ¿Te has portado bien? ¿Qué le pediste a Santa?

Dylan primero rio, se notaba que era un niño algo tímido, pero para tener dos años ya hablaba bastante bien.

—Un camión —susurró, Chester se rio con ganas.

—Eso no es todo lo que le pediste, ¿qué más? —preguntó su padre, Dylan volvió a sonreír.

—Un triciclo —murmuró, Kentin dejó salir su carcajada.

—¿Y te portaste bien? Mira que si no comes toda la cena no vendrá —sonrió. El niño asintió mientras reía—. Eso está muy bien, ¿quieres ir con la madrina?

Dylan me miró y me tendió sus bracitos para que lo alce, yo lo recibí y le di un beso. Kentin se acercó a Catherine, pero ella se alejó mientras negaba con la cabeza y se escondía.

—¡No! —le dijo. Allison río.

—Está enojada porque Chester no puso a la Dotora Juguetes en el auto mientras veníamos para aquí —explicó. Chester blanqueó los ojos.

—Ya estoy harto de esas canciones infantiles, al menos mi hijo aprecia el rock, ¿o no, Dylan? —rio el pelirrojo.

—Prefiero que mi ahijada escuche música acorde para su edad, aunque la Doctora Juguetes no es recomendable… —masculló Nicholas, Louis lo apoyó.

—Eso es cierto. Los pediatras recomiendan que los infantes escuchen a Mozart, aunque prefiero a Chopin o Puccini.

Escuchamos unos pasos en la escalera y bajaron la abuela Mae y Rick. Al ver a nuestros amigos, los saludaron y Mae me miró un poco ceñuda.

—Annie, querida no cargues mucho peso. Estás embarazada —dijo, y extendió sus manos hacia Dylan para poder alzarlo.

—En eso Mae tiene razón, no es recomendable que lo alces estando encinta —dijo Allison mientras dejaba a su hija en el piso—. ¿Ya sabes que nombre le pondrás?

—Pues aún no, estábamos pensando en ponerle Jason o Stephan si es varón, y Alía o Rachel si es mujer, aunque todavía no está decidido —dije pero Kentin me interrumpió.

—Esos son los nombres que tú le quieres poner, yo pensaba en William o Alexander si es un niño—rio.

—William me gusta —dijo Rick mientras nos sentábamos todos a la mesa. Aún faltaban mis padres, el de Kentin, Lola y Gaeil con Helena—. Alexander no tanto.

—¿Y si es una niña? —preguntó Louis.

—Pues Lorenna o Nora —dijo mi esposo.

—Ay, no, Nora no —se quejó Mae mientras negaba con la cabeza—. No le pongas el nombre de tu tía abuela, por amor de Dios. Heredará su mismo carácter podrido.

Nuevamente sonó el timbre de casa y fui a abrir: eran los invitados faltantes.

—Merry Chirstmas, everyone! —exclamó Gaeil, que fiel a su estilo venía vestido con una campera de cuero y tachas con un gorro de Santa Claus en la cabeza.

—Ay, Dios. Cuándo no dando la nota —suspiró mi esposo mientras se tapaba la cara.

Helena pasó con la comida, al igual que mi madre y Thomas. Lola traía a Fionna al estar embarazada de casi nueve meses no podía cargar nada más que su panza.

—Bienvenidos todos —dije mientras los saludaba. Ahora sí podíamos empezar a cenar.

La cena transcurrió con normalidad, toda la comida estaba deliciosa aunque Gaeil y Chester estaban un poco alegres por el vino y la cerveza, mi esposo miraba todo con ceño fruncido.

—¡Atención, queda menos de un minuto para la medianoche! —anunció mi padre mientras empezaba a preparar el champagne para brindar, aunque yo iba a brindar con refresco.

—¡Cinco... Cuatro... Tres... Dos... Uno... Feliz Navidad! —gritamos todos y alzamos las copas en alto. Luego de un intercambio de abrazos y besos fuimos a abrir los regalos.

