Capítulo 2

El reloj avanzaba implacable.

Sobre la mesa de mármol del salón principal de la mansión Sinclair, descansaba un contrato que cambiaría el destino de Bianca para siempre.

Las manos de Eleanor Sinclair temblaban levemente al pasar las páginas, leyendo cada cláusula con el ceño fruncido. Dante Von Adler no había dejado ningún margen para la negociación.

-Esto es... -murmuró, su voz ahogada por el impacto.

Alzó la mirada y la posó sobre su hija menor, Bianca Sinclair, quien permanecía sentada en un extremo del sofá, con los brazos cruzados sobre su pecho, el rostro pálido y los labios presionados con fuerza.

Sabía lo que venía.

-Mamá, no. -La voz de Bianca sonó frágil, casi un susurro.

Eleanor cerró el documento con un movimiento brusco y su mirada se endureció.

-No tenemos opción.

-¿No lo entiendes? -Bianca se levantó de golpe-. ¡Me estás vendiendo!

-Estoy salvando a tu padre. -Eleanor golpeó la mesa con la palma de la mano-. Sin este matrimonio, irá a prisión.

Las palabras retumbaron en la habitación.

Bianca sintió un nudo en la garganta. ¿Cómo podía ser tan fácil para su madre decirlo?

-Este no es un matrimonio, es un contrato de esclavitud. -Tomó los documentos con desesperación-. ¿Lo leíste bien? No podré tener contacto con él, no podré hablar, ni siquiera existir a su lado, tampoco me importa, pero...

Eleanor se cruzó de brazos.

-Eso no importa.

Bianca la miró incrédula.

-¡Por supuesto que importa! Es el novio de Hanna. ¡Su novio!

Eleanor no titubeó.

-Hanna no está aquí.

-¡Porque si estuviera jamás lo permitiría!

El silencio se hizo denso. Bianca respiraba agitadamente. Su pecho subía y bajaba con rapidez mientras trataba de contener las lágrimas.

-Esto es un error... -susurró-. No puedo hacerlo.

Eleanor se inclinó sobre la mesa y le mostró la cláusula más importante:

"Si el matrimonio no se concreta en un lapso de dos horas, la familia Sinclair perderá la única oportunidad de impedir la condena de Héctor Sinclair."

-Si no firmas, en dos horas la policía va a trasladar a tu papá a Prisión absoluta ¿Podrás vivir con la culpa de que tu padre fue a prisión por tu culpa? ¿Serás capaz?

Bianca sintió el peso del mundo caer sobre sus hombros. Su padre.

Cerró los ojos con fuerza, como si así pudiera bloquear la realidad.

-No es justo...

Eleanor suavizó su tono, pero su mirada seguía siendo dura.

-Nada en esta vida es justo, Bianca.

El tiempo se agotaba.

1 hora con 45 minutos restantes.

Bianca se hundió en el sofá, mirando el contrato con las manos temblorosas. Sabía que ya estaba perdida.

-¿Cómo voy a mirarlo a los ojos, mamá? ¿Cómo podré soportarlo? Si llegará a existir una posibilidad de estar cerca de él cosa que efectivamente va a ocurrir el día de la boda.

Eleanor no respondió. No había palabras de consuelo porque no había consuelo posible.

Bianca tomó la pluma con los dedos helados y acercó el documento. Su destino ya estaba escrito.

Y con un solo trazo, su libertad dejó de existir.

La mañana siguiente llegó con una rapidez cruel.

Bianca Sinclair se miró en el espejo, vestida con un elegante vestido blanco de seda que caía con suavidad sobre su delgada figura. No había encaje, no había flores, no había amor.

Las bodas solían ser momentos felices, llenos de risas y sueños compartidos. Pero esta no era una boda.

Era una transacción para salvar a su padre y aunque siempre vivió bajo la sombra de su hermana y la lógica de su padre que ella no merecía reconocimiento, Bianca estaba dispuesta a sacrificarse por el hombre que le dio la vida.

Eleanor Sinclair se encontraba detrás de ella, ajustándole el velo con manos firmes, sin titubeos.

-No llores, Bianca - La voz de Eleanor era baja.

-No estoy llorando. -Pero su voz quebrada la delató.

Eleanor suspiró con impaciencia.

-Nada bueno saldrá de compadecerte a ti misma.

Bianca cerró los ojos, respirando hondo. No tenía a nadie de su lado.

