Khloe Tucker estaba furiosa. "¡Suelta a mi madre, Arabella! En aquel entonces, ella se ofreció a cuidar de ti y de Daisy por bondad, ¿y así le pagas? ¡¿Apareces después de desaparecer durante años, y actúas como si fueras una especie de heroína?! ¿Qué hiciste? ¿Te fugaste, te embarazaste y tuviste un hijo o algo por el estilo? ¡Qué vergüenza!".
Khloe miró a Arabella con odio, pero en el fondo esperaba que se quedara, porque tenerla de vuelta significaría más ayuda en casa.
Pero los ojos de la muchacha ya se habían vuelto fríos. Sin decir una palabra, entró en la casa y pateó la mesa con frustración. Los platos volaron por todas partes, estrellándose contra el suelo y rompiéndose en pedazos.
Antes de que nadie pudiera reaccionar, Arabella tomó dos jarrones y los lanzó directamente contra Khloe y su padre. Los pesados objetos golpearon sus rostros con un crujido sordo, y al instante la sangre brotó por sus mejillas, mientras ambos gritaban, conmocionados.
Entonces, la muchacha dijo con voz gélida: "Tienen un día. Fuera de mi casa". Sin esperar respuesta, salió furiosa con Daisy en brazos. Paró el primer taxi que vio y llevó a su hermana directo al hospital.
En la mansión, se desató el caos.
"¡Mamá! ¡Esa psicópata me atacó!", sollozó Khloe, mirando los arañazos en su rostro en el espejo. "¡¿Y si me quedan cicatrices?!".
Meagan estaba furiosa. "¡Se ha vuelto demasiado atrevida después de todos estos años! ¡Si vuelve a aparecer, no tendrá tanta suerte! ¡Ya no somos unos cualquiera! ¡Somos socios del Grupo Norman! ¡No hay forma de que pueda enfrentarse a nosotros!".
Le dio una palmadita reconfortante a Khloe. "No te preocupes, cariño. Te llevaré al hospital ahora mismo".
...
En el hospital, el médico examinó a Daisy y frunció el ceño. "Lleva un tiempo con la pierna rota y está cubierta de moretones. También le faltan algunos dientes. ¿Qué clase de hermana deja que algo así suceda?".
Arabella dijo en voz baja: "Es mi culpa".
El flequillo le caía sobre los ojos, ocultando lo que sentía en su interior.
El médico, al darse cuenta de su silencio, le habló con delicadeza. "Hice todo lo que pude por ahora, pero si alguien las ha estado maltratando, deben denunciarlo. Guardar silencio no solucionará nada".
Arabella asintió con la cabeza y se acercó a la cama de su hermana.
Daisy, que ahora tenía diecinueve años, parecía frágil y desgarradora. Su cuerpo delgado apenas se sostenía, y sus muñecas parecían más ramitas que extremidades.
Su pelo corto estaba desigual, seco y entrecortado, como si alguien se lo hubiera cortado con unas tijeras sin pensar.
Arabella levantó la manta con cuidado y se le encogió el corazón, porque la piel de Daisy contaba una historia horrible.
Sus piernas estaban cubiertas de marcas de latigazos antiguos, y sus brazos de quemaduras oscuras. Cada cicatriz era un grito de crueldad. Arabella contuvo el aliento y, sin poder evitarlo, las lágrimas rodaron por sus mejillas.
"Bella...". La voz de Daisy era apenas un susurro.
La chica inmediatamente le tomó la mano. "Estoy aquí", dijo suavemente.
"Te... extrañé", murmuró Daisy con voz ronca.
Arabella le apretó la mano como si fuera un salvavidas. "Yo también te extrañé. Creí que, si trabajaba duro, podría darte una vida mejor, pero me equivoqué. No debí dejarte sola. Te lo juro, no volveré a irme".
La calidez de la voz de la muchacha pareció derretir la tensión de Daisy y, poco a poco, su expresión se suavizó.
Tras asegurarse de que su hermana estaba cómoda, Arabella fue a pagar.
"Sus gastos ya fueron pagados", dijo la enfermera con una sonrisa amable.
Arabella parpadeó. "¿Qué? ¿Quién pagó?".
Pensó en Joshua, pero rápidamente descartó la idea, pues era imposible que él supiera nada de esto todavía.
