Capítulo 2

«Los árboles».

No pudo evitar recordar aquel sueño, quizás hayan sido las especias en el aire. El sueño regresó, vivido: estaba sola en un bosque oscuro, el viento hacía susurrar las hojas en una lengua olvidada, las ramas crujían y se mecían. Sus raíces salieron de la tierra y fueron tras ella. Tenían caras sonrientes, malévolas y tristes.

No supo cuánto estuvo corriendo, pero llegó a un claro del bosque. Bajo sus pies descalzos, se erigía un suelo de mármol blanco, con restos de ramas chamuscadas esparcidas en todo el lugar. En el centro, se alzaba una estatua de mármol negro, perfectamente tallada... de su padre. Lord Verrochio, desnudo, con un temple de piedra, majestuoso; tenía el brazo perdido labrado en oricalco hasta el codo. La maleza se había apoderado de él, abrazándolo.

Se acercó para verlo. Una venda negra cegaba sus ojos. Intentó quitársela, pero la estatua cobró vida y la estranguló... Los dedos de piedra se cerraron en su garganta y no podía respirar. El agarre le quemaba la piel.

Su padre estaba resentido con ella porque había robado la vida de su madre. «Lady Annie» se llamaba su madre… Cuando su padre la miraba podía sentir en aquellos ojos vacíos una profunda tristeza.

—Lord Verrochio amaba mucho a tu madre —le había dicho Misa, el ama de la casa—. Tú le recuerdas mucho a ella, no lo culpes. Puede parecer un hombre frío y déspota. Pero su amor por ti, aunque silencio, es incondicional. Nunca dudes del amor que tu padre Friedrich te profesa.

Pero Friedrich había sido otro. Ella lo recordaba como un hombre risueño que le acariciaba el cabello al dormir y le contaba que hacía en el castillo, como regente. Incluso, tras perder casi todo el brazo en el accidente. Seguía sonriendo y llevando el manto del alquimista con orgullo. Tal como se lo había prometido a Lady Annie. Con los años... se fue alejando de ella. No dormía en la casa. Su estadía lejos de ella, era prolongada. No volvía...

«Cambió». Sus ojos ya no brillaban. Pasaba días y noches en la Maison de Noir o en el Castillo de la Corte. Siempre rodeado de alquimistas. Desvelando secretos. Los había escuchado, desde su habitación, a través de las delgadas paredes. Ella... podía escuchar mucho más que Louis o Niccolo. Tenía oídos curiosos y sentidos refinados que la metían en problemas.

—Abrimos los sepulcros—el alquimista bajó la voz y no lo volvió a escuchar.

—Nunca debimos—escuchó otra voz... más asustada.

—Si las leyendas son ciertas—la voz prominente de Lord Verrochio cortó las otras dos—... En los secretos de los antiguos reyes. Existe el poder confinado. Hemos redescubierto nuevas cavernas y abierto viejas cámaras.

«Poder y secretos».

Las historias cuentan que en las profundidades de Gobaith, se esconden cámaras con conocimientos codificados. El rey Julián Sisley había confinado el saber de los antiguos, temiendo por el peligro que representaba para los habitantes de la isla. Por años... La Sociedad de Magos buscaba, con deseo, aquellas cámaras secretas. Hasta ahora ninguna persona las encontró y regresó. Nadie sabía dónde se escondía la fuente de aquel conocimiento prohibido. Todo comenzó alrededor de ochocientos años atrás. Cuando ocurrió el primer levantamiento de los dragones. La alianza de los Wesen y los Scrammer contra los Sisley, donde ambas familias sufrieron pérdidas y los Wesen se extinguieron. Pero eso fue hace centurias, y el imaginativo no escapaba de la palabrería. Se tenía documentos de los reyes Julián y Chase Sisley de hace ochocientos años. El levantamiento de los Wesen trajo consigo la exclusión de los magos bajo su mandato. Comenzaron las persecuciones y aquellos conocimientos se destruyeron. El Misticismo Antiguo y sus ramas quedaron en el olvido por mucho tiempo.

Se habían sellado los recuerdos y el saber en cavernas. La auténtica fórmula del Fuegodragón. Los hechizos. Las Dioses Muertos. Los secretos de la larga vida. Las panaceas. La Maeglafia Antigua... Todos los grandes misterios que los alquimistas luchaban por rememorar. Durante su mandato, el rey Julian había prohibido la alquimia. Muchas prácticas habían permanecido ocultas en círculos o manuscritos. Todo lo que tienen ahora son siglos de fracasos y perdidas. Pruebas y errores. Su propio padre había perdido la mano al manipular Fuegodragón.

—Los engendros de Julián—había escuchado decir a su padre.

Louis tomó un mechón de su larga melena castaña y lo acarició entre las yemas del índice y el pulgar. Los ojos avellana de la muchacha decían una y mil cosas. La calle empedrada se abría ante ellas con una alfombra de baldosas relucientes. Los adornos colgaban por doquier: luces coloridas atenuadas por el atardecer, listones, linternas, blasones y tiendas. Las increíbles pinturas de los murales exhibían criaturas impresionantes. Pasaron junto a un lobo plateado. Un león blanco con la melena verdusca y dos dragones enzarzados en una pelea.

—Soñar no cuesta nada —replicó la muchacha con un suspiro. Era casi tan menuda como Annie. Últimamente, había crecido unos dedos y el busto se le vislumbraba bajo el vestido fino color ciruela—. Dicen que habrá una mancha roja en la luna, durante el festival.

Louis Leroy era un poco mayor que ella, y más bonita. Pero, Niccolo siempre decía que Annie era más astuta y brillante. Era pequeña para su edad, pero avispada.

Ambas niñas pasaron junto a un callejón donde un pequeño grupo de magos ensayaba sus hechizos. Un joven de túnica verde bailaba en círculos, mientras el suelo se encendía en fuegos verdes, azules y dorados. El mago errante disfrazado de hojas, tomó un trago un brebaje y escupió a una antorcha. Creando una nube de llamas coloridas que tomaron forma de animales diminutos. Replicando maravillosamente una Evocación Elemental de Combustión.

—Trucos—admitió Louis como si le leyera los pensamientos—. Lord Milne contrató una gran variedad de espectáculos para el festival.

Annie sonrió. Los Leroy querían que Louis cursara Fundamentos como su hermana. La joven había aprobado el primer curso, regresó a la ciudadela por el festival y se marcharía otro año a progresar en su aprendizaje. Su hermano Claude se unió recientemente a un Château. Annie estaba atrasada, todo su aprendizaje se lo enseñaron Niccolo y la colección de libros de su padre. Ella también provenía de una antigua familia de magos del Antiguo Continente. La leyenda de origen de los Verrochio, a diferencia de los seres de luz de los Leroy. Contaba que eran los hijos de hombres y ninfas del bosque. Aquellos héroes de la antigüedad que sedujeron a las hermosas habitantes de las profundidades de la espesura. Heredando cualidades mágicas capaces de hacer milagros. Descendientes longevos, tocados por la luz y benditos con la palabra. Esas eran las historias que poblaban en los mitos de los Verrochio. Arsenio Verrochio fue uno de los magos más reconocidos de la familia, miembro de la tríada que derrotó al monstruo que azotó el puerto de Pozo Obscuro.

La quintaesencia corría por sus venas, aunque diluida por el mestizaje. Annie había intentado destilar un poco de la esencia en su sangre. Había sentido el flujo energético creciente en sus células en ocasiones. La energía primordial que se ionizaba con las imágenes elementales. La transformación energética. Quería pedirle a su padre que la llevara al Instituto de la Sociedad de Magos. Pero él nunca estaba en casa. El escriba era el único que de verdad se interesaba por ella. Por eso lo tenía en alta estima.

Niccolo tenía libros de Misticismo escondidos en su repisa. Se suponía que era penado por la Sociedad de Magos, el poseer tales manuscritos. Pero, aún así... Le mostró a ella sus gruesos de tomos de teorías. Tesis de Proyección. Cuestiones de Evocación. Conversión Energética. Redescubrimiento de la Maeglafia. También les enseñaba conocimientos básicos y astrología a sus poquísimos alumnos. Louis le estaba explicando que Venus estaría presente en su constelación... Por lo que esa noche tendría una aventura de pasión.

—Niccolo piensa que el rojo en la luna... es oscuridad que se acerca a la isla—replicó Annie, sin miramientos—. Sé que crees que es un tipo aburrido... que busca cosas que no existen en las estrellas. Pero, la verdad... me asustó mucho, con sus suposiciones—subieron una escalinata de piedra bajo la luz anaranjada del atardecer. Una brisa cálida le meció la melena rubia a Annie, recogida en una coleta—. ¿Qué crees tú?

Louis soltó una risita.

—Amor—dijo como para si—. Es el amor con el que sueñan todos, pero nadie se atreve a aceptar. Estarán Venus y Marte amándose en el cielo como viejos amantes en su despedida. Él lo sabe, pero nos ve como niñas. El rojo es el color del amor, la pasión y el deseo. La luna refleja nuestras más sinceras proposiciones. ¡Es hoy! Todos en el Jardin de Etoiles lo profetizaron. ¡La noche de los amantes! Debemos decírselo. Niccolo suspira por Miackola.  Siempre la mira con esa cara de... ¡por favor cásate conmigo!—Louis soltó una risita y se apartó un mechón de la oreja—. A Mia le gusta, pero se niegan a admitirlo... y Niccolo es tan tímido como un gatito asustado. ¡Debemos ayudarlos!

Sí, Annie lo había visto sonrojarse ante las sonrisas brillante de Mia. Podía sentir la euforia colorar sus mejillas cuando ambos se hablaban. Mia los había acompañado durante aquellas noches mágicas cuando miraban las estrellas en busca de nereidas.

—Pero, Niccolo...

—Es un hombre solitario —aventuró Louis arrugando la nariz—. Se pasa todo el día leyendo historias de amor o redactando textos—le lanzó una extraña mirada—. Ya sabes, Annie—se sonrojó con una sonrisa—. Quiere un poco de calor femenino. Desea a Mia, pero juega al papel del joven frío, que no necesita a nadie. Pero se muere por dentro, mientras desea su fuego. Los dos están bien locos al no darse cuenta de las ganas que tienen de devorarse.

Annie frunció el ceño. Sus cejas rubias se apretaron.

—¿Devorarse?—Imaginó a Mia saltando desde la silla hasta Niccolo y arrancándole la garganta a dentelladas. Se estremeció.

Louis se tapó la boca, ahogando una risita.

—No, boba—sus labios dibujaron una sonrisa conspirativa—. No quieren comerse el uno al otro como caníbales. No... Quieren hacer el amor.

—Ah—las mejillas se le encendieron.

Recordó cuando revisaba los dibujos de un extraño libro de anatomía y vio la imagen de un hombre desnudo. Tenía como... un cilindro entre las piernas. Cuando se lo preguntó a Jean Rude le dijo que los varones tenía algo así como un pequeño cuchillo para orinar. Pero cuando le pidió que se lo enseñará, él se sonrojo y no quiso volverle a hablar. El libro le enseñó que el hombre acariciaba con esa espada el ombligo de la mujer hasta que tenía ganas de orinar y le apuntaba al ombligo, de allí nacían los niños. Aunque el pipí no huele tan bien. Una noche sintió curiosidad por embarazarse, mojó los dedos en el orinal y se frotó el ombligo. Pero a la mañana siguiente su tripa no había crecido. Repitió aquel proceso hasta que se olvidó del experimento... Quizás debía ser orina de un hombre. Pero se avergonzó al pedírselo a Niccolo.

La calle Obscura se preparaba para las Fiestas de la Luna. Hasta donde se alcanzase a mirar... relucían los puestos de comida, carpas rayadas, los comerciantes pregonando sus exquisiteces, amuletos y rarezas. Un festival de tres noches para celebrar un fructífero año caluroso. La fuente de la calle manaba agua cristalina y sobre ella, se erigía la estatua del Héroe Rojo. Un adusto e imponente hombre ataviado en una capa de piedra que lamía sus talones y ocultaba su cuerpo. Su rostro ceniciento de ojos ciegos custodiaba el Palacio de los Héroes en la cima de la colina Vidal. Del rojo intenso de su capa y cabello, solo quedaba un gris piedra. Le limpiaron los restos de excrementos secos, algunos pájaros se posaban en sus hombros. Parecía esculpido hace poco, cuando en verdad allí, llevaba más de seiscientos años.

«Con el rojo de su esencia ahuyentaba la fría oscuridad...» decía la canción del Héroe Rojo, una de muchas. Sam Wesen había derrotado al Mago del Frío, liberando a la isla del crudo invierno asesino. Fundador de la Primera Orden de Magicians, se encargó de proteger la isla de los adeptos al caoísmo y ayudar a los Sisley. Los magicians de la Sociedad de Magos seguían sus juramentos.

Un bardo rubio vestido de morado y blanco afinaba su lira, tocó una cuerda... Annie se detuvo a mirarlo. Tenía ojos dorados y olía a salitre. Era un olor... embriagante. Estaban lejos del mar y aún así esa persona portaba su solemnidad. Pero a su nariz llegó el penetrante olor a tinta. El cantante la miró mientras entonaba una melodía, sentado en la fuente, proyectando su sombra sobre el héroe.