Hanna seguía sin aparecer, sin responder sus llamadas. No sabía si su hermana ya estaba enterada de lo que estaba pasando o si el destino simplemente la mantenía alejada de este desastre.

-Es hora.

El corazón de Bianca dio un vuelco.

Dos hombres de negro la esperaban en la puerta, enviados por Dante Von Adler. No había damas de honor, no había un padre para entregarla, no había una ceremonia que esperaba convertirla en su anfitriona, solo era ella y nadie más.

Solo el camino hacia su sentencia.

Dante Von Adler esperaba de pie, con la postura erguida e imponente.

Vestido con un traje negro impecable, su corbata del mismo color y el reloj de lujo en su muñeca marcaban su nivel de perfección calculada. Su expresión no mostraba nada.

A su lado, Adrian Weston, el gran abogado de la familia revisaba la documentación del matrimonio.

-Todo está en orden, señor Von Adler.

Dante asintió sin apartar la vista de la puerta. Sabía que Bianca llegaría, no tenía otra opción.

Cuando la vio entrar, la evaluó en silencio.

El vestido, aunque elegante, no tenía ningún adorno romántico. No parecía una novia, sino una mujer en duelo.

Bianca avanzó con pasos temblorosos hasta detenerse frente a él. No se atrevió a mirarlo a los ojos.

-Toma mi mano. -La voz de Dante fue firme, sin emociones.

Bianca obedeció sin resistencia. Sus dedos se sintieron fríos y ajenos en la calidez de los de él.

El juez de paz comenzó a hablar. Las palabras del juramento resonaban como una cruel ironía.

"En la salud y en la enfermedad, en la riqueza y en la pobreza, hasta que la muerte los separe."

Bianca tragó con dificultad. Ninguna de esas promesas era real, porque había un contrato de por medio, un año de contrato.

-Señorita Sinclair, ¿acepta a Dante Von Adler como su esposo?

El silencio se hizo eterno.

Todos esperaban su respuesta.

Su madre contenía el aliento en una esquina. El tiempo se detuvo.

Pero Bianca ya no tenía escapatoria.

-Sí, acepto. -Susurró.

-Señor Von Adler, ¿acepta a Bianca Sinclair como su esposa?

Dante no dudó.

-Sí, acepto.

El juez sonrió.

-Puede besar a la novia.

Bianca sintió que su cuerpo se tensaba.

Dante se inclinó un poco, pero en lugar de besarla en los labios, dejó un beso breve en su mejilla.

No era ternura, era un recordatorio.

"Eres mi esposa en papel, pero nada más."

Cuando todo terminó y firmaron los documentos, Dante soltó su mano sin mirarla siquiera, el hombre se giró hacia su mano derecha

-Alejandro, encárgate de todo. -Ordenó Dante.

Luego, sin otra palabra, dio media vuelta y salió del salón.

Bianca sintió un escalofrío recorrer su espalda.

Acababa de casarse con un hombre que la odiaba.

Y su nueva vida acababa de empezar.

La mansión Sinclair estaba en completo silencio cuando Bianca cruzó la puerta, su padre ya estaba fuera de la prisión.

Había sido liberado. Su sacrificio no había sido en vano.

A pesar de todo, a pesar del matrimonio sin amor, a pesar de la humillación y el desprecio de Dante Von Adler, Bianca pensó que al menos su padre la recibiría con gratitud.

Quería abrazarlo. Quería escuchar de sus labios un simple "gracias".

Pero cuando Héctor Sinclair la vio, su expresión no fue de alivio.

Fue de asco.

Antes de que Bianca pudiera reaccionar, la bofetada la golpeó con tal fuerza que su cuerpo tambaleó.

Un ardor abrasador se extendió por su mejilla.

-¡Héctor! -Eleanor gritó horrorizada.

Pero Bianca apenas la escuchó.

El dolor en su rostro era nada comparado con el que acababa de instalarse en su pecho.

Miró a su padre con los ojos abiertos por el shock, buscando en él al hombre que la había criado, aquel que solía sonreírle cuando era niña.

Pero ese hombre ya no existía desde hace tiempo.

Solo quedaba un hombre lleno de desprecio.

-¿Cómo te atreves? -susurró Eleanor, acercándose a su marido-. ¡Bianca te salvó de la cárcel!

Héctor la miró con frialdad.

