Capítulo 2
Diferentes puntos de vista
DAFNE
Estaba tan… tan… ¿Cuál era la palabra? ¿Furiosa? ¿Enfadada? ¿Rabiosa? Digamos que estaba las tres cosas juntas y con unas terribles ganas de cometer un asesinato. Había visto las suficientes series de televisión para saber cómo matar a alguien y ocultar el cadáver, además, su padre era policía y su madre fiscal, conocía de sobra las leyes del país y eso le permitía poder usarlas a su favor.
Una vez más, restregó su mano derecha contra sus labios, ¡ese cabrón la había besado! ¡La había besado por sorpresa, así sin más! Volvió a frotarse los labios con fuerza intentando eliminar el hormigueo que aún sentía sobre la piel. ¡¿Cómo se había atrevido?! Se tiró sobre la cama y se puso a patalear un buen rato sobre ella; hasta que, cansada, hundió la cabeza en la almohada.
Pero esto no iba a quedar así, de eso nada… Iba a vengarse, y su venganza sería terrible; que ese idiota no creyese que iba a mancillar sus labios e iba a quedar impune. Apretó la almohada entre sus manos y luego apretó la cabeza sobre ella para comenzar a gritar insultos. Realmente no sabía con quién estaba más enfadada, si con el imbécil de Damián por besarla, o con ella misma por no haberle partido la cara allí mismo. De hecho, su reacción fue de lo más patética; se quedó quieta, callada y sonrojada… y cuando por fin reaccionó, con grandes instintos asesinos, Damián ya se había marchado de la cafetería, aunque claro, el muy cobarde había huido nada más separarse de ella.
Ese chico podía darse por muerto.
De todas las putadas que se habían hecho durante todos estos años, esta había sido la peor. ¡¿En qué narices estaba pensando cuando decidió besarla?! Obviamente, lo había hecho como venganza por haberle tirado el plato de comida encima y humillarlo, pero había una línea que no debían cruzar y Damián la había ignorado por completo. De hecho, el falso pelirrojo había pisoteado esa línea y posteriormente bailado sobre ella.
Estrujó la almohada antes de lanzar un gruñido y tirarla contra el escritorio. Llevaba un par de horas encerrada en su habitación con un humor de perros pensando en una buena forma de vengarse, pero ninguna idea le parecía lo bastante cruel. Únicamente la idea de ver su cabeza clavada en una pica la satisfacía.
—¿Qué haces? —preguntó Ann entrando por la puerta y sentándose de un ágil salto sobre su escritorio.
Dafne miró a su amiga. Annalise era su mejor amiga desde que la conoció, con unos cinco o seis años; ella era su alma gemela en el tema de las travesuras, y una gran amiga que le proporcionaba apoyo moral en todo. Físicamente era una chica delgada y bastante atlética (como ella), tenía el rostro ligeramente redondeado, el cabello rubio —como toda inglesa— y muy largo, y unos brillantes ojos azules. Pero que su dulce y delicada apariencia de ángel caído del cielo no os engañase, ella era un demonio, un lobo con piel de cordero, una mujer de armas tomar… Iba quedando clara la idea, ¿no? Ann era muy inteligente y, por suerte para ella, esa inteligencia la usaba para el mal, siempre con indicaciones suyas para que ese mal diese frutos rápidos y divertidos.
—Estoy pensando en formas de joderle la vida a Damián —contestó Dafne mirando hacia su amiga, la rubia cruzó las piernas elegantemente y la miró.
—¿Y se puede saber qué te hizo hoy? —curioseó la rubia mirándola con interés, Dafne gruñó y meditó unos instantes si debía o no contarle lo sucedido; al final, se decantó por hacerlo, al fin y al cabo, ellas no se ocultaban nada.
—El muy desgraciado me besó des…
—¡¿Cómo que te besó?! —exclamó Ann abriendo los ojos de forma desorbitada e interrumpiéndola—. ¿Y besa bien?
—¡Ann! ¡Ese imbécil me besó por sorpresa para humillarme y dejarme en ridículo delante de toda la facultad! —indicó ella poniéndose en pie de la rabia y lanzándole una mirada atemorizante—. Voy a matarlo, te juro que voy a matarlo.
—¿Pero besa bien? —Dafne le lanzó una mirada asesina y la rubia entendió que, si no quería morir, sería mejor que dejase ese tema—.
¿Y en qué has pensado?
—En arrancarle la cabeza y clavarla en una pica, como en Juego de Tronos* —expuso Dafne con ojos brillantes; Ann suspiró, y ella la miró—. ¿Qué? Me besó sin mi autorización, merece morir.
Juego de Tronos*: Serie americana de fantasía, la cual es adaptación de la novela escrita del mismo género: Una canción de hielo y fuego.
—Vamos, que no tienes ideas —dijo Ann.
—Oye, oye… sí que tengo ideas, arrancarle los ojos con un sacacorchos es una idea.
—¿Alguna idea en la que no lo mutiles y que no acabe con nosotras arrestadas? —preguntó Ann; Dafne se quedó unos segundos en silencio repasando sus planes, hasta que negó.
—Lo suponía —indicó su amiga poniéndose en pie. Dafne la vio dar un par de vueltas, para luego detenerse y mirarla con media sonrisa—. Tengo una idea, ¿qué te parece ignorarlo durante un par de días?
—¡¿Quién eres tú y qué has hecho con mi mejor amiga?! —bramó Dafne tomándola de los hombros y zarandeándola de un lado a otro.
