Capítulo 2

Narra Helen.

Me miré en el espejo en medio de una mueca. No entendía cómo Dylan había querido casarse conmigo; era una chica tan simple, sin ninguna gracia. Mis ojos eran grandes como los de la princesa Pocahontas y su color era avellana. Mis cabellos castaños traspasaban mi trasero, pero mi cuerpo era tan simple; era delgada con un poco de anchura en mis caderas, pero mis senos eran planos y mis glúteos en pleno desarrollo.

Traté de estar lo mejor presentada para la ocasión, a fin de cuenta era mi esposo y no quería que me viera mal por eso; así que tomé una ducha después del desayuno, para que se sintiera agradable con mi presencia. Sin embargo, todo fue inútil, porque cuando toqué la puerta del despacho, me miró con asco.

—¿Puedo entrar? —pregunté nerviosa, mientras daba algunos golpes a la puerta.

—Adelante —indicó sereno.

Al entrar al despacho lo miré. Estaba en su escritorio mirando unos papeles, y sin mirarme, pero con una expresión seria en el rostro, me indicó que me sentara.

—Señorita Helen puede tomar asiento por favor, hay muchas cosas que quiero explicarle.

Tomé asiento en silencio, y mientras veía mis manos o jugaba con mis cabellos lo observé de cerca; él tenía un rostro fino, tanto que parecía una cara de mujer, ya que estaba tan liso que parecía maquillado.

Alzó la mirada y sus cejas se arquearon al mirarme, quise olerme para ver si tenía un mal olor en mi cuerpo pero no lograba encontrarlo por ninguna parte.

—Estos papeles que tengo en mis manos es un contrato de casamiento, serás mi esposa, mi compañera, mi enfermera por dos años, que es lo que dura la terapia de recuperación de la próxima operación que tendré en unos meses. Es por eso que te necesito, necesito tu compañía hasta que se acabe el contrato.

Asentí con la cabeza. Me parecía absurdo lo que él decía. Si él quería un compañero ¿por qué no compraba un perro? Pero como no soy tan tonta, terminé por decirle lo que pensaba.

—¡Me parece tan tonto que te hayas casado conmigo solo para esa estupidez! ¿Por qué mejor no te compraste un perro? ¡Así fueses evitado hacerme la vida tan miserable! —le grité en la cara antes de levantarme para irme, molesta.

—¡Más te vale que te calles y te sientes! —Me quedé estática cuando lo escuché hablarme de esa manera seca, que paralizó cada hebra de mi cuerpo—. Hice un trato con tu padre y debes cumplirlo. Además, ya eres mi esposa y le di una suma alta de dinero a tu padre por ti, mocosa e insolente. —Apenas escuché el ronquido de su voz sentí mis piernas temblar, el miedo se instalaba en mi vientre como dagas de acero. Quedé helada—. ¡Firmas el contrato o no respondo! —Arrugó las cejas molesto.

—Has dicho que mi padre lo ha hecho, ¿por qué debo de firmar yo también?

—Porque aquí te comprometes a estar conmigo hasta que cumpla el tiempo o hasta que me aburra de ti, y ya, no me hagas perder mi tiempo —expulsó de su boca con arrogancia—. Firma el papel que de todos modos ya eres mi esposa. —Sus ojos estaban rojos de la ira que tenía.

Sentí un hueco en el estómago, pero aún así tomé el lapicero y firmé.

Sabía que podía irme, que podía huir de ese loco contrato, pero no tenía dinero para hacerlo y aunque lo tuviera mi madre necesitaba ser operada de emergencia. Entonces pensé que podría irme después de la operación. Iba a salir de ese yugo al que se me estaba condenando.

—Puedes retirarte. Y ah, por favor, ordené que fueras a comprar ropa nueva y sigues con esos trapos. Esta noche vienen unos amigos a festejar mi actual boda y quiero que te veas formal, no hagas que me avergüence más de ti.

—¿Y si sus amigos preguntan sobre nuestra relación? —pregunté desconcertada.

Todo parecía una novela de televisión, de esas en dónde los millonarios se casan con la chica pobre e ingenua y luego se enamoran, pero yo jamás podría amar a Dylan Mayora ni en mil años.

—No había pensado en eso, bueno, vamos a decir que tu padre nos presentó y nos enamoramos enseguida, sí, solo eso.

