Capítulo 3

Al abrir la puerta, el guardia de seguridad se encontró con una escena peculiar en la penumbra de la sala VIP. Un hombre en silla de ruedas, con la cabeza apenas inclinada, besaba con pasión a una mujer de cabello largo y elegante atuendo. Esta le rodeaba el cuello al distinguido invitado con sus brazos, besándolo con una entrega febril.

Paralizado por la sorpresa y la incomodidad, el guardia se quedó inmóvil, sin saber cómo reaccionar ante semejante escena.

Mientras él dudaba qué hacer, el hombre en la silla de ruedas lo fulminó con una mirada gélida, cargada de una silenciosa advertencia.

Sin atreverse a permanecer allí un segundo más, el guardia se retiró a toda prisa y cerró la puerta tras de sí.

La habitación volvió a sumirse en el silencio. Un instante después, el hombre apartó a Novalee. "¿Fue suficiente?", preguntó.

Consciente de la incomodidad del momento, ella se levantó de un salto y retrocedió. "Lo siento", se disculpó. "Fue una emergencia. No quise ofenderlo, por favor, discúlpeme".

Observó al hombre, lista para huir en cualquier momento. Supuso que, al estar en una silla de ruedas y posiblemente con alguna discapacidad, no podría perseguirla.

Retrocedió hasta la puerta, mientras oía a los guardias registrar el pasillo.

Novalee se mordió el labio y su mirada se desvió hacia la ventana cubierta por las cortinas.

Era un segundo piso.

Sin que el hombre dijera nada para detenerla, Novalee corrió hacia la ventana, la abrió, juntó las cortinas y saltó, sujetándose de ellas.

Por un breve instante, la luz del exterior iluminó el rostro del hombre, revelando una belleza tan impactante que la dejó sin aliento.

Con esa imagen fugaz en su mente, Novalee aterrizó. Hizo una mueca de frustración, pues había cometido un error. Se había torcido el tobillo por culpa de los tacones.

Una voz infantil y preocupada resonó en su auricular. "Mami, mami, ¿cómo te fue? ¿Estás bien? ¡Contéstame! ¡Estoy muy preocupado!".

"Hola, ¿me escuchas?", preguntó Novalee mientras cojeaba hacia el estacionamiento subterráneo.

No hubo respuesta del otro lado. Se quitó el auricular y descubrió que lo había silenciado por error; el botón parpadeaba con una luz roja.

Un alivio inmediato la invadió. Lyle Shaw no había escuchado lo que había ocurrido.

Presionó el botón para responder y lo tranquilizó: "Está todo bien. Silencié el auricular por accidente hace un momento. Ya salí. Volveré pronto".

Se marchó a toda prisa, ajena a la mirada que la seguía desde la ventana.

Un momento después, el hombre apartó la vista y se pasó la lengua lentamente por los labios. Al bajar la mirada hacia sus propias piernas, una compleja mezcla de emociones ensombreció su rostro.

Tomó su teléfono y marcó un número.Una voz respondió al otro lado de la línea:

"Hola, señor Patel".

"Necesito todas las grabaciones de las cámaras de seguridad de la fiesta de compromiso de Rowley. Envíamelas en diez minutos".

La voz al otro lado de la línea sonó agobiada. "¿Todas? ¿En diez minutos? ¡Por Dios! Señor Patel, es casi imposible conseguir eso en tan poco tiempo".

"Ahora te quedan nueve minutos y cuarenta segundos".

"Está bien, está bien". Al otro lado de la línea, el hombre tecleaba con rapidez, incapaz de contener su curiosidad. "¿Está usted en la fiesta de compromiso de Rowley y Pattie? ¿Para qué quiere los videos de seguridad?".

Los labios de Millard Patel se apretaron y su agarre en el reposabrazos de la silla se intensificó lentamente. "Ella apareció".

"¿Quién?". La voz al otro lado tardó un instante en procesarlo y luego respondió con rapidez: "¿Se refiere a esa mujer? ¿La única que ha logrado excitarlo?".

Mientras tanto, Novalee, ajena a todo, se dirigía al estacionamiento subterráneo.

Una vez dentro de su auto, tomó su celular, insertó una nueva tarjeta SIM y marcó un número.

El timbre insistente cesó y una voz femenina y áspera, que sonaba como si acabara de llorar, contestó. "Hola, ¿quién habla?".

Con una risita cómplice, Novalee respondió: "Pattie, ¿estás disfrutando del regalo de compromiso que te preparé?".

De repente, la voz al otro lado se agudizó. "¿Quién eres? ¿Tú planeaste esto? ¿Qué es lo que quieres?".

"Querida hermanita, ¿acaso no reconoces mi voz?", replicó Novalee con frialdad.

"¿Novalee Webb? ¿Eres tú? ¿Sigues viva?".

La aludida sonrió al oír su viejo nombre, pues hacía mucho tiempo que no lo usaba.

"Lamento decepcionarte, pero estoy muy viva y me va bastante bien. Lo de hoy fue solo un pequeño regalo para ti. De nada. Pero ten cuidado, esto es solo el principio. ¿Estás lista? Recuperaré todo lo que Rowley y tú me quitaron".

La voz de Pattie se quebró, cargada de un miedo y una ira indisimulables. "Novalee, tenemos a tu hija. ¿Acaso no piensas en ella? Si buscas vengarte de nosotros, ¿no te da miedo que le hagamos daño?".

La voz de Novalee se suavizó hasta volverse peligrosamente serena. "Claro que tengo miedo. Por eso mismo, te aconsejo que cuides muy bien de mi hija. Ella es tu única garantía. Sin ella, el regalo de hoy habría sido mucho más que un simple video. Y recuérdalo bien, Pattie: si le tocan un solo pelo, tú y Rowley me lo pagarán con sus vidas".

Tras colgar, Novalee apretó los labios.

Habían pasado seis años. Nadie sabía lo que había vivido en todo ese tiempo.

Ahora que finalmente tenía el capital necesario, había regresado.

No pensaba darles un respiro ni a Rowley, ni a Pattie, ni a la familia Webb.

Respiró hondo para calmarse y encendió el auto. Cuando se disponía a marcharse, miró por el espejo retrovisor y se quedó helada.

Una niña adorable estaba recostada contra una columna junto a su auto, con un aire completamente inocente.

La pequeña parecía tener unos cinco o seis años, y era evidente su frágil estado de salud. Su tez era pálida y sus labios tenían un tinte azulado, signos claros de un malestar considerable.

Tras confirmar con la mirada que no había nadie más cerca, Novalee salió del auto y se acercó rápidamente a la niña. "Pequeña, ¿te sientes mal? ¿Por qué estás aquí sola? ¿Dónde está tu familia?".

"Me duele, me duele", gimió la niña, con la mirada perdida y el cabello empapado de sudor.

A Novalee se le encogió el corazón, pues su propia hija tendría la edad de esta niña.

Desesperada, la cargó y le aseguró: "Vamos. Te llevaré al hospital".

La colocó en el asiento de seguridad para niños y volvió al volante. "Resiste", le dijo. "Ya casi llegamos al hospital. Mantente despierta y habla conmigo si te duele".

"Mamá, mamá".

El murmullo inconsciente de la niña hizo que el corazón de Novalee doliera aún más.

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