El fin de una vida
Todo iba con calma aquella noche. La ciudad parecía respirar en silencio mientras las luces iluminaban tenuemente las calles, y en nuestra casa el ambiente era cálido, casi perfecto. La noche fue espectacular y celebramos el aniversario de nuestro matrimonio como se debía, con risas, miradas cómplices y promesas susurradas entre copas de vino. Por un momento, olvidé por completo el peso del hospital, las largas jornadas y las responsabilidades que cargaba sobre mis hombros.
Me alisté con rapidez para ir al hospital, revisando mentalmente mi agenda y los pacientes que debía atender esa mañana, cuando una frase de Matt me sacó de golpe de mis pensamientos.
—Mi Luna, quiero un bebé —dijo de pronto.
Su voz era firme y seria, sin rastro de broma alguna, por lo que me giré lentamente para mirarlo. Sus ojos estaban clavados en los míos, brillantes, llenos de una determinación que me dejó sin aire.
—¿Matt… hablas en serio? —pregunté, completamente atónita, intentando encontrar alguna señal de que estuviera jugando conmigo.
—Sí, mi Luna —respondió acercándose—. Quiero que tengamos un hermoso hijo, un heredero de K.O. Quiero que lleves en tu vientre el fruto de nuestro amor.
Sentí como si mi corazón se partiera en mil pedazos y, al mismo tiempo, se llenara de una emoción imposible de describir. Matt podía ser frío con el mundo, distante con todos, pero cuando se trataba de mí se transformaba en el ser humano más romántico y sensible que conocía. Estaba profundamente enamorada de él, y en ese instante lo supe con una certeza absoluta.
Le sonreí con ternura, intentando ocultar el torbellino de emociones que se desataba en mi interior, y asentí lentamente con la cabeza.
—Está bien, Matt… dejaré de tomar las píldoras anticonceptivas.
No fue una decisión sencilla. Llevaba un tratamiento hormonal desde joven y sabía que no sería fácil desintoxicar mi cuerpo después de tantos años, pero estaba dispuesta a hacer el esfuerzo. Además, debía realizarme los estudios médicos necesarios; existía la posibilidad de que mi organismo ya no funcionara como correspondía debido al uso prolongado de anticonceptivos. Aun así, estaba decidida a hacer todo lo que estuviera a mi alcance.
Ese día en el trabajo fue uno de los mejores que recordaba en mucho tiempo. Atendí a mis pacientes con una sonrisa genuina, con una ligereza en el pecho que hacía meses no sentía. Sin embargo, todo cambió cuando entré a la habitación para ver a mi próximo paciente y mis ojos se abrieron hasta no poder más.
—Philip… ¿qué haces aquí? —pregunté sorprendida—. Se suponía que estabas en un viaje a China por trabajo.
El hombre frente a mí levantó la vista con calma.
—Volví hace unos días, Sofía. Quería hablar contigo.
Su tono serio me puso en alerta de inmediato. Algo en su mirada me indicó que aquella conversación no traería buenas noticias.
—Dime, Philip, te escucho —dejé el historial médico a un lado y lo miré con total atención.
—Verás… no fui a China por un viaje de negocios —confesó tras unos segundos de silencio—. Más bien fui por un tratamiento. Me estoy muriendo, Sofía, y esta noticia destrozaría a mi hijo. Sé que mi enfermedad no tiene cura y ya acepté mi destino.
Sus palabras cayeron sobre mí como un balde de agua helada. Aun así, su voz permanecía tranquila, serena, como la de alguien que había hecho las paces con la muerte. Lo miré con una pena inmensa; pensar que aquel hombre, tan duro y dominante, había cambiado mi vida para siempre.
—¿No se puede hacer nada más? —pregunté, aunque conocía la respuesta.
—Tú mejor que nadie lo sabe —respondió con una leve sonrisa—. No tengo mucho tiempo y quiero dejar todo en orden. Matt será el nuevo CEO de K.O., y quiero que tú te quedes con una parte de la empresa.
Mi rostro se confundió por completo. Lo miré incrédula, tratando de procesar sus palabras.
—Confío en Matt —continuó—, pero solo porque aún estoy vivo. Cuando yo no esté, no sé cómo reaccionará. Antes de que haga alguna estupidez, quiero dejarte a ti el nombre de la empresa. Eres una buena chica, Sofía, y sé que harás lo correcto.
Así fue como, de un día para otro, yo, con apenas veintitrés años, me convertí en dueña de una de las empresas más grandes de todo Canadá.
Los días siguientes pasaron lentamente. Intenté que los últimos momentos de Philip fueran los mejores posibles, acompañándolo, escuchándolo y cuidándolo como médico y como familia. Cuando le contamos a Matt sobre su estado de salud, algo cambió en él; se volvió más callado, más triste, y su dolor era imposible de ocultar.
Philip no viviría más de un mes, por lo que comenzaron los preparativos legales. Matt no volvió a preguntarme sobre el bebé, y yo tampoco le di información al respecto. Sabía que ese tipo de noticias no harían más que empeorar su ánimo.
