Sin embargo, también ha tenido singulares personajes que solo serán conocidos por la generación de turno y olvidados por las venideras, como suele suceder con desdichados con problemas mentales, victimas en muchas ocasiones de vejaciones y burlas, entre los que se encuentra esa apodada "China de la calle del Medio", que en realidad es cubana aunque tiene rasgos y descendencia asiática, y se pasea de arriba abajo vistiendo extravagantes y chillones atuendos, maquillada en demasía y grotescamente, cual personaje creado por un también demente dramaturgo para una nunca aceptada obra de teatro tradicional en China o la ópera de Pekín; Vicente, ese andarín afable, mestizo y delgado que sin vergüenza alguna viste siempre la misma ropa y calza zapatos desgarrados por un insensible pavimento a la obligada prolongación, ese que puede imitar hasta el cansancio a un locutor de Radio Reloj y todo por un simple medio para tomar café en cualquier establecimiento, siempre y cuando no sea expulsado con desprecio y más crueldad que la del mismo asfalto. Algunos pasan casi inadvertidos, están los que siempre responden con agresividad verbal y física al maltrato: único método para sobrevivir en una conflictiva sociedad que los ha marginado sin preámbulos, desvalorizándolos como seres humanos que son y amparándose en esa bufonada popular de "Cada loco con su tema".
Marcial ama las fisuras en los aleros donde los gorriones encuentran abrigo y procrean a plenitud añadiéndole un ápice de vida silvestre a lo urbano, donde perros y gatos deambulan en busca de alimentos por las noches, deshaciendo con frenesí desechos sin recolectar. Donde transeúntes desconocidos son capaces de saludarte e incluso contarte sus problemas mientras aguardan en una cola de cualquier establecimiento. Por esos y muchos más detalles nunca cambiaría por otra, a la llamada Atenas de Cuba, y porque está convencido de que algunos dirigentes y sinceros pobladores están determinados a no verla apagarse, aunque persistieran contradictorias demandas, preferencias y decisiones a tomar.
Deslizó la mirada por las tranquilas y todavía sombrías aguas de la bahía. En el puerto un barco atracado era desposeído de su carga, otro proveniente del campo socialista ya asomaba en el horizonte y al centro de la ensenada un par de diminutas embarcaciones bogaban aventurándose hacia aguas más abiertas, lucha cotidiana de aquellos que se buscaban el sustento con los peces atrapados.
— ¡Coño, si pudiera comerme un pargo entero frito ahora mismo, tengo tremenda hambre! —exclamó, envidiando a los pescadores y resignándose meneó la cabeza, miró al cielo cuajado de matices grises, nada extraño para el mes de septiembre. Se separó de la ventana y chilló con cosquilleos en las tripas:
—Bueno, ustedes comerán pescado y yo no. ¡Jódanse y mójense el culo, qué carajo!
Pensativo se detuvo frente al refrigerador, mientras se rascaba primero una nalga y después los testículos, se aguantó de abrirlo evitando descubrir que Ulises también le hubiera hecho algún estrago en su interior, aunque no tenía mucho en él. Desalentado se volteó mirando hacia el cuarto y le pareció escuchar que la cama pedía a gritos que regresara a ella. En cambio, sí fue real la voz femenina que desde el piso inferior entró a través de la ventana:
— ¡Marciaal! ¡Coño, compadre, tienes el teléfono descolgado y llamaron al de mi casa para que te avisara! ¡Contra, que no respetan la maldita hora pa' estar jodiendo!
— ¡Lo hubieras mandado pal' coño de su madre! —gritó, y al percatarse de que era cierto puso el auricular en su sitio e instantáneamente el timbre sonó con insistencia.
Pensó que a esa hora solo podía ser Ulises para justificarse, y al levantarlo no le dio tiempo para hacerlo.
— ¡Oye, cabrón, me dejaste sin café! ¡Y para colmo te metiste toda la botella de Legendario…! ¡De Legendario, que cuesta la muy salá doce pesos! ¡Bueno eso te lo perdono, pero no lo del café!…
Su semblante cambió cuando la voz que escuchó desde el otro lado de la línea era femenina y chillaba estridentemente.
