Capítulo 2

«Todo cambia, eso era parte de la naturaleza… o así debería ser», pensó Iván Sarmiento mientras se paseaba frenético por el despacho de Antonio Matos, uno de sus mejores amigos.

La casa estaba ubicada en las afueras de la ciudad de Barquisimeto, al occidente del país y, aunque no era el lugar apropiado para filosofar sobre la vida, no podía dejar de pensar en ello.

Llevaba cinco años enfrascado en una lucha inútil contra una realidad que él mismo se había forjado. Pretendía tomar un camino recto o menos perturbador, pero siempre sucedía algo que lo llevaba al mismo punto de partida y echaba por tierra todos sus esfuerzos.

No quería seguir aceptando encargos como mercenario, el problema era que aquello era lo único que sabía hacer. Su mejor talento.

La decoración de la habitación donde se encontraba tampoco lo ayudaba a descubrir respuestas acertadas a sus interrogantes.

El estilo debía inspirar envidia por el impecable gusto y la apariencia ostentosa que poseía, pero para Iván resultaba asfixiante. La gran cantidad de imágenes de ángeles en posiciones extrañas labrados en las bases de los muebles, el brillo de las telas que tapizaban los sillones y el tono aceitunado de las paredes le producían vértigo.

Ese estilo antiguo y sobrecargado lo enervaba, hasta creía percibir el desagradable olor del moho que expelían los objetos viejos y poco aireados, causándole nauseas.

No entendía como su amigo podía vivir en un ambiente así. Antonio siempre tuvo gustos extraños. Si no encontraba aire fresco o algo en qué distraer a su mente sufriría un ataque de claustrofobia.

—¡Iván, amigo mío, qué placer tenerte por aquí!

Detuvo su recorrido al escuchar la voz de Alfredo Matos, el hermano menor de Antonio, a quién no veía desde hacía cinco años.

Se saludaron con un fuerte abrazo. El encuentro le permitió a Iván olvidarse de su enfermedad por la falta de oxígeno. Lo único que esperaba era que Alfredo no se decepcionara al mirar lo poco que había logrado.

En apariencia, su amigo no había cambiado, aún mantenía su porte de rey sabio, con una cabellera negra que le caía sobre los hombros atada en una cola baja, piel canela, mirada oscura y sonrisa ancha; la misma que ponía en épocas juveniles cuando hacían travesuras por las calles de Caracas. Sin embargo, ahora era un hombre de intelecto, estudiado y poseedor de un buen gusto en el vestir.

Cinco años atrás, Iván y su grupo de amigos decidieron dejar el mundo de la criminalidad, separarse y buscar nuevos horizontes, con la intención de alejarse de la mala vida que habían adoptado. Todos lograron mejorar, excepto él.

Él siempre fue el más irresponsable y despreocupado del grupo, quizás por eso los cambios no se hacían tan notorios como en el resto de sus amigos.

Antonio se sumergió en las actividades comerciales y se convirtió en un empresario respetable. Alfredo era un erudito a punto de recibir una licenciatura y capaz de hablar tres idiomas, y Felipe Contreras, el más alto y alegre de todos, era la cabeza de un sólido hogar, con una casa, esposa, hija y hasta gallinas que cuidar.

Él simplemente continuaba su vida como un hombre solo. Un criminal acomplejado por su triste suerte y atormentado por sus pérdidas y dolores. Sin un camino, sin un fin, sin sueños que lo motivaran a seguir su lucha.

Su apariencia tampoco lo beneficiaba. Con el cabello casi al rape, vestimenta sencilla de camisa de franela y vaqueros y con decenas de tatuajes en el cuerpo mostraba la difícil vida a la que se había sometido.

Aún continuaba una cruda batalla en las calles aceptando trabajos como mercenario para ganarse la vida, con ello había logrado acumular un par de visitas a la cárcel, pero a pesar de esa realidad estaba dispuesto a no demostrar su pesar a nadie.

Jamás se borraría del rostro la sonrisa burlona, ni perdería su afilado sarcasmo. Esas eran las únicas armas que tenía para enfrentar la soledad y evitar la compasión.

—Alfredo, no sabía que estabas en Venezuela. ¿Cuándo regresaste de España?

—Ayer. Me alegra que respondieras con prontitud a mi llamado.

—¿Tú llamado? Pensé que había sido Antonio quien mandó a buscarme.

—No. Regresé de Sevilla y te mandé a llamar justamente por Antonio.

Alfredo dejó a su inquieto amigo en medio del salón para dirigirse a la mesa de los licores. Se encontraba tan nervioso como Iván, un buen whisky lo ayudaría a serenar las emociones.

—Iván, mi hermano desapareció hace un mes, ni sus socios más cercanos saben algo de él —le confesó sin prestar atención a la mirada cargada de sorpresa de su colega.

