Pero cuando los labios de Henry finalmente rozaron los de Alexa, nada ocurrió como ella había imaginado.
No hubo rechazo.
No hubo asco.
No hubo huida.
En su lugar… algo se encendió.
Una chispa sutil, inesperada, que recorrió su interior como una advertencia tardía. Su cuerpo se tensó apenas un segundo, preparado para rechazarlo, para apartarse… pero esa reacción nunca llegó. Porque el contacto no era frío ni invasivo.
Era cálido.
Suave.
Peligrosamente correcto.
Y eso la desconcertó más que cualquier otra cosa.
Sin darse cuenta, su cuerpo dejó de obedecer a su razón.
Henry, percibiendo la mínima vacilación, aprovechó el instante. Sus manos descendieron con firmeza hacia la cintura de Alexa, atrayéndola con una seguridad que rozaba lo dominante. La cercanía la envolvió por completo, anulando cualquier pensamiento coherente.
Era demasiado.
Demasiado cerca.
Demasiado real.
Y, aun así… no se apartó.
El beso cambió.
Lento. Intencional.
Henry no se apresuró. La saboreó con paciencia, como si conociera exactamente el ritmo que debía imponer. La punta de su lengua rozó sus labios con una suavidad calculada, delineándolos, provocándola sin invadirla del todo… esperando.
Tentándola.
Y Alexa… respondió.
Sin pensarlo. Sin permiso.
Como si algo más fuerte que su orgullo tomara el control, sus labios cedieron, abriéndose apenas para él. El mundo desapareció en ese instante. No existían los invitados, ni las miradas, ni el peso del escándalo.
Solo ese beso.
Prohibido.
Intenso.
Inexplicable.
El maldito Carrington.
Su peor enemigo… era un gran besador.
La realización la golpeó en medio de la confusión, pero ya era demasiado tarde para retroceder. La sensación de él explorando su boca, de su cercanía, de su control… la arrastraba a un territorio desconocido.
No era odio.
No era rabia.
Era algo más oscuro. Más profundo.
Algo que no sabía nombrar.
Cuando finalmente se separaron, el aire pareció regresar de golpe.
Alexa parpadeó, aturdida, como si despertara de un trance. Su mente intentaba reconstruir lo que acababa de pasar… y fracasaba.
Henry la observaba.
Y esa sonrisa…
No era abierta, no era evidente. Pero estaba ahí, en la curva apenas perceptible de sus labios. Satisfacción. Sorpresa. Algo peligroso brillando en sus ojos, como si hubiera descubierto una grieta en ella… y pensara usarla.
Ninguno dijo una palabra.
No hacía falta.
El aplauso estalló a su alrededor, rompiendo el momento.
Pero algo ya había cambiado.
Invisible. Irreversible.
El beso, que debía ser una simple formalidad, había cruzado una línea que ninguno de los dos había previsto.
Y ahora… nada volvería a ser tan simple.
El bullicio creció, envolviéndolos en una marea de murmullos, risas y comentarios cargados de curiosidad. Alexa intentó apartarse, recuperar distancia, aire… control.
Pero Henry no lo permitió.
Su brazo la sostuvo con firmeza, pegándola a su cuerpo con una naturalidad que resultaba casi convincente.
—Recuerda que debemos mantener las apariencias —susurró contra su oído, su voz baja y firme—. Haz que todos se traguen esta farsa.
Alexa cerró los ojos un instante, conteniendo la respuesta que realmente quería darle.
Tenía razón.
Y eso la irritaba aún más.
La alta sociedad no perdonaba errores. Al día siguiente, su boda sería portada. Un movimiento en falso… y todo se derrumbaría. Sus familias, sus empresas, su apellido.
Todo dependía de esa mentira.
—Eres un imbécil… y voy a hacer que te arrepientas —murmuró ella, separándose apenas lo suficiente para mirarlo, con una sonrisa perfecta dibujada para el público.
Henry soltó una risa baja, arrogante.
—Claro… como si no hubieras disfrutado el beso.
La rabia le ardió en la sangre.
