Gabriela POV:
Estrella Ferrando se acercó a mí, sus ojos brillando con una falsa cordialidad. Su sonrisa, antes deslumbrante, ahora parecía una máscara de superioridad.
"¡Gabriela! Qué gusto verte, querida. ¿Cómo has estado? Tanto tiempo sin vernos, ¿verdad?" Su voz era dulce, pero cada palabra apuñalaba.
Leandro se detuvo a su lado, sus ojos fríos y distantes como siempre. Yeray, de la mano de Estrella, me miró con curiosidad, pero sin el cariño de antes. Ya no había rastro del niño que corría a mis brazos.
"Estoy bien, Estrella," respondí, mi voz monótona. No había calor ni emoción en ella.
Estrella se rió suavemente, una risa que me taladró el oído. "Me alegro. Leandro y yo hemos estado poniéndonos al día. Y Yeray está tan feliz de tener a su 'tía Estrella' de vuelta. ¿Verdad, cariño?"
Yeray asintió con entusiasmo, apretando la mano de Estrella. "Sí, ella es mucho más divertida que mami Gabriela."
Las palabras de Yeray me golpearon como un puñetazo en el estómago. El aire se me escapó de los pulmones.
Leandro, impasible, no hizo ningún comentario. Solo me lanzó una mirada severa. "Gabriela, Estrella se quedará unos días. Necesita un lugar donde quedarse mientras busca casa."
"¿Unos días?" Mi voz apenas fue un susurro.
Estrella intervino, su mano en el brazo de Leandro. "Solo será un breve tiempo, no te preocupes. No quiero causar molestias."
Yeray, ajeno a mi dolor, tiró de la mano de Estrella. "¡Vamos, tía Estrella! Quiero ver la habitación que papi preparó para ti."
Leandro sonrió a Estrella, una sonrisa que nunca me había dedicado. "Vamos, cariño. La suite de invitados está perfecta para ti."
Se giró hacia mí, su rostro sin emoción. "Gabriela, asegúrate de que sus maletas suban. Y que tenga todo lo que necesite."
Mis labios formaron una línea delgada. "¿No crees que eso es trabajo de los sirvientes, Leandro?"
Su mirada se endureció. "Gabriela, no me discutas. Estamos hablando de Estrella."
Sentí una punzada de rabia, pero la contuve. No valía la pena. Mi libertad estaba a solo unos días.
Yeray, al escuchar mi respuesta, frunció el ceño. "¡Mami Gabriela es aburrida! Tía Estrella es la mejor."
Se aferró a Estrella, como si yo fuera una amenaza. Mi corazón se hizo pedazos. El niño que había criado, que había amado incondicionalmente, ahora me rechazaba.
Estrella sonrió con aire de victoria. "No te preocupes, Yeray. Tía Estrella siempre estará aquí para ti."
Leandro, Estrella y Yeray entraron a la mansión, riendo y conversando. Parecían una familia perfecta. Una familia sin mí.
Leandro se volvió, su mirada encontrando la mía por un instante. "Gabriela, encárgate de las maletas." Su tono era una orden, no una petición.
"¿Yo?" Mi voz era apenas un susurro. La humillación me quemaba la piel.
Él levantó una ceja. "Sí, tú. ¿Tienes algún problema?"
Mi silencio fue mi respuesta.
"Bien. Si no puedes con eso, le diré a la señora Elena que las suba." La señora Elena era una de las empleadas de la casa, una mujer mayor de confianza que siempre me había tratado con respeto.
La idea de que una mujer mayor tuviera que cargar las maletas de Estrella mientras yo permanecía ociosa me revolvió el estómago.
"No, yo lo haré," dije, mi voz plana.
Leandro se encogió de hombros y siguió a Estrella y a Yeray.
Me dirigí al auto, mi rostro una máscara de indiferencia. Abrí la cajuela y comencé a sacar las maletas. Eran muchas, y pesadas. Cada una de ellas parecía cargar con el peso de mis cinco años de matrimonio.
Mientras subía la última maleta por las escaleras, escuché risas provenientes de la sala de estar.
Asomé la cabeza. Yeray estaba sentado en el regazo de Estrella, y ella le mostraba un pequeño envoltorio de terciopelo.
