Debo confesar que me siento ansioso por saber lo que está tramando Agatha. Todo se puede esperar de ella, por lo que por mi cabeza pasan un sinfín de acontecimientos que pueden suceder. Pero lo que me tiene algo feliz, es que aceptó, así fuera por presión de su madre, tener un hijo conmigo.
A mis treinta años, formalizar una familia con mi esposa es algo que me mantiene con una estúpida sonrisa en el rostro día y noche, ignorando esas palabras que me dijo hace unos días en el auto. Entiendo que debe sentirse presionada y algo nerviosa, pero sé que será la mejor madre. Quizás un hijo es lo que nos hace falta para unirnos, quizás es lo que le hace falta para ver mis sentimientos y amarme.
Llegué a casa luego de haber salido temprano de la empresa y me dediqué el resto de tarde a preparar una cena y un ambiente romántico para empezar a conquistar el corazón de mi esposa. Esto lo he hecho un millar de veces, pero algo me dice dentro de mí que esta vez será diferente.
Le pedí a todos los empleados que se marcharan por hoy, pues no quiero ninguna interrupción ni nadie que se de cuenta de lo mucho que la voy a amar. La amaré hasta el cansancio, hasta que se dé cuenta de que me ama por más fría que quiera parecer, hasta que de sus labios escape mi nombre y me llene de dicha y satisfacción como nunca lo ha hecho, hasta que al fin podamos cumplir ese deseo a mis suegros, pero especialmente, a mí.
Una vez acabé de preparar todo, tomé una ducha para refrescarme y me acicalé lo mejor que pude, luciendo ante el espejo mucho más juvenil de lo que en realidad soy. Me sentía atractivo ante el reflejo que veían mis ojos.
Esperé paciente por mi esposa en la mesa, con un ramo de rosas rojas en mano y una ansiedad que nunca había sentido antes. Una taquicardia terrible se hizo presente en mi pecho cuando oí el frenar de su auto.
Me levanté de mi lugar y me paré frente a la puerta, esperando que entrara y poder atacar sus labios como tanto lo he deseado. Siempre me he contenido por temor a sus rechazos, pero esta vez no pienso dar un paso atrás ni por equivocación.
La puerta se abrió y, antes de dar un paso hacia ella, una jovencita se quedó mirándome fijamente y con sus mejillas encendidas en rojo. Sus ojos azules recorrieron mi aspecto en una mínima fracción de segundo, para luego dar en mis manos donde el ramo de rosas rebosaba y bajó la cabeza. Su cabello castaño cubrió su rostro al instante. Lucía muy avergonzada y no era para menos.
-¿Qué demonios pasa contigo, Karim? -Agatha entró a la casa y miró toda la decoración con el ceño fruncido-. ¿Qué significa esto? ¿Perdiste la cabeza o qué?
-No pensé que fueras a venir acompañada, mi amor. Te preparé una cena.
-¿Por qué no me llamaste primero y con ello nos evitamos estas sorpresitas? Sabes que no me gustan este tipo de cosas.
Desvié la mirada a mis manos y apreté el ramo entre ellas, sintiéndome estúpido y patético. No sé en qué estaba pensando cuando me dejé llevar por el impulso, más al conocer el poco gusto que mi esposa tiene por este tipo de detalles.
-¿Sabes qué? Recoge todo este desorden mientras le enseño a Noa su habitación y le indico sus funciones -cruzó por mi lado con la chica y maldije por lo bajo.
Lancé el ramo sobre la mesa, arruinando no solo la cena, sino las velas y la decoración que había sobre esta. Recogí cada cosa antes de que regresara y me encerré en mi despacho a pensar por qué ella era de esa forma tan arrogante y fría conmigo.
Desde un principio sabía que no sentía nada por mí, pero esperé que con el tiempo su corazón se ablandara un poco y me cobijara. Aunque nos casamos por ayudar a sus padres a no quedar en la ruina, sí me hice muchas ilusiones que al día de hoy siguen vigentes. Antes de que sus padres llegaran a mi empresa, yo ya estaba perdido en su angelical mirada y en su incomparable belleza.
No me importaba siquiera que fuera mayor por unos años, lo único que deseaba era tener una oportunidad con ella. Quizás no fue la mejor manera de ganarmela y puede que ese sea el motivo de su odio, pero jamás he hecho nada para hacerle daño, todo lo contrario, lo único que hago es amarla y adorarla como un maldito loco.
¿Qué más debo hacer para ganarme su corazón? No le gustan las cenas románticas, tampoco que le regale flores por más que sepa que las rosas rojas son sus favoritas.
¿Por qué tiene que ser tan difícil tratar de conquistarla? ¿Acaso lo hago mal o definitivamente nunca seré lo que ella deseaba para su vida?
Dos toques suaves en la puerta me sacaron de mis pensamientos y me enderecé en mi silla, dándole la orden a entrar a quien quiera que estuviera del otro lado.