El Aguadorada, un canal que discurría por todo Valle del Rey, alimentaba las calles Obscura y Etoile, el castillo de la Corte y desembocaba en el mar. Los puestos de ventas se unían a un grueso muro de tres varas de alto. Parecían más lúgubres mientras bordeaban las lindes del canal: había animales extraños, aves de caza, serpientes de colores exóticos, gatos majestuosos y artilugios que nunca había visto en su vida. Un hombre con una pata de palo y el rostro lleno de arrugas las vio de manera aterradora, mientras otro hombre, gordo y bajito... maldecía y vaciaba su jarra de ron.

—Estos no estaban ayer—señaló Annie.

Una mujer barajaba un mazo de cartas en una amplia mesa flanqueada por un guardia de capa morada y una mujer joven.

—No—rectificó Louis—. Estas personas son brujos. Viven en lo más recóndito del Bosque Espinoso y solo cambian sus hechizos por secretos.

—¿Secretos?

—Aunque el precio puede variar. Siempre piden algo de valor: un recuerdo amado, un cabello de un enamorado o huesos viejos. Cualquier ofrenda con poder. Y ellos te satisfacen con sus brebajes, conjuros, te libran de una maldición, echan un vistazo al camino del futuro —le lanzó una de esas miradas y remarcó sus últimas palabras con un tono estremecedor—: Descifran un sueño.

Annie sintió un escalofrió.

—Mi hermana siempre viene a ver a la bruja Sangreazul de parte de mi madre—contó la joven—. Pide el afrodisiaco que prepara la bruja para ganarse a algún amante. Eso, y... las hojas de duende para no acabar en cinta. La bruja siempre pide un mechón de cada amante. Es una mujer bastante joven. Su puesto permanece abierto al anochecer, a veces desaparece... Pero tiene un conocimiento del Misticismo que en el instituto refutan. La Sociedad de Magos persigue a estas personas desde hace años. Las juzga y las sentencia. Y sus experiencias se guardan bajo llave en uno de los departamentos.

Un gato naranja anduvo sobre el muro a toda velocidad. Una joven de cabellos plateados exhibía sus especias místicas, perfumando el aire mientras las quemaba.

—Lujuria para los amantes—echó un puñado de hojas secas en un caldero de fuegos violáceos. El humo ascendió, embriagador. Olía a canela, nuez moscada, menta y duraznos... A sueños de verano y deseos enterrados. Aquel olor despertó una sensación cálida en su cuerpo, entumeciendo sus piernas con un cosquilleo. Las mejillas se le colorearon de un agradable rojo provocador.

—¿Qué crees que hará Niccolo si le servimos un té de Lujuria?—Louis sonrió, pícara. A veces Annie dudaba que estuviera cuerda, al parecer... Las hormonas le habían chamuscado los sesos.

—No creo que sea buena idea.

—Claro —Louis se le río en la cara—. Que va a saber una niñita del arte del amor.

Annie frunció el ceño, sus ojos azules echaban chispas. Louis cogió su mano y aceleraron el paso por los edificios mayormente abandonados. Dieron una vuelta por el pequeño puente de piedra y regresaron a la calle Obscura. Más ornamentada y alegre. El humo de la grasa subía en jirones por las guirnaldas. Cruzaron las calles empinadas, abarrotadas del gentío. Pululaban cantantes, titiriteros, actores. En un escenario empotrado dos actores disfrazados de Sir Cedric y Courbet, se batían a duelo. Cedric era un tipo alto con el cabello y los bigotes pintados de naranja, una capa bermellón y una larga varita. Mientras Courbet era una figura oscura, delgada, descalza y con máscara de diablo.

—¡Asesino!—Bufó el actor de Cedric meneando la varita. Las chispas doradas volaron de ella—. ¡Manipulas fuerzas que no comprendes! ¡Voy a destruirte Mago de la Sal! ¡Así como destruiste los sueños de quienes arrebataste la vida!

Dos magos encapuchados con capas rojas subieron al escenario con las varitas en ristre. Dispararon chispas ondulantes. Courbet soltó una carcajada y las chispas se convirtieron en fino polvo con sus manos arrugadas. Sus dedos tenían múltiples anillos con joyas y Maeglifos. Las capuchas rojas corrieron a él con espadas de madera, pero el anciano con un movimiento de sus manos convirtió a ambos en sal. O eso parece que hizo, porque en verdad los roció con sal pulverizada y los actores se derrumbaron, fingiendo la muerte. La multitud aplaudió. Annie miró a su izquierda y pudo ver al bardo de la lira. Mirando el espectáculo con el ceño fruncido. Sus ojos dorados se oscurecieron por un momento.

Louis la llevó lejos del escenario, tirando de su brazo. Annie insistió con ir a ver a Niccolo, pero Louis quería ver los espectáculos. Llegaron de vuelta a la plaza con la estatua del héroe. Se había hecho un círculo de tiza. Una multitud miraba algo espectacular. Era un mago errante de túnica y cabellos morados que hacía que sus sombras se batieran a duelo. Pero al ver mejor, notó que no eran sombras... Eran figuras líquidas de tinta que sostenían sables delgados. Las formas se movían, ligeras, con los movimientos del mago. Enzarzados en una pelea donde las gotas volaban. Una de las sombras apuñaló la garganta de la otra, el sable que brillaba con la luz del atardecer. Tanto la figura triunfante como el mago, saludaron con un elegante floreo a todos los que aplaudían. El gentío aplaudió.

Un pequeño escenario de marionetas exhibía un pequeño espectáculo. Esta vez Annie arrastró a Louis, le encantaban las marionetas. Una mujer pequeña sostenía los hilos mientras Seth Scrammer se enfrentaba a un monstruo reptiliano. La música de una manivela envolvía aquella caja. Los niños se sentaban mientras la mujer entonaba las voces. La marioneta de Seth le cortó la cabeza al monstruo, liberando un montón de aserrín rojo. Los niños aplaudieron risueños y la marionetista puso un telón sobre la caja. Annie le regaló una estrella de cobre.

Louis cambió de opinión y quiso ir donde Niccolo, era su último día en la ciudadela y quería despedirse con una clase. La biblioteca de los Brosse era un recinto de dos pisos con un gran ventanal redondo. El primero, plagado de estantes con toda clase libros, tanto en el idioma antiguo como el nuevo. En el segundo, se exhibía el cristal y las habitaciones de los Brosse. En la terraza se podía apreciar el firmamento estrellado y las constelaciones. Niccolo las llevaba algunas noches a estudiar las estrellas y los planetas con su catalejo. La entrada era una puerta doble de grueso roble con ribetes de hierro forjado y un alicanto en el dintel.

Niccolo Brosse estaba sentado en una larga mesa con una docena de libros y pergaminos. El resto de la biblioteca estaba desolada. Al parecer, ellas eran las únicas que venían por las clases del escriba. Levantó la vista cuando entraron.

—Louis, Annie —las llamó.

Ambas se sentaron junto a él. Astrólogo y escribano. Niccolo era un hombre relativamente joven, rondaba los veinte. Era alto y delgado, taciturno, intelectual, solitario. Tenía el cabello y los ojos cobrizos. Esa tarde llevaba una túnica gris de largas mangas que le llegaban a la cintura, tenía el alicanto de los Brosse bordado en el pecho y se ceñía la ropa con un cordón del que colgaba un saquito lleno de monedas.

—Señor Niccolo—sonrió Louis tocándole el brazo con delicadeza.

Niccolo le sonrió, sincero. Tenía un rostro inocente de ojos alegres y sonrisa trémula. Los Brosse eran intelectuales. La biblioteca tenía más de trescientos años y había acabado en manos del joven cuando su tío Vidal se fue de viaje a buscar libros y a narrar historias en Puente blanco, atravesando el Bosque Espinoso. Vivía con su otro tío Marcel Brosse, un enorme guérisseur reconocido en Obscura por sus conocimientos. El otro, un cuentista y cronista de renombre. Niccolo impartía clases de historia, matemática, filosofía, geografía, astrología y les enseñaba a ciertos de sus alumnos química, maeglafia y Misticismo convencional. Por una cuota. Aunque no poseyera la esencia y no pudiera realizar Proyecciones, era un estudioso de ella. También redactaba y leía cartas, alquilaba libros y los transcribía.

Siempre se la pasaba solo, con el rostro sonriente inmerso en las letras de los libros. Tímido al contacto, renuente de las demás personas. Annie no sabía que había causado, que él terminará de esa forma. Aunque... debió ser algo muy triste. Por lo visto, tanto Marcel como Vidal habían preferido la compañía del Festival.

—Disculpen, tengo una montaña de encargos. Han pedido una copia de Cronología de Gobaith. —Su pluma iba y venía con una caligrafía majestuosa mientras firmaba el papel impreso. Mojó la punta en tinta negra y siguió—... Es un ejemplar muy raro y antiguo, tengo que imprimirlo cuanto antes.

Después de limpiar la imprenta. Niccolo se las empeñó para verificar la gramática de ambas, el cálculo avanzado, la geografía: hizo a Louis buscar un mapa de toda la isla. Luego otro mapa de estrellas, que Niccolo había dibujado durante aquellas místicas noches con su catalejo. Últimamente, Louis iba a visitar con más frecuencia al escribano que todos los demás. Debido a que retomaría algunas clases. Después de comprobar el cálculo, siguió una clase de historia sobre la dinastía Sisley. Annie cogió uno de los libros en una de las repisas de teoremas mientras Louis resolvía operaciones matemáticas. Niccolo comenzó a preguntarle sobre historia.

—¿Conocen la Guerra del Antiguo Continente?—Preguntó el escriba.

—¿Eso no fue hace dos mil años?—corroboró Louis, mordiéndose el labio.

—Sí—asintió Niccolo conspirativo, miró a la niña rubia—. Annie.

La niña cerró el libro de Proyección que hojeaba con mesura. Repasando las Imágenes Elementales... Imaginando las sensaciones que transformaban la esencia en energía manipulable. Le encantaba la historia de la isla. Las guerras, las traiciones, las venganzas y las pasiones. La historia de los celtas estaba caracterizada por los conflictos sangrientos y las leyendas.

—¿Si?

—¿Conoces las historias de las primeras guerras del Antiguo Continente?

—¿Las que estudiamos en invierno?

Niccolo asintió.

—Ah—su cabeza se puso en funcionamiento—. ¿Por dónde empiezo?

—Las Incursiones.

Annie miró al techo de la biblioteca. A su mente acudieron imágenes de batallas y héroes. Recuerdos de otras tierras... Sueños perdidos.

—Mucho antes de que el Rey Exiliado huyera de nuestra tierra natal—comenzó a narrar, suscitando lo que había leído en los libros de historia y las narraciones de Niccolo—. Las tribus dispersas en la espesura del vasto territorio. Tan grande como mil islas... muchísimo más. Se cantaban otras canciones y se creían en otros dioses. Las tribus vagaban por el mundo libre. Escribiendo sus leyendas y construyendo a las personas que sobreviven hoy en día. En esos tiempos, una revuelta provino del oeste. Del otro lado del continente. Llevaron el fuego y la muerte en su incursión. Su conquista recorrió las tierras habitadas por las tribus celtas. Quemaron los campos, masacraron a los hombres, destruyendo a los dioses antiguos y esclavizando a las tribus a su paso.

»Los llamaron Scrammer, de cabello rojo y ojos color sangre. Los últimos hijos de los dragones de las estrellas. Épocas de conquistas, masacres y tempestades. Las historias que se cuentan de aquella época, en su mayoría son relatos orales. La leyenda habla de Scram, primogénito del Dragón Escarlata, engendró medio centenar de hijos y vivió cuatrocientos años.

—El primer dragón era apasionado—suspiró Louis.

—Durante años, los clanes al otro lado del continente se habían enfrentado para ocupar las tierras. Pero fue Scram, quién convenció a los hijos del Dragón Blanco... Los Wesen. Para partir a la conquista del mundo. Motivados por la escasez y los tiempos difíciles en sus tierras—Annie hizo una pausa para recordar los sucesos—. Las tribus nativas se vieron esclavizadas. Sus tierras pertenecían a extranjeros. Sus creencias fueron erradicadas. En aquellos tiempos violentos, de tribulación y miedo. Las tribus pactaron una alianza bajo el liderazgo de los Sisley. Los Brosse de antaño que volaban sobre alicantos—miró el pájaro bordado en el pecho de Niccolo—. Los Verrochio. Bramante Brunelleschi, el culto de Daumier... y otras familias amenazadas por el poder de los invasores. Los hijos del bosque se unificaron, encabezados por el primer rey, Vidal Sisley, enfrentando a los belicosos dragones en la cruenta guerra de los cien años.

»Zerpa Sisley, uno de los descendientes de Vidal, derrotó de manera aplastante a los dragones. Les regaló tierras después que se arrodillaron y se asentaron junto a un reino próspero. Fue el primer rey de la Tierra Antigua. El nacimiento de una ciudadela donde convergían los conocimientos del mundo antiguo, dio paso a un desarrollo temprano del Misticismo. Un milenio de maravillas. Descubrimientos milagrosos.