"¡Mira qué bonito, Yeray!" exclamó Estrella, su voz aguda. "Tu papi me lo compró. ¿Te gusta?"
Yeray asintió con la cabeza, sus ojos brillando. "¡Sí! Es muy brillante."
Mi mirada se posó en el objeto que Estrella sostenía. Un collar. Un collar de plata con un pequeño colgante de esmeralda.
Mi aliento se atascó en mi garganta.
Era el collar que Leandro me había regalado en nuestra primera Navidad juntos. Un regalo simple, pero que yo había atesorado. Lo guardaba en mi joyero, esperando el momento de usarlo.
Leandro había dicho que era una joya familiar, que su abuela se la había dado a su madre, y su madre a la esposa de su hijo.
Una joya familiar para la esposa de su hijo.
Ahora, estaba en las manos de Estrella.
Sentí una oleada de náuseas. Mis manos, que sostenían la maleta, temblaron.
Leandro notó mi expresión. Su sonrisa se borró.
Yeray, sin darse cuenta, me señaló con el dedo. "¡Mami Gabriela tiene cara de enojada! ¿No te gusta el collar de tía Estrella?"
Estrella se rió, una risa hueca y triunfante.
Leandro frunció el ceño. "Yeray, eso no se dice." Su tono era suave, sin la dureza que usaba conmigo.
"Pero es verdad. A mami Gabriela nada le gusta. Tía Estrella es la que le gusta a papi," Yeray insistió, aferrándose aún más a Estrella.
Un dolor agudo me perforó el pecho.
"Tiene razón," dije, mi voz sorprendentemente clara. "Yeray tiene toda la razón."
Todos me miraron. Estrella, con una pizca de sorpresa en sus ojos. Leandro, con una confusión evidente. Y Yeray, con su inocencia cruel.
No esperé una respuesta. Me di la vuelta y me dirigí a mi habitación, el peso de la maleta en mis hombros, el peso del collar en mi corazón.
Cerré la puerta detrás de mí. Solté la maleta y me dejé caer en la cama.
Las lágrimas, que había contenido durante tanto tiempo, finalmente brotaron.
Lloré por el collar. Lloré por Yeray. Lloré por los cinco años perdidos.
Pero en el fondo de mi mente, una voz me recordaba: solo quedan unos días.
Unos días para mi libertad.
Gabriela POV:
La luz del amanecer se filtraba por la ventana, pintando la habitación de un tenue gris. Me levanté en silencio, como siempre, para no perturbar el sueño de nadie. Mi lado de la cama seguía inmaculado, la almohada sin la marca de mi cabeza. Llevaba años durmiendo en una habitación separada de Leandro, una confirmación silenciosa de la naturaleza de nuestro matrimonio.
Me vestí con ropa sencilla, mis movimientos mecánicos. El dolor de la noche anterior todavía latía, pero lo ignoré. En este punto, el dolor era un viejo compañero. Bajé las escaleras, la casa aún sumida en el silencio. Preparé el desayuno para todos, como cada mañana, aunque sabía que, ahora con Estrella aquí, mis esfuerzos serían aún más invisibles.
Después de dejar el desayuno listo, salí de la mansión. Mis pasos me llevaron directamente al bufete de Elena Ríos, mi amiga y ahora mi abogada. Elena, con su cabello corto y su mirada perspicaz, me recibió con un abrazo.
"Gabriela, ¿estás bien? Te ves... agotada," dijo, su voz suave.
Me senté en la silla frente a su escritorio. "Estoy bien, Elena. Es solo el cansancio acumulado."
Ella me miró con preocupación. "Escuché las noticias. Y vi las fotos. Lo siento mucho, Gaby."
Me encogí de hombros. "Era de esperarse. El contrato está por terminar."
Elena suspiró, su expresión aliviada por el hecho de que nuestra unión fuera solo un contrato. "Me alegro de que este matrimonio no fuera... real. Siempre me preocupó cómo te trataban."
"No importa ya," dije, mi voz firme. "Vine para esto." Empujé los documentos que había firmado el día anterior.
Elena los tomó, sus ojos se abrieron al ver el contenido. "Gabriela, ¿estás segura de esto? ¿La renuncia a la custodia de Yeray?"