—¿Hace un mes y ahora es que te avisan?

—Antonio siempre ha sido independiente, va y viene sin dar explicaciones. Esperaron un tiempo prudencial creyendo que en cualquier momento aparecería bronceado por el sol de playa, pero no han tenido noticias de él.

—¿Y por qué se preocupan ahora?

—Sus socios lo necesitan para hacer efectivas algunas negociaciones.

—¿Y me llamaste para buscarlo? Aquí tienes a gente calificada —dijo, recordando que Antonio, al tener un pasado turbio, necesitó rodearse de hombres entrenados para la lucha y la vigilancia para evitar ser sorprendido por antiguos enemigos.

—Pero no confío en nadie. Tú y yo crecimos juntos, sé que no me vas a traicionar. Además, el motivo de su desaparición pudiera involucrarte.

Esas últimas palabras y la inusual manera que utilizó Alfredo de comunicarse —a través Raimundo, el administrador de Antonio y no en persona—, lo hacía sospechar que nada bueno venía en camino.

Esa reflexión y la aplastante opresión que el ambiente producía en él, lo obligaron a beberse de un solo trago el whisky que tenía en su vaso. Esperaba que el intenso sabor del néctar, con marcadas vetas de chocolate negro y frutas secas, aplacara la furia de su estómago y los tormentos de su mente.

Con un gesto de su mano Alfredo lo invitó a sentarse en un sillón cercano.

—¿Sabías que Antonio ahora colabora con la policía? —le dijo de forma imprevista. Iván cayó sentado en el sillón con el ceño fruncido— Les pasa información para que ubiquen a grandes contrabandistas y disuelvan la organización que han creado.

—Y eso, ¿a qué se debe?

—Creo que se enamoró. Hablamos algunas veces por teléfono y esa fue la impresión que me dejó. Tal vez busca redimirse para comenzar de nuevo.

Iván aumentó su expresión incrédula.

—Algunos socios lo apoyan —siguió explicando Alfredo—. Según Raimundo, la policía los tiene cercados. Varios de ellos también fueron delincuentes y ahora colaboran con los oficiales para librarse de culpas, pero hay un hombre en la ciudad de Maracay, llamado Roberto Lobato, especialista en malversaciones, contrabando y lavado de dinero, que no piensa colaborar como los demás y está enfurecido por lo que está haciendo mi hermano —expresó antes de dejar el vaso sobre la mesa baja ubicada frente a ellos—. Lobato ha perdido una fortuna por el acecho de la policía, quiere recuperar su riqueza y vengarse de la traición de Antonio. Raimundo asegura que Lobato descubrió un oscuro secreto de mi hermano y va a utilizarlo para sacarlo del juego. Antonio estaba detrás de ese asunto, pero desapareció.

—¿Qué secreto? —exigió Iván, mosqueado.

Cualquier oscuro secreto que tuviera su amigo de alguna manera lo involucraba. Ellos crecieron juntos y juntos cometieron infinidad de delitos.

—Al parecer, existe una carta que relaciona a Antonio con el asesinato del contrabandista Vicente Arcadia y su hermano veinte años atrás. Información que por todo este tiempo ha estado buscando la familia de Vicente para vengar su muerte.

El rostro de Iván se transformó en una máscara de violencia. Veinte años atrás, cuando apenas eran unos niños, tuvieron que afilar sus malos instintos para sobrevivir a la furia de los Arcadia, quienes los persiguieron sin cuartel para asesinarlos por haber sido testigos de uno de sus delitos.

Ese hecho se convirtió en la inmensa roca que se ató a sus pies para ahogarlo cada día en la miseria.

Con la muerte de los Arcadia cayó una de las sociedades ilícitas más grandes de Caracas, los delincuentes que la conformaban buscaron por años a los culpables del hecho. Incluso, asesinaron a un montón de criminales pensando que serían los responsables.

Ellos tuvieron que pasar su infancia y adolescencia huyendo de esa vendetta, convirtiéndose en bandidos para sobrevivir. Por eso, no había nada a lo que Iván odiara más en la vida que a los fantasmas de los Arcadia.

—Ismael Lozano, primo hermano de Arcadia, dirige una organización criminal desde Colombia que posee nexos en el país. Él no solo perdió su fortuna y su poder con la muerte de sus primos, sino a su mujer y a sus dos hijos, a quienes asesinaron el día en que invadieron su mansión para terminar de derrumbar el imperio de los Arcadia. Tuvo que exiliarse en el exterior para que no lo mataran también, pero juró vengarse. Aún busca a los asesinos de Arcadia. Si Roberto Lobato le hace llegar esa prueba, él se encargara de Antonio sin que las manos de Lobato se manchen de sangre —argumentó posando su mirada iracunda en Iván—. El problema es que ese crimen no lo cometió solo mi hermano. Felipe, tú y yo intervenimos en él. Esa carta, si realmente existe, debe involucrarnos a todos, y Antonio, en vez de advertimos, decidió asumir solo el reto. Por ser el mayor del grupo quiso protegernos al encontrar y destruir esa carta, pero desapareció.