»Un imperio crecía con fiereza desde el oeste, aquellas tierras inexploradas. La ciudadela que alguna vez fue gloriosa se convirtió en una corrupta capital del pecado. La decadencia de la sociedad, impulsada por la diferencia de clases sociales. Los linajes, el mestizaje y los prejuicios. Las constantes expansiones de los enemigos destruyeron el imperio que forjamos. Nuestro reino acabó en la ruina y nos arrebataron nuestra tierra. Fuimos deportados. Nuestros edificios, quemados hasta los cimientos. Nuestro pueblo, esclavizado, mutilado y perseguido. Cien años de destrucción... Nuestro legado se consumió en cenizas.

»Pero... existió un Sisley, harto de las heridas que la guerra y la devastación. Condujo los restos de los celtas a una isla, alejada de aquellos que buscaban destruirnos. Rodeó las costas con corales afilados, para evitar que los barcos enemigos atacaran. El Rey Exiliado llamó a esta isla Gobaith, que en la antigua lengua significa «esperanza». Hemos vivido dos mil años, confinados en esta isla. Olvidados por el mundo exterior.

Niccolo asintió, complacido. El brillo nocturno se filtraba por las ventanas. El recinto estaba obscuro. Niccolo encendió una vela de sebo con un yesquero de pedernal.

La segunda noche del festival

La oscuridad estaba cargada de fría soledad y Annie no tardó en tiritar. Es cierto... el año comenzaba con las heladas. Los jirones de niebla flotaban en halos, junto a los faroles de colores. El aire estaba impregnado de carne asada, especias, almizcle rancio y Lujuria quemada. Rememoró el sueño que tuvo cuando llegó a casa, estaba sola. Se tiró en la cama y se echó a llorar, se ponía emotiva de la nada. Vio al hombre con las manos manchadas de luz roja, persiguiéndola con el rostro asustado. Vomitaba abominaciones. No recordaba de qué color era su capa, quizás roja o negra... Todo estaba borroso.

Pero, ¿a quién le importaba? Las personas se daban besos tímidos, abrazados. Celebrando el final del año. Amor y soledad. Sueños rotos y proféticos. El cielo estaba cubierto de estrellas y cada una de ellas era un sueño hermoso. La luna estaba especialmente hermosa en su día. Desde tiempos inmemoriales la adoraban, porque de ella habían nacido maravillas. Los primeros humanos bajaron de la luna sobre caballos de fuego, labrando la tierra fértil y alumbrando hijos en abundancia. Diana y Bel, el Sol y Luna, estaban enamorados. Durante la creación del mundo, vieron sus imágenes cósmicas, separadas por la bestia negra del anochecer. Bel adoró las creaciones de la luna: figuras femeninas, plateadas, hermosas y misteriosas. Al no poder tener a su amada... Plantó las semillas de los primeros hombres en la superficie de la luna, siendo alimentados por los polvos estelares. Crecieron hombres, fuertes para proteger a las mujeres, débiles ante su belleza y sabios para comprenderlas. Los dioses les regalaron la vida, y ellos transformaron la creación... en el amor perdido que ellos se profesaban, pero no podían otorgarse. Porque Diana y Bel solo se encontraban en ocaciones. Su amor era tan intenso, que podrían destruir a sus adoradas creaciones. Tenían miedo de perder a sus hijos. Su más hermosa muestra de afecto. Se extrañan cada instante, adorando sus momentos efímeros de pasión, pero... solo convertirán en uno cuando las estrellas del cielo desaparezcan. Por eso, el amor de un hombre y una mujer, honra a los dioses del cielo. Es una réplica de la intensidad con que ellos se amaron, al inicio de los tiempos, y lo seguirán haciendo... cuando los humanos desaparezcan.

Annie se lavó el cabello dorado, lo peinó, perfumó y lo llevaba en una larga trenza llena de flores. Se había puesto un ligero vestido morado y sandalias de piel, atadas con cordones que le llegaban hasta las rodillas. Alrededor del cuello llevaba una gargantilla de oro adornada con zafiros que le hacían juego con los ojos.

Louis estaba deslumbrante envuelta en satén blanco, aunque su figura mostraba demasiado para su edad. Pulseras de plata en las muñecas y una rosa blanca a modo de aguja en el moño castaño.

Recorrieron la plaza humeante con la comida, el olor del vino, el ron, la cerveza y otras bebidas. Por todos lados había bullicio: los espectáculos, los duelos de jaques y magos errantes. Se detuvieron junto a un carro de pasteles calientes. Un hombre de túnica verde a rayas rojas se subió a los hombros de otro azul a rayas amarillas. Cada uno con una sarta de cuchillos en las manos. Comenzaron a hacer malabares, para el horror del público… Todo el mundo miró asombrado la destreza de las manos de los malabaristas, los cuchillos volaban en círculos y eran atrapados. Hasta que se subieron a los hombros de un tercero, vestido de dorado y negro con una máscara de chacal pintada de oro. Louis Leroy le apretó la mano... El corazón se le encogió. Los malabaristas entrechocaron los cuchillos, las hojas encendieron en llamas doradas, bailando cálidas sobre el metal brillante. Las lanzaban y las atrapaban, al ritmo de los tambores mientras una apretada y ruidosa multitud los aclamaba. A pesar de toda la emoción, se sentía muy tranquila.

Jean Rude les ofreció un trago de una extraña bebida verde... Louis hizo una mueca cuando la probó. Luego el muchacho se lo ofreció a Annie y la probó... Era fuerte y mentolada, el calor le bajó por el pecho con un escozor.

Jean era un muchacho risueño de cabello negro y ojos cafés que vestía con trajes marrones. Se estaba dejando crecer el bigote, pero apenas era una pelusa en su labio superior. Tenía un brazo escayolado, el mismo brazo que Annie había visto romperse cuando se cayó de un árbol.

El cuervo mascota de un joven llamado Camielle Daumier le robó la varita de roble de la familia Rude. Jean era pescador, pero al nacer con la quintaesencia, su sueño era ser magician y su familia lo apoyaba con orgullo La varita fue a parar al colosal roble que reposaba contra el edificio vecino a la biblioteca, un ancho hogar con terraza. Jean rabioso, subió mientras Annie le gritaba. Camielle se partía de risa, era mayor que ellos... Un tipo cruel que se divertía molestándolos.

Nadie trepaba mejor que Jean. Trepó como un lémur, subió las ramas con ímpetu, aferrándose al tronco con las piernas. Pero una rama estaba podrida y se quedó en su mano mientras caía... Escuchó como su cuerpo aterrizaba sobre el brazo con un profundo crujido. Se rompió un brazo y dos dientes. El cuervo de Camielle anunciaba en graznidos que existía carroña...

Compartieron la bebida mentolada de Jean mientras veían a dos jaques intercambiar tajos, con el torso desnudo, mientras un mago errante de túnica morada bailaba sobre un suelo en llamas. La música cesó, uno de los jaques se retiró con una herida sangrante en el pecho musculoso. El jaque ganador movió la espada en el aire mientras pedía un retante. Una mujer de la multitud se acercó con una fina espada que brillaba con la luz del espectáculo. Jean abrió la boca como un idiota cuando la mujer se desnudó, tenía piernas musculosas y unos grandes pechos de pezones rosados, su cintura describía una grandiosa curva. El fino vello corría desde su intimidad escondida hasta su ombligo. Se batió a duelo con el hombre hasta que los dos estuvieron bañados en sudor. La danza terminó, cuando la mujer de rizos negros le dibujó una profunda sonrisa roja en un muslo al jaque. Annie le vio bien el rostro, se dio cuenta que era Miackola Escamilla. Siempre usaba la capa y la vestimenta, tenía un cuerpo muy bonito y esbelto.

Mia hizo un movimiento de revés y llamó cobardes a los hombres. En sus ojos oscuros se reflejaba el reproche y la tristeza. Se vistió y salió del círculo con la espada chorreando sangre.

El mago errante de morado alzó las manos al cielo y llamas verdes salieron con un estruendo desde los braseros, mientras las monedas llovían. El mago de verde y rayas rojas soltó los cuchillos dorados y levanto las manos. Los árboles de la plaza se movieran de su sitio. Los hombres envueltos en disfraces de hojas cosidas se adentraron en su círculo de fuego creado por braseros. El espectáculo de los magos errantes era muy vistoso. Jean y Louis fueron a un lugar más apartado. Annie los siguió dejando todo el bullicio atrás. Llegaron hasta un callejón más vacío, con fresnos y bancos de piedra. Los árboles frutales perdían su coloración verdosa.

En algún lugar cercano, alguien tocó la cuerda de una lira. Una nota aguda recorrió el lugar como una campanada.

Un bardo sentado en un banco solitario, comenzó a tocar una melodía cargada de melancolía como si cada nota arrancará un pedazo de su alma. Era el mismo rubio que vestía de blanco y morado. No sabía si era un mago... su esencia se difuminaba con la brisa retorcida. Su voz melodiosa era dulce como una gota de miel al final de la garganta.

Quiero confesarte que ya tengo la certeza.

De que tu recuerdo vive adentro de mi piel.

Tengo un corazón que está perdiendo la cabeza.

Porque se dio cuenta que ha caído ante tus pies.

Annie se alejó, sentando en un banco apartado, donde podía escuchar al bardo y oler las hojas de naranjos. Las personas de allí eran pocas, amantes entusiastas. Unos ojos luminosos se acercaron a ella con rapidez, dio un respingo. Un gato naranja saltó de un tejado cercano, hasta el banco frente a ella y la miró, hosco, como si fuera una persona maliciosa.

Busco algún pretexto para acercarme a tu lado.

Si me sale bien tal vez parezca accidental.

Por fin usaré todo el coraje que he guardado.

Para confesarte lo que nunca pude hablar.

Miró en derredor, confusa. El bardo siguió cantando, a sus pies tenía una olla de hierro con unas cuantas estrellas de bronce y un orión de plata. Louis y Jean se besaban con pasión recargados sobre un viejo fresno, parecían succionarse los labios. Devorándose con soltura. Ella estaba sola, sintiendo un frío cada vez mayor y una soledad repentina. Pensó que todos tenían a alguien, excepto ella. Hasta el pobre Niccolo tenía a Mia para pasar el rato, riendo y hablando. Pero fuera de todo lo demás, ella no tenía a nadie. Ni siquiera Louis podía ser su amiga todo el tiempo porque se iba al instituto.

¡Acuérdate de mí!

Por si tu corazón busca algún dueño.

O si quieres mil besos en un sueño...

O si quieres más noches de las que no te den ganas de dormir.

El gato comenzó a seguirla, amenazante. Su andar felino exhibía, mostraba una elegancia natural. Una atracción magnética que jugaba con las más profundos engranajes de su mente. Retrocedió un paso, confundida, luego otro, asustada. Sentía las tripas revueltas, un miedo se alojó en la boca de su estómago mientras el gato dejaba escapar un maullido de exasperación.

—La hija del alquimista—se dio de espaldas contra Camielle Daumier. El cuervo en su hombro profirió un graznido.

Se apartó de él, rápidamente, y el gato le pasó entre las piernas con un cosquilleo gélido. Aquel cuervo negro como el carbón, siempre revoloteaba en torno al joven. En sus ojos había cierto resplandor húmedo. Tenía el cabello plateado, una boca pequeña y cruel. Llevaba un collar hecho de colmillos de distintos animales, en torno a un cuello menudo. Camielle nunca le dio miedo, pero desde que salió impune de la vez que le rompió el brazo a Jean, le resultaba temible. Tenía un aire perverso, había leído historias espantosas de los Daumier. Cuentos de magos negros y personajes malvados. Alegaban ser nahuales: personas que podían poseer el espíritu de los animales. Una familia extraña, arrogante y estricta. Camielle poseía aquel andar, enfermizo. Él decía poder poseer al cuervo y volar, una magia increíble, pero también malvada. Porque la usó para lastimar a otros. El joven pálido miró a su gato con un extraño orgullo. Estaba loco.

—Annie... Verrochio—dijo con una sonrisa. Le sacaba una cabeza de altura.

—Camielle...

—¿Creí que te encontraría en el instituto, pero veo que no?

—¿Qué sabes tú del instituto?—Replicó con reproche.

—Más que tú, por lo que veo—Camielle se acercó a ella con una sonrisa, olía a humo y sangre—. El orgullo de la familia es este poder maldito. ¿Cuál es el de los Verrochio? Sí, desaparecer... Creo que eres la única que heredó una gota de poder en esta generación—sonrió, lobuno—. Todos los Daumier estamos malditos, desde nuestros orígenes. Llevamos el pacto del demonio en la sangre. Tuve un tío que tenía un oso, pero cuando lo poseyó... estaba hambriento y se comió su cuerpo humano. También hubo varios Daumier en el Antiguo Continente, que poseyeron a tigres, manticoras y dicen que hubo uno capaz de poseer a un dragón. Puede que tengamos forma humana—se encorvó, acercando su rostro al suyo—. Pero somos depredadores, ocultos en pieles humanas. Todos se inclinan temerosos del nahual.