— ¿De qué carajo y con quién hablas, berraco? Me he cansado de marcar a tu maldito número —le reprimieron—. Suerte que tengo el de Esther. La pobre debe tener ganas de matarme.
— ¡Coño… me cago en Dios! ¡Perdona, Elena! Pensé que era un socio que estuvo anoche aquí. Nunca imaginé que fueras tú tan temprano… ¿qué sucede? —preguntó, con el ceño fruncido.
Guardó silencio por breves minutos, hasta que la voz se detuvo.
— ¡Contra, flaca, Escalona no pudo soltarle eso a otra gente! ¿No podían Vicente o Heriberto encargarse? Me van a fastidiar mi día libre y estoy fundido.
Volvió a enmudecer. Mientras escuchaba se pasó la otra mano por el rostro sin afeitar y maldijo mentalmente.
—Ok, tranquila. No te preocupes. Nosotros nos encargamos, qué remedio. De todos modos ya tengo el salao domingo jodido. Sí, sí. Ven a recogerme.
Media hora más tarde salió a la calle: aunque la camisa era diferente a la del día anterior, pantalones y zapatos eran los mismos. Tras palparse la cadera verificando si había cogido el arma, se detuvo en la acera frotándose las manos, al ver a unos veinte metros a una cincuentona salir a la calle en bata y chancletas, cargando un pesado latón con basura, le gritó:
— ¿Qué pasa, Sonia? ¿Botando las mierdas que Pablo se empeña en guardar? —sonrió a modo de venganza, como si ella fuese la culpable de no haber podido tomar café, y nada tenía de culpa.
— ¡No, mijito, que el cabrón camión de la basura hace tres días que no pasa a recogerla! ¡Si seguimos así, horita nos zumban cinco ratones por cabeza en la dirección y los ponen en la libreta de abastecimiento! —contestó, de mal humor.
Caminó por la acera y al hacerlo se percató de que en esta y por decenas de metros a ambos lados, vecinos menos escrupulosos e impacientes habían arrojados sus desechos poniéndolos en manos de la providencia, o en los colmillos y garras de felinos y canes vagabundos y pendencieros. «Coño, Sonia es un ejemplo que no muchos siguen», reflexionó acercándosele, a la par que escudriñaba si por la loma subía el carro que esperaba.
— ¡Contra, vieja! Tú sabes que la cosa está mala. El presidente de EE.UU. no cesa de arremeter contra los soviéticos, ni contra nosotros. Ese hijoeputa también quiere acabar con el comunismo, y tiene a la isla en jaque con muchas artimañas más que ni tú te enteras…
—Todo eso lo entiendo, Marcial, pero no me chives tiene que haber combustible por lo menos para recoger toda la mierda que bota el cubano —alegó contrariada y él para suavizarle los ánimos dijo con una leve sonrisa:
—Ratones no, pero va y repartimos pollitos para que los críen en las casa.
Ella puso el pesado recipiente en el piso, desviando su atención brevemente al ver caminar por la acera del frente a dos jovencitas que por sus ropas nocturnas y traspiés aparentaban regresar ebrias de alguna fiesta, y meneando la cabeza en señal de desaprobación objetó:
— ¡Si 'ta bien comemierda! Baja hasta la escuela Mártires del Goicuría y párate allí para que veas un par de jefecitos o a sus hijitos sacar sus carros con chapas azules o amarillas e irse de recholata para las casas que tienen en la costa o en Varadero, no me jodas, Marcial… a ellos sí no les falta el combustible.
Marcial no la rebatió, sabía bien que algunos oportunistas se aprovechaban del cargo asignado; pero de ellos tenían que encargarse y se encargarían, quienes los habían puesto allí, o los de mucho más arriba. La voz de Sonia lo sacó de sus reflexiones:
— ¡Ah, por cierto! Me dijo Ulises, antes de irse para el trabajo, que ayer te trajo del Oasis tres bocaditos de jamón con queso y que te los había dejado en el frio. ¡Y por tu madre, no me le prestes más la casa para que se acueste con esas guaricandillas que conoce, sabrá Dios dónde!