Los más agasajados fueron los niños, y el futuro bebé O'Connor, aunque yo también recibí varios regalos.

—¡Una Navidad en familia no está completa sin unos villancicos! —dijo Rick mientras se acercaba con cuidado al piano de la casa.

—¡Te apoyo en esta, abuelo Rick! —exclamó Chester. Yo quisiera saber en qué momento había entrado su guitarra a la casa.

—Pero papá, tú no sabes villancicos en español —le recordó Thomas con una sonrisa.

—Eso no importa, los cantaremos en inglés si hace falta —dijo Chester—. Además el único que no sabe inglés aquí es Ayaka.

—En ese caso, tocaré una que todos conocemos, sea en inglés o español —dijo Rick. Se hizo tronar los dedos y tocó unos acordes que al instante los reconocí al instante, al igual que todos—. You know Dasher and Dancer and Prancer and Vixen, Comet and Cupid and Donder and Blitzen. But do you recall the most famous reindeer of all?

—Era Rodolfo un reno que tenía la nariz... —empezamos todos a cantar en lo que Rick tocaba el piano. No podía estar más feliz, estas eran las verdaderas Navidades en familia: una deliciosa cena, villancicos y amor por dónde se mire.

Estaba descansando apoyada contra la pared de la galería de afuera cuando Kentin se me acercó, adentro se estaba desarrollando un baile algo improvisado.

—Que Navidad más maravillosa —suspiró mientras me abrazaba.

—Amo este tipo de reuniones —le comenté mientras le rodeaba la cintura con un brazo. Kentin levantó la vista y vio unas pequeñas hojas colgando con frutos rojos arriba de nuestras cabezas.

—Muérdago —anunció, no pude evitar reírme.

—Debe estar lleno de nargles —dije. Kentin me miró extrañado, pero me reí y me acerqué a sus cálidos labios con gusto a champagne.

Capítulo 3

Me levanté esa mañana con algo de malestar físico y mareos, debió haber sido la comida de anoche. Kentin había preparado tacos y había comido demasiados, últimamente tenía un hambre voraz. Entré al baño de nuestra habitación y encendí la luz; Kentin ya se había ido al ejército y había dejado el baño hecho un desastre, como siempre.

Suspiré resignada mientras recogía las toallas mojadas del piso, corría la cortina de la ducha, acomodaba el cepillo de dientes de mi esposo de nuevo en su sitio y guardaba los shampoo en sus lugares. Cuando me casé con un militar imaginaba que la casa iba a estar mucho más acomodada, a juzgar por como se había comportado mi esposo durante nuestra etapa de convivencia imaginaba que iba a ser así, pero no. Por donde pasaba Kentin dejaba a su espalda un rastro de destrucción y desmadre, y yo por atrás recogiendo todo lo que él dejaba regado.

Cuando el baño volvió a estar decente me concentré en acomodar mi rostro de nuevo a su lugar original. Me sentía terriblemente mal, así que tomé la decisión de faltar al trabajo. A mi jefe no iba a gustarle nada la idea… Arrastrando los pies me acerqué al inalámbrico y mientras me metía en la cama marcaba el teléfono de la oficina. Al quinto timbrazo me atendieron.

—Carrison & Asociados —anunció la voz de la secretaria del otro lado.

—Hola, Lidia. Soy Annie, ¿puedes avisarle a Samuel que hoy no iré? Me siento terriblemente enferma —dije sin miramientos, mi cama estaba mullida y cómoda.

—De acuerdo, se lo diré. Pero no estará contento, ya es la segunda vez que faltas en menos de cuatro meses —me advirtió Lidia, la secretaria. Fruncí el ceño.

—La única vez que falté había perdido un hijo, por el amor de Dios. No falté porque sí —le recordé.

—Yo sólo te digo lo que puede llegar a pasar.

—Entiendo. Gracias —mascullé y colgué. Me tapé con las sábanas e intenté dormir de nuevo.