Todo lo que dijo, lo hizo odiarlo aún más... Odiaba aquellos ojos violáceos. Bajo toda aquella superficie de demencia había un brillante desquiciado. Pero sabía, que no se atreverá a hacerle nada porque le tenía miedo a su padre.

Annie sintió como se le congeló la sangre. Cuando vio el brillo rojo de la macha en la luna, reflejado en la hoja negra de un puñal. Una mancha de sangre... Una sombra negra de ojos rojos se movió detrás de Camielle. Recorrió el filo con un dedo, se colocó el puñal contra la mejilla. La mancha roja parecía una lágrima rodando sobre el acero negro. Los ojos de Camielle centelleaban, divertidos. El mango era de cornamenta ribeteada de plata. La hoja era de hierro de cometas.

La sombra negra tomó a Camielle del brazo. El cuervo graznó asustado, el gato soltó un siseo rabioso. El nahual se lo pensó de nuevo y escondió el puñal. Era tan alto como Camielle y su mirada de rubí hizo que se le borrara la sonrisa del rostro. No pasó mucho, hasta que Camielle se marchó. El joven se sentó junto a ella. Vestía una capa negra con guantes y botas oscuras. Parecía hecho de oscuridad neblinosa. Un demonio... o un ángel de las tinieblas. Tenía el cabello rojo intenso rematado en las puntas de un azul extravagante.

Annie se estremeció al verlo. Sintió un calor agobiante en el cuerpo, pegado al vestido. Quizás fuera el afrodisiaco en el aire. Sus ojos llamaron los suyos y se cruzaron. Un azul intenso contra una mirada forjada en sangre, parecían rubíes.

Desvió la mirada... El humo extravagante llenaba sus pulmones con calor. Cada insuflación la hacía sentir mareada. Con un sentimiento agradable recorriendo sus piernas. ¿Cómo se llamaban aquellas hierbas que quemaban en los braseros? ¿Lujuria? Que nombre más adecuado para aquella sensación que afloraba en su interior. El joven sonrió.

—¿Estás bien?—Su voz era un matiz de fuegos cálidos.

—Sí—la voz le salió entrecortada.

—No es bueno que vaya sola—le tendió su brazo y Annie lo estrecho sin pensar—. Déjeme acompañarla.

Era alto y fuerte... Junto a él se sentía capaz de hacer cualquier cosa y era todo un caballero: la hizo reír, le ofreció una taza de leche caliente endulzada con miel. La dejó hablar mientras se alejaban de la plaza desolada, sus preguntas alimentaban la conversación. Ella le contó quien era Niccolo, de cómo Jean se cayó del roble y que le daba mucho miedo el cuervo de Camielle. Se olvidó por completo de Louis y de Jean, de su padre y de todos. Regresó a la plaza del Héroe Rojo, con la estatua adornada por un montón de velas coloridas. La luna pálida lucía un mechón de sangre. Una línea espectral de ensueño. Un puente de maravillas. Se veía tan lejos y tan increíble...

—¿Sabe usted por qué festejamos a la luna?—Pregunto Annie, con tono cómplice. Quería demostrarle lo inteligente que era.

Una mujer echó un zarzal de hierbas secas en un brasero. El humo flotó, pálido, en toda la plaza y sintió como se le encendían las mejillas—. Había maravillas...

—... que bajaron de ella—completó el joven. La luz de luna bañaba su cabello, formando ondulaciones rojas, azules, grises—. Lo cierto es que ella es el testigo de nuestra existencia. Ha visto a los antiguos nacer y morir. Imperios levantarse y decaer. Honramos a los ancestros, a los dioses antiguos y a nuestra existencia misma a través de ella: divina, eterna y misteriosa.

—Es muy bonita—la luna blanca se fue tiñendo de rojo a medida que las horas avanzaban, fugaces. «Amor» le había dicho Louis.

—Esto también es hermoso—le acarició una mejilla con aquellos dedos enguantados, suaves y negros.

—¿Qué cosa?—Sintió sus rodillas temblar.

—Tiene una muy bella sonrisa, señorita.

Annie lo sujetó con más fuerza, aferrándose a él, no quería perderlo. No quería volver a sentirse asustada, paralizada, sola. ¿Se estaba enamorando? Las horas pasaban volando, la atracción que sentía por él era inigualable. El nacimiento del amor estaba pronosticado desde que vio el brillo en sus ojos. Lo sintió... Vagamente se mordió los labios. Caminó con él, donde un mago errante vestido de morado con un estrafalario sombrero de rayas blancas, negras, azules y moradas.

«Su cabello también es morado», advirtió Annie con un ladeo de cabeza. Olía a incienso, a frutas y a una desesperada tristeza. En sus manos llevaba un saquito de cuero con el que arrojaba polvillos finos a un gran brasero de hierro con forma de trébol. Las llamas purpureas se alzaban tan altas como él.

—Vengan dioses antiguos. Dioses Muertos—un ayudante pelirrojo de rostro pecoso le alcanzó un largo cayado de roble rematado en oro macizo. Arrojó un muérdago al fuego y extendió el báculo—. Déjenme verla una vez más.

Las llamas se alzaron, tomando muchas formas... Creciendo y tornándose de un pálido morado brillante. La figura de una mujer de fuegos purpúreos tomó forma en aquel brasero. Sus cabellos bailaban, era flamas. Annie lo reconoció, era Julius van Maslow el Mago Morado del Crepúsculo. El espectro estiró los brazos ardientes en torno al mago morado. Pero, cuando se cerraron para abrazarlo... ella despareció. Llevada por el viento. Annie vio unas cuantas lagrimas caer desde unos ojos grises, ocultos por el ostentoso sombrero y la barba purpura descuidada.

—Los muertos deberían descansar, no ser llamados a la vida otra vez—pronunció el joven. Aunque él también tenía los ojos vidriosos.

Sentía un regusto amargo, la bilis en la garganta. El resto de la noche se volvió humo y el bullicio. Los hombres bebían y reinaban estruendosas carcajadas. Pasaron junto a uno dormido o... posiblemente muerto, que apestaba a ron. Un jaque vestido solo con unos pantalones le lanzó una espada fina a un magician de capa roja, mientras lo maldecía.

—Te reto, Alfred Van Lene—clamó el jaque—. Espadas. Un duele de espadas. Donde los magos cobardes quedan indefensos.

El magician tenía una horrorosa cicatriz en un ojo ciego. Era alto e imponente, de hombros anchos y unos brazos como fuelles. Pateó la fina espada a sus pies, lejos de si, y desenvainó un grueso mandoble entre palabras obscenas. Olió su esencia: pelo quemado y a incendios... Un demonio rojo. Las rodillas le temblaban con mirarlo, ese hombre debió haber quemado vivas a un centenar de personas. Lo podía ver, sentir, todo ese dolor escociéndole la piel. El nombre Alfred Van Lene le sonaba... De alguna de las historias de Sir Cedric.

El jaque sonrió enseñando unos cuantos dientes de plata. Tenía un pecho musculoso enmarcado en sigilos de Maeglafia. Símbolos de una antigua lengua. Marcas azules que evocaban poder. Levantó los brazos, apretando los gruesos omoplatos y describió un fiero arco, con un destello plateado que impresionó al público. Empuñaba una espada ágil y grácil, elegante, comparada con el grueso mandoble de Alfred. El magician de la cicatriz se quitó la capa, dejándola en el suelo. Abajo llevaba una túnica negra que se le ceñía al robusto cuerpo. Los sigilos azules del jaque brillaban cuando se movía: pasaban del azul al verde y luego al dorado. Sin más... Se lanzó sobre el otro.

Fue el movimiento más rápido, fuerte y brutal que había visto. El magician iba a levantar la espada para detenerlo, pero lo pensó mejor y retrocedió. La hoja cortó el aire con tanta fuerza que los oídos de Annie silbaron. El jaque siguió atacando, bailaba con mucha agilidad, evadiendo al hombre de la cicatriz que apenas se defendía. Describió un círculo alrededor de los tajos violentos de su oponente, dando estocadas, cortando... el magician retrocedió bañado en sudor.

Sangraba por un centenar de cortes a través de la túnica ceñida, parecía un borracho dando tumbos. Alfred Van Lene, herido, aulló y describió círculos con torpeza. Sus pies buscaban al jaque... Dolorido, se acercó como una presa rabiosa. Estiró un largo brazo y tomó la muñeca del jaque en un movimiento desesperado. Lo lanzó al suelo con estrépito.

Annie pensó que se lo había roto. Alfred se lanzó, quería rematar al jaque... que se levantó rápido como un zorro. Esquivó el grueso mandoble y con un limpio tajo le cortó el vientre al magician. Un horroroso grito se levantó por encima del escándalo de la multitud. Alfred parecía que iba a morir, por la forma en que se apretaba los intestinos salidos... Eran serpientes azules que salían de su interior. Famélico, casi sintió lastima por él. Sentía mucha repulsión. Ver toda esa sangre la hizo abrazar al alquimista. Por otro lado, los ebrios vociferaban maldiciones y bebían como si fuera una pelea de perros.

Un cuerno de vino voló desde la multitud, trazó una curva en el aire y se estrelló con Alfred Van Lene. El vino ardiente chorreaba sobre el perdedor, lamiendo sus heridas con ferocidad y corrosión. Se retorció por el ardor como un gusano.

El jaque inclinó la cabeza, depuso su espada y se alejó un poco malogrado. Pero el magician herido soltó un gruñido casi animal. Susurró unas palabras y de su brazo brotó una lengua de fuego dorado, que envolvió al jaque... con un quejido. El aire se cubrió del aroma a pelo quemado y piel chamuscada. Su piel saltó con un chisporroteo grasiento. Una pincelada de perfume de... «Grosellas».

«Una casa vieja que arde en llamas... junto con viejos recuerdos—Annie intuyó un pensamiento flotante, lo captó—. ¿De quién era aquel pensamiento?».

El grueso y afilado mandoble de Alfred Van Lene, el mago de la cicatriz... se abrió paso en la sien del jaque envuelto en llamas. Esparciendo un reguero de sesos, huesos y sangre por los adoquines... uno de los ojos cayó cerca de donde estaba. Annie soltó un grito, y se dobló por la cintura con horcadas. El joven le cubrió los ojos y la envolvió con su cuerpo. Olió un perfume de azafrán, apartando las náuseas de su mente.

—Vámonos.

El lugar rompió en festejos, vítores, aplausos y el chocar de las bebidas. La capa negra del alquimista la envolvió, llevándola con cuidado a un sitio lejos del ajetreo y el olor ferroso. Cuando abrió los ojos... estaba lejos del ruido, de la sangre, de los hombres y las mujeres malvadas. De duelos a muerte y peleas encarnizadas. De todo, menos de aquel... ¿aquel? No sabía su nombre. Estuvo toda la noche con un misterioso joven atractivo.

—¿Cuál es tu nombre?—Preguntó, risueña.

—Soy Sam Wesen.

—Aja—sin darse, cuenta lo tenía tomado de la mano. El guante era terso y duro—. Y yo soy la hija pérdida de Courbet.

—No tengo problemas con ello.

—¿Sam?

—¿Sí?

—¿Por qué lo mató? Es decir... Había perdido la batalla. Ninguno debió morir... Ellos solo se mataron sin necesidad de motivos claros.

—Así es la vida—los ojos sangrientos de Sam lanzaron destellos acuosos—. No se deja de luchar... hasta que se muere. El morir implica dejar atrás todo por lo que has peleado. Los primeros que habitaron esta isla debieron sentirse frustrados. Estaban muertos, pero por alguna razón seguían caminando, arañando el suelo y teniendo hijos infelices.

—Fue horrible.

—No debió ver eso. Suele pasar a estas horas del festival. Cuando las bebidas ya han destruido el pensamiento racional. Los jaques huidizos o los magos errantes borrachos, retan a los magicians. El juramento otorga un comportamiento a la altura del estatus, que conlleva el cargo de protector. La mayoría ignora estos berrinches, pero, pasa que los magicians más belicosos son los que ceden ante estas provocaciones.

—¿Por qué te llamas como un héroe de la antigüedad?

—Porque sí.

—¿Los Wesen no estaba extintos?

—En los huesos—Sam se pasó un dedo por los labios.

—¿Tus padres estaban obsesionados con el Héroe Rojo?

—Haces muchas preguntas, Annie—un brillo húmedo cubría su boca. Sus labios rojos manaban un fragante aroma.

Sus manos tomaron su cintura con suavidad, la atrajo. Su pequeño cuerpo se pegó al suyo. Sentía su calor ¿O ella estaba acalorada? Era un palmo más alto y la miraba, no a ella, a sus ojos... ¿a sus labios? Su rostro se acercó, aquellos ojos sangrientos se desvanecieron. Annie entreabrió los labios, esperando. Sam estampó su boca. Su beso era un cosquilleo en toda la cara. Una corriente energética recorrió su cuerpo a toda velocidad, dando vueltas y retumbando. Sus labios eran miel pegajosa y suave, tenían un afrodisiaco más poderoso que la Lujuria impregnado en la carne... Era un beso suave, quizás el más suave que sentiría en su vida. Sus bocas se unieron, existía pasión, ternura, gentileza... El calor le nació en la boca con un profundo ardor y le recorrió el pecho, el estómago, los intestinos, el vientre. No necesitaba respirar pues sus pulmones se llenaban de calor... ¿Era amor? El exquisito dulzor del azafrán la hipnotizó. Sintió que se derretía a sus pies. Indigna de besar a tal creación. Cuando el beso terminó, tenía la respiración acelerada. El rostro gentil de Sam apareció flotando ante ella con una sonrisa.