-¿Salvarme? -Su risa fue cruel-. Lo único que hizo fue venderse como una cualquiera.

Bianca sintió un escalofrío recorrer su espalda.

-Papá...

-No me llames así. -La interrumpió con dureza-. Ya no tengo una hija llamada Bianca.

El aire dejó de llegar a sus pulmones.

Eleanor palideció.

-¡No puedes decir algo así!

Héctor volvió su mirada a Bianca, y lo que vio en sus ojos fue repulsión absoluta.

-Vendiste tu cuerpo al novio de tu hermana, Bianca. Eres una vergüenza.

-¡Eso no es cierto! -Bianca se abrazó a sí misma, sintiendo que su mundo se desmoronaba-. ¡Lo hice por ti!

-No pedí tu sacrificio. -Héctor la cortó sin piedad-. Hubiera preferido la cárcel antes de cargar con una hija que se entrega al mejor postor o mejor dicho al hombre de su propia hermana.

Eleanor lo miró con horror.

-¿No entiendes que Bianca salvó a esta familia?

Héctor la ignoró. Solo tenía ojos para Bianca, y en ellos no había amor.

-Desde hoy, estás muerta para mí.

Bianca sintió que su estómago se hundía.

-Papá, por favor...

-¡Fuera de mi casa!

Su voz resonó como una sentencia de muerte.

Bianca sintió que las piernas le fallaban.

Héctor la señaló con un dedo.

-Desaparece maldita mujer. No vuelvas a cruzar esta puerta en tu vida mala mujer, lleva tus porquerías y Lárgate.

Las lágrimas rodaron por sus mejillas.

Eleanor se aferró al brazo de su esposo, sacudiendo la cabeza.

-No puedes hacerle esto.

Héctor la apartó con frialdad.

-Si tanto la quieres, vete con ella.

Eleanor quedó inmóvil, temblando.

El silencio fue sepulcral.

Entonces, Bianca entendió que estaba sola.

Se tragó el llanto, se irguió con la poca dignidad que le quedaba, y dio media vuelta sin mirar atrás.

Cuando cruzó la puerta de la mansión, supo que ya no tenía un hogar.

Había perdido a su padre.

Había perdido a su hermana.

Y ahora, estaba completamente sola en un matrimonio sin amor.

- Pensando mejor, es mejor que no lleves nada, que te vayas como un perro por la calle y mejor por mi es que te mueras.

- Ya basta Hector. - Eleanor interrumpió.

- Ya sabes Eleanor, si quieres protegerla es mejor que te vayas con ella.

- Es impresionante lo desagradable y malagradecido que eres - Eleanor alzó la voz entonces se coloca al lado de Bianca - Me iré con mi hija.

- Sí, son iguales, tu eres la alcahueta que da alas a su mala vida- Bianca lloraba desconsoladamente, se sentía tan herida e insignificante.

- Espero que no te arrepientas de tus palabras, Hector - Eleanor se veía muy fría.

- Jamás lo haría, están tardando para largarse de aquí, aunque Eleanor creo que tu en menos de dos horas ya volverás porque nadie te dará los lujos qué yo te doy.

- Nunca se trato de los lujos Hector, vamos Bianca - Entonces Eleanor antepuso su rol de madre antes que su rol de esposa.

Las personas que trabajan para ellos observaban como Eleanor y Bianca abandonan los terrenos.

- Papá tiene razón para odiarme - Expuso Bianca.

- No cariño, estas muy equivocada, tú no eres culpable de nada - Madre e hija caminan por la calzada buscando llegar a una parada de taxi, mientras Bianca se sentía a morir además la lluvia amenazaba con llegar pronto.

Las palabras de su padre aún resonaban en los oídos de Bianca, como un eco cruel de lo que acababa de perder.

Su hogar. Su familia. Su padre.

Eleanor, con el rostro tenso y la mirada firme, sacó su teléfono y marcó un número.

-Rafaela, soy yo.

Al otro lado de la línea, la voz de una mujer de tono cálido y preocupado respondió de inmediato.

-Eleanor, querida, ¿qué sucede? ¿Por qué me llamas tan tarde?

-Necesito ayuda. -La voz de Eleanor tembló, pero mantuvo la compostura-. Héctor nos echó.

El silencio al otro lado del teléfono fue corto, pero se sintió eterno.

-¿Qué? -La incredulidad de Rafaela fue evidente.

-Nos sacó sin nada. Bianca y yo no tenemos dónde ir.

