El olor a lejía y la voz del funcionario me golpearon al mismo tiempo.
"Lo siento, señora, pero el niño no puede ser inscrito..."
Abrí los ojos de golpe. Estaba de vuelta en el ayuntamiento. El mismo día. El mismo momento.
Leo estaba a mi lado, tirando de mi falda, su carita llena de confusión.
Estoy viva.
Leo está aquí.
Una furia helada, pura y afilada, reemplazó el pánico. Esta vez, no habría súplicas. No habría lágrimas.
No habría un autobús a Madrid.
Tomé a Leo de la mano, su pequeña palma cálida en la mía. Ignoré al funcionario y salí directamente del edificio.
No fui a casa. No llamé a Javier.
Caminé directamente a la plaza del pueblo, al bar donde los hombres se reunían después del trabajo. Sabía que el alcalde y varios concejales estarían allí.
Entré, con la cabeza alta, llevando a mi hijo de la mano. El ruido de las conversaciones se detuvo.
"Mi marido," dije, mi voz resonando en el silencio, "el Guardia Civil Javier Pérez, destinado en Madrid, es un bígamo."
Sostuve en alto el certificado de matrimonio y el de nacimiento de Leo.
"Tiene otra familia en Madrid. Ha registrado al hijo de su amante como suyo, mientras que a su propio hijo, a Leo, lo deja aquí para que lo llamen bastardo y le nieguen la escuela."
El alcalde se atragantó con su vino.
"Y si el Cuerpo de la Guardia Civil no hace nada," continué, mi mirada fija en él, "si mi hijo no obtiene sus derechos, mañana mismo estaré en la puerta del periódico de Sevilla, contándoles toda la historia. Con nombres, fechas y documentos."
El pánico se extendió por sus rostros. La reputación de la Guardia Civil, en un pueblo pequeño, lo era todo.
"Sofía, por favor, cálmate..." empezó el alcalde.
"No," lo interrumpí. "Ya he estado calmada demasiado tiempo."
Me di la vuelta y salí, dejando un silencio atronador a mis espaldas.
La guerra había comenzado.