—¿Estoy soñando?—dijo sin pensar.

—Quizás —le respondió. Su aliento olía a canela, nuez moscada, vino picante y... «azafrán». Quemaba en la nariz. Su esencia hermosa era un perfume de rosas, mezclado con un profundo abandono—. Dicen que morir es como soñar. Pero yo pienso que es mejor vivir.

La besó otra vez, con soltura... Sus manos acariciaban su cabello, sus finos rizos de oro fundido eran estirados por los dedos cálidos de Sam. Sus bocas se unían en una batalla de placeres. Quería besarla, devorarlo, poseerlo. La euforia, espesa, le nublaba el juicio. Tocarlo era lo mejor. Quería sentirlo con cada gramo de su ser.

—Te necesito—confesó Sam... casi como un susurro.

—Y yo a ti—su mundo consistía en besarlo. Toda la noche. Que aquel sueño no acabara nunca. Sam deshizo el beso, y se acercó a su oreja. Su respiración la puso a temblar.

—Estás bajo mi control—ordenó, existía un poder absoluto en el tono bajo de su voz. Annie se sintió flotar en una nube de algodón mientras le susurraba. Aquellos ojos rojos lanzaban chispas ondulantes. La sensación de placer se volvió agobiante, la poseía, la tomaba, la estiraba hasta el límite, la envolvía con fraternidad y la rompía en pedazos. Como si le hubieran quitado sus sueños y esperanzas—. ¿Estás bajo mi merced?

—Sí —susurró sin contenerse.

—Harás todo lo que te ordene.

—Sí.

Un fulgor carmesí atravesó sus entrañas. Su mente no respondía, estaba quieta mientras aquel extraño la tocaba. Bajo su merced... Lo sentía a través del camino invisible que los unía. Sus palabras resonaban huecas dentro de su cabeza.

—¿Si te pido que me entregues tu cuerpo, lo harás?

—Lo hare—asintió, cansada. Bajo su piel refulgían fuegos celestiales. No podía renunciar a las sensaciones. Su mente estaba nublada por un denso humo afrodisíaco.

—¿Robarás y matarás si te lo ordeno?—Preguntó Sam con una sonrisa lobuna. Unió sus labios con un beso húmedo.

Annie se estremeció, de su boca escapó un gemido de necesidad. En su cabeza se removían fulgores hirvientes. Entre sus piernas sentía un calor abominable. La humedad predominó entre sus muslos, con adulterio.

—Sí—con cada beso perdía control de si misma.

Su mente y cuerpo eran dos astros lejanos, cortados por velos de galaxias espirales. Se lamió los labios en busca de aquella sustancia delirante. Perdía el control... Sam se mecía bajo la fuerza inclemente de la brisa.

—Eres mía.

Capítulo 3

—Enseguida asigné a los treinta que nos enviaron, son carne fresca para los hornos—se río con una risa de pollo. Mostrando sus encías rojas, sin dientes—. El fuego los endurece y los prepara para el arduo camino de la metalurgia y el hermetismo.

«Pobres diablos», pensó Friedrich.

El calor le golpeaba el rostro, no se atrevió a dar un paso más. La mano de oricalco, de un frío vivo. Tembló... Un chico ¿o una chica? Arrastraba una carreta llena de carbones. Estaba cubierto de trapos chamuscados.

El calor rectaba por la oscuridad como si ambas fueran una misma sustancia. Las sombras ondulaban, cobrando vida. Aquella cámara laberíntica de la Maison de Noir era llamada El Estómago del Dragón, y desde el principio... Friedrich estuvo de acuerdo con aquel nombre. Estaba sudando como un demonio en el último círculo infernal. Deseaba arrancarse la capa negra, el jubón de cuero, las botas; todo... Lo único que se lo impedía era el sentido común. Allí dentro se podía prender fuego, y no quería por nada del mundo revivir aquel desgarrador momento. En ocasiones, cuando alguna emoción lo perturbaba... podía sentir las llamas consumiendo su mano.

Comodoro lo guio con una lámpara de hierro que cortaba la asfixiante oscuridad de los túneles. Según contaban, el recinto fue construido sobre un conjunto de cuevas subterráneas que mantenían a raya los accidentes alquímicos. La red de túneles era tan profunda, que uno podía pasar una vida entera recorriéndolos.

La gigantesca cámara tenía treinta y tres hornos de los cuales al menos la mitad estaban encendidos. El aire viciado apestaba a azufre, metal derretido y almizcle rancio. Comodoro entrecerró sus ojillos claros de anciano y señaló con un dedo fino y arrugado.

—Los jóvenes aún no soportan el calor—apuntó Comodoro como si alguien pudiera—. No como los grandes forjadores que trabajan el oricalco—Echó una ojeada a la mano falsa de Friedrich, enguantada... aquello siempre le disgustaba.

Un hombre curtido levantó un gran trozo de hierro al rojo vivo con unas enormes tenazas y otro, que tenía unos brazos como fuelles, se acercó con un monstruoso martillo y lo golpeó repetidas veces. Arrancando chispas del material.

—Estuve pensando en mandar a todos los jóvenes aquí—replicó Comodoro—. Con todo lo que el rey Joel nos solicitó, Lord Verrochio...

—Que se haga de la forma antigua.

El camino del alquimista consistía en aprender del conocimiento que el universo tenía para mostrar. Si todos los jóvenes eran enviados al círculo del infierno, solo saldrían vulgares herreros.

—¿Los alimentan bien?—preguntó.

Los alquimistas de la Maison de Noir fueron encomendados por orden real a buscar una panacea para la tierra, que moría día a día. En el sur, desde los campos de Pozo Obscuro hasta el Paraje, no llegaban más noticias que de plagas y pérdidas significativas en los alimentos. Aquello que ocurría, recaería en una fatalidad para la recaudación del impuesto anual de las tierras sureñas, del cual los Verrochio estaban encargados. Necesitaban los impuestos más que nunca... Para solventar los problemas que habían liberado.

—Hacemos lo que podemos con tantas bocas y pocos recursos—respondió Comodoro como quien no quiere la cosa—. Los jóvenes son muy resistentes. Hasta ahora, el sorteo ha sido muy justo y complaciente.

Friedrich asintió. En sus días de novicio había metido su mano en el saco tantas veces como fuera posible. La Maison de Noir tenía un sistema de aprendizaje muy peculiar: dictaminado por el destino. La noche de luna llena metías la mano en el saco de cuero y sacabas una esfera de material con un pensamiento grabado. El material de la esfera correspondía al lugar donde trabajarías hasta la siguiente luna llena. De esta manera, la esfera de hierro con el ogham que significaba «forjar, fuego, crear», te asignaba a aprender el arte de la metalurgia. La esfera de plata te enseñaba el conocimiento de las sustancias y su interpretación. La esfera de oro, las misteriosas enseñanzas del hermetismo. La esfera de oricalco te llevaba a estudiar con los grandes acólitos los dones de los alquimistas.

Comodoro lo llevó con los artesanos que habían tenido la mala suerte de sacar la esfera de madera (nunca le gustó la artesanía). Friedrich había encargado la construcción de trabuquetes, escorpiones, lanzas, hachas y otras armas bélicas que desconocía. El salón de largas mesas de madera estaba atestado de acólitos que se apretujaban, armando resortes o mecanismos, con las rudimentarias herramientas. En el fondo del salón, había un gigantesco cañón que parecía un lobo plateado con la boca abierta, una tonelada de acero sobre cuatro sendas ruedas de carro.

—Nos basamos en los bocetos y relatos de las armas de nuestros enemigos—aclaró Comodoro—. Fue bastante... complicado recrear los originales. Los diseños que recopiló Beret eran bastante detallados y precisos.

Un acólito presionó un gatillo y un pistón arrojó una saeta contra un muñeco de prueba lleno de agujeros. Ascendieron por los incontables escalones. Comodoro podría parecer muy viejo y frágil, pero se movía con soltura. Se había retirado del cargo de representante de los alquimistas hace varias generaciones. Cuando Friedrich lo conoció... ya era muy viejo. Su rostro parecía cera derretida y su mente una vieja máquina destartalada. Pero lo cierto, era que el anciano... podría ser por mucho la persona más brillante y codiciosa de la isla.

Friedrich le dedicó una mirada despectiva.

—El rey tendrá sus intenciones.

Los acólitos murmuraban que el anciano conocía el secreto del Elixir de la Larga Vida. «La vida eterna no existe». Comodoro era recatado y no compartía sus secretos. Salvo con los reyes que se lo pedían. Bajaron por empinadas escaleras de piedra, con cada escalón sentía que el aire se enfriaba. No paso mucho, hasta que exhaló una nube de vaho congelado. El frío le atravesó las ropas, acariciando su piel. Conocía el lugar al que se acercaban: la cámara de los cristales. Conservaban enormes cristales gélidos de valor incalculable, fultano, cristales raros como cuarzo, galeno y luminosita. Cristales artificiales creados con alquimia, como la esencialina... que era la cristalización de las propiedades energéticas que poseían los de sangre peculiar: la llamada «quintaesencia».

La alquimia y su aplicación traían grandeza. El universo se abría para revelar sus misterios a los que veían más allá... a los que estaban dispuestos a llegar lejos. A sacrificar su vida a cambio del enaltecido conocimiento.

Comodoro carraspeó y lo arrancó de su ensimismamiento.

—Por otro lado—sus ojos verduscos, hundidos en sus cuencas viejas destellaron. Sabía dónde iba.

—Fuegodragón—le cortó Friedrich... sintió un cosquilleo en los dedos de oricalco.

—Es un encargo imposible—replicó con una mueca, o lo que parecía ser una mueca en aquel rostro derretido y surcado de arrugas—. Los acólitos estudian y crean nuevos métodos para destilar la sustancia de manera eficiente. Pero hacerlo es sumamente peligroso, por no decir que mi señor perdió un brazo manipulando...

—¡Ya!—Friedrich apartó aquel comentario con un brusco ademán.

—Sí—Comodoro se frotó las manos blandas—. Lo estamos preparando a cantidades desmesuradas. Estamos estudiando métodos antiguos, e intentamos recrear, pero están perdidos. Es como mirar un libro cuyas páginas se despedazan. Bueno, aquel conocimiento que fue sellado por el rey Julián. Eso y otras cosas—su rostro arrugado se tensó en lo que parecía ser una sonrisa—. Si lo que he escuchado es cierto sobre Lord Friedrich. Las puertas que estamos a punto de abrir nos conducirán a un gran...

—... descubrimiento—Friedrich leyó sus pensamientos a través de sus ojillos codiciosos.

Mientras menos supiera Comodoro sobre los hallazgos que habían encontrado en la cripta de los Sisley, menos problemas tendría. Él mismo había seleccionado a los alquimistas y magicians que abrieron las tumbas. Los había silenciado con las monedas y las amenazas necesarias. Habían perturbado fuerzas desconocidas en lo profundo de las cavernas. Los terrores escondidos.

—Me he mantenido vivo por generaciones—murmuró Comodoro—. Esperando el día que uno de los reyes volviera a abrir la biblioteca.

Friedrich levantó una mano, se llevó la mano al pecho donde llevaba el colgante de oro, oculto en la túnica empapada. La llave que no tenía puerta. Estaba harto de tanta lambisconería de aquel viejo. Debía nombrar a un nuevo rector para la Maison de Noir. El anciano hizo una temblorosa reverencia.

—He escuchado a muchos de los acólitos—Comodoro se pasó la lengua por los labios marchitos—. Son solo conjeturas... Lord. Pero he oído mencionar que sería interesante estudiar a alguna de las... creaciones de Giordano Bruno. Esta prohibido crear homúnculos, por eso...

—Sir Cedric quemó todos los cadáveres—le cortó, frío—. El laboratorio ardió hasta derrumbarse. Supongo que los restos de Giordano yacen en aquella fosa, convertido en cenizas—miró el suelo con una sonrisa—. Vaya final. Un loco consumido por las llamas de la verdad... Destruido junto a sus sueños e ideales.

—Es una lástima—Comodoro negó con su cabeza floja, el cabello ralo y descolorido se estremeció—. Eran creaciones magníficas. Giordano siempre fue un alquimista excepcional... Un poco inclinado por los conocimientos impopulares. Es lamentable que una persona tan inteligente desperdicie su brillo. Pero estaba obsesionado—miró a Friedrich mientras se relamía los labios—. Sus experimentos no pudieron ser aprobados por el consejo. Él... creía estar convencido de que era importante. Continuó con la investigación a espaldas de los maestros. Bueno... Ya no importa. Si en el bosque, aún merodean algunas de sus creaciones... enviaré a los acólitos a capturarlas.