—Ay… me mareo —murmuró Ann. Dafne se separó de ella dispuesta a darle dos guantazos para que volviese en sí, pero la rubia aprovechó el momento para tirarse sobre el puf * nuevo que había comprado—. Piénsalo bien, Damián está esperando tu venganza y que mañana montes una escena. Por lo que si no haces nada lo desorientarás, y estará tan confuso que se herirá a sí mismo.
Puf*: Es un asiento relleno de un material blando cubierto por una tela rígida que puede ser de diferentes materiales. El relleno es de trozos de poliestireno, lo que hace al asiento adaptable a diferentes espacios y usos.
—Ann, que no es un pokemon —recordó Dafne.
—Bien, pues como futura psicóloga te digo que lo ignores, ya verás que se queda hecho un lío; de hecho, mañana voy a escaparme de alguna de mis clases, para poder ver cómo mi teoría se demuestra —aseguró la rubia, Dafne rodó los ojos y se tiró sobre su cama con los brazos abiertos.
Desde que había empezado la carrera de Psicología no había quien la soportase; haciendo perfiles de todo el mundo, analizándolos como si fueran conejillos de indias, por no mencionar que se compró un diván para su dormitorio y que había empezado a pasar consulta a algunos vecinos. Pero tenía que reconocer que era una psicóloga muy buena y analizaba muy bien a sus pacientes; así que, si ella recomendaba ignorar al pelirrojo, lo haría. Por primera vez en diecinueve años ignoraría a Damián, sonrió de medio lado, ¿de verdad se desconcertaría?
—Matt está empezando a sospechar —habló Ann mirándola con preocupación.
Dafne asintió, sabía a lo que se refería. Ann llevaba un mes saliendo en secreto con Kyle, una especie de científico loco adicto a llevar sudaderas de colores. Era un buen chico y quería mucho a su amiga, pero el problema (y la principal razón por la que estaban saliendo en secreto) era el superprotector hermano mayor de la rubia. Matt era una de las personas más increíbles que había conocido en su vida, era guapo, inteligente, valiente, audaz, capaz de crear una estrategia de combate en cuestión de segundos, conocía todos los trucos de los videojuegos y era el mejor amigo de su hermana; pero el chico había desarrollado un exagerado sentido de la protección sobre Ann y Nora.
Actualmente, solo ella y Nora tenían conocimiento de la relación de Ann con Kyle y, pese a que Nora había insistido en que lo mejor era contarle la verdad a Matt, ni Ann ni Kyle estaban por la labor. Siendo sincera, había empezado a pensar que eso de estar saliendo en secreto les daba morbo.
—Oye, oye… deberías decírselo —dijo Dafne, Ann enarcó una ceja.
—El beso con Damien te ha trastornado.
—Se llama Damián, y no me recuerdes ese horrible momento. Ann soltó una carcajada y ella infló las mejillas con enojo.
—Me lavé los dientes cinco veces y gasté todo el enjuague bucal.
—Podríamos coger cucarachas, escacharlas y metérselas en la comida —propuso Ann, ella ladeó la cabeza.
No era mala idea, pero el que no hubiese sangre de por medio la desanimó un poco.
—Sé que puedes pensar en algo mejor. —Dafne miró hacia Ann y la rubia asintió convencida.
—Mmm… hay algo que me tiene intrigada. —Dafne le hizo una señal para que hablase—. Te besó y no le partiste la cara allí mismo; sé que el decano os ha llamado la atención varias veces, pero algo así no te impediría golpearlo hasta el agotamiento.
—El muy cobarde huyó rápido, no me dio tiempo de reaccionar —explicó brevemente.
Estaba ocultando el pequeño detalle de su parálisis y sonrojo momentáneo, pero eso había sido a causa de la sorpresa; no obstante, sabía que, si se lo contaba a Ann, ella comenzaría a analizar la situación y a ella también, y no tenía ganas de que su amiga le hiciese un perfil psicológico —otra vez—. Además, la rubia sacaría conclusiones estúpidas sobre lo sucedido, y ya tenía bastante con sus pensamientos.
—Interesante… —masculló Ann llevándose la mano derecha a la barbilla para luego ponerse a mirar hacia el techo.
Dafne rodó los ojos molesta y estiró la mano para tomar una de sus zapatillas, que le lanzó a la rubia a la cabeza.
—¡No me analices! —exclamó furiosa.
—¿Tienes miedo de que descubra algo? Como, por ejemplo, ¿que te gustó besarlo? —curioseó Ann enarcando una ceja y escondiendo de forma penosa una sonrisa traviesa.
—¡¿Tú estás mal de la cabeza?! No me gustó besarlo, de hecho, fue la peor experiencia de mi vida; mírame, estoy traumatizada, ¡traumatizada por culpa de ese engendro! —chilló Dafne haciendo que su amiga comenzase a reírse de forma descontrolada, por lo que la morena le lanzó una mirada asesina antes de caminar hasta ella y tirarla del puf.
—¡Ay!
—Oye, oye… me voy a matar zombis —dijo tirándole el puf encima y abandonando la habitación.
¡A ella no le había gustado besarlo! Fue horrible, espantoso, terrible, fue como besar a un puercoespín, algo realmente asqueroso y que nada más de recordarlo le daban ganas de vomitar. ¿Gustarle? ¿A ella? Pero si sintió cómo el estómago le daba un vuelco, claramente por el asco que le había dado el contacto de los labios de Damián sobre los suyos, por no hablar del hormigueo tan extraño que sentía aún en los labios (otra muestra más del asco que sentía por ese chico). ¿Gustarle? ¿En serio? Annalise había perdido el juicio por completo. A ella jamás le gustaría besar a Damián, de hecho, «besar» y «Damián» ni siquiera deberían coexistir en una misma frase.