Me revolví incómoda en la cama, vagando por sueños borrosos, sentí una caricia en mi cabello y aunque intentaba abrir los ojos no podía, me pesaban cómo si fuesen hechos de metal.

—Hey, hermosa, ¿te encuentras bien? Estás muy pálida —dijo una voz conocida para mí—. Me llamaron de tu trabajo, dijeron que no fuiste a trabajar y me afligí, ¿te duele algo? ¿Por qué no me llamaste?

Era Kentin, abrí los ojos. Me miraba con una sonrisa en su rostro se había sentado a mi lado y me tocaba la frente con su mano cubierta por su guante.

—Ven, ponte de pie. Quizás necesitas un poco de aire —dijo y me ayudó a levantarme, pero cuando estuve de pie le vomité en las botas del ejército—. ¡AAAAAGGGHHHHH!

¡Pe-Perdón! —murmuré mientras reprimía otra arcada.

—¡Muy bien, se acabó! ¡Nos vamos al médico en este instante! —dijo mientras se sacaba las botas y se ponía un par de zapatillas.

—Gnno, me siento... —empecé, pero ahí iba otro ataque.

—¡Una mierda te sientes bien! ¡Estás vomitando cómo en El Exorcista! —me retó mi marido. Me ayudó a ponerme algo de ropa encima, me levantó en brazos y bajamos por las escaleras—. Trata de no vomitarme encima.

No respondí pero sí asentí con la cabeza. Kentin me subió al Jeep y luego de cerrarme la puerta, rodeó el vehículo para tomar el volante.

—Qué raro que estés tan enferma, jamás te vi vomitar en estos años, ¿comiste algo en mal estado? —preguntó mi marido, yo negué con la cabeza—. Mejor no hables, trata de aguantar. En diez minutos estaremos en el hospital.

Yo me sentía morir. Estaba mareada y tenía muchas ganas de vomitar. Lo único que quería era ir a la cama a dormir todo el día hasta que se me pase este malestar.

Llegamos al hospital y mientras esperábamos a que nos atiendan, Kentin me tenía bien sujeta de la mano. Finalmente salió el doctor, vestido con su bata blanca y una lista en su mano.

—¿Sucrette? —preguntó, Kentin me ayudó a levantarme y entramos al consultorio.

—Buenos días, doctor —saludamos mi esposo y yo. El médico me indicó la camilla y Kentin tomó asiento en una de las sillas.

—¿Qué le anda ocurriendo, señorita? —preguntó.

—Señora —le corregí sonriendo—. Que estoy casada.

—Es usted muy joven, ¿cuántos años tiene? —preguntó.

—Acabo de cumplir los veintiséis —respondí.

—Vaya, no es normal ver matrimonios tan jóvenes hoy en día —continuó el doctor mientras me tomaba la presión arterial y la temperatura—. Y él es su marido, me imagino.

—Sí, así es —dijo Kentin, marcando terreno. Yo tuve que reprimir una risita.

—Su presión arterial es un poco baja, pero no padece fiebre —dijo el médico—. ¿Qué le duele?

—En realidad, estoy terriblemente mareada y tengo un poco inflamado el estómago, acabo de vomitar —le expliqué mientras me sentaba en la camilla.

—¿Comió algo en mal estado? —preguntó el médico.

—No, pero ayer sí comí muchos tacos —respondí—. Mi esposo no tiene nada, así que me parece que no son los tacos.

El doctor se quedó pensando con sus manos juntas sobre los labios, finalmente las bajó para hablar.

—¿Cuándo fue su último período menstrual? —preguntó. Yo lo miré sorprendida.

—El mes pasado —dije.

—¿Cuándo tiene fecha de sangrado?

Yo tomé mi celular. Allí anotaba todos los meses la fecha en la que me venía el período, calculé los días y me di cuenta....

—Me tuvo que haber venido hace cuatro semanas —susurré, Kentin me miró sorprendido con sus ojos verdes.

