Capítulo 2

Claudia se acercó a donde su madre yacía inmóvil. Su rostro estaba más

pálido que nunca. Sabía que su madre padecía de la presión alta,

pero nunca se había desmayado por eso. Se sentó cerca de su madre y

entrelazó sus manos, no podía perderla, no tenía a nadie más.

Ella se levantó y se dirigió a la puerta y la cerró detrás de

ella en silencio. Exhaló y se arrastró hasta el vestíbulo,

pensando en cómo avisar a una enfermera o a un médico, a cualquiera

que pudiera encontrar para que la ayudara a llamar a su padre. Al

entrar en el vestíbulo, vio a un enfermero y, sonriendo, se acercó

a él y le saludó.

-Hola, me llamo Claudia.

El enfermero levantó la vista de la carpeta que llenaba, para

encontrarse con una chica hermosa de ojos grandes, cara redonda, con

profundos hoyuelos a ambos lados de las mejillas de tanto sonreír.

-Sí, ¿puedo ayudarte?

Se obligó a salir de su trance y respondió, casi inmediatamente.

-Sí, mi madre está ingresada y no puedo localizar a mi padre,

¿puedes ayudarme a llamarle? -preguntó Claudia batiendo las

pestañas suplicante.

El enfermero retiró los ojos de su cara y se quedó mirando su

cabeza, para mantener a raya su corazón palpitante, no había visto

tanta belleza en toda su vida.

-Sí, claro, puedes usar mi teléfono -respondió mientras

sacaba su teléfono del bolsillo.

-No, quiero decir, deberías llamarlo tú mismo.

Claudia trató de parecer educada mientras sus mejillas se

enrojecían de pura vergüenza.

-De acuerdo.

El enfermero contestó y empezó a teclear en su teléfono y luego

se lo puso en la oreja.

Claudia se sorprendió, cómo sabía el número de su padre, pero

por curiosidad, siguió preguntando.

-¿Sabes el número de mi padre?

Fue entonces cuando el enfermero recobró el sentido. La miró a

ella y luego a su teléfono. Su cara se puso roja como un tomate.

-¡Oh sí! Ehh, no, claro que no, ¿cuál es su número?

-preguntó tratando de disimular su vergüenza. Claudia se rió

mientras le decía el número de su padre, su nombre y el de su

madre.

Después de tres timbres, finalmente cogió el teléfono.

-¿Es el señor Alberto?

Preguntó el enfermero en tono profesional.

-Sí, soy yo, en qué puedo ayudarle.

-Su esposa Dulce está ingresada en el Hospital Divina

Concepción, debe venir inmediatamente.

-De acuerdo, estaré allí en unos treinta minutos.

El Sr Alberto respondió después de un lapso de cinco segundos.

El enfermero cortó la llamada.

-Gracias, enfermero -respondió Claudia agradecida.

-De nada, por cierto, me llamo Felipe, encantado de conocerte

-respondió mientras le tendía la mano para estrecharla.

Ella le estrechó las manos y sonrió.

-Enfermero Felipe, gracias, pero tengo que irme ahora, mi madre

puede haberse despertado.

-Espera, ¿cómo has dicho que te llamas?

Claudia sonrió un poco, mientras observaba bien la cara del

enfermero.

-Claudia.

-Está bien, te veré más tarde, Claudia. -se despidió

guiñándole el ojo.

Felipe se quedó mirando la figura de Claudia en retirada hasta

que finalmente desapareció.

«Qué belleza, ahora entiendo lo que significa enamorarse a

primera vista», pensó y sonrió tímidamente.

-Claudia, ahora que te he conocido, no te dejaré ir. -Se rió

a carcajadas, se dio la vuelta y salió del vestíbulo hacia su

despacho, ante las miradas de otras enfermeras y médicos.

Claudia regresó al cuarto de su madre, que aún no se había

despertado. Suspiró y colocó el flequillo de su madre detrás de

las orejas.

-Mamá, tienes que despertarte, ¿vale? No tengo a nadie, papá

no me quiere. Sólo te tengo a ti, despierta, por favor. -Dijo

entre lágrimas mientras cogía la mano de su madre.

En ese momento la puerta se abrió, y ella giró la cabeza y miró

a su padre.

-¿Qué ha pasado? -preguntó con voz ronca y el ceño

fruncido.