Friedrich frunció el ceño. Era cierto que Comodoro no tomó partido en la expulsión del Homúnculista de la Maison de Noir. Siempre guardó una exacerbada fascinación por el lado oscuro de la alquimia. Además, casi toda la investigación registrada sobre homúnculos se llevó a cabo por Comodoro, hace mucho... mucho tiempo.

Pasaron junto a un salón con un inmenso tragaluz circular, donde caía la luz dorada con el sol en lo alto. Alrededor del pilar de luz se congregaban un grupo de novicios, entonando un conjuro. El aire olía a electricidad. Un acólito se paseaba por el círculo de luz pregonando una enseñanza.

—La esencialina es la cristalización de la quintaesencia, que fluye en pocas familias de nuestro pueblo—vestía una larga túnica negra, ceñida con un grueso cinto de cuero y de su cuello colgaba la insignia de plata de los acólitos—. Pero no solo se encuentra en la sangre en forma de energía ionizada. También esta en todas las cosas que nos rodean, lo que conforma el todo. Es el estado primordial de la materia. Solo hay que recordárselo a la materia—a través de las siluetas de capas negras, se veía una mesa aterciopelada bañada por la luz. La escasa esencialina que podían transmutar del sol, no podía mantener una forma sólida y concisa. Parecía arenilla de vidrio descontrolada. El acolito que no era más joven que ninguno negó con la cabeza—. La esencialina es uno de las sustancias fundamentales para las reacciones. Es un poderoso reactivo y disolvente. El conocimiento de la materia es uno de los dones que debe tener un alquimista capaz de influir en el universo.

Siguieron caminando por el largo trecho poco iluminado. Friedrich dominaba siete de los doce dones del alquimista, aunque la mitad de los dones eran inservibles... si disponías de las herramientas necesarias en un taller y de Maeglafia.

—¡Señor!—Escuchó una voz jadeante a sus espaldas.

Marco se acercó con la respiración entrecortada. Cuando corría, se pisaba los ruedos de la capa negra. Tenía el pelo negro pegado al rostro sudoroso. Era otro joven que había ascendido a acólito y servía a Friedrich como lacayo. La insignia se bamboleaba en su pecho.

—Lo buscan—explicó, entrecortado.

—¿Quién?

El joven no supo que decirle. Parecía temer una reprimenda, por interrumpir a Friedrich en su recorrido por la Maison de Noir. Como representante de los alquimistas en el Castillo de la Corte debía mantenerse al tanto de las encomiendas de ellos. Aunque eso significaría pasar un día entero junto al dolor de bolas que era Comodoro.

—Una anciana—Marco tenía profusas ojeras, siempre parecía muy cansado. Si no fuera por la palabra que añadió no le hubiera dado importancia—: Una druida.

Intentó no sonreír de satisfacción.

—Fue un placer, rector Comodoro—ladeó la cabeza, como si le doliera con toda el alma despedirse.

Comodoro realizó una temblorosa reverencia. Tardaron media hora en salir de los túneles y emerger por las escaleras. El sol en lo alto acentuaba los colores a través de los anchos ventanales, pasaron bajo arcos de piedra gastada que se pegaban al techo y salieron por una puerta doble de bronce, con los siete principios del universo grabados en el idioma antiguo. La Maison de Noir estaba rodeada por gruesas murallas negras como el azabache. Quedaba fuera de la ciudad, aunque sus ramificaciones se extendían debajo. Varios árboles se refugiaban dentro, cubriendo el suelo de baldosas de mármol con una alfombra de hojas muertas. El recinto era un conjunto de torreones color carbón. Nada que ver con los cientos de túneles y cámaras secretas bajo tierra. Friedrich le lanzó una mirada despectiva a Marco.

El muchacho señaló unos árboles mientras se miraba las botas polvorientas. Allí estaba, a la sombra de un tosco olmo. Una anciana diminuta, como una niña arrugada, ataviada con una descolorida túnica marrón muy gastada y el pelo blanco en una larga trenza que casi tocaba el suelo.

—Friedrich—sus ojos marrones estaban cargados de solemnidad—. Necesito hablar contigo.

Nirvana era una de los pocos druidas del Bosque Espinoso que seguían con vida. Ellos mantenían las extintas creencias de los dioses del bosque. Heredaron los dones de la Gran Madre. Desgraciados por la esencia, refugiados en el bosque y benditos por la naturaleza.

—Marco—le hizo unas señas.

El muchacho hizo una reverencia y se fue a toda prisa.  

—Caminemos—dijo Nirvana y echó a andar con paso ligero. Se tambaleaba como si tuviera cortes en las plantas descalzas.

—¿Qué han decidido los druidas?

En la antigüedad, fueron líderes religiosos que guiaron a las tribus, mucho antes... de que llegaran los hijos de los dragones y los reyes del bosque. «Los conocimientos de la naturaleza». Iba más allá de la quintaesencia o la alquimia. Los druidas de la antigüedad conocían las estaciones y gozaban de largas vidas.

—Hace varias noches nos reunimos ante el dolmen— explicó—. Muchos de nosotros hemos desaparecido sin dejar rastro. El resta estaba asustado. No se atrevían a internarse en el corazón del bosque. Deambulan criaturas antinaturales. Aberraciones que hacen llorar a la Gran Madre y llenan de ira a los dioses antiguos—frunció el ceño. Los druidas y las profecías lo irritaba. Las supersticiones llenaban sus oídos cada día. Nirvana suspiró. Una lechuza blanca revoloteó sobre su cabeza—. Las aves migran en la dirección equivocada. Los animales mueren. La tierra se estremece. Los árboles mueren—le dedicó una mirada acusadora a Friedrich, como si toda la culpa fuera suya... Aunque en parte, lo era—. Están envenenando nuestra isla.

Friedrich sintió la bilis en la boca, escupió. Esperaba que finalmente desaparecieran. Era mejor que esos druidas se extinguieran junto al pasado manchado de polvo y sangre.

—Si viniste a decirme profecías tontas...

—¡La Gran Madre llora!—Sollozó Nirvana—. Por favor, te lo pido. Presenciamos el abrir de los sepulcros. El temblor sacudió las cámaras más profundas de la caverna. Ellos despertaron.

Se adelantó a ella dejándola atrás. Había tenido suficiente de todo y todos. La poca paciencia con la que nació, quedó atrás... durante los desperdiciados años de su solitaria y frustrante juventud. No estaba para nadie, la única persona para la que estuvo dispuesto a abandonar todo... murió hace muchos años. No había día que no pensará, por descuido... en ella.

—Todo lo que hacemos—se llevó la mano a la redecilla de oro que colgaba de su cuello, oculta—. Será para quitarles lo que nos arrebataron.

Se marchó a zancadas, sus pasos resonaban furiosos. Sentía una intolerante disolución vibrando en su mente.

—Lo he visto—replicó la anciana.

Friedrich se paró en seco, el vello de su nuca se erizó.

—¿Qué has visto?

La anciana sonrió con aquellos labios mustios, parecía idiota.

—El final de todo—su sonrisa se ensanchó aún más, decrépita—. El cielo se caía a pedazos. Los cadáveres salían de sus tumbas para matar a los vivos. Las estrellas caían machacando la tierra. Los espíritus escarlata atormentaban a los que guardan raciocinio. Los ríos se convirtieron en sangre. Te vi morir... Lord Verrochio. Un demonio de ojos rojos te arrancará el corazón.

Soltó una risa similar a la de una mula, mostrando unos dientes amarillos y feos. Friedrich se acercó a ella, decidido, y la abofeteó con su mano verdadera.

—¡Silencio, bruja!

Nirvana se limpió la sangre del labio con el dorso de la mano.

—Eres un hombre justo—volvió a sonreír mostrando sus encías viejas, sangrantes—. Recuerda esto, porque es lo que debes evitar: esperar lo imposible, llorar por lo irrecuperable y temerle a lo inevitable.

Friedrich levantó la mano para golpearla de nuevo, pero... se dio la vuelta y se marchó con las muelas apretadas.

«Un demonio de ojos rojos».

Tomó un carruaje hasta la ciudadela. El muñón que se amolda a la mano de oricalco, comenzó a picarle. El frasco no era de calidad óptima y... estalló en su mano. Un ardor severo se le clavó en la mitad del cuerpo. El fuego azul lamió su brazo hasta el codo, derritiendo la carne y el hueso carbonizado. Estaba muriendo. Los guérisseurs le habían cortado los restos de su mano con una dolorosa sierra. Habría perdido el codo, sin los cuidados de Nirvana que detuvieron la gangrena. Las cicatrices plateadas cubrían su brazo izquierdo y su costado. Su trabajo en el estudio del Fuegodragón se vio reducido a una pila de documentos que la rectoría confiscó. La Corte lo desplazó, como representante de Pozo Obscuro por su familia.

Profecías tenebrosas... Ese era el menor de sus problemas. Lord Beret tenía en cuenta, que la guarnición de Sir Cedric había desaparecido, tras su homicidio. En Pozo Obscuro se construían barcos de guerra. El reino pendía de un hilo fantasmal, faltaba un catalizador para que todo se volviera una volátil sustancia. Un informante le mencionó sobre un grupo de conspiradores ocultos en la calle Obscura. Su deber era impedir que la verdad saliera a la luz. La verdad sobre las cámaras secretas descubiertas en las profundidades de los túneles. Los secretos de Julián Sisley. La verdad detrás de la plaga que mataba los cultivos. Lo que estaba por venir

Le habían traído las tres cabezas en cofres de plata. Regalos macabros para Beret. Friedrich contempló los rostros apagados de los señores dragón con cierta vehemencia. El rostro de Lord Inferno Scrammer parecía fiero, tenía los ojos de rubí muy abiertos, con expresión consternada... mientras que Lady Scrammer reposaba con tranquilidad, en la sangre seca que alguna vez recorrió su cuerpo Conservaba el largo cabello castaño rojizo... Pero Seth.

Había conocido a Seth Scrammer cuando era un hombre entero. Era alto y fornido como un caballo, las órdenes que daba estaban cargadas de un misterioso magnetismo animal. Sin duda, dejar de caminar había sido duro para él. Los rumores decían que uno de sus subordinados lo envenenó y Seth aturdido, se cayó de una de las torres del Premieré Château. Otros decían... que Sir Cedric lo empujó.

En fin... ellos ya estaban muertos. A Seth Scrammer, la Tormenta Roja, le habían sacado los ojos con cuchillos y de las tres cabezas era la que peor se presentaba... Estaba irreconocible. Las otras eran auténticas.

—¿Cómo sabemos que es él?—Le preguntó a Sam.

—Porque yo se la corte, Lord.

El joven le sonrió de tal manera que a Friedrich le pareció repulsivo. Su cabello rojo centelleaba con destellos azules.

—Quítenlas de mi vista.

Sam hizo un gesto con la mano y sus caballeros: sir Mandrin, sir Pristine y sir Vincen, cerraron los cofres que llevaban en los brazos. Los ojos de los caballeros brillaban violáceos, malvados. Las armaduras impecables relucían con ondulaciones plateadas. Los petos esmaltados tenían detalles ostentosos. Eran las espadas de Sam, la sombra gamebunda de Lord Beret.

—¿Qué hago con ellas?

Friedrich sabía que ellos planearon el asesinato de los Scrammer. Él se había mantenido al margen, pensaba que los dragones podían convertirse en una amenaza, aunque... eliminarlos tarde o temprano, le daba igual.

—Únanlas con sus cuerpos e incinérenlos, denles un funeral apropiado. No necesitamos más almas vagando por la isla.

Sam hizo una reverencia y se marchó con los caballeros envueltos en acero, pisándole los talones. Si de Friedrich fuera la voluntad, enviaría a Sam a la Maison de Noir a servir con Comodoro, quizás encerrarlo en la cámara de los cristales hasta que se le congelaran los pensamientos. O como un rústico artesano, armando virotes y ballestas con las manos cubiertas de astillas. El joven había llegado con Beret aquella noche que los curanderos habían dado al rey por muerto. Desconocía su relación, salvo que Sam lo infiltró en el castillo a través de los túneles secretos. Hasta ahora se había mantenido a su lado, susurrando en su oído y cumpliendo sus inmundas estratagemas.

Friedrich salió del salón del trono a zancadas y se dirigió al jardín. Pronto los nobles llegarían en desbandada. El jardín de estatuas tenía a un hombre desnudo labrado de mármol en el centro de la decoración, las estatuas lo rodeaban: un unicornio, un fénix, un fauno, un dragón... Los emblemas de todas las tribus del antiguo continente.

Friedrich las detalló una a una, mientras esperaba.

—Estás eran las grandes tribus que se unificaron en el Gran Imperio... luego de las invasiones de los Scrammer—Lord Beret se le acercó desde atrás, con aquella expresión... entre frivolidad y ambición. Sus ojos grises lanzaban destellos purpúreos—. Las tribus que rondaban el territorio lejano, portaban máscaras de animales y dioses cuando iban a la guerra.

»Los Escamilla se vestían con plumas doradas. Llamaban fénix a los miembros de sus tribus que se tatuaban diseños con fuego.

