Capítulo 2

La respiración de Julián era lo único que podía oír con claridad. Cada inhalación forzada y contenida dentro del clóset parecía más ruidosa que los latidos de su propio corazón. Afuera, en la penumbra de la habitación, Nico ya se había quitado los zapatos y se acomodaba en la cama, ajeno al huracán que acababa de pasar -o más bien, que aún estaba soplando con fuerza, a unos pocos metros de él.

Camila seguía de pie, rígida, como si su cuerpo temiera moverse y desencadenar una catástrofe. Sonreía con esfuerzo, con los labios tensos y las manos heladas. Sentía el calor del beso de Julián todavía en la boca, una huella que no se quería borrar.

-¿Vas a venir a acostarte? -preguntó Nico mientras se acomodaba bajo las sábanas.

-Sí, ya voy -respondió ella, obligando su voz a sonar normal.

Dio unos pasos, acercándose a la cama, y se tumbó a su lado sin mirar hacia el clóset. Sus pensamientos se amontonaban, desordenados: ¿Está respirando muy fuerte? ¿Se oyen los latidos? ¿Y si se mueve? ¿Y si...?

Nico se giró hacia ella y la rodeó con un brazo. Su calor familiar la golpeó de lleno. Su olor. Su peso. Todo lo que debería reconfortarla, pero que ahora se sentía... extraño.

-Hoy fue una noche larga -murmuró él, bostezando-. Si no fuera por Julián, me habría dormido en el puesto. Ese tipo tiene una energía inagotable.

Camila soltó una risita tensa. Oh, lo sé, pensó. La ironía era tan densa que casi podía morderla.

-¿Y Julián? -preguntó, con la voz fingidamente casual-. ¿Se quedó en el aeropuerto?

-No, me dijo que iba a caminar un poco antes de volver a casa. Ya sabes cómo es. A veces necesita aire.

El corazón de Camila dio un brinco. Claro, aire. Como esconderse en el clóset de tu mejor amigo para no ser descubierto después de besarse con su novia. Lo más ridículo de todo es que Julián seguía allí, probablemente con el celular en silencio, quizás arrepintiéndose, o... quizás no tanto.

-¿Estás bien? -insistió Nico, acariciándole el brazo.

Ella asintió, aún mirando al techo.

-Sí. Solo... estoy cansada.

-Te amo, Cami.

-También yo.

Pero la frase le salió más apagada de lo que esperaba. Nico no pareció notarlo; ya estaba cerrando los ojos. En cuestión de segundos, su respiración se volvió pesada, profunda. Dormido.

Camila permaneció despierta. Sentía el calor del cuerpo de Nico a su lado, mientras dentro del clóset, otro cuerpo esperaba en silencio. El peso de la situación la aplastaba. Sentía que estaba metida en una escena sin salida, atrapada entre la culpa y una sensación extraña que no terminaba de identificar. No era solo deseo. Era algo más profundo. Una curiosidad. Una pregunta sin respuesta.

¿Y si no hubiese sido un error?

Pasaron unos diez, quince minutos. O eso creyó. Cuando estuvo segura de que Nico dormía profundamente, se movió con cuidado, levantando apenas la sábana. Se incorporó, descalza, y caminó con pasos suaves hacia el clóset. Su corazón bombeaba con fuerza, como si cada latido fuera un llamado de atención.

Abrió la puerta con lentitud.

Julián estaba ahí, sentado sobre sus talones, sudando. La mirada que le lanzó fue casi un reproche, pero también tenía ese brillo travieso de quien ha sobrevivido una situación imposible.

-¿Estás loca? -susurró.

-Un poco, sí -respondió ella, igual de bajo.

Ambos se quedaron mirándose. El silencio entre ellos estaba cargado de electricidad. No sabían qué decir. Había tantas palabras posibles, y ninguna parecía la correcta.

-Necesitas irte -dijo ella finalmente-. Ahora.

Julián asintió, pero no se movió.

-Camila... ¿qué fue eso?

Ella bajó la mirada. Quería tener una respuesta. Una clara, una que sirviera para poner todo en orden. Pero no la tenía.

-No lo sé -admitió-. Fue un error. Un momento. Nada más.

-¿Nada más?

Sus ojos se encontraron de nuevo. Camila tragó saliva. Por un instante, volvió a ver lo que había sentido minutos antes. Ese fuego extraño. Ese despertar.

-Julián, por favor.

Él suspiró, resignado, y salió del clóset sin hacer ruido. Se detuvo junto a la puerta del cuarto, girando la perilla con precisión de ladrón profesional.

-No voy a decir nada. Nunca. Lo sabes, ¿no?

-Lo sé.

-Pero no voy a olvidarlo.

Camila cerró los ojos al escucharlo. No dijo nada. No podía. Solo lo escuchó desaparecer por el pasillo, y luego, el leve clic de la puerta de su habitación cerrándose con cuidado. Se quedó sola, con Nico dormido a su lado, y con un corazón que no encontraba su sitio.

Volvió a meterse en la cama, pero el sueño no volvió.

Había cruzado una línea, y aunque todo el mundo creyera que seguía donde siempre, algo en ella ya había cambiado. Algo que no se podía deshacer.

Y en la oscuridad, con el ventilador girando otra vez en su monótona canción nocturna, Camila sintió que lo que había comenzado como un error tenía la forma de un nuevo comienzo... o de una tormenta.