Y lo peor… fue no poder negarlo con la misma certeza de siempre.
Antes de que pudiera responder, los invitados comenzaron a rodearlos, llenándolos de felicitaciones, sonrisas y miradas inquisitivas.
Algunos murmuraban sobre un posible embarazo.
Otros fingían creer en un romance repentino.
Y unos pocos… los más peligrosos… observaban en silencio, atando cabos.
Porque en ese mundo, nada era tan perfecto como parecía.
Y todos sabían que una boda apresurada… casi nunca era por amor.
Henry Carrington se movía por el gran salón como si le perteneciera.
Seguro. Impecable. Intocable.
Las felicitaciones llegaban una tras otra, acompañadas de miradas de admiración… y envidia. No era para menos. Alexa Kingsley brillaba esa noche con una intensidad difícil de ignorar, y más de uno no podía evitar preguntarse cómo Henry había conseguido algo así.
Si tan solo supieran…
Henry observó a su esposa a la distancia, rodeada por un grupo de mujeres perfectamente arregladas y peligrosamente sonrientes. Las conocía bien. Detrás de cada cumplido había veneno, detrás de cada risa, una pregunta disfrazada.
Las “viperinas” de la alta sociedad.
Alexa, sin embargo, jugaba su papel a la perfección. Sonreía, elegante, radiante, levantando sutilmente la mano para dejar que el anillo captara la luz. Una joya Carrington. Oro puro, diamantes impecables, historia familiar grabada en cada detalle.
Encajaba en ella como si siempre le hubiera pertenecido.
—Vaya, vaya… Henry Carrington —la voz de Linzy White cortó sus pensamientos—. Nunca creí verte casado con una Kingsley.
Henry alzó una ceja, divertido.
—La vida da giros interesantes.
—Interesantes no es la palabra —replicó ella—. Ustedes se odiaban.
—Dicen que la línea entre el odio y el amor es bastante delgada.
Linzy lo observó con escepticismo.
—Siguen siendo completamente opuestos.
—Y eso es precisamente lo que lo hace funcionar.
—No siempre —intervino otra voz masculina.
Víctor apareció con su habitual sonrisa encantadora, esos hoyuelos que parecían desarmar a cualquiera.
—Míranos a Linzy y a mí. Demasiado parecidos… y un desastre. En cambio, Nadia y yo… somos como agua y aceite.
Linzy se tensó apenas.
Henry lo notó.
—¡Víctor! —lo saludó con un abrazo firme—. Siempre tan oportuno.
—Tenía que venir a comprobarlo con mis propios ojos —bromeó—. El soltero más codiciado finalmente cayó.
—Cuida lo que dices —murmuró Linzy—. Estás en su boda.
—Él sabe que tengo razón.
El ambiente se tensó lo justo para volverse incómodo.
—¿Cómo has estado, Linzy? —preguntó Henry, desviando la conversación.
—Bien… aunque podrías dejar de recordarme ciertas cosas —respondió ella con una sonrisa forzada—. Me alegra que tú y Nadia estén bien, Víctor. De verdad.
El arrepentimiento cruzó el rostro de su amigo, apenas un instante.
Henry intervino antes de que el silencio se volviera incómodo.
—¿Alguien ha visto a Diana?
—Henry, ya estás casado —replicó Linzy, dándole un ligero golpe en el brazo—. Deja de pensar en tu ex.
—Y empieza a valorar lo que tienes —añadió Nadia al llegar, con una sonrisa firme—. Alexa es una joya.
Henry soltó una risa baja.
—Modo protector activado, Nadia.
—No es broma —insistió ella, inclinándose apenas hacia él—. Mientras tú estás aquí… hay alguien más muy entretenido con tu esposa.
Eso fue suficiente.
Henry siguió la dirección de su mirada… y lo vio.
Aron.
Demasiado cerca. Demasiado cómodo. Demasiado interesado.
Algo oscuro se tensó en su interior.
Maldito imbécil…
Su mandíbula se endureció, pero su expresión no cambió. No podía armar una escena. No ahí.