-Se ha desmayado esta mañana.

-¡Así de fácil! -el Sr Alberto la interrumpió, antes de

que pudiera terminar su frase.

-Sí, tal vez pasó algo, pero no lo sé por ahora.

-¿Cómo vas a saberlo, si tú eres la causante de su

enfermedad? Estás aquí diciéndome que no sabes por qué se desmayó

-le gritó su padre.

Claudia se estremeció, pero se esforzó por mantener la

compostura.

-Los médicos dijeron que era la presión alta y que se

despertará pronto.

-¡¡¡Infarto, lo sabía niña demoníaca, quieres matar a tu

madre, aléjate de ella!!! ¡¡¡Hija maldita!!! -gritó el Sr

Alberto y Claudia huyó del lado de su madre y se encontró agarrada

a las cortinas por el extremo este de la habitación.

Aunque ella dijo presión alta, su padre entendió infarto.

-Ahora déjame decirte que la próxima vez que tu madre se

desmaye por tu culpa, pagarás su factura. No voy a gastar mi dinero

duramente ganado por tu culpa.

Con eso, su padre salió furioso de la habitación y se dirigió a

la consulta del médico.

Las piernas de Claudia ya no podían sostenerla, se deslizó hacia

abajo y se agarró las rodillas con los brazos y lloró amargamente.

-¿Realmente he hecho esto? ¿Qué he hecho exactamente? ¿Por

qué me odia tanto mi padre?

Se hacía preguntas que sabía que nadie podría responder.

Lamentándose de su desdichado estado, Claudia se preguntó qué

había hecho mal en su vida anterior para merecer tanto odio de su

padre. Después de llorar un rato, se secó las lágrimas con el

dorso de la mano, se levantó, lanzó una mirada duradera a su madre

y salió de la habitación.

Tenía que prepararse para los exámenes, ya que su padre estaba

cerca, y la había echado, no había necesidad de quedarse en la

esquina, atraería más insultos y acusaciones, prefería volver a la

escuela.

Volvería más tarde para ver cómo estaba su madre, pero por

ahora, necesitaba respirar.

Claudia salió del hospital, pidió un taxi y se dirigió a su

escuela. Estudiaba música, una carrera de tres años, y éste era su

último año. Estaba contenta porque al menos, sólo estresaría a su

madre por los gastos de la escuela, que no eran tantos en comparación

con otros cursos importantes como Medicina y Derecho, y además le

encantaba lo que hacía.

Su padre ni siquiera cuestionó su decisión, por un lado, no

estaba pagando las facturas y, por otro, ni siquiera le importaba lo

que ella hiciera con su vida. Incluso si ella eligiera estudiar

Veterinaria, a él no le importaría.

Claudia bajó del taxi y se dirigió a su dormitorio, con los

pensamientos nublados por los problemas familiares que luchaba por

eliminar de su mente. Los exámenes se acercaban y necesitaba leer y

practicar más.

Capítulo 3

Ricardo llegó al aeropuerto de la Ciudad de Bogotá tras unos treinta

minutos de viaje. Sebastián se apresuró a sacar su equipaje del

coche y diez minutos después, ya estaban sentados en el avión.

Ricardo se acarició las sienes y cerró los ojos.

Pasadas cuatro horas llegaron al aeropuerto de Los Angeles y

Sebastián sacudió suavemente a Ricardo, y le dijo:

-Señor hemos llegado.

Este abrió los ojos y miró a través de las ventanas de cristal.

Salieron de la cabina de primera clase y se registraron, un

Lamborghini ya les esperaba fuera, después de cincuenta minutos de

viaje, se registraron en uno de los hoteles de cinco estrellas,

propiedad de la Fernández Entertaiment, en Hollywood.

Los recepcionistas y los encargados del hotel se sorprendieron al

verlo. Inmediatamente pusieron a su disposición dos suites

presidenciales.

-¡Wow! El CEO es realmente guapo, estoy exageradamente

impresionada -dijo una de las recepcionistas cuando se marcharon.

-Es mejor que te bajes de esa nube, porque por mucho que te

esfuerces, no llegarás ni a estrecharle la mano. -Otra

recepcionista se burló de ella.

-Sí es verdad -respondió con tristeza la primera

recepcionista.