—Sonia, cuando tu hijo quiere algo es una maldita ladilla y lo sabes. ¡Coño, no vi los cabrones bocaditos, con el hambre que tengo! —respondió, reconociendo el auto que ya subía la pendiente —. Si quieres que no le preste más la casa, déjalo que traiga a sus jevitas a la tuya.
— ¡De eso nada monada! Mi casa no es un burdel. En mis tiempos la cosa era distinta, lo que tienes que olvidarte de Laura y traer a otra muchacha para la casa vivir, fijo y no por una noche como haces, así mi hijo no te jode más —respondió tomando nuevamente el latón como presintiendo que el camión de la basura jamás llegaría
Casi siete años atrás regresó a la casa justo cuando venía del hospital de ver a Emilio, y sobre la mesa del comedor se topó con un sobre, al tomarlo leyó: "Perdóname por abandonarte, sé que moriré sin ti". Se estremeció, pues imaginaba el contenido de la carta dentro de él. Corrían tiempos de incertidumbre ya que unas semanas antes un grupo divergente al régimen asaltó la embajada de Perú buscando asilo político. La máxima dirección del país les exigió a los cónsules la devolución de todos los participantes. Como respuesta a la negativa: el comandante Fidel Castro alentó en un discurso: a todo aquel que no estuviera de acuerdo con la doctrina implantada a irrumpir en la embajada. La cifra de exiliados rebasó los ciento veinte mil cubanos —más de los esperados—, quienes sin saber lo que les aguardaba decidieron arriesgarse, y el éxodo acaparó la zona diplomática. En tal dilema, Marcial Manso perdió a decenas de amigos de infancia y crianza que formarían parte de aquel memorable éxodo conocido como "Los Marielitos".
Aguardó tres días para abrirlo por si regresaba de donde se hubiese ido, pero no fue así. Cuando se decidió a leer, descubrió que el hermano de ella había tenido problemas judiciales allá en su provincia y buscaba una vía de escape a la justicia y a modo de protección decidió no dejarlo solo en un periplo incierto y desconocido. Al final de la carta le juró que lo seguía amando y lo haría por el resto de sus días. Hasta la fecha, Marcial no había vuelto a tener noticias de ambos. Decenas de mujeres llegaron y se fueron de su vida sin suplantar los momentos vividos con ella. El nostálgico recuerdo que le dejó, se desvanece cuando dos vecinos pasaron saludándolos, y retornando al presente recordó la cantaleta de la vecina con la dichosa basura y le argumentó:
—Sonia, no te preocupes que los de Comunales no permitirán que el día veintiocho la ciudad esté sucia, ya enviarán a recoger las basuras y ve diciéndole a Carmita que trate que éste año la caldosa por el festejo de los CDR quede buena o la denuncio —refutó con una amplia sonrisa.
—Bueno, que no den tanta vianda y esas horrendas cabezas de puerco y nos asignen por lo menos un pernil —contestó de mala gana.
—Sí, bobita, sigue esperando. Si Pablo no compra el pernil te veo jod'ía —dijo con una carcajada. Le dio un beso en la mejilla y se despidió dirigiéndose al auto que se había detenido junto a él.
Mientras se alejaban del lugar, y con esfuerzo logró subir la ventanilla de su lado para no mojarse ya que una fina llovizna comenzó a caer. Con los dedos de las dos manos se arregló algo el pelo recordando que ni se había peinado tras darse un fugaz baño. Elena lo miró sonriente.
— ¡Coñó, si no mandan a reparar el lada de mierda este a un taller, en cualquier momento vamos a tener que trabajar en bicicleta! —rezongó, evitando mojarse con el agua que entraba por la diminuta apertura que había quedado al no cerrar bien la ventanilla.
Ella le miro de soslayo y rió.