Caminó hasta el salón y tomó el mando de la Xbox; mataría zombis imaginándose que su cara era la del falso pelirrojo.
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DAMIÁN
…cuarenta y ocho, cuarenta y nueve, y cincuenta; contó mentalmente, deteniéndose y sacando los brazos detrás del cuello. Había hecho cincuenta abdominales, sabía que podía hacer más, pero hoy no tenía ganas; bostezó y se quedó mirando hacia el techo.
¿En qué momento de lucidez mental había decidido que era buena idea besar a la «Oye, oye»? Desde entonces llevaba todo el día con un extraño pálpito, y eso lo preocupaba, ¿esa mujer diabólica le habría pasado alguna enfermedad mortal? Porque con ella nunca se sabía; quizás debería ir mañana a hacerse un análisis de sangre, porque ese ritmo cardíaco tan acelerado no era normal. Pero tenía que reconocer que había sido un puntazo, lástima que por miedo a su integridad física huyese rápidamente; aunque la reacción de Dafne tuvo que ser espectacular, seguro que hasta escupió espuma por la boca de lo rabiosa que estaría… y quién la vería mañana, con los ojos en llamas y dando voces pidiendo su muerte.
No pudo evitar reírse con satisfacción, seguro a estas horas esa mujer estaría desquiciada y maldiciéndolo en todos los idiomas existentes.
Se puso en pie con un ágil salto y recogió la esterilla que usaba para las flexiones y los abdominales, la colocó al lado del armario y miró su habitación. Eso de tener más energía que el resto de los humanos a veces estaba bien, no solo había recogido y limpiado la cocina, sino también su dormitorio, e incluso le habían sobrado energías y se había puesto a hacer abdominales para matar el tiempo. No es que quisiera moldear aún más su cuerpo, pero cuando tu padre se dedica a castigarte haciendo flexiones o abdominales de forma tan seguida uno se acostumbra y hasta acaba por gustarte.
Se pasó la mano por el cabello y al llegar al lado izquierdo, entorno los ojos… Hacía cosa de un mes Dafne había ido a su casa obligada por su padre —que sus progenitores fueran amigos íntimos era un auténtico asco— y casualmente él estaba durmiendo, ya que se había pasado la noche entera viendo un maratón de capítulos de Mentes Criminales*. Pues a esa mujer no se le ocurrió otra cosa que raparle al cero un cuarto de cabeza, afortunadamente, se despertó; ya que el objetivo de la…¿chica? —a veces dudaba de que fuera una mujer— era raparle media cabeza, y en la otra media cortarle el pelo como si una cabra le hubiese comido el cabello. A consecuencia de ese acto terrorista contra su imagen, había tenido que ir a toda prisa a la peluquería donde, más o menos, arreglaron el desperfecto; y decía «Más o menos» porque quedó con la parte izquierda irremediablemente rapada. Lo sorprendente de todo eso fue que luego su extravagante corte de pelo se puso de moda y muchos estudiantes lo imitaron.
Mentes Criminales*: Serie estadounidense de drama criminológico.
Modas, ¿quién las entiende?
Por suerte, su cabello había crecido y ahora no quedaba tan ridículo; seguía teniendo el pelo disparejo, pero tenía que reconocer que aquello le sentaba bien, de hecho, le quedaba muy bien y los piropos del sector femenino lo demostraban.
Miró a su alrededor buscando el monopatín nuevo. Como no lo vio, decidió buscarlo debajo de la cama y ¡bingo! Sacó el monopatín negro y se lo colocó en la espalda, iría a la calle a practicar un poco.
Tomó las llaves del escritorio y se guardó la cartera en el bolsillo posterior. Después de volverse un experto en la disciplina del parkour*, o también llamado el arte del desplazamiento, decidió que sería bueno probar cosas nuevas y qué mejor que el skate. Además, las habilidades del parkour le facilitaban las cosas. Salió de su casa e inmediatamente se subió sobre el monopatín tratando de impulsarse cada vez más. Le encantaban los deportes de riesgo, le hacían sentir vivo y libre. Y hoy necesitaba sentirse así, desde el beso con la «Oye, oye» todo había sido muy raro… y lo peor de todo era que no podía sacarse esa imagen de la cabeza.
Parkour*: Disciplina física de origen francés centrada en la capacidad motriz (escalar, saltar, correr, mantener el equilibrio, etc.), consiste en desplazarse eficazmente en cualquier entorno.
¡¿Pero en qué coño había pensado?! Quería venganza, venganza por dejarlo en ridículo en la cafetería delante de toda la facultad, pero se suponía que la venganza no debía afectarle a él; tenía que hacer que ella sufriera y no dejarlo a él con ese extraño cosquilleo en el fondo del estómago durante todo el día. Joder, seguro que le había pegado alguna enfermedad, si esa chica era puro veneno y al veneno no se le besa, se destruye y punto.
Dio un pequeño salto e intentó voltear la tabla, pero lo único que consiguió fue golpearse el tobillo… bueno, a nadie le salen los trucos a la primera.
—¿Skate? —Levantó la mirada y se encontró con Ren a unos metros, por lo que le pegó una patada a la tabla hasta ponerla en posición vertical, para así poder cogerla sin apenas agacharse.