El picor del instinto alborotó los sentidos de Iván, tenía la certeza de que pronto vendría la acción.

Aunque estaba en busca de su redención, la mención de los Arcadia lo empujaba a aceptar una vez más su destino.

Era un criminal, jamás lograría librarse de esa culpa.

Capítulo 3

Iván ansiaba encontrar algún medio para volver a vengarse de los Arcadia. Esos delincuentes marcaron su existencia y le arrancaron lo poco que él había tenido en la vida, convirtiéndolo en una escoria de la sociedad.

—Maldita sea, ¿cómo puede aparecer ahora una carta que hable de ese crimen? ¡Ocurrió hace veinte años! —se quejó.

—No sé, por eso necesitamos ubicar a Antonio. Si la familia de Arcadia llega a descubrir que nosotros fuimos sus asesinos, no descasarán hasta eliminarnos —comentó Alfredo con cierta inquietud.

Ellos, sin haberlo planificado, al acabar veinte años atrás con los cabecillas de aquella organización, les facilitaron las cosas a sus enemigos para que los atacaran.

Robaron sus reservas de droga y armas de contrabando de sus mansiones y se hicieron con buena parte de su fortuna y con todo su territorio. Asesinaron a otros miembros de la familia como desagravio sin considerar a los inocentes, obligando a los sobrevivientes a huir del país, arruinados y sumidos en el rencor, jurando venganza.

—Esto no tiene sentido —imputó Iván—. ¿Quién pudo enterarse de lo que hicimos? El día en que los Arcadia fueron a asesinarnos al colegio no sospechaban que estaríamos preparados para defendernos. Además, no hubo testigos y jamás se lo hemos contado a nadie...

Ambos se quedaron en silencio compartiendo miradas de desconcierto. Iván repasó en su mente cada uno de los hechos hasta llegar al momento en que debieron abandonar los cuerpos moribundos en un contenedor de basura.

—El carnicero —expresó con certeza.

Sí hubo un testigo, uno al que ellos le perdonaron la vida. La inexperiencia que tuvieron en aquella ocasión no les permitió reconocer el peligro. Aunque, de haberlo prevenido, jamás hubiesen tenido la gallardía de eliminar a un inocente.

Vicente Arcadia tenía una política de no dar terceras oportunidades a quienes trabajaban para él, el padre de Iván fue víctima de esas directrices. El hombre le había fallado a Arcadia en dos ocasiones con la venta de drogas, por eso Vicente y su hermano lo buscaron para asesinarlo.

No solo lo acabaron a él, sino a su novia —la hermana mayor de Antonio y Alfredo—. Los tres niños, que para ese tiempo tenían diez, once y trece años, siendo Iván el menor, fueron testigos del hecho, junto a su vecino y amigo Felipe. Por eso Vicente los persiguió por semanas para asesinarlos, así no lo delataban, hasta que los niños lo acorralaron un día y acabaron con él a y con su hermano a palos.

De esa manera se salvaron de su cacería.

—Tuvo que haber sido él —reconoció Iván recostándose en el sillón con abatimiento, recordando la cara sorprendida y asustada del hombre al verlos ensangrentado con aquellos cadáveres.

En esa época el carnicero no dijo nada, eso era común en los barrios pobres de la ciudad. Si por accidente eras testigo de un crimen, debías callar o la tomaban en tu contra o en contra de tu familia.

Iván respiró hondo, quería dejar de lado su pasado y olvidarlo, pero sus errores seguían persiguiéndolo para cobrarle sus faltas y revolver su nefasta vida impregnada de violencia.

—¿Qué quieres que haga? —preguntó con resignación a su amigo.

Alfredo apretó la mandíbula con rabia. Ninguno de los dos podía disimular su molestia. No querían caer de nuevo en el mundo de la criminalidad, pero si deseaban vivir en paz tenían que enterrar las culpas que aún quedaban a la vista.

—Raimundo me dijo que Antonio fue a Maracay para reunirse con un tal Raúl Norato, quien al parecer tenía la carta en su poder y quería negociarla por dinero. Dicen que Lobato supo del encuentro y actuó. Pero, al parecer, Lobato sigue buscando la carta. Si hubiera aprovechado ese encuentro para eliminar a Antonio, ya no la necesitaría para destruirlo, pero si continúa la búsqueda puede haber una posibilidad de que mi hermano esté vivo, escondido en alguna parte. Al igual que el tal Norato, quien supuestamente también desapareció de la faz de la tierra.