Noa, la chica que llegó con Agatha, traía en sus manos una bandeja con una taza de café. Pude notar el temblor en sus manos y la precaución con la que daba pasos hacia mí.
-Siento interrumpir, Sr. Leroy. Su esposa me ha pedido que le traiga su taza habitual de café.
Me levanté de mi silla y le recibí la bandeja antes de que se le fuera a caer de sus manos. Se ve tan nerviosa que prefiero facilitar su trabajo.
-Gracias, Noa. Y dime Karim, por favor.
-Espero que el café sea de su agrado -bajó la cabeza, retorciéndose los dedos de sus manos-. ¿Podría probar el café para ver qué tal quedó? Es que... es la primera vez que lo hago y no sé si está en su punto.
-Lo probaré y estoy seguro de que quedó perfecto.
Traté de darle calma y probé el café, frunciendo un poco el ceño por lo amargo y dulce que quedó.
-¿Y bien? -levantó la mirada y no fui capaz de decirle que no estaba bien, parece que en cualquier momento se va a poner a llorar.
-Para ser tu primer café no está mal. Con el tiempo aprenderás a medir el café y el azúcar que lleva una taza como esta.
-¿Seguro no sabe mal?
-No está mal, pero tampoco es el mejor -la vi apretar los labios con fuerza.
-Lo siento tanto, Sr. Leroy.
-Tranquila, no tienes que preocuparte, esto nos pasa a todos en nuestra primera vez haciendo café. A mí me quedaba fatal las primera veces y no lo podía siquiera tomar, en cambio el tuyo es muy tolerable.
-Le prometo que el siguiente será mucho mejor.
-¿Que te parece si te muestro cómo prepararlo?
-Oh, no, no. Este es mi trabajo. La Sra. Leroy me contrató para atenderlo.
-No tengo problema con mostrarte, además, te ves muy joven para trabajar como empleada. Disculpa si me estoy entrometiendo de más, pero ¿cuántos años tienes?
-Dieciocho.
Abrí los ojos de par en par, sorprendido por lo joven que es. ¿Acaso Agatha no le preguntó su edad antes de contratarla? No dudo de la chica, solo que es muy joven y este no es el lugar en el que debería estar.
-¿No estudias?
Bajó la cabeza y negó con la misma.
-Mi abuelo enfermó y tuve que buscar un empleo para cubrir sus gastos médicos. La Sra. Leroy fue muy amable al recibirme sin yo tener experiencia alguna en este tipo de labor -levantó la cabeza y sus ojos azules se posaron en los míos-. Pero le aseguro que daré lo mejor de mí y cumpliré con cada una de mis funciones.
-Lamento mucho lo de tu abuelo. Espero de corazón que logre sanar, pero no te olvides de ti, Noa. Eres joven y supongo que tienes muchos que cumplir, y ser empleada doméstica no es uno de ellos.
-Con este trabajo también podré cubrir los gastos de mis estudios, así que gracias por permitirme trabajar aquí.
-Eso es bueno saberlo, porque tienes una vida por delante y no sería justo para ti gastar tus mejores años ateniendo a otros.
-Solo será por un tiempo, por lo menos mientras encuentro un mejor trabajo o mi hermano regresa del exterior para ayudarme a cubrir los gastos del abuelo -sus mejillas se tiñeron de rojo y bajó la cabeza-. No le quito más tiempo, Sr. Leroy. Buenas noches -tomó la bandeja en sus manos y salió del despacho sin esperar respuesta de mi parte.
Sonreí, es una chica bastante educada y agradable. Es una pena lo que está viviendo con su abuelo.
-Tienes tu corazón muy en el fondo, mi amor -sonreí todavía más grande-. Eres muy buena y lo que estás haciendo con esta chica, lo confirma.
Después de revisar varios documentos, fui a la cama con Agatha. Ella ya se encontraba descansando, por lo que me metí a la cama con sigilo y me acerqué lo más que pude para sentir en mis fosas nasales la dulce fragancia de su perfume, pero tuve que alejarme o perdería todo el control de mí y lo que menos quiero es discutir con ella.
Quería abrazarla y esconder mi nariz entre su cabello, pero a ella nunca le ha gustado dormir abrazada a mí y tampoco permite que yo me le pegue. Quisiera que las cosas fuesen diferente, pero así me siento bien y cómodo, porque al menos la tengo a mi lado cada noche.
-Te amo -le susurré en un hilo de voz y cerré los ojos, esperando una respuesta que nunca ha llegado y nunca llegará.
***
-¿Cómo te has sentido trabajando aquí, Noa?
Miré a Agatha, sorprendido de su repentino interés por saber el sentir de nuestra nueva empleada.
La chica la miró con una sonrisa en los labios.