Ren era de origen japonés, como demostraban sus rasgos: ojos rasgados, piel pálida y pelo negro extremadamente liso. Al contrario que él, a Ren le gustaba llevar el pelo largo (ahora mismo lo tenía hasta el final del cuello) y siempre usaba gorros a juego con sus gafas. Otro objeto que llevaba siempre consigo era una tablet o un laptop para poder conectarse desde cualquier parte a Internet, ya que la tecnología era algo así como su obsesión. Pero tenía que reconocer que era el mejor hacker que había conocido en su vida (y había conocido a unos cuantos). De hecho, era esa gran habilidad suya de piratear cualquier cosa la que le había permitido ser uno de los jefes del Instituto Quevedo; y posteriormente, él se encargó de enseñarle defensa personal para poder enfrentarse a los líderes del instituto rival —donde, obviamente, estaba su gran enemiga Dafne dirigiendo a los alumnos.
Vio como Ren pulsaba la tablet a una velocidad increíble, se acercó a él para curiosear.
—Es divertido, ¿y tú qué haces? —Ren levantó la cabeza y señaló el semáforo.
—Trato de entrar en Tráfico para poder hacerme con el control de todos los semáforos de la ciudad, estoy harto de llegar tarde porque mi autobús coge todos los semáforos en rojo —explicó Ren con seriedad, Damián enarcó una ceja y lo miró con serias dudas sobre lo que estaba haciendo.
—Eso es un delito.
—Solo si te pillan, y créeme, no van a pillarme —dijo Ren para volver a mirar la pantalla—. Maldita sea.
—¿Ocurre algo?
—Nah… solo que voy a tardar más de lo que había pensado. —Ren guardó la tablet en su funda y miró hacia su tabla—. ¿Es que ya te cansaste de corretear y trepar por las paredes?
—No, pero pensé hacer algo diferente —comentó Damián mientras ambos comenzaban a caminar—. Ya sabes que no me gusta estar parado sin hacer nada, y como al parkour ya le cogí el truco, pues decidí probar con el skate.
—A veces me encantaría tener toda tu energía —comentó Ren mirándolo, Damián asintió con orgullo; la mayoría de las veces la gente se quejaba de su exceso de energía, por lo que debía aprovechar las raras ocasiones en las que lo alababan—. Había pensado pasarme mañana por tu facultad, la mía es demasiado aburrida. Nunca pasa nada.
El japonés no hacía sino quejarse de lo aburrida que era su facultad, pero claro, su antiguo instituto era una locura; por no mencionar la guerra que tenían con los del Instituto Góngora. Así que todos los días se los pasaban ideando planes para someter a la «Oye, oye» y al resto de jefes; y a eso había que sumarle los intentos de sublevación de varias bandas y las bromas que le gastaban a la patrulla policial que había a la entrada del instituto. Suspiró con melancolía, a veces echaba de menos el instituto y tener tanto poder… porque en Quevedo era uno de los jefes; pero en la universidad no era más que un estudiante insignificante que mantenía una guerra con un demonio disfrazado de mujer.
—Genial, así lucharemos los dos contra la «Oye, oye», como en los viejos tiempos —dijo tomando a Ren del hombro y medio abrazándolo—. Entre los dos podemos someterla y obligarla a que se rinda y reconozca que yo soy mejor y más fuerte e inteligente.
—¿Aún sigues con eso? —preguntó Ren con una mezcla de aburrimiento y diversión, Damián asintió con fuerza y el japonés se liberó de su agarre—. Sabes perfectamente que jamás reconocerá nada de eso.
—Eso ya lo veremos —contestó con total convicción.
Aunque le costase otros cincuenta años de vida, él no iba a parar hasta que Dafne Castillo reconociese que él era un ser superior y se disculpase por todos los actos criminales en contra suya que había realizado a lo largo de los años. Porque aún no olvidaba la cantidad de veces que había sido castigado e ingresado en el hospital por su culpa. El día de su venganza llegaría, tarde o temprano esa cosa con cuerpo de mujer sería derrotada; pero, por ahora, se conformaría con ver su cara de fastidio y soportar sus gritos y protestas por haberla besado. Ah… qué lindo día sería mañana.
Capítulo 3
Misión: ignorarte
DAFNE
Escuchó la canción de My Chemical Romance que tenía como despertador y levantó la cabeza, extendió la mano a duras penas y apagó ese horrible ruido. Le encantaba esa canción, pero desde que la había puesto como tono para despertarse había comenzado a odiarla, como le había ocurrido con otras tantas. Bostezó y volvió a hundir la cabeza en la almohada, quería dormir. Anoche apenas había pegado ojo pensando en trastadas que podía hacerle a Damián, pero ninguna la satisfacía; no obstante, eso no iba a impedir que le cambiase su pasta de dientes de menta por una con sabor a ajo o llenarle la cama de pegamento. Puede que esas pequeñas travesuras no la satisficieran, pero era mejor eso que permanecer quieta y parecer derrotada.
Sintió unos fuertes golpes en la puerta y rodó los ojos. Su padre tenía la manía de golpear la puerta para indicarle que ya iba siendo hora de levantarse y, si en menos de diez minutos no había salido, él mismo entraba en la habitación para sacarla por la fuerza. Así que, para evitar una disputa doméstica tan temprano, decidió ponerse en pie. Bostezó un par de veces y a continuación se estiró; descalza, caminó hasta el armario y lo abrió. Sacó de allí los primeros vaqueros que vio y una camiseta negra de manga corta en la que se leía: «I´m a bad girl and I know it»; se vistió rápidamente y cogió su cinturón de espinas que estaba al lado de una pulsera igual, por lo que también decidió tomarla. Miró el reloj del móvil y abrió la puerta, justo cuando su padre estaba a punto de golpear.
—Oye, oye… papá, cada vez me das menos tiempo —protestó saliendo del dormitorio y cerrando la puerta detrás de sí; si su progenitor veía el desastre que había montado en su cuarto le prohibiría salir durante al menos un mes —que era el tiempo que iba a tardar en limpiar todo el desorden.