Hubo un susurro de indignación antes de que Rafaela respondiera con firmeza:

-Vengan a mi casa ahora mismo y me explicas lo que ocurrió.

Eleanor exhaló con alivio.

-Gracias, Rafaela.

-No me agradezcas. -La voz de la mujer era firme y protectora-. Soy la madrina de Bianca. Ese hombre ha cometido un pecado imperdonable.

Eleanor cortó la llamada y miró a su hija.

Bianca se veía tan pequeña en ese momento.

Sus ojos estaban rojos, su rostro pálido y su cuerpo temblaba ligeramente.

-Vamos, hija. Nos espera Rafaela.

Bianca asintió en silencio.

Un taxi las recogió y se sumergieron en la fría noche londinense que estaba cayendo, el día parecía ser eterno.

Cuando el taxi se detuvo frente a la imponente Mansión Portal, Bianca apenas podía mantenerse en pie.

Era el cansancio. La tristeza. La sensación de sentirse culpable, todo parecía convertirse en latigazos para ella.

Las luces de la mansión se encendieron antes de que tocaran la puerta. Rafaela ya las estaba esperando.

Cuando la puerta se abrió, una mujer de mediana edad, con un elegante vestido de terciopelo azul y el cabello rubio perfectamente peinado, las miró con ojos llenos de compasión.

-Oh, mis niñas... -susurró Rafaela antes de abrir los brazos.

Eleanor la abrazó primero, pero Bianca no pudo moverse.

Cuando finalmente dio un paso adelante y sintió los brazos cálidos de Rafaela rodearla, se quebró.

-Yo solo... -Su voz se ahogó en su propio llanto-. Yo solo quería ayudar...

Las lágrimas cayeron sin control.

Lloró como una niña abandonada, porque eso era lo que era.

Su propio padre la había despreciado.

Su hermana la había dejado sola.

Y ahora... su vida no le pertenecía.

Eleanor la sostuvo contra su pecho.

-Lo sé, mi amor. Lo sé...

Bianca se aferró a su madre, sintiendo que todo el peso del mundo la aplastaba.

Rafaela les acarició el cabello con ternura.

-No están solas. Aquí nadie las va a echar.

Bianca sollozó más fuerte, porque por primera vez en horas, sintió que tenía un refugio que no sea solo los brazos de su madre.

Pero aunque su cuerpo estaba a salvo, su alma estaba hecha pedazos.

Entre tanto, Dante Von Adler estaba en su oficina, sentado en su imponente escritorio de madera oscura, cuando el abogado entró con paso firme.

-Señor Von Adler -dijo con respeto-, tengo noticias sobre la familia Sinclair.

Dante levantó la mirada, su expresión impenetrable.

-Habla.

El abogado dejó un sobre sobre la mesa y continuó:

-Héctor Sinclair ha echado a su esposa e hija de la casa. Bianca Sinclair ya no pertenece a los Sinclair... oficialmente.

Dante giró la silla lentamente, su mandíbula tensándose levemente.

-Continúa.

El abogado tragó saliva. El ambiente se volvió denso.

-He tomado la libertad de investigar más. La señora Von Adler y su madre han encontrado refugio en la Mansión Portal.

El aire en la oficina se congeló.

Dante lo fulminó con la mirada.

El abogado sintió un escalofrío recorrerle la espalda.

-¿Qué dijiste? -La voz de Dante fue un filo de hielo.

El abogado parpadeó, desconcertado.

-Dije que la señora Von Adler y su madre...

Dante se inclinó sobre el escritorio, sus ojos oscuros eran una amenaza latente.

-Nunca la llames así delante de mí.

El abogado bajó la mirada de inmediato.

-Disculpe, señor.

Dante apretó los dientes. No le gustaba ese título. No para ella.

Capítulo 3

Londres estaba cubierto por una densa bruma nocturna cuando Dante Von Adler abandonó su oficina. Sus pasos resonaron en el suelo de mármol mientras se dirigía a su automóvil, su expresión era inescrutable, pero dentro de él, un fuego peligroso comenzaba a encenderse.

No solía perder el control, pero el informe de su abogado había despertado algo que no podía ignorar.

¿Héctor Sinclair había echado a Bianca y a su madre sin nada?

Dante ajustó el nudo de su corbata con un gesto lento y meticuloso antes de subirse a su auto.

