Capítulo 2

La puerta de nuestra casa tembló por los golpes. No era un llamado, era una orden.

Miré a mi hermano, Mateo, que dejó sus planos de arquitectura sobre la mesa del comedor. Su rostro se tensó.

Sabíamos quién era.

Abrí la puerta. Ricardo estaba allí, con su sonrisa arrogante y su ropa cara que olía a perfume y problemas. Detrás de él, dos hombres que parecían armarios.

"Sofía, qué sorpresa," dijo, aunque no había sorpresa en su voz. "Vengo a hacerles la última oferta por esta pocilga. Mi padre está perdiendo la paciencia."

"Ya te dijimos que no vendemos," respondí, mi voz más firme de lo que me sentía. "Es la casa de nuestros padres."

Mateo se puso a mi lado, un gesto protector.

"Es la casa de un militar muerto," se burló Ricardo. "Y ahora es un estorbo para el progreso. Necesitamos este terreno."

"Lárgate de aquí," dijo Mateo, dando un paso al frente.

Ricardo ni se inmutó. Hizo un gesto con la cabeza.

Fue rápido. Uno de sus matones empujó a Mateo hacia atrás. El otro le dio un golpe seco en el estómago.

Mateo se dobló, sin aire. Intenté interponerme, pero me apartaron de un empujón que me hizo caer.

"¡No!", grité.

Volaron más golpes. Vi a Mateo caer al suelo. Vi cómo le pateaban en las costillas, en la espalda. Su cuerpo se sacudía sin control.

Luego, un golpe final en la cabeza. El sonido fue horrible, un ruido sordo y húmedo.

Mateo quedó inmóvil.

Ricardo se agachó a su lado, con una calma espantosa.

"Parece que tu hermano tuvo un accidente," dijo, mirándome. "A veces la gente se tropieza. Qué lástima."

Se levantó, se sacudió el polvo imaginario de los pantalones y se fue. Sus hombres lo siguieron.

Me arrastré hasta Mateo. La sangre empezaba a manar de su nuca. No respondía. Su respiración era un murmullo débil y aterrador.

El progreso de Ricardo había llegado. Y había dejado a mi hermano al borde de la muerte en el suelo de la casa que se negaba a abandonar.

Capítulo 3

El hospital olía a antiséptico y a miedo. Llevaba horas en la sala de espera, el informe del médico resonando en mi cabeza: "Traumatismo craneoencefálico severo. Lesión en la médula espinal. El pronóstico es reservado. Hay riesgo de parálisis permanente."

Parálisis. La palabra era un abismo.

Entonces la vi. Camila, la prometida de Mateo, caminaba por el pasillo. Pero no venía hacia mí. Iba del brazo de Ricardo.

Se reían de algo que él le susurraba al oído.

Mi cerebro no podía procesarlo. Me levanté, temblando.

"¿Camila?", mi voz fue un susurro roto.

Ella se giró. Su sonrisa se desvaneció, reemplazada por una fría indiferencia. Ricardo, en cambio, sonrió aún más.

"Sofía, querida," dijo Ricardo. "Veo que ya te enteraste de las malas noticias."

"¿Qué haces con él?", le pregunté a Camila, ignorando al monstruo a su lado. "¿Mateo está aquí, muriendo, y tú vienes con él?"

Camila se soltó del brazo de Ricardo y se acercó.

"Tienes que ser práctica, Sofía," dijo, su voz sin una pizca de emoción. "Mateo no va a volver a caminar. ¿Qué futuro me espera con un lisiado?"

Sentí que el suelo desaparecía bajo mis pies.

"Lo amabas," dije, incrédula.

"Amaba al estudiante de arquitectura prometedor, no a esto," respondió, señalando con la cabeza hacia la unidad de cuidados intensivos. "Ricardo me ofrece una vida mejor. Una vida real."

Ricardo se acercó, pasando un brazo por los hombros de Camila.

"Además, hemos llegado a un acuerdo muy generoso," dijo él. "Camila, como su prometida y con un poder notarial que convenientemente Mateo firmó hace unas semanas, ha aceptado una compensación por el... lamentable accidente laboral de tu hermano."

Sacó un documento doblado del bolsillo de su chaqueta.

"Él estaba en su propiedad, técnicamente estaba trabajando en sus planos. Un tropiezo, una caída. Muy trágico. Pero la constructora se hará cargo de los gastos iniciales. Firmado y sellado. No hay caso, no hay culpa."

La miré. A ella. A la mujer que mi hermano planeaba desposar. Ella le había dado a Ricardo el arma para legalizar su crimen.

"Tú...", empecé, pero la rabia me ahogaba.

"Es lo mejor para todos," repitió Camila, como si fuera un guion. "Así podemos seguir adelante."

Se dieron la vuelta y se alejaron, sus risas resonando en el pasillo silencioso del hospital, dejando atrás el eco de una traición tan brutal como los golpes que habían dejado a mi hermano roto.

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