—Días como este son los que me dan ganas de volver a fumar —alegó buscando una reacción en ella, solo por mortificarla un poco. Lo hacía frecuentemente, le gustaba como compañera, de hecho presionó al mayor Escalona hasta el cansancio para que la sacara de atrás de un escritorio y se la asignara, provocando reacciones contradictorias en la unidad. Pero le importaba un "Maldito carajo" lo que hablaran a sus espaldas.
Y la reacción no se demoró en llegar.
—No empieces a joder tan temprano y fíjate un poco más en ti mismo que eres un desastre. Acaba de buscarte una mujer que te prohíba ponerte la misma ropa del día anterior y te mantenga limpiecito y arregladito —dijo en tono burlón—. Y ni se te ocurra volver a coger un cigarro o ahí sí que vas a tener que buscarte un bicicleta o carriola, lo que más te convenga.
La miró de reojo y sonrió. Reconociendo que ella sí estaba impecable.
—Elena, flaca. La camisa sí me la cambié, no tuve tiempo de estar buscando otros pantalones y si estás tratando de sonsacarme, dispara para otro lado. Eres casada, me llevo bien con Alejandro y sabes que eres como mi hermana. Además estás muy mala, no sé cómo a él le puedes gustar —contestó riendo.
—Ni loca, papito, ni loca me enredo contigo, además Alejandro sí sabe darme por la misma costura, solo comentaba porque ni afeitarte pudiste, y todavía tienes aliento a ron. Y de mala nada, las flacas tenemos nuestro encanto y la facilidad de hacer cositas que las gorditas no pueden —refutó a carcajadas, a la par de girar el volante en dirección al Puente de la Concordia sobre el río Yumurí, una de las unificaciones de su barrio con el resto de la ciudad.
—Qué clase de domingo más cabrón este, ni dormir la mañana pude. Y a ti, ¿a qué hora te llamaron?
—Como a las seis y media; pero bueno, anoche me acosté temprano, así que estoy despejadita.
—Pues yo no, así que para en la cafetería del parque para tomarme un café que lo necesito —alegó intentando mirar hacia el exterior por el empañado cristal.
Cuando arribaron, ya la llovizna había cesado presagiando otro caluroso día que tal vez culminara en fuertes aguaceros. Al apearse dos agentes los esperaban manteniendo a distancia a varios curiosos de la cuadra y a otros que transitaban de casualidad, o no, por la cuadra.
Marcial levantó la vista para observar bien el antiguo inmueble y Elena, dirigiéndose a los policías, preguntó:
— ¿Es aquí dentro? —lejos de recibir respuesta los dos se mantuvieron indiferentes a la pregunta y aguardaron porque fuera Marcial quien les preguntara. Este lo notó y les habló, aunque no como esperaban.
— ¿No la escucharon, qué coño les pasa? ¿Ustedes también son del grupito de comemierdas que están haciendo campañita con el sargento, Evelio cabrera para que la retiren de investigación por ser mujer?... ¡No me jodan que en la Sierra, Celia y sus Marianas tenían más cojones que ustedes y muchos hombres más! Así que respóndanle.
Conocían bien a Marcial, y de Manso no tenía nada cuando exponía sus razones. Abrumados por la impotencia, confusión y vergüenza volvieron a voltearse hacia ella, que aunque no se acostumbraba a ser objeto de burlas, chismes y repudio por algunos mal llamados compañeros se limpiaba sus partes más íntimas con todo ello.
—Sí, suboficial, es allá dentro… el forense ya está en la casa —alegó el más obeso de los dos. Ella por respuesta les ordenó que mantuvieran la entrada libre de curiosos. Ahora el más delgado, dándole una palmada en el hombro a su compañero instó—. Vamos a encargarnos de despejar a los chismosos aquellos.
Cruzaron la gran puerta del edificio. Marcial solo dio dos pasos y se detuvo escudriñando el interior del inmueble. Abajo y a sus costados apreció cuatro puertas cerradas, tal vez sus moradores se mantenían dentro por orden de los agentes. El pasillo era amplio y desde él se podía observar en la parte superior solo una baranda a la derecha donde debían haber por lo menos una o dos viviendas más.