-Muy bien, Sra. Leroy. El trabajo resultó más sencillo de lo que pensé. Gracias por la oportunidad que me ha dado y por permitirme quedarme.
-No agradezcas, lindura -sonrió de costado, algo poco usual en ella-. Debo irme al trabajo. Tengan un buen día.
-¿Vas a ir a la tienda hoy sábado? -quise saber, antes de que se marchara.
-Sí, tengo que terminar unos pendientes. Estaré de regreso en la tarde -golpeó mi hombro y se marchó.
Verla partir de la casa me quitó el buen humor que tenía y las ganas incluso de seguir disfrutando de mi desayuno. Son pocas las veces que trabaja los fines de semana, y cuando lo hace, no regresa hasta el domingo en la noche.
Una parte de mí desconfía de ella, pero nunca he encontrado nada inusual. Le abruma tanto estar a mi lado, que se marcha a la casa de campo para estar allí sola y tener un espacio para sí. No la culpo, después de todo, yo también necesito de esos espacios en los que pienso en todo lo bueno y lo malo.
-¿Y cómo quedó el café hoy? -Noa me sacó de mis pensamientos-. ¿Mejoró o sigue quedando mal?
-Hoy quedó perfecto.
-Me alegra que le haya gustado, Sr. Leroy.
-Dime Karim. No tienes que ser tan formal conmigo.
-Es mi jefe y le debo respeto.
-Me haces sentir viejo -bromeé y negó con una sonrisa.
-Usted es muy joven y atractivo. De viejo no tiene nada... -hizo silencio de golpe y bajó la cabeza con el rostro tan rojo como un tomate-. D-disculpe mi imprudencia, Sr. Leroy.
Su timidez más su sinceridad me sacó una sonrisa.
-No te preocupes por ese tipo de cosas, Noa. Gracias por tu halago -le resté importancia, divertido por lo avergonzada que se encontraba-. Estaré en mi despacho.
-Sí, señor.
Me sumergí en el trabajo por largas horas, olvidándome de todo a mi alrededor. Además no tenía nada mejor que hacer. Si me quedo de brazos cruzados, esperando que Agatha llegue, mi cabeza no dejará de trabajar ni un solo segundo, por lo que prefiero mantenerme ocupado para dejar de pensar.
Con mi esposa no funcionan las cenas, ni las sorpresas, ni un abrazo o un beso, porque eso a ella no parece significarle nada. Y no quiero seguir pensando en todo lo que hago para ganarme su amor y ella no sabe apreciarlo. Diez años después, por más esperanzas que tenga guardadas en mi corazón, empiezo a agotarme de su falta de amor.
¿No merezco que me ame, que me brinde una tierna caricia o, aunque sea, que me brinde un sincero abrazo? Claro que lo merezco, pero ella me lo cohíbe y no entiendo la razón.
Detuve el trabajo cuando Noa me trajo el almuerzo al despacho. Todavía se veía avergonzada y sus palabras salían a la fuerza de su boca. ¿Es cosa mía o se sonroja con facilidad? Quien debería sentir vergüenza sería yo y no ella, pero su comentario, por alguna razón, me cayó muy bien. Hace mucho tiempo no me dicen que soy atractivo, la única que me lo recuerda cada que tiene oportunidad, es mi madre.
-Buen provecho.
-Gracias, Noa.
-No hay de qué, Sr. Leroy. Permiso -tomó la bandeja en su mano y salió como alma que lleva el diablo.
«Tendré que acostumbrarme que me llame así por más que le diga que no lo haga», pensé, soltando una risita.
Luego de comerme el almuerzo, salí a caminar por el jardín, sintiendo la soledad a mi alrededor. La tarde estaba fresca, por lo que era agradable pasear por los rosales.
Estaba tan distraído, que no me fijé cuando choqué con otro cuerpo. Vi a Noa caer de lleno al suelo y me apresuré en ayudarla a levantar, al igual que todo lo que traía en sus manos y se le cayó debido al golpe.
-Perdóname, no te vi -me disculpé.
-No se preocupe, Sr. Leroy, también venía distraída y no lo vi -me sonrió.
Su sonrisa me recordó a la de Agatha. La miré fijamente por unos segundos, dándome cuenta del gran parecido físico que posee con mi esposa. Su cabello, aunque es un poco más oscuro, es igual de lacio. Sus ojos, por más que sean diferentes, tienen una tonalidad muy parecida. Su piel blanca, sus labios rosas.
-¿S-se encuentra bien? -preguntó y cruzamos mirada, solo que ella la desvió primero.
-Sí, sí -carraspeé-. ¿No te hiciste daño?
-No.
-Que bueno -di un paso atrás, dándole su espacio-. Cuando Agatha regrese, por favor dile que la estaré esperando en el despacho.
-Le haré saber a la señora.
-Gracias -me alejé de ella por donde mismo había venido, sintiéndome extrañamente muy incómodo.