Lo miré con molestia, todo lo veía tan simple, ni siquiera me había dado una explicación válida para que yo entendiera en qué lo había beneficiado casarse conmigo.

—Está bien, ¿ahora sí puedo retirarme, señor? —pregunté con burla.

—Sí, por favor. Ya me he cansado de seguir mirándote por hoy.

(...)

Narra Dylan.

Estaba acostumbrado a llevar a mi linda esposa y a mi hijo Daniel todas las vacaciones a Acapulco. Alicia, mi esposa, era de México y cuando íbamos a casa de su madre para las vacaciones ella adoraba pasar el fin de semana hospedada en los hoteles más cerca de la playa.

Ese día habíamos llegado tarde de nuestro viaje a México, y como tenía unos negocios pendientes por terminar me quedé hasta tarde trabajando en algunos proyectos que debía firmar el día siguiente.

—Cielo ya duerme, mañana iremos de madrugada a la playa y no quiero que te duermas en el camino. —Alicia, mi esposa, se sentó en mis piernas para convencerme.

—Amor déjame terminar ¿sí? prometo dormir en unos minutos —le prometí sin mirarla.

Ella me dio un beso cálido en los labios y salió del despacho.

Eran casi las tres de la mañana cuando había terminado los archivos. Llamé a Gonzalo, mi amigo y abogado quién también había ido a México por negocios, para que al día siguiente retirara los papeles en la casa de mi suegra y los llevara firmado a la sede que teníamos en México.

Tener un imperio automotriz no había sido fácil de lograr a mi corta edad, pero si bien heredé las empresas de mi padre, también la había hecho crecer a causa de fuerte trabajo.

Habían pasado solo dos horas cuando mi esposa me levantó para alistarnos; a ella le encantaba viajar de madrugada a la playa y Daniel estaba bastante contento por el viaje.

—Papi, estoy contento porque esta vez pudiste venir con nosotros a la playa —me dijo mi hijo de tres años con sus ojos azules abiertos como platos de la emoción.

—Y prometo hacerlo más seguido. —Acaricié su cabello castaño con amor.

El camino era corto, eran solo unos cuantos minutos para llegar a nuestro destino. Estaba muy cansado y de vez en cuando los ojos se me cerraban solos. Alicia estaba distraída con el celular y yo intentaba concentrarme en la carretera, hasta que todo se nubló, haciendo que me quedara completamente dormido.

Cuando desperté estaba en la sala de un hospital. Lo primero que me dijeron era que mi esposa e hijo habían fallecido en un accidente de auto, y que yo había sobrevivido de milagro, pero lamentablemente había perdido la movilidad en las piernas.

Fue tan doloroso perder a mi familia. No entendía por qué la vida me había arrebatado lo que más amaba, ¿qué culpa tenía mi pequeño?, ¿la culpa era mía? Me preguntaba una y mil veces más. Así que mi corazón se volvió frío y lleno de odio.

Estar en silla de ruedas me había robado muchas amistades; las personas me veían con lástima y otros con miedo, pero los entendía ya que siempre que se me acercaban el desdén con que los trataba era incluso insoportable para mí mismo.

Un día me llamaron de un colegio para entregar los títulos de graduación de secundaria, todos los años hacía donaciones benéficas a aquella institución de clase baja. Camilo, mi chófer, empujaba mi silla de ruedas cuando una joven que estaba vestida para graduarse casi cayó en mis pies.

—Disculpe. —Se levantó apenada sin mirarme y se fue.

Había quedado encantado con la belleza de aquella muchacha. Tenía los cabellos largos y su rostro reflejaba inocencia. Me obsesioné con la dulzura de su voz.

Después de la muerte de mi esposa jamás ninguna otra mujer había llamado mi atención. Y aunque muchas quisieron acercarse, para mí solo lo hacían por lástima, por mi condición.

En la entrega de título no dejé de mirarla, hasta que noté que casualmente su padre trabajaba para mi empresa. Una idea llegó a mi cabeza de inmediato, así que la mañana siguiente llamé a Arturo Fonseca a mi oficina.

Lo cité en mi oficina para pedirle que me diera a su hija como mi esposa a cambio de mucho dinero. Aunque sabía que lo que hacía no estaba bien, la deseaba como loco. Solo la había visto una vez, pero lo que aquella chica había provocado o despertado en mí, me tenía obsesionado.