-A la Casa Sinclair. -Ordenó con voz baja y cortante.

El chofer asintió y aceleró.

Varios minutos después el lujoso auto negro se detuvo frente a la majestuosa pero fría mansión Sinclair. Las luces seguían encendidas, a pesar de la hora avanzada. Dante descendió con calma, ajustando los puños de su traje.

No necesitaba anunciarse.

Cuando tocó la puerta, un mayordomo abrió y al verlo palideció al instante.

-S-señor Von Adler...

-Avísale a Héctor que estoy aquí.

El mayordomo se apresuró a desaparecer y, en cuestión de segundos, Héctor Sinclair apareció en el vestíbulo, con una sonrisa falsa y una actitud servil.

-¡Señor Von Adler! -Exclamó, bajando apresuradamente los escalones con los brazos abiertos-. Qué grata sorpresa. No esperaba verlo a estas horas.

Dante permaneció en el umbral, impasible.

Héctor se inclinó un poco, con una reverencia apenas disimulada.

-Por favor, pase. -Hizo un gesto con la mano, su tono era casi adulador-. Esta es su casa.

Dante avanzó sin prisa, sus ojos oscuros recorrieron el lujoso salón. Nada había cambiado... salvo la ausencia de Eleanor y Bianca.

Eso lo enfureció más de lo que esperaba.

Se giró lentamente hacia Héctor, quien sonreía con autosuficiencia.

-Espero que haya venido para conversar por Hanna -dijo el hombre mayor con una mueca satisfecha-. Ella sí es digna de usted y arreglemos los actos de Bianca, yo le pido disculpas por la bajeza cometida por esa joven.

Dante no respondió. Se limitó a arquear una ceja, esperando a que Héctor continuara.

El silencio lo hizo sentir confiado, así que siguió hablando con un veneno disfrazado de cordialidad.

-Lamento lo que mi otra hija hizo... -resopló, como si hablar de Bianca fuera una molestia-. Pero ya la puse en su lugar. No tenía derecho a aferrarse a un hombre que nunca fue para ella.

Dante observó cada palabra salir de su boca con un asombroso nivel de control.

-Hanna siempre ha sido la mejor de mis hijas. Inteligente, hermosa, con un futuro brillante. No como Bianca. -Su rostro se torció con desdén-. Esa niña siempre fue un problema. Débil, llorona, sin ambiciones. Nada que ver con Hanna.

Dante apretó la mandíbula.

-Cuando Hanna vuelva de su especialidad, podremos solucionar todo este escándalo. -Héctor se sirvió una copa de whisky y la levantó en dirección a Dante-. Al menos ahora Bianca está fuera de nuestras vidas.

Dante permaneció en silencio, pero sus ojos oscuros brillaban con una intensidad peligrosa.

Héctor se rió entre dientes, sin notar la tormenta que se cernía sobre él.

-Estoy seguro de que esto también lo beneficia, ¿no? -continuó-. No tiene que cargar con un error como Bianca. Es más, si quiere, puede anular el matrimonio. Estoy seguro de que Hanna le dará hijos dignos...

Dante entrecerró los ojos y, por primera vez, Héctor sintió una punzada de inquietud.

El empresario caminó lentamente por la sala, sus pasos medidos resonaban en el mármol. El aire parecía haberse vuelto más pesado.

Finalmente, Dante se detuvo frente a Héctor.

Su siguiente pregunta cayó como un balde de agua helada.

-Dígame, señor Sinclair... -Su voz fue profunda y cortante-. ¿Bianca es su hija... o no?

La copa en la mano de Héctor tembló ligeramente.

El silencio que siguió fue atronador.

Dante ya no Expuso ninguna palabra, solo abandono la Mansión de manera inmediata dejando totalmente sorprendido a Hector Sinclair ante aquella pregunta realizada.

El vehículo avanzaba por la carretera, la expresión fría e indescifrable de Dante era impenetrable para sacar alguna conclusión.

El chófer sentía la atmósfera insostenible en el interior del vehículo, tener una vaga imaginación de aquello que pasaba por la mente de Dante Von Adler era inimaginable, quizás considerado un pecado tratar de entenderlo.

La Mansión Portal estaba envuelta en un silencio profundo cuando Eleanor Sinclair se dejó caer en uno de los amplios sofás de la sala principal. Rafaela Portal la observaba con el ceño fruncido, sin entender del todo la magnitud de lo que acababa de ocurrir.