—Señora, hay unas altas posibilidades de que esté embarazada —anunció el doctor. Kentin lo paró en seco.

—Espere, doctor... Hace sólo dos años perdimos un hijo. No nos hemos cuidado en todo este tiempo y no ha quedado embarazada, ¿cómo puede estar embarazada ahora? —preguntó.

—Un aborto espontáneo no es algo poco común, de hecho sucede con más frecuencia de lo que cree. Muchos factores influyen: El historial médico, enfermedades crónicas, estrés, factores paternos...

—Bueno, mi esposa es hija única, su madre perdió muchos embarazos.

—Eso es un factor para tener en cuenta, pero no se alarmen; si ella está embarazada, que seguramente lo está, sólo hay que tener un poco más de cuidado e ir con frecuencia al obstetra. Le haré un examen de sangre para que estemos más seguros.

El doctor anotó unas cosas en su recetario mientras yo seguía en shock, ¿embarazada de nuevo? Por muchos intentos que Kentin y yo habíamos realizado luego de haber perdido al bebé no lo habíamos logrado, estábamos pensando en acudir a un clínica de fertilidad visto y considerando que los medios naturales no surtían efecto.

—Listo. Con esto le sacarán sangre en la guardia —dijo el doctor mientras nos tendía la receta. Kentin la tomó.

—¿Cuándo estarán listos los resultados? —preguntó.

—Si los esperan, en menos de una hora —respondió. Kentin agradeció y nos retiramos del consultorio, nos dirigimos a la guardia.

—¿Qué quieres hacer? ¿Quieres esperarlos? —preguntó. Yo asentí—. ¿Te sientes bien, amor?

—Tengo miedo... —murmuré.

—¿Miedo de...? —adivinó, yo asentí. Él me abrazó y me dio un beso en el cabello—. Tranquila, tendremos más cuidado esta vez. Si Dios nos da un nuevo hijo ten por seguro que todo irá bien.

Luego de que me extrajeran sangre, nos sentamos en la sala de espera. Kentin estaba mudo, sólo jugaba con su anillo de casado y de vez en cuando me daba alguno que otro beso. Finalmente nos llamaron para entregarnos los resultados. Kentin los tomó y se sentó de nuevo a mi lado para abrirlos.

Rompimos el sobre y plegamos el test.

Prueba HCG sub—beta en sangre (prueba de embarazo). Resultado: POSITIVO

Kentin y yo nos miramos, incrédulos de lo que nos estaba ocurriendo, teníamos una segunda oportunidad de tener un hijo.

—Vida... —susurró mientras sus ojos se llenaban de lágrimas.

—Bien, Annie. Vamos a ver cómo se encuentra este frijolito—dijo mi obstetra, el Dr. Veinovich era hombre encantador y de mediana edad. Kentin se sentó a mi lado mientras que yo levantaba mi sudadera por encima de esa pequeña montañita que tenía en mi estómago.

Colocó el líquido salino en mi vientre y luego tomó el ultrasonido. Las imágenes en dorado de la tecnología en 4D empezaron a inundar la pantalla, empezó a moverlo con cuidado, buscando a mi hijo hasta que lo encontró.

—Allí está —dijo y lo señaló, no era más grande que un renacuajo pero se lo veía perfectamente bien—. Sus manitos, sus piernitas, su cabeza, los ojitos, la boquita.

Kentin no lo soportó más y empezó a sollozar, yo le besé el cabello pero también estaba muy emocionada. Pensar que esa pequeña cosita que se movía en la pantalla estaba en realidad dentro mío.

—¿Quieren escuchar el corazón? —preguntó, yo asentí. El doctor activó el sonido y el latido del bebé inundó el consultorio, parecía que alguien estaba serruchando el piso, se escuchaba fuerte y armonioso—. Tiene un buen ritmo, este bebé será fuerte.

—Gracias, doctor —dijo Kentin mientras se secaba las lágrimas.