Según el doctor Edward, médico de cabecera de la familia Stone, yo era infértil. No podría quedar embarazada. Aquella noticia me destrozó por dentro. Médicamente no había posibilidad alguna, pero aun así, en el fondo de mi corazón, creía en los milagros.
Esa noche, cuando llegué a la mansión, Matt estaba rodeado de papeles legales, completamente frustrado. Al verme, me sonrió con cansancio y soltó un profundo suspiro.
—Esto es terrible… no sé cómo papá podía con todo esto —dijo mientras se acercaba a mí.
—Años de experiencia —susurré—. Además, él vive por su trabajo, no tiene otra preocupación.
—Es verdad… no tenía una maravillosa esposa como yo —murmuró en mi oído, acariciando suavemente mi espalda.
Sus ojos volvieron a brillar de esa forma que siempre lograba conmoverme.
—Tal vez deberías conseguir una secretaria —comenté entre besos.
—Tal vez deberíamos practicar para tener a nuestro futuro heredero —respondió con una sonrisa.
No pude evitar que una lágrima se deslizara por mi mejilla. Me dolía saber que Matt ignoraba la verdad, pero no podía decírselo. Estaba demasiado vulnerable.
Horas después, una llamada telefónica rompió el silencio de la madrugada. Era uno de los guardaespaldas de Philip: estaban en el hospital.
Fuimos de inmediato. Matt conducía con los nudillos blancos aferrados al volante, la mandíbula tensa. Yo, aunque triste, estaba más serena; estaba acostumbrada a la muerte, pero no a ver a Matt de esa manera.
El hospital estaba lleno de cámaras y periodistas. Entramos directo a la habitación de Philip, donde yacía casi irreconocible por la enfermedad.
—¡Salgan todos! —ordené a médicos, enfermeros y guardaespaldas.
Matt lloró como un niño entre mis brazos.
Horas después, mientras realizaba los trámites legales, los noticieros anunciaron oficialmente la muerte de Philip Stone, CEO de K.O. Company.
La noticia dio la vuelta al mundo… y llegó hasta Anais.
En ese momento no lo sabía, pero lo que estaba por venir sería mil veces peor que cualquier otra cosa. Philip habia fallecido y finalmente todo saldria a la luz, en ese momento ni siquiera hubiese imaginado que Matt y Philip tenian un complot en mi contra.
Bienvenida tu
Las cámaras y los noticieros rodeaban el recinto por completo. Matt mantenía su mirada vacía mientras apretaba mi mano firmemente; frente a nosotros estaba el ataúd de su padre, siendo enterrado lentamente bajo tierra.
Había muchos empresarios importantes, incluso el presidente de algunas de las federaciones más influyentes del país. El día estaba completamente nublado y las gotas de agua comenzaban a adornar el suelo, mezclándose con nuestros trajes negros empapados por la lluvia.
Miré a Matt con compasión. Sus ojos estaban vidriosos y sabía que lo único que deseaba era echarse a mis pies y llorar como un niño pequeño. Mi alma se partía en mil pedazos al verlo así, tan fuerte ante los demás, pero tan roto por dentro.
La gente comenzó a retirarse de a poco. Una tormenta se aproximaba y las lágrimas pasaban desapercibidas entre la lluvia que caía sin piedad.
Cuando ya nadie quedaba presente en el lugar, un silencio ensordecedor lo inundó todo. Estábamos Matt y yo frente a la tumba de quien quizás fue el mejor hombre de nuestras vidas.
De pronto, el sonido de unos tacones resonó a lo lejos. Miré en dirección al ruido para saber quién era aquella persona tan impuntual que acababa de llegar, pero me fue imposible reconocer a aquella mujer. Al parecer, para mi esposo no lo era, pues al darse vuelta y verla acercarse, su boca se abrió ligeramente y sus lágrimas se secaron de inmediato.
—Lamento la demora, el vuelo se atrasó un poco y además los periodistas acapararon la entrada —dijo ella con voz suave.
Matt no dijo absolutamente nada. Simplemente soltó mi mano y corrió en dirección a la mujer desconocida mientras sonreía de oreja a oreja.
Algo extraño ocurría aquí. Ellos se conocían, eso era evidente, pero yo no tenía ningún recuerdo ni detalle sobre aquella mujer. Matt nunca la mencionó y eso me parecía demasiado extraño.
Caminé en dirección a ambos para presentarme, ya que al parecer Matt no tenía intenciones de hacerlo. La nueva mujer acaparaba toda la atención de mi esposo.
—Ah, disculpa, Sofía. Ella es Anais Carrera, fue mi mejor amiga en la infancia —comentó Matt mientras se separaba de la chica.
Mi mente intentaba unir los cabos sueltos. ¿Una amiga de la infancia que no veía hace años y de la cual nunca me habló? Fruncí el ceño y miré dudosa a la chica.
—Un gusto, soy la esposa de Matt —dije con firmeza. Quería dejarlo claro, aunque seguramente ella ya lo sabía.
—Ya lo sé, sus rostros están en todos lados. Ser la esposa del CEO de K.O Company no es algo que pase desapercibido. Soy Anais —respondió con una sonrisa educada.