—Señor Fonseca, usted ya le debe a mi empresa treinta mil dólares en préstamos. Y aunque quisiera ayudarlo no puedo hacerlo ya que ni siquiera quitándole el sueldo que tiene como promotor de ventas, podría pagarme todo lo que me debe en veinte años.

—Señor Dylan por favor yo prometo pagarle, además, mi esposa está enferma, y mi hija apenas ayuda en casa —suplicó.

—Te ayudaré a cambio de que me entregues a tu hija mediante un contrato como mi esposa. Toda tu deuda será pagada además de que recibirás una pensión para tus gastos y los de tu esposa —le dije sin titubear, no era precisamente un hombre que andaba con rodeos.

Al principio pensé que no aceptaría, ya que su hija era muy joven, además de que uno no anda por la vida cambiando a las personas por dinero.

Me sorprendí mucho cuando aceptó mi propuesta enseguida, y aunque dudé en si su hija aceptaría, a los pocos días me llamó para que preparara la boda.

Estaba entusiasmado con aquél casamiento, tanto o más que cuando me casé con mi esposa; pero todo cambió cuando el día de la boda la chica me miró con asco y con ganas de querer asesinarme.

Sentí que me menospreciaba por mi condición, y aunque quería dejarla ir, ya todo estaba hecho.

Ese día me fui fuera de la ciudad, no quería verla, aunque estaba siendo forzada a casarse conmigo, había pensado que en todo aquel tiempo podía llegar a enamorarla, pero me decepcioné más cuando al llegar a casa mi hermana me dijo que ella había preferido dormir en otra habitación.

«¿Tanto odio y asco me tiene?», pensé. Estaba decepcionado, molesto y lleno de ira. Le estaba ofreciendo cambiar su vida y ella me pagaba de esa manera.

La mandé a llamar con una sirvienta, estaba nervioso de verla, tanto, que busqué miles de posturas para cuando llegara; no entendía cómo una chiquilla menor que yo podía colocarme de aquella manera.

Aunque no era muy difícil de entender, era realmente hermosa, sus ojos color avellanas, su estatura media, sus caderas anchas, sus labios tan rosa suave que incitaba a besarla, me hacía enloquecer tanto, que de solo imaginarla con otro hombre tuve que apretar los puños molesto; no podía soportar pensar que alguna vez alguien la había besado, que alguna vez alguien la había hecho mujer, odiaba aquella idea, sentía tanto dolor y unos celos horribles que me hacían enloquecer de inmediato. ¿Pero quién era yo para tenerla? ¿Un hombre a medias?, ¿un hombre que jamás podía cargarla para llevarla a la cama?, ¿un hombre que jamás podría salir una mañana a correr con ella al jardín o a nadar? Yo era un hombre a medias y seguramente por eso ella no quería estar cerca de mí.

Cuando tocó la puerta y le indiqué que entrara, la miré sorprendido porque llevaba un atuendo sucio y asqueroso. Me molesté enseguida, ya que mi hermana me había dicho que ella no quería aceptar nada que viniera de mí.

La manera cómo me trató fue áspera y aunque yo la había tratado de igual manera, no deseaba que eso continuará así, por lo que después de que salió del despacho llamé a mi hermana arrepentido para que mandara a comprar un ramo de rosas y lo llevara a su habitación.

—¿Qué deseas hermano? —Marina entró sin tocar al despacho.

Marina era mi mano derecha. Después de que mis padres murieran me había encargado de ella, siempre fue rebelde y egoísta pero el estar cinco años en un internado la había cambiado tanto, que apenas Alicia y mi hijo fallecieron, la mandé a buscar para no sentirme tan solo en esa casa tan enorme donde vivía después de la muerte de mi familia.

—Por favor, Marina, te he dicho mil veces que toques antes de entrar. —Levanté una ceja molesto—. Manda a que mi esposa compre todo tipo de ropa; lo que necesite. Además, también deseo que le compres un ramo de rosas, el más grande que encuentres, y se lo hagas llegar —ordené sin mirarla.

Marina asintió con la cabeza y salió del despacho.

La tarde transcurrió deprisa, entre llamar a algunos amigos para que asistieran a la reunión y terminando algunos trabajos, se había pasado el tiempo. Me dirigí al baño apurado cuando el reloj marcaba las siete de la noche y con la ayuda de una de las sirvientas tomé una ducha rápida. Quería verme presentable. Y es que pesar de estar condenado a una silla de ruedas sabía que tenía atributos físicos que podía usar a mi favor.