—Eso es porque te conozco —indicó su padre señalándola con el dedo, para luego darse la vuelta y marcharse a la cocina, desde donde se escuchaba a su madre hablar en voz alta, seguramente practicando el alegato para el juicio que tenía hoy.
Respiró hondo y se metió en el baño, se lavó el rostro con rapidez y se hizo una coleta alta; aunque por alguna extraña razón, seguía pareciendo despeinada. Bueno, daba igual… de todas formas le quedaba bien, se sonrió a sí misma y volvió a su habitación, tomó la mochila que usaba para llevar los libros y libretas y se dirigió a la cocina.
—¿Y Nora? —preguntó a su madre, que en esos momentos leía unos papeles mientras tomaba el café.
Su madre era una mujer alta y esbelta de rasgos delicados y sofisticados, pero a la vez imponía respeto. Tenía el cabello largo y castaño oscuro como ella y Nora, al igual que sus ojos, que también eran de color miel, pero ahí acaba todo su parecido. Si su madre era sofisticada, ella era más ruda, menos fina y más heavy. Su madre apartó la mirada de sus anotaciones y centró sus ojos en ella.
—Matt vino hace unos minutos diciendo que tenía que ayudarlo con una operación de espionaje o algo así —dijo su madre, Dafne untó la mantequilla en la tostada; seguramente Matt quería espiar a Ann para descubrir quién era su novio, así que debía avisar a su amiga cuanto antes—. ¿Quieres que te lleve a la universidad?
—No hace falta, me voy con Ann y Triz —contestó ella tomando un buen trago de leche mientras masticaba la tostada.
—¿Vas con Triz en su coche? ¿En ese coche que tiene cinta adhesiva sosteniendo el capó? —curioseó su padre, Dafne asintió y su padre lanzó un gruñido antes de continuar leyendo el periódico.
Su padre era una persona extremadamente protectora con ellas, basta decir que debido a eso las había apuntado a kárate, judo, taekwondo y defensa personal; pero era comisario, y a lo largo de su vida había visto cosas horribles y no quería que sus hijas pasasen por algo parecido. Por eso ella y Nora eran una especie de armas mortales a las que, además, las aprovisionaba con pistolas eléctricas, espray de pimienta y demás elementos de defensa personal. Sonrió con maldad, si su padre supiera que había usado todo eso para torturar a sus enemigos, y para electrocutar en más de una ocasión a Damián, la castigaría hasta el fin de los días.
—¡Me voy! —anunció bebiéndose la leche que le quedaba de un solo trago, antes de salir de la cocina.
Se cepilló los dientes a toda prisa y tomó su mochila del pasillo.
—Por favor, que el decano no me llame por teléfono diciendo que hiciste explotar algún baño o que le robaste las ruedas del coche a algún profesor porque decidiera mandar un trabajo —gritó su padre, ella rio antes de abrir la puerta.
—¡Tranquilo, no lo harán! ¡No hay forma de que me relacionen con nada! —indicó cerrando la puerta con rapidez sin darle tiempo a su padre a que reaccionase.
Apretó el botón del ascensor y esperó unos segundos hasta que la puerta se abriera; una vez dentro, pulsó el botón con el cero y se puso a tararear la canción de My Chemical Romance que tenía como tono de despertador. Bueno, puede que aún no la odiase del todo. Las puertas del ascensor se abrieron y corrió hacia donde Triz debía de tener su coche aparcado.
—¡Buenos días! —saludó Triz agitando la mano con efusividad, Dafne sonrió y empezó a hacer lo mismo hasta llegar hasta ella, donde ambas se abrazaron con felicidad.
Una vez separadas, Triz le arrebató la mochila de la espalda y la guardó en su maletero, tras mantener una pequeña pelea con él. Dafne negó con la cabeza y examinó el coche de su amiga; era un Opel Corsa de color verde —o al menos lo fue antaño—, era pequeño y su amiga usaba cinta para que el capó no se levantase, además, el retrovisor derecho pendía literalmente de un hilo. Ese coche necesitaba un tuneado urgente, eso o llevarlo derechito al desguace, pero su querida amiga decía que solo era un coche con carácter y que lo suyo fue amor a primera vista.
—Oye, oye… deberías llevarlo al taller o a la incineradora, lo que te pille más cerca —indicó Dafne señalando el vehículo, Triz se cruzó de brazos, enarcó una ceja y posteriormente se abrazó al coche.
—No lo escuches, cielo, no sabe lo que dice. —Dafne rodó los ojos y observó cómo Triz acariciaba el capó como si fuera un suave gatito, hasta que se le clavó una astilla—. ¡Ah! ¡Maldito coche!
Dafne rio al ver a la peliblanca darle una patada a la rueda. Triz seguía llevando el pelo teñido de blanco, ya que decía que ese era su sello de identidad, además, el color del pelo distraía a todo el mundo y nadie se daba cuenta de las numerosas pecas que le adornaban el rostro. Aparte del particular color de pelo, también lucía una melena cortada de forma asimétrica para que su rostro no pareciese tan redondo, algo que había conseguido a la perfección; asimismo, ese color de pelo también hacia destacar el azul de sus ojos.
—Odio los martes, ¡los odio! —proclamó Ann apareciendo de la nada y metiéndose en el coche de Triz sin esperar que nadie la invitase. Triz y ella se lanzaron una mirada de «No comprendemos nada» antes de subirse al coche.
Triz metió las llaves en el contacto y, tras oír rugir el coche, este arrancó.
—¿Lista para ignorar a Damián? —preguntó Ann agarrándose a su asiento para no ladearse junto al coche en la curva.