Antes de entrar a la única casa que mantenía la puerta abierta, detuvo a Elena con un gesto de la mano y cerró los ojos buscando como siempre aclimatar sus sentidos para lo que estaba por presenciar, ya dentro vieron al forense que había concluido con su primera inspección.
— ¡Contra, aquí hay olor a alcohol por todos lados! —exclamó Elena nada más detenerse y tocó a su compañero en el hombro—. Te ganaron, papito, ya el tuyo no me es tan desagradable.
Marcial observó lentamente la habitación, detalles a simple vista le revelaron que estaba en la casa de alguien dedicado al corte y costura: una máquina de coser marca Singer, cajas con carretes de hilos de todos los colores, perchas con decenas de prendas que colgaban, otras diseminadas por el suelo, terminadas o a medio acabar, cestos con retazos y dos rollos de telas de corduroy, acomodados verticalmente contra una pared, en fin, casi todo lo que parecía ser un compendio de lo necesario para ejercer esa labor.
— ¡Coño, bárbaro, como se demoraron! —se quejó el único compañero que aguardaba por ellos.
Más calmado, saludó a Elena y tras reparar en Marcial alegó—. El mayor, cansado de esperar por ustedes, se llevó a todo el mundo, y me dijo que te encargaras del muertecito… Y tú por lo que veo debes andar con el mismo calzoncillo de ayer.
Ella rió en voz baja y argumentó:
—Te lo dije, necesitas una mujer, pero ya. Y por cierto que sea la última vez que intercedas en algo cómo lo que sucedió allá afuera. No son malos policías, solo que presumen de machismo y de vez en cuando tengo que ponerlos en su lugar.
—Lo sé. Es que no puedo evitar reprender a estúpidos como ellos —contestó concentrándose en lo dicho por el forense.
Sonriente bajó la mirada meditando si el compañero y amigo tenía razón, y no, no la tenía ya que se había cambiado la prenda íntima, aunque la camiseta y el par de medias también eran los mismos, y movió la cabeza al pensar que todo aquello era culpa de solo pensar en Milagros de la Caridad.
—No, el calzoncillo de ayer lo dejé olvidado en casa de tu hermana —jaraneó dándole una suave cachetada mientras le guiñaba un ojo, y acto seguido giró hacia el inerte cuerpo.
Ante sí tenía sentado a un hombre de aproximadamente unos cincuenta años o poco más, mestizo de baja estatura, calvo, rollizo, con la cabeza inclinada hacia detrás, en el cráneo se apreciaba una gran herida, la sangre había dejado un rastro hasta debajo de las perchas donde posiblemente recibiera el contundente golpe. También mostraba a plenitud decenas de agujas y alfileres incrustados por todo su rostro. Brazos y piernas estaban atados a la silla.
— ¿Qué demonios es eso, algún ritual? —preguntó Elena, inclinándose más sobre el muerto.
—No, Elena, no es un ritual —le contestó el de bata blanca y gruesos lentes.
Marcial les hizo un gesto para que lo dejaran concentrarse y seguir observando. Se inclinó hasta casi rozar a la víctima, dio pasos cortos a su alrededor, abrió las cuatro gavetas del mueble para comprobar su interior, recorrió toda la vivienda, se agachó en varias ocasiones hasta sentirse satisfecho y comunicárselo a su compañera quien generalmente hacia las primeras preguntas, dejándolo a él cavilar.
— ¿Alguien entró a la casa o tocó algo antes de que llegaras? —preguntó ella.
—La vecina que descubrió lo sucedido dejó a su marido a cargo en la puerta para que nadie ingresara, cuando llegó la policía este se marchó para el trabajo.
— ¿Dónde se encuentra esa vecina? ¿Le tomaron declaración? —volvió a preguntar.
—Sí, ya uno de los peritos que se marcharon le tomó declaración junto con el resto de los vecinos que están presentes… tengo entendido que de los que habitan el edificio solo uno salió a pescar antier y no ha regresado. Ella en estos momentos está en la bodega que hay en la esquina, es la administradora.