Cuando llegué a la sala de reuniones, habían algunas personas, entre ellas Gonzalo, mi buen amigo y abogado.

—¿Y tu esposa? No la veo por aquí —preguntó curioso.

—No debe tardar en llegar, seguro se está colocando más bella de lo que es —musité con una sonrisa.

—Tú sí quedaste embobado con esa mujer desde ese día que la viste en el colegio, tanto que la has obligado a casarse contigo.

—Ya cállate idiota, ya sabes que nadie puede saber eso. —Lo miré con molestia mientras Gonzalo levantaba las manos en son de paz.

Gonzalo era mi mejor amigo, como mi hermano, no había nada en mi vida que él no supiera, había sido mi apoyo incluso más que Marina que a veces sentía que no me amaba como una hermana debe amar a su hermano; pero aunque nuestra relación no era la mejor, era mi única familia y deseaba protegerla.

Todos nos quedamos en silencio cuando se escuchó el resonar de unos tacones de mujer bajar por las escaleras. Si bien la casa tenía ascensor mi hermosa esposa prefirió hacer acto de presencia con mucha más elegancia.

Dirigí mi mirada a ella al igual que todos, quedándome sorprendido y a la vez avergonzado de verla de esa manera.

Capítulo 3

Narra Helen.

En cuanto salí del despacho del estúpido de mi esposo, entré en mi habitación a llorar. Estaba triste y molesta. No sabía qué hacía allí. Aunque estaba llena de lujos no disfrutaba de ellos, en esa casa yo era una empleada más, además de que extrañaba a mi madre demasiado.

Cuando vi a Dylan quise reclamarle por cómo fue tratada mi viejita, y también el cómo yo había sido tratada en aquella casa, pero preferí callarme, le tenía mucho miedo a Dylan y no quería que tomara represalia contra mí si me ponía rebelde.

Estaba acostada sollozando, cuando mi querida cuñada entró a mi habitación sin antes tocar.

—Tú... levántate. Mi hermano desea que vayas a comprar ropa. —Marina estaba roja del coraje como si le molestara que su hermano hubiera pedido que comprara ropa.

Me levanté en silencio. Solía no contestarle a las personas cuando estaban muy molestas, lo había aprendido de mi madre. Y es que siempre que papá llegaba tomado ella solo se limitaba a obedecer y a guardar silencio.

Limpié un poco mi atuendo y salí de la mansión. Apenas me dirigí al estacionamiento de la casa, respiré aire puro, sentía que estaba ahogada en aquella enorme casa, que a pesar de tener miles de distracciones, todo ese tiempo Marina me había tenido como una esclava. Y es que seguramente esas eran las órdenes del monstruo de su hermano.

Camilo, el chofer, que fue el mismo que me llevó allí el día de mi boda, me llevó a una boutique a las afueras de la ciudad. Me tomó la mayor parte de la tarde para comprar ropa, entre probarme los atuendos y elegir, fueron muchas horas. La asesora de vestuario que estaba contratada directamente por mi esposo se encargó que comprara todo tipo de ropa y calzados, desde vestidos para gala hasta pijama para dormir. No podía negar que me sentía en un cuento de hadas, jamás en mi vida había pensado que algún día podría tener tanta ropa junta, prendas y zapatos.

Eran tantas las bolsas que Camilo hizo dos viajes al auto. Y después de irse a llevar las bolsas le dije que quería dar una vuelta por el centro comercial, y aunque dudó, un momento después accedió.

Estaba de espaldas admirando un hermoso collar idéntico a uno que tenía mamá, cuando alguien me abrazó por la espalda.

—Helen mi amor, tengo días tratando de encontrarte. No puedo creer que por fin te veo, mi reina. —Era Alejandro, mi novio de hacía años, y el gran amor de mi vida.

—¿Qué haces aquí Ale? —cuestioné, tratando de apartarlo.

—Ya sé lo que hizo tu padre. —Eso me hizo bajar la cara—. Te ha entregado a un monstruo mediante un contrato de matrimonio por dinero.

—Yo…

—No digas nada mi amor. —Acarició mi mejilla—. Sé que aún soy un chiquillo, pero prometo sacarte de esa casa, solo dime qué aún me amas y eso será para mí suficiente.

Me quedé observándolo por unos segundos. Alejandro era mi novio desde que había comenzado la escuela, y realmente lo amaba, lo amaba más de lo que podía imaginar. Él era un moreno asiático de rasgos fuertes y ojos color miel. Lo que me había llamando la atención de él era su gran amor por las personas, su paciencia y el lado positivo de ver todas las cosas.