Pero tampoco iba a permitirlo.
En cuestión de segundos, cruzó el salón.
—Cariño, te estaba buscando —dijo al llegar, deslizando el brazo alrededor de la cintura de Alexa con una naturalidad posesiva.
Alexa giró hacia él, manteniendo su sonrisa impecable… aunque el leve golpe que le dio en el hombro decía otra cosa.
—Qué coincidencia. Yo también.
El mensaje era claro: no me dejes sola otra vez.
Henry casi sonrió.
—Estaba ocupado con los invitados —respondió con calma antes de girarse—. Oh… Aron. No te había visto.
Mentira.
—Aún no me has felicitado.
—Felicidades, Carrington —dijo Aron, sin apartar los ojos de Alexa—. Te llevaste el mejor premio de la noche.
Su mirada descendió sin disimulo.
—Inglaterra definitivamente le sentó bien… Estás impresionante, Alexa.
El aire se tensó.
Henry no apartó la sonrisa, pero algo en sus ojos se volvió peligrosamente frío.
Podría romperte aquí mismo…
Pero no lo hizo.
En lugar de eso, acercó un poco más a Alexa, marcando territorio sin necesidad de palabras.
—Lo sé —respondió con suavidad calculada—. Por eso me casé con ella.
Una pausa.
—Y ahora, si nos disculpas… tenemos asuntos más importantes que atender.
La mirada que le lanzó fue suficiente.
Aron entendió.
Retrocedió.
Alexa giró, dándole la espalda sin dudarlo, y Henry aprovechó el movimiento para mantenerla cerca. Su mano descendió lentamente por su espalda, en un gesto que, desde fuera, parecía íntimo…
Demasiado íntimo para ser fingido.
Y quizá… eso era lo más peligroso de todo.
Todas las miradas estaban puestas en los recién casados Carrington.
Sonrisas perfectas. Gestos ensayados. Una pareja impecable ante los ojos del mundo.
Alexa se inclinó ligeramente y rozó la mejilla de Henry con los labios, fingiendo un gesto cariñoso mientras murmuraba entre dientes:
—Si no quitas tu asquerosa mano de mi trasero, te juro que la vas a perder… y te la voy a hacer comer.
Henry no se inmutó.
Al contrario, sonrió.
—Vaya… mi encantadora esposa también cocina —susurró con burla, apretándola con descaro.
—Pedazo de—
No terminó la frase.
Henry la besó.
Directo. Preciso. Calculado.
Un movimiento tan natural para los espectadores… y tan irritante para ella.
—Creo que es momento de tomar nuestros lugares —anunció él, girándose hacia los invitados con elegancia—. Me encantaría hacer un brindis por la mujer más hermosa sobre la faz de la tierra… la que, contra todo pronóstico, aceptó casarse conmigo.
Las risas no tardaron en aparecer.
Alexa sostuvo la sonrisa, impecable.
Perfecta.
Aunque por dentro estuviera planeando su asesinato.
La recepción continuó entre copas alzadas y comentarios aduladores. Cuando llegó la comida, Henry no dudó en sentarse y atraer a Alexa hacia su regazo, alimentándola con una cercanía que rozaba lo íntimo.
Demasiado convincente.
Demasiado real.
Los invitados suspiraban, encantados con la escena.
Alexa, en cambio, clavaba sus uñas en el muslo de Henry bajo la mesa.
Maldito… te voy a hacer pagar cada segundo de esto.
Henry apenas reaccionaba.
Sonreía.
Disfrutaba.
Los empresarios comenzaron a acercarse, algunos con genuinas felicitaciones, otros con preguntas disfrazadas sobre la fusión entre los Carrington y los Kingsley.
Henry los manejó a todos con una facilidad que no pasó desapercibida para Alexa.
Seguro. Inteligente. Impecable.
—Hoy es mi boda —dijo en un momento, con una sonrisa perfectamente medida—. Los negocios pueden esperar. Esta noche es para mi esposa.
Esa respuesta… le sorprendió más de lo que estaba dispuesta a admitir.