-Ese tipo de belleza, se mira y no se toca.

-Ja ja, que triste, mejor apresúrate con tu trabajo y deja de

admirar a tu jefe. -La otra recepcionista se rió de ella.

Entretanto...

-¿Para cuándo está prevista la reunión? -preguntó Ricardo

mientras entraban en el ascensor.

-Para mañana exactamente a las ocho de la mañana -respondió

Sebastián casi de inmediato.

-De acuerdo, ahora puedes descansar, ven a mi habitación mañana

a las siete y media.

-Sí Señor.

El ascensor se abrió y ambos salieron y se dirigieron en

direcciones opuestas.

Ricardo se dio una ducha rápida después de entrar en su suite.

Llevaba un pantalón de chándal y una camisa suelta de algodón; con

el pelo mojado, parecía el hijo de un dios griego escapado del

paraíso.

Después de secarse el pelo, Ricardo pidió algo de comer. Su

estómago refunfuñaba por no haber sido alimentado. Sacó su

portátil y revisó los archivos y documentos del proyecto que tenía

entre manos.

Al cabo de cinco minutos, sonó el timbre de la puerta. Dejó el

portátil a un lado y se dirigió despreocupadamente a la puerta,

abriéndola a la fila de camareras del hotel, cada una con una

bandeja de comida.

Hicieron una reverencia y se fueron, Ricardo miró el comedor que

antes estaba vacío y ahora lleno de manjares, ni siquiera pudo

terminar. Suspiró y tomó asiento, abriendo los cuencos que tenía

delante, se conformó con la hamburguesa doble y las papas fritas.

Cuando las camareras se marcharon, dos de ellas se susurraron.

-Que alguien me abrace, ¿has visto esa cara? -exclamó una de

ellas llamada Sara.

-Sara contrólate, casi sueltas la bandeja cuando lo estabas

mirando, si no fuera porque te di un codazo, habrías hecho el

ridículo. Es hermoso, sí, pero debes conocer tus límites si no

quieres que te despidan.

-Lo sé, pero ¿has visto sus ojos? No sé explicar, son como

glaciares, pero además, parecen una piedra preciosa azul

transparente. Si uno se queda mirando demasiado tiempo, puede quedar

atrapado -exclamó Sara.

-Quédate aquí y sueña con él, tengo muchas cosas que hacer,

y ninguna de ellas me incluye escuchar tu desvarío. -La otra

camarera se marchó.

-No me dejes, sólo estaba admirando, eso es todo. -Sara gritó

y corrió hacia su amiga.

El teléfono de Ricardo sonó en cuanto terminó de comer. Lo miró

durante un minuto y lo cogió.

Gabriel, su amigo de la infancia. Estaba en América por un

proyecto para su empresa. La suya no era como la de los Fernández,

trabajó duro para levantar la hasta donde estaba.

Su padre había muerto y se quedó sólo con su madre, que tenía

otros dos hijos de los que ocuparse.

Trabajó duro y se estableció por sí mismo, sin depender de

nadie. Al contestar la llamada, Ricardo escuchó un grito del otro

lado.

-¡Ricardo, hombre! No me dijiste que venías a Estados Unidos,

no es justo para este amigo, hace meses que no hablamos. ¿Dónde

estás? Voy a buscarte, vamos a tomar algo, ¿qué dices? Bueno no es

que tengas elección.

Ricardo sonrió, Gabriel estuvo presente en la mayor parte de su

infancia. Muy divertido y exigente, prácticamente no acepta un no

por respuesta. El sabía que, aunque se negara, Gabriel iba a

insistir hasta que cediera. Pero ahora mismo, necesitaba descansar,

tenía que asistir a una importante reunión mañana.

-¿Cómo supiste que estaba en Estados Unidos? -preguntó

Ricardo al cabo de un rato.

-¡¿Qué?! ¿Ese es tu te echado de menos, querido amigo?

-exclamó Gabriel-. Bueno, está en todas las noticias, el

acuerdo con BDT Records.

-Tengo una reunión mañana, después podemos salir, porque

ahora realmente necesito descansar.

Dijo Ricardo mientras se sentaba en la cama grande.

-Vale te recojo a las cinco, ¿En qué hotel estás?

-Fernández Hotels and Suites -respondió Ricardo, y después

de hablar un rato terminó la llamada y se acostó en la cama,

mientras colocaba su cabeza en la almohada, se quedó dormido.