—Claro que te amo, mi amor —respondí sincera.

Me tomó del cuello y me besó. Al principio quise resistirme pero después de varios segundos me dejé llevar por aquél cálido beso; sus manos viajaron a mi espalda y me apretó con mucha fuerza, después se separó de mí para mirarme directo a los ojos.

—Te sacaré de esa casa, lo prometo. —Me dio un corto beso en los labios y se retiró.

Enseguida llegó Camilo. Yo estaba alterada, los latidos de mi corazón se escuchaban tan fuerte que juraría que todos a mi alrededor podían oírlo

—¿Señorita, ya dio el paseo? Debemos irnos, el jefe la quiere temprano para el festejo.

Asentí con la cabeza y lo seguí, tenía un nudo en la garganta. Alejandro estaba de viaje con sus padres cuando me enteré de lo de la boda, y aunque él me enviaba cartas diciéndome cuánto me amaba siempre, jamás le contesté porque sabía que primero estaba la salud de mi mamá.

«Espero que te estén realizando todos tus estudios madre», pensé, ya que mi sacrificio había sido por ella.

Entré al auto conmocionada por lo ocurrido, había agradecido que Camilo no me hubiera visto, después de todo estaba casada y no quería problemas con mi esposo. No hasta que mi madre no fuese operada.

Cuando llegué a la mansión y entré en mi habitación, había un enorme ramo de rosas negras. Sentí mucho miedo al verlas, pero aún así tomé la tarjeta con cuidado y leí la descripción.

“De tu querido esposo Dylan”

Apreté la tarjeta con rabia, no sabía que pretendía aquél hombre con llevarme ese tipo de rosas tan desagradable. Si quería jugar conmigo y tratarme como una basura, ¿por qué se había casado conmigo? ¿Acaso era de esos hombres que disfrutaba ver sufrir a las demás personas?

Estaba sumergida en mis pensamientos cuando Marina entró en mi habitación.

—Necesito que te arregles, ya han comenzado a llegar nuestros amigos y a mi hermano no le gusta la impuntualidad.

—¿Dónde han dejado todas las bolsas de mi ropa para elegir uno de los vestidos que traje? —pregunté al notar que las bolsas con los atuendos no las habían llevado a mi habitación.

—Mi hermano te mandó este vestido y estos tacones, quiere que te coloques esta ropa.

Miré el vestido que Marina tenía en sus manos; era un vestido horrible de color amarillo y los tacones eran de un verde escandaloso.

—¿Estás segura que Dylan a pedido que use esta ropa? —pregunté confundida. No entendía para qué me había hecho comprar tanta ropa para luego él elegir la que le diera la gana.

—Sí, son órdenes estrictas y más te vale que no lo hagas enojar.

Después de vestirme Marina me maquilló. Tomó mi cabello e hizo un moño extraño en él, y aunque había insistido para que dejara llevar mi cabello suelto me dijo que no, que eran órdenes de su hermano.

Estaba molesta. ¿Cómo podía ser tan machista como para controlar la manera en que debía vestirme? El muy tonto…

Marina no había dejado verme en el espejo, alegando que era tarde y que Dylan odiaba la impuntualidad, así que sin verme cómo había quedado mi maquillaje, bajé las escaleras para llegar al salón.

Pensé que era más discreto bajar por el ascensor, pero mi querida cuñada había dicho que Dylan había pedido que lo hiciera por las escaleras.

Mientras bajaba cada escalón una a una de las miradas extrañas que estaban en aquél salón se posaron en mí; unas con burlas y otras con lástima. Y Dylan, quien antes de verme estaba sonriendo con alguien más, estaba molesto, tanto que las venas en su frente se marcaban notoriamente.

Apenas terminé de bajar las escaleras Dylan se acercó a mi, molesto, y me tomó por las manos para arrastrarme a su altura.

—¡¿Qué cojones crees que estás haciendo?! ¡¿Quieres dejarme en ridículo, no es así?! —Sus manos apretaban con fuerza la mía.

—¿De qué hablas Dylan? Suéltame, me lastimas —susurré a punto de llorar.

—De tu ropa, de tu maquillaje. ¡Pareces una payasa! ¡Me estás avergonzando!