"¿Podría verificar quién hizo el pago?", preguntó.
La enfermera negó con la cabeza en señal de disculpa. "Lo siento, pero esa información es privada. ¿Quizás algún familiar ayudó?".
Al oír la palabra "familia", el rostro de Arabella se quedó petrificado. Asintió brevemente y se marchó sin decir nada más. Si alguien había ayudado, descubriría quién era.
Mientras tanto, al final del pasillo, Meagan caminaba junto a su hija, Khloe, que acababa de salir de urgencias con la cara vendada.
"No dejaré que Arabella se salga con la suya", gruñó la joven con voz amarga.
"Cálmate", dijo su madre con firmeza. "Si sigues enfadándote así, se te abrirán los puntos. Sé más como tu hermana, mantén la compostura en situaciones difíciles".
Eso pareció animar a Khloe, y una sonrisa satisfecha se dibujó en sus labios.
"Mientras mi hermana siga brillando, eso es lo único que importa. Ahora es la bailarina más joven de la Compañía de Danza Griridge. ¿De verdad pensaba Daisy que podía eclipsarla? Estaba delirando. Esa pierna rota fue el karma, si quieres mi opinión. Y si mi hermana se entera de cómo me trató Arabella... Oh, la hará pedazos".
"Tiene un gran espectáculo próximamente, así que no la distraigamos. Vamos poco a poco", le recordó Meagan.
Le dio un golpecito en la nariz a su hija, pero luego su expresión se endureció al ver a Arabella delante.
Khloe también la vio, y solo con eso volvió a sentir la humillación. Su ira se desbordó y, sin pensar, agarró su bolso y lo lanzó con todas sus fuerzas hacia la espalda de la muchacha.
Arabella reaccionó por instinto, pero, justo cuando se dio la vuelta, un hombre alto apareció en su campo de visión. Con reflejos rápidos y brazos firmes, atrapó el bolso por la correa en pleno aire, deteniéndolo con facilidad.
El tirón repentino hizo que Khloe perdiera el equilibrio y, con un grito de sorpresa, cayó al suelo.
"¡Khloe!". Meagan corrió hacia su hija, ayudándola a levantarse mientras lanzaba una mirada feroz al hombre que había aparecido de la nada. "¿Quién demonios eres? ¡¿El nuevo novio de Arabella o qué?!".
Él ni se molestó en responder. Sus ojos penetrantes no revelaban nada: eran fríos e indescifrables, como un mar profundo y sereno que ocultaba su peligro.
Luego comenzó a caminar hacia Meagan, con pasos fuertes y pesados sobre el suelo del hospital.
Ella retrocedió por instinto, con el pecho tan tenso que se le dificultó respirar.
En el fondo, presentía que ese hombre no era un simple desconocido, sino alguien que traía problemas.
Tratando de ocultar su inquietud, espetó: "¡Arabella, mejor piénsalo dos veces antes de volver a cruzarte en nuestro camino! ¡Tú y tu hermana tuvieron suerte de que las dejáramos quedarse! ¡Si alguna vez quieren volver, vengan arrastrándose y tal vez lo consideremos!".
Meagan tiró del brazo de Khloe y se marchó furiosa.
Arabella se quedó en silencio, mirándolas alejarse. ¿Dejarlas quedarse? Esa casa era legalmente de Daisy y suya.
Miró al hombre y vio una pistola, solo por un segundo, antes de que desapareciera bajo su chaqueta. Entornó los ojos, preguntándose quién era.
Entonces él se volvió hacia ella. Arabella por fin vio su rostro: guapísimo, con rasgos marcados, y esos ojos helados que no parpadeaban ni se suavizaban ante nadie.
Desprendía un aire que gritaba peligro; la muchacha nunca había sentido nada parecido.
No era extraño que Meagan saliera corriendo; cualquiera con algo de sentido común lo habría hecho.
"Arabella Stanley", dijo él. Su tono era tranquilo y bajo, pero había algo en él que le hizo sentir un escalofrío.
Lo miró de arriba abajo y dijo: "Tú eres quien pagó por mi hermana, ¿verdad?".
El hombre asintió con la cabeza. "Eres inteligente. Toma tus cosas y ven conmigo".
Ella frunció el ceño. "¿Perdón?".