»El fauno de los Archer—señaló la estatua de un hombre con cuernos y pezuñas, señaló otros—. El dragón de los Scrammer y el Unicornio de los Sisley. Los Brosse de antaño que volaban sobre alicantos dorados. Los Leroy que cabalgaban sobre ciervos plateados y la ninfa de los Verrochio.

La ninfa desnuda reposaba sobre una roca, con las piernas cruzadas, mientras se cubría los pechos abundantes. A Friedrich le gustaba mucho el símbolo de su familia, era majestuosa y temperamental. La leyenda de los Verrochio decía que la familia era el producto del amor de las hermosas ninfas, que abandonaron su santuario para unirse a los hombres que las sedujeron. Pero otras versiones de la historia contaban como las secuestraron, obligándolas a casarse con ellos. Friedrich frunció el ceño.

—Veo que sabes toda la maldita historia.

Sentía los dedos fríos de oricalco muy tensos.

—Lord—Beret se le acercó (era un palmo más bajo que Friedrich), y señaló la estatua del hombre—. ¿Qué ve allí?

—Un puto hombre—respondió secamente.

Lord Beret sonrió y las arrugas de sus mejillas se tensaron.

—Es porque los que hicieron estas estatuas sabían que... detrás de la ropa que usamos, los colores que vistamos y los símbolos que adoptemos. Todos somos humanos y nunca dejaremos de serlo. No importa en lo que nos convirtamos. Así seamos dioses o diablos... Abominaciones. Creadores de sombras. Usurpadores o... asesinos.

—¿Para qué me llamó, Beret?

—Sígame—echó a andar y Friedrich sintió el impulso de seguirlo con un ligero dolor en los ojos.

—Lo que le hicimos a los Scrammer— comenzó a decir Friedrich, dudoso.

—… es una pena—reiteró el hombrecillo—. Pero fue necesario. El envenenamiento de sir Cedric estaba a punto de salir a la luz. Vivimos una situación delicada en esta isla marginada por los dioses. Tiempos de escasez y exabruptos. Quién sabe el alboroto que hubiera causado si se supiera que las sombras del castillo asesinan a los héroes. Así se juega este juego, Friedrich. Las canciones deben tocarse con los instrumentos adecuados. El hambre, las enfermedades, los desastres, las guerras... El pueblo puede resistir sin oposición mientras tenga esperanzas de redención. Llámelo dioses o... héroes. Un dulce sueño... La esperanza. Que nos hace esperar la canción de medianoche. La más hermosa... La primera sonada nostálgica. Puede quitarle todo a un pueblo, pero nunca la esperanza de salvación. Esa es la forma de controlarlos. La canción del poder. Una pizca de redención.

Cruzaron el jardín lleno de árboles que empezaban a agonizar. Las hojas se marchitaban y cubrían el suelo. Los días se tornaban plomizos y fríos, pronto comenzarían las torrenciales lluvias. Una ligera llovizna caía sobre las losas que formaban el camino de piedra. Friedrich se pasó una mano por el largo cabello rubio.

—Tengo entendido que Sir Cedric tiene una esposa y varias hijas en Puente Blanco.

—Ya envié a algunos caballeros—Lord Beret sonreía, negando con la cabeza—. No se opondrán. El sacrificio de los Scrammer no será en vano. Me temo... que los dragones desaparecerán de la isla. Los caballeros... el Elixir Crepuscular que bebieron, ensombrece la mente y los hace más fuertes y... eficaces. Es una invención que embota el pensamiento. Un mortificador los tendría a su merced por días, antes que el efecto desaparezca. Por eso les damos de beber a nuestros caballeros juramentos del elixir.

—Más obedientes—replicó Friedrich.

Se dirigieron a la torre del Rey y subieron por la escalera de caracol hasta su habitación. Los paneles de oscurecimiento estaban colgados.

—Espero que entienda que todo lo que hacemos es para proteger a las personas. Así sea de ellas mismas. Porque el ser humano es cruel, estúpido y egoísta. Friedrich... Quítese la venda de la duda. Atrévase a confiar ciegamente. Usted sospecha lo que soy, no lo dudo. La Sociedad de Magos persigue a los individuos como yo. Personajes malvados con síntomas de egoístas. Pero poseo un sueño de prosperidad. Un ideal que podrá redimir nuestros más profundos miedos. Capaz de borrar nuestros errores. Porque cometimos una severa equivocación.

La puerta se abrió con un chirrido. Dentro lo esperaba Sam con una sábana en las manos. El rey Joel al pie de la cama, medio dormido, con la boca cerrada. Sus ojos violáceos, obscuros, reverberantes de súbito vacío. No existía vida en su semblante. Era un caparazón vacío, manipulable con mercurio e impulsos eléctricos. La sombra del rey rectaba por la pared y las palabras de la anciana druida acudieron a su mente.

«Te vi morir... Un demonio de ojos rojos te arrancaba el corazón». El sudor frío le cayó por la barbilla.

Sam desenrrollo la sabana. No sabía lo que era. Los trazos a carboncillo iban y venían formando una estructura tubular con anotaciones detalladas. Parecía un modelo compacto de cañón.

—En las costas del Paraje—habló Beret—. Una barcaza llegó flotando hasta la orilla— Sam sacó un arma. Un cañón de madera pequeño y alargado, con refuerzos de acero y una cinta gastada de cuero que colgaba del hombro—. El hombre que venía en esa barcaza estaba armado. Vestía ropas extrañas. Tenía esta arma llamada «mosquete», que dispara pequeñas balas de plomo. Sus heridas terminaron matándolo poco después. Por fortuna, estaba en el Paraje, confisque el arma para su estudio. Aplicando los hallazgos de la alquimia moderna a esta arma del otro lado del mar.

—¿Dispara?

—Pequeñas bolas de plomo—recalcó Beret—. Balas impulsadas por la rápida combustión contenida. Proveniente de las tierras más allá del mar. Nuestras tierras resultaban primitivas. El Misticismo parece obsoleto ante la eficiencia de la tecnología.

Friedrich sostuvo el mosquete. Metió el dedo en lo que parecía ser un gatillo, lo accionó y de una cámara salió despedido un humillo lleno de chispas. «Huele al infierno». Se frotó la nariz, pero sus guantes también conservaron ese olor a meados.

—Vino del otro lado—le dijo a Beret con desdén.

—Así es—se frotó las manos y sonrió muy viejo y cansado—. Estas son las armas que empuñan nuestros enemigos. Han pasado más de dos mil años. No sabemos contra que nos enfrentaremos. La prosperidad del reino requiere medidas contra el estancamiento. Debemos recuperar nuestra grandeza.

—¿Cómo sabemos que estas de nuestro lado?—Friedrich miró por el cañón del arma. Las balas entraban por la boquilla y una especie de sustancia explosiva la expulsaba. Un método simple para mortal si se aplicaba correctamente—. Bien podría estar fingiendo. Es un mago negro... Mucho más viejo de lo que aparenta. Ha hecho cosas terribles. Ha matado por sus deseos egoístas. ¿Por qué obedecería a un viejo desconocido que se cuela en el castillo... Y manipula a todos los que le rodean?

—No le pido que me obedezca, solo le pido que me siga—Beret—. Crecí en esta isla. Quiero ver cómo es el mundo... No sabemos nada de las tierras extranjeras. Quizás sea como dice la historia. El Rey Exiliado rodeó la isla con corales aserrados para impedir que el enemigo llegue. Mil o dos mil años después. El mundo entero nos olvidó. Los pecados por los que nos castigaron fueron perdonados. O quizás no...

»El mundo podría seguir en guerra. Cada día se inventan nuevas formas de destrucción. Exterminio. Algún día llegarán los navíos de guerra y no seremos nada contra ellos. La destrucción será inminente para nuestro pueblo. Con ese temor... han vivido los reyes Sisley desde tiempos inmemoriales.

»Pero existió una persona con ideales de cambio. Lo llamaban Daumier el Terrorífico, fundó el Culto del Gran Devorador con ideas de progreso. Soñaba con una isla igualitaria que aproveche todos sus recursos. Donde la principal filosofía se centre en la obtención de conocimiento y la preservación de la integridad. Profetizaba el estancamiento de la isla. Sus soluciones eran la eutanasia selectiva. Una época feliz, próspera. Pero sus métodos fueron rechazados por los Sisley de la época. El reproche contra el culto creció y fueron ejecutados por la Orden de los Wesen.

Friedrich meditó un momento. La cabeza le daba vueltas mientras el horno de su mente calentaba toda esa materia, amoldándola. Sabía que si se equivocaba, lo matarían... al igual que a Cedric.

—¿Qué necesitan de mí?—Recorrió el mosquete con los dedos.

—Todo—se frotó las manos envejecidas—. Quiero que los alquimistas de la Maison de Noir trabajen en lo que investigué durante años. Las razones por las que me expulsaron del Templo de las Gracias. Mis secretos de alquimista. He llegado muy lejos... y pienso que podría cambiarlo todo. Comodoro está al tanto, Friedrich. Lo único que tiene que hacer... es seguirnos hasta las tinieblas.

El rey lo designó como vocero, porque no podía atender las demandas de los ciudadanos debido a su delicada salud. Beret estuvo de acuerdo en dejar a Friedrich a cargo del trono. Pero... era un asiento muy incómodo. El trono de madera oscura rechinaba y los refuerzos de oro se desprendían. Estaba viejo, gastado... Vacío. Los años transcurrieron sin piedad. El calor de demasiados culos Sisley lo deterioro.

Llegaron granjeros quejándose sobre la tierra y los cultivos perdidos. Un mercader alegaba haber sido estafado por otro,, que prometió traerle un cargamento de harina de Pozo Obscuro y se esfumó en el bosque. Quejas sobre ladrones. Robos. Asesinatos. Violaciones. Un hombre mayor decía haber visto deambular a un hombre o... un animal con enormes cuernos, en los alrededores del Bosque Espinoso. Tenía un oficial en el las butacas para clasificar los casos y ordenar capturas o encarcelamientos. La situación estaba cada vez más peligrosa.

Un curtidor mató a puñaladas a su jefe porque se retrasó con el pago. El hombre no tenía nada que darle a sus hijos para comer, porque el jefe no obtenía ingresos. Mató y robó, Friedrich lo mandó a ahorcar en una plaza para demostrar que las leyes seguían impunes ante cualquier situación.

El castellano del Septième Château se presentó al salón, Argel Cassio era un desastre junto con a unos cuantos magicians de rostro demacrado. Con ellos vino un emisario de la Guardia de la Ciudad. Hizo pasar primero a Argel.

—Lord—Argel y los tres magicians hicieron una reverencia. Sus capas rojas colgaban echas jirones. En sus espaldas se mostraban los restos deshilachados del ángel Uriel, bordado en hilo de oro. Argel tenía el cabello en forma de largos rizos color arena—. La Sociedad de Magos cerró sus puertas. Les hemos enviado cartas, pero ignoran nuestro llamado. Llegamos con la esperanza de apoyo. Traemos noticias sobre las sierpes.

«Sierpes». Los engendros que durmieron durante cientos de años en la tumba del rey Julián Sisley. Criaturas espantosas creadas con alquimia antigua. Ni siquiera sabía de su existencia, antes de abrir la cripta de los reyes olvidados... Un mal había sido desatado sobre la faz de la tierra con un temblor en las profundidades de las cavernas. Argel Cassio parecía agotado, tenía profundas ojeras en el rostro atractivo y quemaduras, estaba cubierto de jolín. Los otros también parecían albergar quemaduras rosadas en el rostro. Estaban curtidos por el calor abrasivo.

—Las seguimos de cerca desde el sur—comenzó a decir—. El rectorado nos hizo llegar una petición de búsqueda. La actividad anómala en las cavernas llamó la atención de los habitantes del Paraje. La guarnición partió en su cacería, escuchando rumores de monstruos. Las cuevas del Paraje dejaban escapar el eco del derrumbe. La tierra retumbaba a su paso. Dejaban cavernas, agujeros y mataban... a la tierra con su presencia parasitaria. Teníamos a un rastreador en la guarnición bastante hábil. Podía seguir a uno de ellos... porque decía que los escuchaba retumbar a lo lejos. Estuvimos largo tiempo, intentando acorralarlos mientras subían al norte a través de las afluencias subterráneas. Entre la montaña Pezuña y la colina Fauno existe un abrupto sendero donde convergen las cuevas subterráneas. El mapa nos mostraba las bocas de las cuevas. Dividimos el grupo, comunicándonos con señales de humo y cristales a lo largo de las cordilleras montañosas. Cuatro grupos, distanciados por montañas. Conjuramos día y noche. Nuestras evocaciones inundaron los túneles cavernosos con una tormenta de fuego abrasador. Esperábamos que salieran a la superficie, expulsados por el calor. La tierra humeaba, ardiente y agonizante. Las árboles se marchitaron. Uno de los grupos no pudo controlar la llamarada y el sendero se incendió.