El incesante timbre del despertador indicaba que eran las siete,

Ricardo amaba su sueño, apartó con rabia la alarma y se cubrió la

cabeza con la almohada, al cabo de unos treinta minutos, la alarma

comenzó de nuevo.

Lo más molesto era la terrible canción que cantaba, y con la voz

penetrante computarizada, incluso si eras un profundo durmiente,

seguramente debes despertarte. Ricardo buscó con rabia la ruidosa

alarma para tirarla, pero justo cuando se levantó, sonó el timbre

de la puerta, fue entonces cuando volvió en sí, cogió el reloj y

vio la hora, sus ojos se abrieron de par en par, y voló hacia el

baño ignorando a la persona de la puerta, tenía una reunión a las

ocho y estaba durmiendo a las siete y media. Sabía que nadie le

cuestionaría, pero no le gustaba llegar tarde a las reuniones.

Sebastián permaneció fuera durante unos veinte minutos antes de

que la puerta se abriera desde dentro y se encontrara con un Ricardo

completamente vestido.

-Buenos días, Señor.

-Vamos -respondió Ricardo y se dirigió al ascensor. Salieron

del hotel y se dirigieron a la sede de BDT Records en Hollywood.

Les recibió una empleada.

-Bienvenido Sr Fernández, la reunión de la junta directiva es

por aquí -les dijo sonriendo y les condujo al ascensor y luego a

la sala de reuniones.

-Por fin ha llegado, Señor Ricardo -El Sr Willy Philip,

director general de BDT Records sonrió mientras se levantaba de su

asiento.

-Debe haber sido un viaje agotador, ¿cómo ve Los Ángeles,

Hollywood?

-No menos de lo esperado -respondió Ricardo, sin expresión

alguna.

-Ya veo, entonces entremos, estábamos a punto de empezar.

El Sr. Willy los condujo a la sala interior, y se encontraron con

una larga mesa de miembros de la junta que llegaron unos minutos

antes que ellos. Todos se pusieron de pie cuando ambos entraron y se

sentaron antes de tomar sus asientos.

La reunión comenzó oficialmente, Ricardo escuchaba en silencio

todo lo que se decía, mientras Sebastián tomaba nota de los

detalles importantes.

-Señor Ricardo, ¿tiene algo que decir sobre esto? -preguntó

una mujer de la junta directiva. Ricardo levantó los ojos de los

archivos que estaba mirando y los observó. Luego, tras pensar un

rato, comentó.

-Bueno, voy a sugerir que se haga una audición musical. No a

artistas viejos, sino nuevos que se preparen. Pero estos no deben ser

totalmente novatos, deben haber estudiado Música y estar

familiarizados con ella. Sugiero que sean artistas nuevos porque

queremos que el público vea nuevos talentos y no las caras viejas y

demasiado conocidas. La audición musical llamaría la atención de

la gente, porque habría premios para los gaanadores y los

seleccionados serían los primeros que se contratarían en la

Industria. Esta es mi opinión.

Ricardo concluyó y se retiró al archivo que estaba mirando.

Todos los miembros de la junta directiva se quedaron sin palabras,

porque no habían pensado en eso.

«El Sr. Ricardo debe tener seguramente un alto coeficiente

intelectual», pensaban algunos.

Después de estar de acuerdo con lo que dijo Ricardo, concluyeron

la reunión. Los miembros de la junta se dispersaron lentamente

después de saludar al Sr Ricardo y al Sr. Willy.

-Sr. Ricardo, ¿por qué no salimos a tomar una o dos copas?

-ofreció el Sr. Willy, con el rostro radiante de sonrisas.

-Lo siento, señor hoy tengo que reunirme con un viejo amigo

-respondió Ricardo mientras se levantaba de su asiento y le

estrechaba la mano.

-Es un placer hacer negocios con usted, espero tener más

colaboraciones en el futuro -comentó Ricardo.

-Sí, yo también lo espero, buen viaje de vuelta a Bogotá, el

proyecto comenzará lo antes posible y en unos tres meses

prepararemos las audiciones.

-Espero que todo vaya tan bien como está previsto -respondió

Ricardo mientras asentía al Sr. Willy y se marchaba con su

asistente.

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