Sin darle tiempo a procesarlo, Henry tomó su cintura.
—¿Bailamos?
El primer baile comenzó.
—Eres demasiado inteligente para ser tú —murmuró Alexa, siguiendo el ritmo con gracia natural.
—Y tú bailas demasiado bien para ser tú —respondió él, con esa sonrisa que siempre la irritaba.
—Estudié danza contemporánea en Londres. Soy profesora —replicó, haciendo un leve puchero.
—Perfecto —respondió Henry sin perder el ritmo—. Entonces yo me encargaré de tu dinero. Administración y finanzas.
Las risas y aplausos no se hicieron esperar.
Henry inclinó el rostro y besó su mejilla con una familiaridad que hizo que más de uno suspirara.
La farsa… era impecable.
La noche avanzó entre fotografías, regalos y buenos deseos.
Pero no todo eran sonrisas.
En un rincón, un grupo de chicas murmuraba lo suficientemente bajo como para parecer discretas… pero no lo suficiente.
—Lily dice que esto no va a durar —susurró una—. Henry siempre ha tenido debilidad por ella.
—No lo sé… se ven bastante enamorados —respondió otra—. ¿Viste cómo la miraba?
—¿Enamorados? Por favor. Ellos se odian. Aquí hay algo raro.
—Te equivocas.
Las tres se sobresaltaron.
Alexa estaba ahí.
Sonriente. Elegante. Peligrosa.
—No era mi intención escuchar —continuó con calma—, pero cuando escuchas tu nombre… es difícil ignorarlo.
Las miró una por una.
—Primero: aquí no hay nada raro. Henry y yo nos amamos y decidimos casarnos. Segundo… díganle a Lily que deje de ilusionarse.
Una pausa.
—Él solo tiene una debilidad.
Se inclinó apenas, con una sonrisa afilada.
—Y esa soy yo.
El silencio fue inmediato.
—Mi esposa tiene razón.
La voz de Henry apareció detrás de ellas como una sombra.
—No hay nadie más.
Las chicas palidecieron.
Alexa sonrió… y esta vez fue ella quien lo besó.
Sin aviso.
Sin pedir permiso.
Aprovechando el impacto, el grupo desapareció en cuestión de segundos.
—Te ves interesante cuando te pones territorial —murmuró Henry contra sus labios.
—No estoy celosa —respondió ella, dándole un codazo disimulado—. Solo estoy marcando límites.
Henry rió por lo bajo, observándola alejarse.
—Claro… límites.
Pero su mirada descendió apenas, recorriendo su figura.
—Maldita…
No terminó la frase.
No hacía falta.
La idea de vivir bajo el mismo techo con Henry Carrington, fingiendo ser una pareja feliz, no era un reto.
Era una condena.
La luna de miel habría hecho todo más creíble… pero también más insoportable. Y Henry tenía prioridades: estabilizar la nueva empresa, asegurar el futuro de ambas familias.
Así que no hubo escapatoria romántica.
Solo realidad.
Horas después, el auto se detuvo frente a la casa que compartirían.
Su “nidito de amor”.
—La recuerdas, ¿no? —dijo Henry—. Mis padres la compraron cuando se casaron. La remodelaron hace unos años. Es… funcional.
Alexa observó la fachada.
Grande. Elegante. Imponente.
—Es más bonita de lo que recordaba.
—Bien —respondió él, abriendo la puerta—. Entra… o ¿prefieres que te cargue?
Alexa alzó una ceja, desafiante.
—Deberías hacerlo. Es tradición. Pero claro… eso implicaría que fueras un buen esposo.
Error.
Henry no respondió.
Actuó.
En un solo movimiento, la levantó sin previo aviso, cargándola sobre su hombro.
—¡¿Qué demonios haces?! —protestó Alexa, golpeándolo.
—Cumpliendo con la tradición —respondió él, avanzando hacia la puerta como si nada.
Y así, entre quejas, golpes y una tensión que ya no era solo odio…
cruzaron juntos el umbral de su nueva vida.