Bianca estaba destruida. Su hija se había quedado en una de las habitaciones, llorando en silencio, completamente agotada por todo lo que había soportado ese día.

-Ahora dime, Eleanor -Rafaela cruzó los brazos y fijó sus ojos en su amiga de toda la vida-, ¿qué demonios pasó? ¿Cómo es posible que Bianca termine casada con el prometido de Hanna?

Eleanor cerró los ojos por un instante, tratando de encontrar la mejor manera de explicar lo inexplicable.

-Fue el destino más cruel, Rafaela... y todo por culpa de Héctor.

La mujer mayor exhaló con frustración y cubrió su rostro con las manos antes de levantar la mirada con una mezcla de rabia y tristeza.

-¿Por Héctor? ¿Qué hizo ahora ese desgraciado?

Eleanor tragó en seco.

-El fraude...

Rafaela arqueó una ceja.

-¿Fraude?

Eleanor asintió lentamente.

-Héctor Sinclair falsificó documentos y alteró cuentas para encubrir la crisis financiera de su empresa. Durante años, infló balances y movió dinero ilegalmente. El problema es que lo descubrieron.

Rafaela se quedó en silencio, asimilando la información.

-El gobierno no toma a la ligera este tipo de delitos -continuó Eleanor-. Lo iban a arrestar. El caso estaba cerrado, las pruebas eran irrefutables, y la sentencia ya estaba dictada. Héctor iba a ser condenado a prisión por más de quince años.

Rafaela se inclinó hacia adelante, más atenta que nunca.

-Entonces, ¿cómo es que está libre?

Eleanor suspiró.

-Solo había un hombre que podía salvarlo: Dante Von Adler.

La sorpresa cruzó el rostro de Rafaela.

-Dante es poderoso, pero... ¿qué tiene que ver él en esto?

-Los abogados encontraron una brecha en la ley -explicó Eleanor-. Dante podía intervenir legalmente en el caso, pero solo si tenía un vínculo directo con la familia.

Rafaela se cubrió la boca con una mano.

-Y el único lazo posible era a través del matrimonio...

Eleanor asintió con los ojos llenos de amargura.

-Exactamente. Pero Hanna estaba fuera del país.

-¡Podrían haber esperado a que volviera! -exclamó Rafaela-. Si se trataba de salvarlo, Hanna...

-No había tiempo. No podíamos esperar a Hanna, Rafaela.

Eleanor se inclinó hacia adelante, su voz temblando.

-El abogado de Dante nos dio dos horas. Dos horas para decidir. O Bianca se casaba con Dante, o Héctor sería enviado a la Prisión principal.

Rafaela se quedó sin palabras.

Eleanor bajó la mirada y susurró con amargura:

-No teníamos otra opción.

El silencio en la habitación se volvió asfixiante.

Después de unos segundos, Rafaela habló con voz firme:

-Y ahora, después de que ella sacrificó todo... ese maldito la echó de su casa.

Eleanor apretó los labios, su cuerpo temblando de impotencia.

-Héctor la repudió. La llamó vulgar, dijo que vendió su cuerpo...

Rafaela golpeó la mesa con fuerza.

-¡Maldito desgraciado! ¡Bianca se sacrificó por él y la trata así!

Eleanor rompió en llanto.

-No tenía opción, Rafaela... Le arrebaté la vida que tenía.

Rafaela se acercó y la abrazó con fuerza.

-No fue tu culpa, Eleanor... Pero escúchame bien: Bianca no está sola. Aquí siempre tendrá un hogar.

Eleanor asintió con lágrimas en los ojos.

Pero en su interior, sabía que Bianca nunca volvería a ser la misma.

- A veces pensamos más en los demás estando dispuestos a sacrificarnos por personas que no lo merecen, pero también valió la pena para que conozcas con que hombre estas casada.

Eleanor bajo la mirada ante las palabras de Rafaela.

- Hector siempre tuvo preferencias hacia Hanna, razón por la cual a ella si le ha permitido estudiar medicina.

Rafael sentía que el impacto de las próximas palabras dejaran marcas.

La lluvia golpeaba suavemente las ventanas de la Mansión Portal, como si el cielo mismo sintiera el dolor que consumía a Bianca en ese momento. La joven estaba en una de las habitaciones, con los ojos hinchados de tanto llorar, mientras Eleanor y Rafaela mantenían esa conversación en la sala principal.