¿Quién era ese tipo que aparecía de la nada con aire misterioso y arrogante?
Antes de que la tensión aumentara, otro hombre se interpuso, menos intimidante pero igualmente serio. "Señorita Stanley, permítame explicarle. Este es el señor Asher Gordon. Su padre y el de usted sirvieron juntos en el ejército. Antes de fallecer, su padre le encargó a él velar por usted y los suyos. El señor Gordon acaba de regresar del servicio y ha estado intentando localizarla desde entonces".
Eso explicaba la presencia militar, la calma gélida... la forma en que se movía, como alguien entrenado para la guerra.
Arabella volvió a estudiar al tal Asher. Ahora no parecía amenazador, solo reservado, como alguien con un muro demasiado alto para escalar.
Ella mantuvo la calma y preguntó: "¿Puedes probarlo? Cualquiera podría decir lo mismo".
Asher metió la mano en el bolsillo y sacó una foto desgastada.
En ella aparecían dos hombres con uniformes polvorientos; uno era sin duda su padre, y el otro se parecía mucho a él.
La muchacha observó la foto durante un largo rato antes de decir: "Lo pensaré".
"Perfecto. Intercambiemos números", respondió Asher sin más preámbulos.
Arabella añadió su contacto, y vio que su foto de perfil de WhatsApp era solo un recuadro negro.
Curiosamente, la suya era igual.
'Una coincidencia interesante', pensó.
Luego, el asistente también la añadió. "Dominick Powell, mano derecha del señor Gordon. Llámeme si necesita ayuda con cualquier cosa, en cualquier momento".
Ella asintió. "Entendido".
Con eso, los dos hombres se marcharon, y la chica regresó a la habitación donde estaba Daisy.
Poco después, dos guardaespaldas silenciosos y trajeados aparecieron en la puerta; claramente los había enviado Asher.
La muchacha no hizo preguntas. Comenzó a limpiar a Daisy, le cambió la ropa y le lavó el pelo con cuidado, intentando arreglar su cabello quebradizo y desordenado.
Pero cuando vio las cicatrices y las quemaduras de cigarrillos que cubrían el cuerpo de su hermana, se le llenaron los ojos de lágrimas.
Conteniéndolas, le untó con cuidado la crema casera en las heridas. Luego, sin perder un segundo, abrió su laptop.
Necesitaba saber qué le ocurrió a Daisy en su ausencia, así que accedió al sistema de seguridad de la mansión.
Por desgracia, lo que vio le revolvió el estómago.
Poco después de que se marchara, Daisy fue expulsada de su propia habitación y obligada a dormir en una caseta para perros.
La hermana alegre y vivaz que Arabella recordaba había perdido la sonrisa.
Vio imágenes de Daisy haciendo malabarismos con varios trabajos a tiempo parcial, solo para ser acosada y maltratada.
A pesar de ello, siguió trabajando duro y consiguió entrar en una de las mejores universidades. Pero durante su primer semestre, terminó con una pierna rota. Estaba estudiando danza y, de repente, la lesión destrozó todos sus sueños.
Las piezas encajaron con demasiada facilidad. La hermana de Khloe, Elissa Tucker, estaba en la misma clase, y los instintos de Arabella le dijeron que esa pierna rota no fue un accidente.
Después de eso, la chica apenas salía de casa. La trataban como una empleada doméstica: fregaba suelos, cocinaba y dormía en esa maldita caseta para perros.
Sin embargo, cada vez que Daisy le enviaba un mensaje, era la misma mentira: "Estoy bien, no te preocupes por mí. Solo ocúpate de ti".
La vista de Arabella se nubló.
Mientras su hermana estaba siendo destrozada poco a poco, la familia de su tía florecía, y su negocio prosperó gracias a un lucrativo acuerdo con el Grupo Vanguard.
Khloe, que abandonó la secundaria, se convirtió de repente en influencer; Elissa era popular en la universidad; Meagan se codeaba con la alta sociedad, y su esposo se volvió un pez gordo empresarial.
Arabella apretó la mandíbula y golpeó la mesa con el puño. Ni siquiera sintió el dolor.
Todo el éxito por el que luchó... solo alimentó la avaricia de esa familia despreciable.
Y la única persona a quien había jurado proteger sufrió en silencio todo este tiempo.