Capítulo 3

El aire de la madrugada tenía ese filo punzante que te corta el pecho cuando respiras demasiado rápido. Julián caminaba por la vereda con el uniforme aún puesto, las botas haciendo un sonido sordo contra el cemento mojado por la humedad del rocío. Las calles estaban vacías, apenas iluminadas por faroles amarillentos que lanzaban sombras deformes. En su estómago, algo pesado se revolvía. No sabía si era culpa, deseo... o las dos cosas al mismo tiempo.

No entendía cómo había llegado a ese punto. Bueno, sí lo sabía. Paso a paso. Una risa compartida. Una noche con más complicidad de la debida. Una mirada demasiado larga. Y ahora, esa maldita escena. Ese beso.

Camila.

Apretó los dientes, como si el recuerdo tuviera cuerpo y pudiera morderlo para hacerlo desaparecer.

Le dolía la cabeza. El vino en su aliento mezclado con la adrenalina no era buena combinación. Sentía la camisa todavía arrugada, impregnada con su perfume. Y eso lo hacía peor. Porque no podía dejar de olerla. De recordarla.

-La puta madre... -murmuró, pateando una piedra con rabia.

No era solo que hubiera besado a la novia de su mejor amigo. Era quién era Camila. Llevaba años viéndola, saludándola con dos besos cuando la visitaban, compartiendo asados, navidades, risas. Siempre le había parecido linda. Claro que sí. ¿Cómo no? Pero jamás había cruzado el límite. Jamás. Hasta esa noche.

Hasta que entró a la casa con Nico, riéndose de una anécdota absurda sobre un pasajero que había intentado pasar una cafetera llena de billetes. Él se quedó unos segundos más afuera para terminar de fumarse el cigarro. Cuando entró, creyó ver la sombra de Camila cruzando el pasillo. Luego la escuchó, su voz ronca de sueño, diciendo "te extrañé". Y antes de que pudiera procesar nada... ahí estaba.

Sus brazos. Sus labios. Su calor.

No se había defendido. No había retrocedido. Y eso era lo que más le jodía. Porque, si era sincero, no quería hacerlo. Su cuerpo reaccionó antes que su moral. Fue como si una parte de él hubiera estado esperando algo así desde hace tiempo, enterrado bajo capas de autocontrol y lealtad mal entendida.

Se detuvo en seco frente a su edificio. Sacó las llaves y las miró sin verlas, con el ceño fruncido. En la otra mano aún tenía el celular, pero no había recibido ningún mensaje. Ningún "¿estás bien?", ningún "perdón", ni siquiera un "¿estás despierto?". Solo silencio.

Entró al departamento. El olor a encierro lo recibió como siempre. Dejó el uniforme tirado sobre el sofá y se fue directo al baño. Abrió la ducha, se metió sin esperar a que el agua se templara.

El agua fría le golpeó la piel como si intentara castigar cada centímetro de su cuerpo.

"Esto no pasó."

La voz de Camila todavía le sonaba en la cabeza. Pero había pasado. Y no era solo el beso. Era todo lo que venía detrás. Porque Julián se conocía. Sabía cuándo algo era superficial y cuándo no.

Y lo que había sentido con ella... no fue liviano.

Apoyó las palmas contra los azulejos, dejando que el agua le cayera sobre la nuca. Cerró los ojos. Volvió a verla. El modo en que se había aferrado a él. La forma en que lo besó, sin dudas, como si lo hubiera estado esperando toda la noche. Ese instante en que sus cuerpos se entendieron, como si fueran piezas que ya sabían cómo encajar.

Y después, el miedo. El horror reflejado en sus ojos cuando escuchó la voz de Nico.

Julián sintió una punzada en el pecho. No solo por el error, sino porque sabía -con una claridad incómoda- que no iba a poder olvidarla. Que esa noche no iba a ser un accidente aislado en su cabeza. Iba a volver. Como un eco. Como una obsesión.

Y lo peor de todo: quería que volviera.

Apagó la ducha de golpe. Se secó sin mirarse al espejo. No podía soportar la mirada que sabía que iba a encontrar ahí.

Volvió al living, se tiró en el sillón con una toalla en la cintura y prendió el televisor sin volumen. Las luces de la pantalla parpadeaban sobre su rostro, pero él no estaba viendo nada. Solo escuchaba sus propios pensamientos.

¿Y ahora qué carajo hago?

¿Le contaba a Nico? Imposible. ¿Se lo guardaba? ¿Lo enterraba? Podía intentarlo. Podía fingir que nada pasó. Podía... sí. Pero sabía que todo iba a cambiar. Porque él ya no era el mismo después de ese beso.

Y, si no se lo imaginaba todo, Camila tampoco.

Suspiró, con las manos en la nuca. Había una línea que había cruzado. El problema era que no sabía si quería volver atrás.

Y en algún lugar muy dentro de él, una idea empezó a crecer. Lenta, traicionera, como una semilla plantada sin querer:

¿Y si Camila también sentía algo? ¿Y si no fue solo un error? ¿Y si... había algo más entre ellos?

Por primera vez en su vida, deseó que Nico no lo hubiera invitado a vivir a su casa esa noche.

Y al mismo tiempo, sabía que no cambiaría nada.

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