—Oye, oye… más vale que tu idea funcione, porque si no juro que me levantó y le hago tragar una silla —aseguró muy convencida.
—¿Ignorar a Damien? Para Dafne es imposible, en cuanto lo vea aparecer comenzará a gritarle. —Dafne fulminó con la mirada a la peliblanca.
Si se lo proponía, podía ignorar a ese patán; solo porque hasta ahora no se hubiera planteado la posibilidad de pasar de él no quería decir que no pudiese hacerlo.
—¿Y por qué quieres ignorarlo? —curioseó Triz.
—No pienso decírtelo, seguro que eres capaz de publicarlo en la primera página del periódico de la universidad. —De repente abrió los ojos de forma desmesurada—. ¡Oye, oye… publica en tu periódico una foto de Damián con su número de teléfono diciendo que se ofrece como stripper gay!
—¡¿Qué?! No voy a hacer eso, no voy a desprestigiar mi periódico con vuestras bromas —contestó la peliblanca deteniendo el coche delante de un paso de peatones.
—Tu editor no te deja, ¿verdad? —preguntó Ann, la peliblanca asintió e hizo pucheros.
—No me deja publicar nada de lo que yo quiero, él solo quiere informar del tiempo y de las noticias financieras… ¡Es un aburrimiento! Y me he enterado de noticias muy buenas, pero el imbécil ese dice que son idioteces —se quejó Triz poniendo el coche en marcha de nuevo.
Dafne suspiró, desde que Triz ingresó en la Facultad de Periodismo su mayor ilusión era publicar artículos en el periódico de la universidad. Pero su gran sueño se convirtió en pesadilla cuando conoció a su jefe; un tío estúpido y aburrido que solo publicaba noticias aburridas. Por lo que la venta de periódicos universitarios estaba bajo mínimos.
—Oye, oye… ¿y por qué no creas tu propio periódico? —Sintió como el coche frenaba de golpe, por lo que llevó las manos al salpicadero.
—Joder, Triz. Más te vale que hayas estado a punto de matar a una abuelita, porque menudo frenazo —indicó Ann mirando a la peliblanca, pero al parecer ella ya no las escuchaba.
—¡Eso es! ¡Es genial! ¡Es la mejor idea que has tenido en tu vida!
—proclamó Triz a gritos golpeando el volante con emoción, para luego mirarla—. Vamos a crear nuestro propio periódico.
—Oye, oye… ¿qué es eso de «vamos»? —preguntó Dafne arqueando una ceja.
—¡Ah, ¿sí?! ¡Pues que te den a ti también! —escuchó gritar a Ann, por lo que se dio la vuelta y vio a la rubia enseñándole el dedo corazón al conductor que estaba en el coche de atrás—. La gente de hoy en día es una maleducada —aseguró Ann volteando hacia ellas y sonriéndoles de forma angelical, Triz enarcó una ceja y lo dejó pasar.
—Pues eso, vamos a crear nuestro propio periódico universitario; yo seré la editora y jefa, y vosotras podéis hacer de reporteras… Ann puede entrevistar y tú hacer las fotos; y bueno, también puedo recurrir a alumnos de mi clase y también se lo podemos decir a Nora y Matt, y a Dan y Sonia… y… y… ¡Las noticas de Triz volverán a este mundo!
—chilló la peliblanca sin poder ocultar su felicidad, aunque el inicio de pitos para indicarle que moviese el coche sacó un poco a Triz de su burbuja de felicidad, percatándose de que había detenido el coche en mitad de la calle—. ¡Que ya voy!
—¿Y podré publicar las fotos y los artículos que yo quiera? —preguntó Dafne con interés, Triz lo meditó durante unos segundos antes de asentir, por lo que sonrió con malicia.
Venganza, dulce venganza. Ya se estaba imaginando las fotos de infancia de Damián en primera plana, pero su plan no quedaba solo ahí, si alguien no quería que sus vergonzosas fotos saliesen a la luz iba a tener que pagar… y mucho.
Triz puso de nuevo el coche en movimiento, mientras Ann le gritaba al coche de atrás que tenía su matrícula apuntada.
—¿Y por qué vas a ignorar a Damien? —preguntó Triz volviendo de nuevo al tema del pelirrojo.
—Se llama Damián —recordó ella.
¿Por qué le era tan difícil recordar a todo el mundo cómo se llamaba realmente el falso pelirrojo? Que él fuese por ahí proclamando a gritos que se llamaba Damien no quería decir que fuese así: además, si él se empeñaba en seguir llamándola «Oye, oye» para hacerla enojar, ella lo llamaría por los siglos de los siglos Damián, que era lo que ponía su DNI.
—Porque ayer Damián la… —Volteó la cabeza hacia Ann como si fuera la niña del exorcista y amenazó a la rubia con la mirada.
Triz era una de sus mejores amigas, pero no había que olvidar que contarle algo a Triz significaba que todo el mundo iba a enterarse; y, por si fuera poco, le acababan de dar la idea de fundar un periódico y se negaba en rotundo a que su asqueroso beso con Damián fuera portada o noticia.
—¿Qué? ¿Qué hizo? —bramó Triz mirándola fijamente, por lo que cuando volvió a mirar al frente vio a unas abuelas cruzando un paso de peatones.
—¡Joder, deja de dar esos frenazos! ¡Vas a matarme! —exclamó Ann acariciándose la frente, ya que su cabeza había chocado contra el respaldar de su asiento.
—No tiene importancia —indicó Dafne cruzándose de brazos, Triz resopló indignada antes de poner el coche en marcha de nuevo.