«Otro suertudo más que podrá comer pescado. Bueno, bastante trabajo pasan para cogerlo», pensó Marcial recordando las dos lanchas que vio al amanecer.
—Marcial, me encamino hacia allá. Volveré a entrevistarla, a lo mejor recuerda algún detalle más que podría haber pasado por alto.
—Sí, flaca, ahora debe estar más calmada y ser de más ayuda —contestó aprobando la iniciativa.
El forense esperó a verla salir por la puerta del edificio para comentarle a Marcial:
— ¿Sabes? Todavía algunos en la estación se preguntan, y critican porqué haberla elegido como compañera de investigación. Otros murmuran que utilizaste tu influencia con el mayor para que te la asignara porque te gusta y sabes que de flaca no tiene nada… claro yo no me incluyo entre ellos te conozco bien y sé que no eres como otros, y te confieso que también me ha picado el bichito de la curiosidad.
—Negro, Esa mujer tiene más actitudes para este trabajo que muchos policías que conozco. Coño, compadre, el gobierno lleva años intentando acabar con todos esos problemas y todavía hay quien no entiende que las mujeres tienen tanto derecho como nosotros. Además, no confío en mucha gente. Yo sé a quién escojo para que esté a mi lado —alegó con evidente convicción.
—Espero que así sea… porque ya una vez te equivocaste, bárbaro.
Inconscientemente asienta con un movimiento de cabeza a la par de agacharse y recoger un botón del piso, lo observó por varios segundos comparándolo con el color del carrete puesto en la máquina y lo guardó en el bolsillo de la camisa.
— ¿Tienes algún botón en falta que veo cogiste ese del piso?… Esas cajas están llenas de ellos, a lo mejor alguno coincide con el que necesitas. De todos modos éste pobre hombre ya no los utilizará más —argumento Agustín.
—Me llamó la atención. ¿Sabes si alguno de los compañeros se llevó algo de la escena para analizarlo más profundamente? —preguntó cambiando de tema.
—No, todo está tal y como lo preservó el marido de la bodeguera. Ni ella ni él se atrevieron a pasar de la puerta.
—Dime mi hermano, ¿a qué conclusión llegaste? —preguntó Marcial dirigiéndose a las ropas que colgaban para estudiarlas detenidamente—. Habla, te escucho.
Agustín terminó de cerrar su maletín, encendió un cigarro y respondió:
—Marcial, todo indica que quien lo atormentó clavándole esos alfileres, buscaba alguna información en poder de la víctima. Lo que no podría decirte es si la consiguió.
—Entonces el asesino lo conocía y… —fue interrumpido por el experto.
—No sabría decirte si tenían relación previa, y no buscamos a un asesino directamente, aunque sí a un homicida involuntario. Claro que para mí uno es tan culpable como el otro —argumentó quitándose los guantes de látex.
—Algo no me encajaba en este asunto: No hay sangre suficiente como para que muriera desangrado. A mi modo de ver lo golpearon en la cabeza con una de las dos botellas cuando por algún motivo le dio la espalda al agresor allí bajo las perchas; después este le arrastró y amarró a la silla donde comenzó a torturarlo. Otra cosa que me choca son esas dos botellas de aguardiente, percibí que la víctima no tenía olor a ello en la boca, y eso deja un aliento a reverbero de madre que no se quita en horas. Una botella está deshecha por el golpe, y la otra parece que la vertieron a propósito en el piso, justo en la puerta.
— ¡A veces no sé ni para qué carajo el mayor me envía cuando estás en el caso! Debiera esperar el cuerpo en la morgue y ya —exclamó el forense antes de prender otro cigarro.
—Porque no tengo todas las respuestas, negrón, solo escucho lo que la escena me dice y en lo otro entras tú —contestó dándole una palmada en el hombro—. Vamos, argumenta, que sé que estás loco por lucirte. Qué carajo le pasó. Explícate mi hermano.
El otro sonrió y saboreó el cigarro dándole una larga succión; solía hacerlo para darle más dramatismo a sus conclusiones.