—¡Han sido tus órdenes! —grité mientras me soltaba de su agarre furiosa para ir a mi habitación.

Comencé a llorar fuerte, tenía tanta rabia; después que me había mandado a vestirme de ese modo, me trató como una loca delante de quince personas aproximadamente. De verdad que ese hombre era un monstruo, una persona sin el más mínimo sentimiento de misericordia.

Después de varios minutos sollozando pude escuchar cómo Dylan gritaba corriendo a todos de la fiesta y lanzando objetos por dónde quiera. Estaba aterrada de que fuera a mi habitación y se desquitara conmigo.

Eran las once de la noche cuando Margarita la sirvienta entró en mi habitación para despertarme

—Señora, despierte. —Tocó mi hombro suavemente.

—¿Sí? —dije somnolienta.

—El señor la espera en su habitación. Ha ordenado que repose con él y que ayude a bañarlo, no quiere que nadie lo haga, solo usted porque es su deber de esposa.

Agarré mi cabeza con frustración percatándome que aún llevaba el peinado de hacía un rato.

—Deja me cambio y voy. —La voz me temblaba por los nervios.

Me quité el moño y me miré en el espejo para retirarme el maquillaje, estaba horrible realmente, hasta sentía un poco de risa por mi apariencia; pero no pude dejar de olvidar que había sido humillada delante de todos.

Limpié mi cara y me dirigí a la habitación de mi querido esposo, para con las manos temblando tocar la puerta.

—¿Puedo pasar? —pregunté con la voz entrecortada.

—Adelante. —La voz ronca de Dylan se escuchó del otro lado de la puerta.

En cuanto lo vi en su silla de ruedas con la mirada perdida en la fotografía que tenía de la mujer y el niño, sin querer salió de mis labios una pregunta que luego me arrepentí de haberla hecho.

—¿Es tu esposa y tú hijo? —Tapé mi boca por instinto al percatarme de lo que había preguntado.

Él me miró por unos segundos con los ojos brillosos y luego respondió:

—Sí, son ellos. —Bajó la mirada.

Estaba triste. Sus ojos se veían tristes. Quise abrazarlo para consolarlo, no sabía que el monstruo de Dylan Mayora tenía sentimientos, pero al parecer sí los tenía.

—¿Aún con esa ropa? —preguntó rompiendo el hielo.

—No tengo ropa. —Me encogí de hombros restándole importancia.

La expresión en su rostro cambió de triste a enojado en cuestión de segundos.

—Mandé a que compraras todo lo necesario. —Apretó sus dientes contenido la rabia.

—Sí, pero no lo han llevado a mi habitación. No sé dónde dejaron todas las bolsas —expliqué.

—Llamaré a Margarita enseguida, y le exigiré que traiga tu ropa a nuestra habitación. Es obvio que debieron traerla aquí ya que aquí dormirás desde ahora en adelante. —Iba a interrumpirlo pero no dejó—. Y no me importa que no estés de acuerdo, es tu obligación.

—Solo iba a decir que no llames a Margarita, la pobre debe estar cansada, además mañana será otro día.

—Bueno puedes cambiarte y usar algo de mi ropa, al fin de cuentas soy tu esposo. —Su mirada era fría, sus palabras eran secas.

Asentí porque realmente era incómodo andar con aquél vestido. Dylan me dijo en dónde buscar entre sus ropas algo que me quedara.

Opté por colocar una franela de algodón blanca que llegaba casi a mis rodillas. Aunque no se veía porque estaba en una silla de ruedas Dylan era alto, muy alto.

—Puedes ducharte si quieres —musitó.

Tomé la palabra y me dirigí al baño, sabía dónde estaban los productos para asearme ya que la primera noche había dormido en esa habitación. Después de bañarme y colocarme en el baño la camisa de Dylan, salí para ayudarlo con su ropa también.

—Señor Dylan ya estoy lista, voy ayudarlo, ¿de acuerdo?

Asintió y yo con manos temblorosas comencé a quitarle la ropa; primero comencé por la camisa, su dorso a descubierto me provocó una corriente en mi espalda. A pesar de haber visto a Alejandro semidesnudo jamás había sentido ese sentimiento electrizante en mi cuerpo.

Tras dejarlo en ropa interior lo llevé al baño. Él me indicó que lo ayudara a entrar a la bañera, y con gran esfuerzo lo hice para luego retirarme y esperar que me indicara que ya estaba listo para vestirse.

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