—Bueno, hiciese lo que hiciese, tu gran venganza es ignorarlo; ¿no crees que es un poco cutre? —dijo Triz sonando un tanto decepcionada, por lo que ella miró hacia Ann; sabía que ignorarlo era una idea horrible, lo mejor era clavar su cabeza en una pica.
—Damián es arrogante, hiperactivo y le encanta ser el centro de atención, está esperando que montes una escenita, así que lo mejor que puedes hacer es pasar de él; de hecho, deberías ir para comprobar que tengo razón —invitó Ann a Triz, que asintió y volvió a poner en marcha el coche, no sin antes gritarle un par de cosas al Peugeot de atrás—. Damián se sentirá tan confuso que se herirá a sí mismo, ya veréis.
—¡Que no es un pokemon! —recordó Dafne.
—Eso si Dafne aguanta más de cinco minutos, cosa que particularmente dudo —opinó Triz; la morena puso los ojos en blanco antes de acomodarse en el asiento.
Claro que iba a ignorarlo, y esas dos serían testigos de ello.
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Inesperadamente, el día transcurrió más rápido de lo habitual, y antes de darse cuenta guardaba sus apuntes de Derecho Constitucional en la carpeta; se despidió de sus dos amigas y caminó hacia la cafetería buscando a Ann. Divisó la melena rubia de su amiga con rapidez, aunque fue bastante fácil localizarla, era la única chica con las piernas sobre la mesa y que apilaba bolígrafos en una torre.
—¿Cuántas clases te has saltado? —preguntó Dafne sentándose frente a ella y colocando su mochila en la silla de al lado.
—Una, creo —contestó su amiga no muy convencida, la morena asintió y colocó las piernas sobre la mesa; de reojo vio cómo una de las camareras la regañaba con la mirada, por lo que se limitó a sonreírle—. Invité también a Kyle a comer.
—Oye, oye… y hablando de tu novio; tu sobreprotector hermano se presentó hoy en mi casa y se llevó a mi hermana alegando algo sobre una misión de espionaje —contó viendo cómo, a medida que hablaba, el rostro de Ann se tornaba en una mueca de horror.
—¡¿Estás segura?! —gritó Ann apartando los pies de encima de la mesa y creando un terremoto que derrumbó la torre de bolígrafos.
—No tendré más datos hasta que hable con Nora, pero ten casi seguro que la operación espionaje es para ti. —Ann comenzó a golpear su cabeza contra la mesa mientras soltaba insultos en inglés—. Oye, oye… no veo el problema de que se entere.
—¿Que no ves el problema? —preguntó Ann dejando de golpearse y mirándola con los ojos entrecerrados—. Hubo una vez un niño que en preescolar me regaló una flor por San Valentín y Matt, al día siguiente, lo trató como si fuera un terrorista.
—Oye, oye… ¿te recuerdo quién es mi padre? Toma las huellas dactilares a todas las visitas para comprobar si tienen antecedentes —dijo Dafne, Ann chasqueó la lengua y se desplomó sobre la mesa.
Dafne sonrió complacida, ella había ganado.
—¿Me he perdido algo? —curioseó Triz apareciendo con una pila de papeles y una sonrisa que sería capaz de iluminar una calle entera.
—No, el imbécil de Damián aún no ha llegado —contestó Dafne, Triz asintió con felicidad y tomó asiento.
Dafne examinó la cafetería, era un lugar bastante grande con mesas rectangulares para cuatro personas y, desgraciadamente, con las sillas clavadas al suelo. Levantó la mano y saludó a sus compañeras de clase, ellas hicieron lo mismo antes de que la camarera llegase y se pusiese a atenderlas.
—Te apuesto cincuenta euros a que en menos de cinco minutos están peleándose —dijo Triz mirando hacia Ann, y la rubia lo meditó unos instantes antes de estrecharle la mano.
—Hecho —aseguró su amiga—. Dafne, más te vale ignorarlo. Rodó los ojos y se cruzó de brazos. Sintió como el ambiente se ten-
saba, inexplicablemente el alboroto se había detenido y la mayoría de los estudiantes miraban hacia la entrada y luego hacia ella con cierto miedo. Por lo que, intrigada, miró hacia la puerta y chasqueó la lengua con irritación al verlo.
Damián entraba a la cafetería con su habitual forma de andar de «Yo mando aquí», vestía unos vaqueros acompañados de una camiseta de rayas y una chaqueta vaquera por encima. El falso pelirrojo se pasó la mano por el cabello haciendo una mueca cuando sus dedos pasaron por la parte que ella le había afeitado. Sonrió de medio lado, la cara de Damián cuando se despertó y vio parte de su pelo en el suelo fue espectacular, lástima que luego ese estúpido corte de pelo se pusiese de moda. Vio como pasaba las manos por detrás del cuello y luego miraba hacia el chico que lo acompañaba, que para su sorpresa resultó ser Ren.
Damián dio un par de vueltas alrededor del japonés hasta que este dejó de examinar la tablet y le prestó atención.
—¿Son cosas mías o está más guapo? —dijo Triz en voz alta, Dafne le lanzó una mirada fulminante.
¡Lo que le faltaba! Que una de sus mejores amigas dijera que su archienemigo era guapo era un insulto; Damián no era, y repetía, no era guapo. Bueno, admitía que tenía buen cuerpo, pero teniendo en cuenta que su padre lo castigaba haciendo flexiones, era normal que su cuerpo estuviera bien formado.
—Es culpa de Dafne, le rapó un poco la cabeza y creó un monstruo —explicó Ann soltando un ligero suspiro, Dafne gruñó y se cruzó de brazos con enfado.