Eleanor sostenía una taza de té entre las manos, pero no había bebido ni un solo sorbo. Su mente estaba atrapada en el pasado, en cada decisión que Héctor había tomado a lo largo de los años, decisiones que habían marcado la vida de sus hijas de forma irreversible.

-Siempre fue Hanna. -su voz sonó amarga y rota al mismo tiempo.

Rafaela levantó la mirada.

-¿Porque solo Hanna y no Bianca?

Eleanor asintió con pesadez.

-Hanna siempre fue su favorita.

Rafaela frunció el ceño, sin sorprenderse del todo.

-Siempre supe que la prefería, pero jamás imaginé que llegara al extremo de tratar a Bianca como si no valiera nada.

Eleanor dejó escapar un suspiro tembloroso.

-Hanna tiene 25 años... cuatro años más que Bianca. Desde pequeña, Héctor la vio como la joya de la familia. Siempre le decía que era inteligente, fuerte, que haría cosas grandiosas. Y cuando creció, él la apoyó en todo.

Rafaela se cruzó de brazos.

-Por supuesto. Le permitió estudiar medicina.

Eleanor apretó la taza con fuerza.

-Sí. Siempre quiso que Hanna se convirtiera en doctora, y cuando ella expresó su deseo de estudiar en una de las mejores universidades, Héctor no dudó ni un segundo.

-Pero... ¿y Bianca? ¿Porque Hanna si y mi pequeña Bianca no?

La mirada de Eleanor se nubló de tristeza.

-A Bianca no le permitió nada definitivamente.

El silencio cayó entre ambas.

-¿Cómo que no le permitió nada? -Rafaela preguntó, incrédula.

Eleanor cerró los ojos, como si recordarlo le causara un dolor insoportable, Rafaela había caído en la trampa de Héctor cuando le había dicho que a Bianca no le gustaba nada y solo prefería la vida de niña rica a cuesta del esfuerzo de sus padres.

-El sueño de Bianca también era estudiar medicina. Desde pequeña, adoraba los libros de anatomía, las enciclopedias médicas... incluso cuando Hanna estudiaba, Bianca se quedaba a su lado, aprendiendo con ella en silencio.

Rafaela llevó una mano a su boca, sorprendida.

-¿Y Héctor lo sabía?

Eleanor soltó una risa amarga.

-Por supuesto que lo sabía. Pero nunca la dejó.

-¡¿Qué?! -Rafaela se levantó, indignada-. ¿Me estás diciendo que a Bianca le prohibió estudiar?

Eleanor asintió con lágrimas en los ojos.

-Le negó el derecho a una educación universitaria.

Rafaela estaba furiosa.

-Pero... ¿cómo justificó eso?

-Dijo que una mujer no necesitaba estudios para casarse. Que Bianca no tenía que aspirar a nada más que ser una esposa perfecta.

El rostro de Rafaela se llenó de rabia.

-¡Maldito imbécil!

Eleanor bajó la mirada.

-Ella rogó.

Rafaela sintió un nudo en el estómago.

-¿Qué?

-Bianca le suplicó. Le dijo que solo quería estudiar, que quería aprender. Pero él la miró a los ojos y le dijo: "No desperdiciaré mi dinero en algo inútil."

Rafaela apretó los puños.

-¿Y tú? ¿No hiciste nada?

Eleanor sintió que su pecho se oprimía.

-Intenté ayudarla... pero él era implacable.

Las lágrimas brotaron de sus ojos.

-Me dijo que si la apoyaba, me sacaría de la casa. No tenía poder, Rafaela. No tenía dinero, no tenía cómo ayudarla. Lo único que pude hacer fue ayudarla a tomar materias virtuales.

Rafaela estaba completamente conmocionada.

-¿Materias virtuales?

Eleanor asintió.

-No era lo que ella quería, pero al menos pudo aprender algo. Se enfocó en el área de la tecnología, porque era lo único accesible para ella. Pero su verdadera pasión... siempre fue la medicina.

Rafaela cerró los ojos con impotencia.

-Él... él le apagó la luz.

Eleanor soltó un sollozo.

-Sí.

El silencio que siguió fue doloroso.

Rafaela miró hacia la escalera, donde sabía que Bianca estaba en una habitación, rota, traicionada y abandonada.

-Pero esa luz no se ha extinguido por completo, quizás ahora tenga más oportunidades que antes.

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