»El incendio duró varios días, borrando la cobertura natural de la espesura en el Bosque Espinoso. El resplandor nos quemó la piel. Había animales quemados en los restos, montañas de cenizas y árboles chamuscados. El humo y el calor profundizaron en las extrañas de las cavernas. Estábamos en la cúspide de las montañas ardientes. Cuando... en medio del valle, la bestia emergió de la tierra calcinada con una lluvia de guijarros y terrones encendidos. Era un gusano blanco, retorciéndose con un asqueroso movimiento. La piel dura como la piedra, tachonado con cientos de escudos de cuarzo. Un gusano ciego que salía de la tierra berreando, como si de un ser infernal se tratase.

»No pudimos acercarnos al valle. Había mucho humo y... el calor no nos dejaba descender. Abrimos una brecha al infierno, presos de nuestros propios hechizos. Desde los cuatro flancos lo bombardearon con fusiles, centellas y partículas ionizadas. Las proyecciones desprendían trozos de su coraza. Pero... La sierpe se descontroló y subió a una montaña. Intentamos cortarle el paso... mientras aquella criatura ciega subía hasta las cordilleras. Los magicians se tambaleaban con el retumbar. Estábamos allí... frente a las puertas de la muerte.

»Tuvimos miedo—su mirada distante revelaba que se había meado en los pantalones como ninguno—. Me he enfrentado a magos negros peligrosos y malvados. A criaturas que no deberían existir en lo profundo de las cienegas. Pero... nunca a un monstruo tan grande. Las centellas purpúreas se estrellaban contra su coraza pálida... Subió a cada cordillera, destruyendo las defensas de los magos y triturando sus cuerpos en sus fauces. Lo rociamos con Evocaciones Elementales de Combustión. Penetramos en su piel con poderosas Evocaciones de Ionización Estática, tan potentes como truenos. Lo azotamos con corrientes de aire capaces de arrancar árboles de sus raíces. Inclusive llegamos a disolver sus escamas con una Evocación de Distorsión de Sólidos. Estábamos desesperados por exterminar a ese monstruo... Ninguno se sentía cómodo huyendo. Somos guerreros hasta el final. Éramos el último grupo que quedaba en una montaña que se mecía, a punto de derrumbarse.

»Vi a una mujer, no mayor que yo... acercarse con la espada en la mano y enterrarla en esa bestia en llamas. Murió, aplastada... como un gusano que revienta en una suela. No creí que llegaría ese día... Las Proyecciones y las Evocaciones que conjurábamos no le hacían efecto. Solté mi espada cuando la sierpe estuvo frente a mí. Devoró a un hombre de un bocado. Lo hizo trizas con una explosión de entrañas. Por dentro, era dientes maltrechos y hedor. Tragaba personas, árboles, piedras, caballos... Todo lo que entraba en aquella muralla dentada desaparecía. Eran mil cadáveres putrefactos, nunca había olido algo tan desagradable. Mi alma se impregnó con aquel aroma nauseabundo. Tenía ganas de vomitar… Me hubiera matado, si uno de mis magicians no me hubiera cubierto con su reflejo. Aquellos dientes nos envolvieron, cerrándose a nuestro alrededor, pero no pudieron tocarnos. Estaba paralizado, con los pantalones manchados de orina. Mientras aquel animal del tamaño de una embarcación nos envolvía con sus fauces rezumando desechos.

»Regresé en mí cuando el reflejo parecía debilitarse. Tomé el hombro de mi compañero, que de alguna forma, extendía una parte suya, para detener a aquel monstruo gigante. Saqué la varita de mi bolsillo gritando una Imagen Elemental. Se sumaron otros reflejas, obstruyendo la mandíbula del gusano. Unos cuantos magicians junto a mí, hacían estallar proyecciones en su boca, destrozando colmillos y reventando músculos endurecidos. Evoqué un relámpago, vibrando, energético, desde la punta de mi varita. El chorro morado de energía galvanizada inundó esa boca monstruosa llegando hasta la profundidad de aquella garganta cavernosa. Escuché sus venas reventar por dentro. Sus espasmos violentos aplastaba los árboles calcinados. Murió entre violentos retorcijones. Todos habían muerto. El cadáver de la sierpe estaba ensartada con picas y lanzas, atravesando su carne blancuzca y escamada, quebradas. Sus heridas despedían un hedor supurante. Vimos el tamaño real de aquel demonio. Era tan grande, que ni treinta personas, tomadas de la mano. Lo rodeaban. ¿Qué era eso, Lord? Aquellos monstruos solo viven en leyendas. Todos mis magicians murieron. ¡Todos! ¡Se acabo! ¡Exponga a la Sociedad de Magos mi deserción! ¡Le pedí apoyo a la apoyo a la rectoría y nunca llegaron! ¡Están todos muertos!

Argel se desabrochó la capa roja y la tiró a los pies de Friedrich en el trono. Llevaba un jubón de cuero duro, manchado, rasgado y del cinto colgaba una vaina sin espada. Sus pantalones quemados y sus botas derretidas. Escupió al suelo y se marchó. Los otros magicians lo imitaron, renunciaron a sus capas angelicales y se marcharon con el orgullo enaltecido.

Friedrich hubiera ordenado que los detuvieran y los ahorquen, pero... solo eran hombres y mujeres quebrados. Debía dejarlos marchar, aunque no era su deber. Ellos eran los primeros de una larga fila. El emisario del Fuerte del Ciervos tampoco era portador de buenas noticias, su mensaje fue más breve. Decía que unos intrusos habían entrado a hurtadillas al castillo, habían robado una de las cajas con los hallazgos de las criptas y mataron a ocho guardias. Friedrich dobló la guardia nocturna y cerró las puertas de la ciudad. Se trataba de uno de los hallazgos y debía encontrarlo antes que saliera a la luz que los alquimistas habían profanado las tumbas de los ancestros. El pueblo era supersticioso y no tardaría en echarles la culpa por las desgracias acontecidas.

Las audiencias en el salón cesaron. El cielo se había tornado rosado y cayó una tenue llovizna fría. Lágrimas rojas de nubes carmesí. El oscurecido cielo otoñal, sin estrellas... Amparaba sus sueños. Recuerdos de camas ensangrentadas y besos de despedida. Subió al adarve de la muralla, mientras el viento y la lluvia le golpeaba el rostro. Pensó en Annie y se llevó los dedos de oricalco al colgante oculto en su pecho. El informante siempre era una silueta alta, delgada y sombría. Parecía la muerte, oculta en la holgada capa negra con la capucha calada. Chorreaba agua a medida que la tormenta crecía en intensidad. Aquellos ojos azules como el hielo le escudriñaban el rostro.

—¿Ahora eres el nuevo rey?—Le preguntó el informante.

Bajo la sombra de la torre, se fundía aquella forma humana... como un ente de oscuridad, irreal. El cielo se precipitaba sobre ellos. La lluvia duraría toda la noche. El suelo se mostraba distante desde el adarve. La sensación de vértigo lo invadía al mirar las estatuas chorreantes y los charcos oscuros. Sería tan fácil saltar ¿o caerse? Friedrich negó con la cabeza y el cabello rubio empapado se arremolinó en sus mejillas con picor.

—Eso no os incumbe.

—Como quieras.

—¿Qué sabes del creciente grupo que se oculta en el Bosque Espinoso?—Habían desaparecido dos o tres carromatos. Varias personas. Guardias habían desertado. Incluso algunos magicians abandonaron los Château. El movimiento de un creciente grupo detrás del escenario estaba susurrando a través de las telas. Preocupando a Friedrich.

El informante se encogió de hombros.

—Unas dos, o tres cosas más que tú—masculló. Friedrich sacó un monedero de su bolsillo y se lo lanzó a los pies. Las monedas resonaron al golpear la piedra. El hombre las recogió, sacó unas monedas de oro y mordió una. Solo así comenzó a hablar de verdad... con un poco de oro en la boca—. Ellos... son los que roban los carros de los mercaderes. Son como ratas... que roen lo que pueden. Escuché que su número crece cada día. Supongo... que si deben ser ratas.

—¿Cuántos?

—No muchos—el informante caviló un rato antes de responder—. Pero... los seguidores aparecen de todas partes. Hombres y mujeres resentidos contra las injusticias del reino.

«Un ejército de rebeldes», pensó en Annie y en lo que podría pasarle. Pensó en terribles ejércitos. Turbas enardecidas. Ríos manchados con sangre y cuerpos desmembrados. Hombres ahorcados. Centellas.  Recordó las últimas palabras de su esposa: «Annie... Cuídala por favor. Annie». Batallas encarnizadas con montañas de cadáveres apilados. Manchas oscuras... Camas sangrantes. El llanto de una niña desahuciada. Gritos de dolor. Espadas de madera. Un orgasmo de despedida.

—¿Quién los dirige?—Aún podría hacer algo... antes de que un conflicto se presentase.

El informante se encogió de hombros en un gesto que a Friedrich le pareció repulsivo.

—Solo escuché rumores de quién obedezco.

—¡Dímelo!

—No son rumores baratos.

Friedrich apretó el puño de oricalco, rabioso... golpeó la aspillera a su lado, la piedra se resquebrajó con un sonoro crujido. El polvo le cubrió el guante desgarrado. El trozo de ladrillo cayó, súbitamente, al vacío negro de la tormenta. Una brisa helada le levantó la capa mojada. El informante retrocedió un paso, no sabía si estaba atemorizado o dudoso.

—¡Te mandaré a ejecutar!—lo amenazó sin dudar, señalándole con un dedo—. ¿Quieres eso?

—Planeo estar muy lejos cuando esa orden sea dada, Lord Verrochio—parecía sonreírle bajo la capucha calada—. Con un buen botín... estaría más que dispuesto a hablarle toda la noche. Suficiente dinero para vivir bien el resto de lo que va a ocurrir. Aunque... puede que me quedé corto.

Friedrich sintió ganas de arrojarlo del adarve. Pero las suelas de sus botas estaban gastadas y el suelo mojado. El informante se veía delgado y ágil, podría huir. No quería arriesgarse. No ahora, cuando estaba ante las puertas de la decisión.

—Bien—fue todo lo que dijo—. Ahora habla.

—Recibe cartas todo el tiempo de los movimientos de la Corte. Sabe casi todo lo que ha ocurrido. Ustedes creen que los mataron a todos. Pero no... Uno sobrevivió. En el sur, en un pueblito conocido como Rocca Helena, coronaron a un Rey Dragón. No sé quién sea... de verdad. Se supone que asesinaron a todos los Scrammer. Tengo entendido que podría ser un truco para atraer seguidores. Un nuevo rey se levanta en el sur atrayendo ratoncillos hambrientos a su rebelión.

»Los comprendo... al ver todo lo que están haciendo con esta pobre isla olvidada. Creyeron que la gente se iba a aguantar la ruina y miseria como niños buenos. El pueblo sospecha lo de aquel temblor, creen que está vinculado con las plagas y la peste sureña. Es como si... pidieran un derrocamiento. En silencio... Se cantan canciones de guerra. ¿Escuchas aquella poesía heroica?

—Es un usurpador—replicó Friedrich. Aquel Rey Dragón no era más que otro impostor—. La rebelión frustrada de los dragones contra el rey Julián Sisley es un gran ejemplo de lo que pasará. Es ridículo seguir a un dragón feroz incapaz de gobernar.

—Piensa lo que quieras. Nuestro pueblo ha sufrido demasiado por las guerras que arrasaron el mundo antiguo. Creo que... tú puedes hacer algo, quien sabe. Yo pienso que cualquiera puede hacer la diferencia.

—Solo eres un traidor codicioso.

El informante se encogió de hombros, burlón.

—Sí—puso los ojos en blanco, la rabia mancilló sus palabras—. ¿A quién no le gustaría ser rico? Comer bien todos los días. No vestirse con harapos. Buscar una buena mujer y criar a los niños... sin saber lo que es la pobreza, el hambre y el dolor. ¿Acaso eso no es un sueño feliz? ¿Un sueño de redención para las almas perdidas?

—¿Y el honor?

—El honor no se come—mostró una sonrisa torcida—. La gente de esta isla lo sabrá dentro de poco... Todos vendrán aquí y se pasarán tu honor por el culo. Así que—escupió al adarve—... eso es por tu honor.

Friedrich sentía las mejillas encendidas.

—Una cosa más—bramó—. ¿Qué se robaron y dónde está?

El informante se bajó la capucha, tenía una herida suturada en la frente pálida del rostro huesudo.

—Se suponía que no debíamos robar nada—suspiró, su cabello pálido se empapó—. Pero no salió como esperaba. Engañé a esos dos que iban conmigo a una trampa... Pero los guardias traicionaron al traidor. ¿No te parece una ocurrencia divertida? En fin, esta en la biblioteca de la calle Obscura. Es lo que buscaban con tanto anhelo de todos modos. Los alquimistas y su obsesión por lo oculto.

—Muy bien—terció Friedrich. Antes de marcharse tenía una pregunta incómoda martillando en su cabeza—. ¿Para quién trabajas?

—Eso es lo único que no puedo decirte, porque no lo sé—El informante sonrió, tenía una sonrisa muy blanca y bonita—. Épocas de monstruos. Héroes caídos. Emblemas rotos. Sueños redimidos y esperanzas vacías. Reyes enigmáticos y magos oscuros. Secretos y misterios.

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