Asentí. Mi corazón se apretó, pero mi resolución era inquebrantable. "Sí. Yeray ya no me necesita. Ya tiene a Estrella."
Elena me miró con una mezcla de conmoción y tristeza. "Pero, Gabriela, tú lo criaste. Eres su verdadera madre."
"No en papel, Elena. Y no en su corazón, al parecer." Las palabras me quemaron la garganta. "Quiero que se procesen lo antes posible. No quiero dinero, no quiero nada de ellos. Solo mi libertad."
Elena dudó por un momento, pero al ver la determinación en mis ojos, asintió lentamente. "De acuerdo. Haré lo que me pides."
Me levanté, sentí un peso menos sobre mis hombros. "Gracias, Elena. Eres la única."
Ella se levantó y me rodeó con sus brazos. "Cuídate, Gaby. Y no te olvides de ti. Prométeme que empezarás una nueva vida, una para ti."
"Lo prometo," dije, mi voz ahogada.
Salí de la oficina de Elena, el sol de la mañana ya había dado paso a un cielo azul brillante. Me sentí ligera, como si pudiera volar. Pero también había una punzada de tristeza por el hijo que dejaba atrás.
Regresé a la mansión. En la cocina, el desayuno que había preparado seguía intacto. Nadie lo había tocado. Ni Leandro, ni Yeray, ni Estrella.
Una punzada de dolor me atravesó, pero la ignoré. Lo importante era mi libertad.
Calenté el desayuno de nuevo, por inercia. Subí las escaleras, lista para llamar a sus puertas, el aroma de comida fresca en el aire.
Llegué a la puerta de la suite principal. Llamé suavemente.
La puerta se abrió. Pero no fue Leandro.
Fue Estrella. Su cabello rubio estaba revuelto, sus ojos somnolientos, pero su sonrisa era de pura suficiencia.
Llevaba puesta una de las camisas de Leandro.
Mi rostro se puso pálido. Sentí un frío glacial extendiéndose por mi cuerpo.
"Oh, Gabriela. Buenos días," dijo Estrella, su voz teñida de burla. "Leandro sigue dormido. Tuvimos una noche... muy interesante."
Sentí la bilis en mi garganta. Intenté tragarla.
Justo en ese momento, Leandro apareció detrás de Estrella, ajustándose la bata. Sus ojos encontraron los míos, y pude ver un atisbo de sorpresa, y quizás, de vergüenza.
"Gabriela, ¿qué haces aquí?" preguntó, su voz tensa.
Mis ojos, sin embargo, se fijaron en la marca roja en su cuello. Un chupetón.
Una mueca amarga se dibujó en mis labios. No era su culpa, ni la de ella. Era mi culpa por esperar algo que nunca llegaría.
"El desayuno está listo," dije, mi voz sin emoción. "Espero que les guste."
Leandro intentó tartamudear una explicación. "Gabriela, yo... Estrella se sentía un poco mal anoche y..."
Lo interrumpí con una sonrisa fría. "No tienes que darme explicaciones, Leandro. Estoy segura de que Estrella te cuidó muy bien."
Bajé las escaleras, mi corazón latiendo con fuerza. Ya no había vuelta atrás. Solo quedaban unos días para mi libertad.
En el comedor, Leandro, Estrella y Yeray finalmente bajaron. Yeray, aún con pijama, se sentó a la mesa.
"No quiero esto, mami Gabriela," dijo Yeray, empujando el plato de chilaquiles que había preparado. "Quiero hot cakes. Los que hace la tía Estrella."
Leandro frunció el ceño. "Yeray, Gabriela se esforzó mucho en el desayuno."
Pero Estrella sonrió dulcemente a Yeray. "No te preocupes, mi amor. Seguro que mami Gabriela puede hacerte unos hot cakes especiales. ¿Verdad, Gabriela?" Su mirada era un desafío.
Leandro, al escuchar a Estrella, se volvió hacia mí. "Sí, Gabriela. ¿No puedes complacer a Yeray con unos hot cakes?"
Mi paciencia, ya agotada, se rompió. "No, Leandro. No puedo. Preparé chilaquiles, huevos y fruta. Si no le gusta, puede comer fruta." Mi voz era firme, mi mirada desafiante. Leandro me miró con sorpresa.