—Te quiero de regreso en un mes, Annie. Te haremos pruebas todos los meses, te recomiendo que hagas aqua gym para reducir los niveles de cortisol en la sangre y no tomes mucho café, trata de mantenerte relajada.

¿Qué iba a hacer yo sin café? Pero todo sea por este pequeño.

—Claro, lo haré —respondí.

Mi embarazo avanzaba de las mil maravillas, Kentin le hablaba todos los días a su bebé y aunque nos ofrecieron decirnos el sexo de nuestro hijo, preferimos ignorarlo para que sea sorpresa para todos.

—Hola, sapito con cola —le decía Kentin al bebé mientras estaba aferrado a mi estómago de embarazada. Si era así de baboso aun estando en la panza, no quería ni imaginarme cuando naciera—. ¿Qué hiciste hoy, bebé? Hoy papá tuvo un día muy duro en el ejército.

Colocó su cara en mi vientre y casi al instante mi hijo lo pateó desde dentro.

Kentin sacó su cara de mi panza y me miró sorprendido.

—Me pateó la cara... —dijo. Yo no sabía si reírme o qué, no podía ser tan tonto.

—Ay, amor. No sabe que estás ahí afuera. Es un acto reflejo —dije mientras me llevaba la mano a la zona del impacto—. Hoy se estuvo portando muy mal este bebé, no paró de patear y moverse en todo el día.

—Será un niño muy activo, entonces —dijo mi esposo con una sonrisa.

Y vaya que sí lo fue. Porque durante dos meses que pasaron desde ese día hasta que rompí bolsa y entré en labor de parto el bebé no paró de moverse. Kentin me acompañó dentro de la sala de partos y me aferraba con fuerza la mano mientras yo pujaba y resoplaba, tratando de no entrar en pánico y de ayudar a las enfermeras en todo lo que pudiera.

Mientras yo estaba a punto de partirle los dedos de la mano a mi esposo, los médicos movían aquí y allá.

—¡Ya veo la cabeza! —anunció el doctor. «Vamos, Annie. Lo más difícil ya casi está», me repetía mentalmente—. Un poco más, Annie. ¡Puja con ganas porque este es un bebé grande! Cuando cuente tres, puja. Uno... Dos... Tres... ¡Puja! ¡Muy bien, cariño! Ya casi sale la cabeza y luego todo es pan comido!

Seguí pujando hasta que casi me desmayo de la sensación cuando sentí que la cabeza salía, era dolor, placer y alivio al mismo tiempo.

—¡Ya salió la cabecita y déjame decirte que tienes un bebé guapísimo! —exclamó el doctor—. Ahora sólo faltan los hombritos y listo, el resto ya sale sólo.

Seguí pujando, sentía cómo mi bebé luchaba por salir hasta que finalmente...

—¡Ya salió! ¡Ya está aquí! ¡Y es un varón, Annie! —exclamó el doctor, yo suspiré aliviada mientras Kentin apoyaba su frente con la mía y dejaba caer sus lágrimas sobre el gorro que estaba en mi cabeza.

—Me acabas de hacer el hombre más feliz del mundo —susurró mientras me llenaba de besos el rostro—. Te amo, vida mía.

Colocaron a nuestro bebé sobre mi pecho y nuestras miradas se cruzaron por primera vez, abrió los ojitos y nos miró a los dos, arrugando su carita ante ese mundo extraño que tenía ante sus ojos.

—Hola, William —lo saludó Kentin en un susurro—. Bienvenido, hijo.

—¿Quedará William como nombre? —pregunté divertida.

—William Keiran O'Connor —respondio Kentin. Yo casi lloro con el segundo nombre, que combinación más extraña para nuestro primer hijo…—. Pero le diremos “Liam”.

—¿Quiere el padre cortar el cordón? —preguntó el doctor. Kentin dejó a su familia por un minuto y fue a terminar a separar a nuestro hijo de mi cuerpo. Ahora sí, Liam estaba sustentándose por sus propios medios.

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Corazón de Fresa

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