¿Cómo iba a saber ella que rapándole un poco la cabeza se iba a volver tan atractivo? Ok, ella no había pensado eso. La culpa la tenía su amiga Beca, que no paraba de repetir a todas horas lo atractivo y sexy que era Damián y que se lo presentase, porque ese chico tenía que ser el padre de sus hijos. ¿Ese tarugo hiperactivo padre de alguien? Ese tío debería ser exterminado de la faz de la tierra antes de que se reprodujera, no quería mini-Damianes corriendo por ahí gritando lo geniales que eran.
—Mira, si está aquí la «Oye, oye». —Escuchó decir a su archienemigo, que se acercó hasta su mesa con una sonrisa deslumbrante, aunque con los hombros preparados por si tenía que evitar algún golpe—. ¿Tuviste que ir por refuerzos porque no te ves capaz de ganarme tú solita?
Levantó la mirada y sus ojos se encontraron con los orbes azules de Damián, que la examinaban con cierto brillo de diversión. Ella haciendo acopio de toda su fuerza de voluntad, se limitó a mirar hacia Ren ignorando a Damián por completo.
—Ren, me alegro de verte —saludó al japonés con naturalidad.
—Lo mismo digo, me gusta tu facultad. Quizás me pase más veces por aquí —contestó Ren sonriéndole con amabilidad, ella asintió y miró de reojo hacia Damián; el pelirrojo, tal y como dijo Ann, parecía confuso y no paraba de lanzarle miradas furtivas.
—¿Qué tal te va por informática? Kyle dice que es una pena que las facultades de ciencias estén tan lejos de las de letras —intervino Ann captando la atención de Ren y la suya.
—La verdad es que sí, además, allá no pasa nada. Es bastante aburrido… bueno, menos por algunas explosiones que se escuchan en Química —explicó Ren.
Dafne apoyó la cara sobre la mano y sintió una penetrante mirada sobre ella. Arrugó el ceño molesta y miró hacia Damián haciendo que sus ojos se encontrasen; harta, abrió la boca para soltarle una bordería, pero recordó que había acordado ignorarlo, así que cerró la boca y apartó la mirada de él tan dignamente como pudo. Lo miró de reojo y vio como él entrecerraba los ojos y metía las manos en los bolsillos, algo que solo hacía cuando comenzaba a exasperarse. Vaya, al final eso de ignorarlo estaba funcionando, quizás no era tan mal plan.
—Oye, oye… Ren, ¿qué estás pirateando? —preguntó mirando hacia Ren con interés, el japonés la miró con sorpresa.
—Los semáforos, ¿cómo lo supiste? —Quiso saber el chico, ella señaló su tablet.
—Normalmente cuando pirateas algo sueles dar golpecitos de impaciencia en la tablet, como haces ahora —contestó orgullosa de sus dotes de observación, Ren no pudo evitar sonreír y dejó de dar pequeños golpes al aparato.
—«Oye, oye» no te hagas la interesante, no te pega nada —habló Damián interviniendo por primera vez en la conversación, ella lo miró ligeramente y luego apartó la mirada de él como si no hubiese dicho nada—. Deja de ignorarme, mujer insolente.
Se miró las uñas como si fuesen la cosa más interesante del mundo, hasta que Damián dio un fuerte golpe sobre la mesa para captar su atención. Pero en vez de mirarlo como él esperaba, se limitó a bostezar; por lo que escuchó un gruñido procedente del pelirrojo. Sonrió en su interior, Damián se estaba enfadando… y mucho. Dios, eso era lo más divertido que había hecho en la vida, ¿por qué nunca se le había ocurrido antes?
—¿Qué pasa, Damián? ¿Están hiriendo tu orgullo masculino? —sugirió Ann con voz macabra, el pelirrojo le lanzó una mirada asesina.
—No, para nada; de hecho, me parece genial. Así no tengo que oír sus irritantes gritos a todas horas ni esa ridícula coletilla que tiene a la hora de hablar, es insoportable escuchar «Oye, oye…» en cada frase que pronuncia —respondió Damián en tono desafiante, era obvio que estaba intentando hacerla saltar: pero no lo iba a conseguir, hoy no.
Escuchó al chico carraspear con irritación mientras esperaba alguna reacción de su parte, pero al ver que no llegaba volvió a dar otro golpe sobre la mesa; pero esta vez, colocando su rostro frente al de ella.
—¡Bien! ¡¿Quieres ignorarme?! ¡Genial! ¡Yo también voy a ignorarte! —gritó el pelirrojo lanzándole una última mirada asesina, antes de retirarse obligando a Ren a irse con él.
—Hasta pronto, chicas —se despidió Ren con un ligero movimiento de cabeza.
Una vez con ellos lejos, las tres se miraron y luego comenzaron a reírse.
—Te debo cincuenta euros, pero ha merecido la pena —dijo Triz mirando a Ann.
Dafne vio como Damián refunfuñaba hasta llegar a una mesa en la otra punta de la cafetería y se sentaba allí, no sin antes dirigirle una mirada cargada de veneno. Ella se limitó a saludarlo con la mano y él le enseñó el dedo corazón, hasta que Ren le dio un golpe en la cabeza.
—Ann, al final ha sido una idea genial —felicitó Dafne, la rubia se echó el pelo hacia atrás y sonrió.
—Claro que sí, yo nunca me equivoco… ¿Y bien? ¿Qué foto vergonzosa y humillante de Damián vamos a publicar en el periódico en primera plana? —preguntó Ann mirándola con interés.
Dafne sonrió con maldad, a veces olvidaba lo bien que la conocía su mejor amiga.