—Entonces, habría que ir a ese sitio para saber si se dio la reunión.

—Exacto —asintió—. Iría contigo, pero aquí los problemas se han complicado con algunos clientes exigentes y con la policía. Hay que cerrar ciertos negocios y hacer declaraciones para calmar a los oficiales. Si eso no se hace, Raimundo piensa que de un momento a otro se dé un estallido que empeore las cosas, y si eso sucede, el más afectado sería Antonio. Es mi hermano, no puedo dejar de tenderle la mano.

Alfredo se levantó del sillón hacia el bar llevando consigo su vaso, dispuesto a llenarlo de licor para bebérselo de un solo trago.

—Te confieso que mi primera intención fue llamar a Felipe —reveló sin darle la cara a su amigo—, pero al recordar que hace pocos meses nació su niña, rectifiqué. La última vez que me comuniqué por teléfono con él estaba tan alegre que le costaba hablar con claridad y para esto es necesario tener las emociones frías —reflexionó antes de encararlo—. Por eso decidí llamarte. Tú siempre has sido el más arriesgado de todos, sin embargo…

—Dudas que pueda hacerme cargo del destino de cada uno —lo interrumpió Iván poniéndose de pie e irguiéndose con altanería.

Alfredo apretó la mandíbula. Sabía que Iván no tendría ningún problema en llevar a cabo la misión.

Cada vez que tenían un inconveniente, él era el primero en dar un paso adelante para iniciar una pelea, lo único que necesitaba para reaccionar era un buen desafío.

Una mala mirada era suficiente provocación para hacerle hervir la sangre, después de eso, era indetenible.

Podía operar cualquier tipo de arma, pero con los puños era más efectivo que maniobrando un fusil Carabina M4 con lanzagranadas incorporado; incluso, era más silencioso.

Su agilidad y agudeza lo hacían casi invencible, pero su único defecto era que nunca tenía un motivo de peso para luchar, siempre lo hacía para salvar su pellejo o por dinero.

No se apegaba a nada para no sufrir más adelante por la separación. Esa falta de estabilidad lo hacía tambalear en la vida y lo volvía cada vez más peligroso.

Actuaba de forma espontánea en la batalla y se arriesgaba sin necesidad. Jamás temía a sus enemigos y siempre andaba con una amplia sonrisa en los labios para mostrar lo mucho que disfrutaba de una buena pelea.

Todas esas cualidades eran esenciales en el mundo en el que estaban inmersos, pero ahora, la situación era delicada.

Los enemigos eran fuertes porque sus imperios se encontraban sobre la cuerda floja que Antonio había colocado, cualquiera pudo haberlo secuestrado, o tal vez, asesinado, y con seguridad estarían detrás de ellos para evitar que cobraran venganza.

Lo que menos necesitaban eran las locas actuaciones de Iván. Era imprescindible proceder con rapidez y de forma efectiva.

—No dudo de ti. Sé que eres capaz de lograr ese objetivo —enfatizó Alfredo acercándose a su amigo—, pero también sé que te importa muy poco el futuro.

—Te equivocas —habló con aspereza—. Quizás he sido un imbécil estos años, pero aunque no lo creas, también tengo aspiraciones —aseguró con el rostro endurecido. Una mentira no lo liberaba de culpa, aunque evitaba que su amigo se compadeciera de él.

Nunca había pensado en su futuro, ni siquiera entendía muy bien esa palabra, pero eso no lo reconocería en público.

—Además —siguió Iván—, ustedes han sido la única familia que he conocido desde niño, nunca pienses que no me importan. Encontraré a Antonio y la maldita carta, y en el camino le patearé tan fuerte el culo a Lobato que no volverá a caminar por el resto de sus días —culminó dejando de un golpe el vaso sobre la mesa—. Dame la dirección del lugar donde Antonio iba a encontrarse con el tal Norato para irme, tengo trabajo qué hacer.

Alfredo no se encogió ante el desafío que mostraba su amigo, pero sintió pesar por haberlo herido.

—Iván, disculpa…

—No —declaró lleno de rabia—. Todo lo que tengo lo he luchado, incluso, la opinión que ustedes tienen de mí. Ocúpate de los negocios de Antonio y deja a Felipe en paz con su mujer y con su hija. Yo encontraré al cabrón de tu hermano y destruiré la carta. Se los debo.

Alfredo lo dirigió hacia el escritorio de Antonio para entregarle la dirección de la fábrica donde había ocurrido la desaparición.

Iván aceptó el encargo no como un trabajo más, sino como algo personal.

Nunca nadie había dependido de él y descubrió que necesitaba eso. Deseaba hacerse cargo de algo y cuidar de alguien, y no había nada mejor que el futuro de sus mejores amigos para comenzar a encontrar el suyo propio.

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