Estreché su mano a modo de cortesía, pero algo en ella no me agradaba. No sabía qué era exactamente, solo sentía una incomodidad difícil de explicar.
—¿Qué haces aquí? Creí que te habías ido del país para seguir tus estudios —preguntó Matt.
—Ah, supe la noticia de tu padre. No podía no despedirme de él, jamás me lo habría perdonado —respondió ella con aparente sinceridad.
—Eres muy amable. ¿Cuánto tiempo te quedarás? —preguntó él.
—Tenía planeado buscar trabajo aquí. Ahora debo ir a buscar mi maleta y hospedarme en un hotel —contestó Anais.
Ambos continuaron su conversación como si yo no existiera. Incluso, parecía que Matt había olvidado por completo que su padre acababa de fallecer.
—Te ayudaré enseguida. Kevin —dijo Matt, dirigiéndose a su conductor personal—. Lleva a Sofía a casa. Yo iré con Anais a buscar el mejor hotel para que se hospede. No me esperes despierta.
Fueron las únicas palabras que salieron de la boca de mi esposo. Matt y Anais se marcharon rápidamente por la puerta trasera, mientras Kevin me escoltaba al auto intentando evadir a los periodistas.
Cuando llegué a nuestro hogar, el silencio era abrumador. Encendí la televisión para distraerme, pero fue aún peor.
“¿Acaso el CEO de K.O Company dejó a su esposa sola luego del funeral?”, “¿Se divorcia la pareja más querida del país?”, “¿Qué pasará ahora con K.O Company?”
Era horrible. Matt solo había ido a dejar a su amiga Anais a un hotel, ¿por qué todos pensaban que nos divorciaríamos?
Por un momento decidí hacerle caso a mi intuición. Caminé hacia mi computadora e intenté averiguar algo sobre aquella chica. No sabía su apellido, así que fue imposible encontrar información. Sin embargo, en el álbum familiar que Philip guardaba, quizás encontraría algo útil.
Busqué entre las fotos más antiguas y ahí estaba lo que tanto temía encontrar. Un joven Matt llevaba en brazos a Anais mientras la besaba. Bajo la imagen decía: “Mejores amigos de infancia”.
No habían sido solo mejores amigos de la infancia. Y ahora mi esposo estaba con esa mujer, solos, en un hotel.
Suspiré frustrada. El sonido de mi celular interrumpió mis pensamientos. Era del hospital; el doctor Edward tenía noticias sobre mi tratamiento. Tomé mi abrigo y salí rápidamente. Seguramente Matt llegaría en unas horas, yo no tardaría mucho.
Al llegar al hospital caminé hacia la oficina. Sonreí al ver al doctor frente a mí con unos papeles en las manos.
—Sofía, tengo los resultados de los análisis que tomé para saber si podíamos acudir a algún tratamiento para que puedas concebir un bebé —dijo mientras me invitaba a sentarme.
—Supongo que son buenas noticias, ¿verdad? —pregunté esperanzada.
—Más que nada, podemos iniciar un tratamiento si estás de acuerdo. Necesitarás tomar pastillas que pueden tener muchos efectos secundarios. Estarás cansada y debilitada, pero aumentan considerablemente las probabilidades de concebir un bebé.
Sonreí feliz. Finalmente podríamos ser una familia y podría darle el heredero que Matt tanto anhelaba.
—Quiero firmar —dije sin dudar.
Autoricé al doctor Edward a darme los medicamentos. No quería contarle nada a Matt aún; quería que fuera una sorpresa. Sin embargo, mi emoción era tan grande que sabía que al verlo le contaría todo.
Salí del hospital cubriendo mi rostro para que los periodistas no me reconocieran. Caminé hacia la limusina y le pedí a Kevin que me llevara a casa.
La cena de esa noche sería el momento perfecto para contarle la noticia. A pesar de haberle dicho a Matt que canceláramos nuestra cena de aniversario, insistió en que debíamos pasar tiempo juntos para distraerse.
Me cambiaría de ropa, usaría un vestido elegante y cenaríamos en el mejor restaurante de la ciudad. Por fin estaríamos solos.
Al llegar a casa todo seguía en silencio. Las mucamas dijeron que Matt aún no había llegado. Tomé mi celular y lo llamé para confirmar nuestros planes.
Marqué una, dos y tres veces, pero no respondió. Mi mente empezó a imaginar lo peor. Encendí la televisión y ahí estaba.
“El nuevo CEO de K.O Company es captado cenando con una mujer desconocida. ¿Acaso ya no está casado con Sofía?”
Mi corazón se rompió en mil pedazos. Ahí estaba ella, Anais, con su larga cabellera blanca y un vestido ajustado, sentada donde yo debía estar. Sonreía al hombre del cual me había enamorado, disfrutando de una cena que debía ser nuestra cena de aniversario.
Intenté convencerme de que no pasaba nada. Tal vez solo querían ponerse al día después de tantos años. Pero… ¿por qué todo esto me dejaba un sabor tan amargo?
¿Acaso Matt canceló nuestra cena solo para poder estar con su amor del pasado