Noemí levantó la vista. Un hombre alto, de traje impecable y mirada gélida, avanzaba hacia ellas. Su presencia era tan intensa que hasta la enfermera se enderezó.
Era Theo Estrada, su prometido...o sea ex prometido?
-Señor Estrada, no sabía que... -la mujer fue interrumpida
-Este hospital recibe millones en donaciones de mi empresa cada año -dijo Theo Estrada, con una calma peligrosa-. Y ustedes niegan atención a una mujer embarazada porque no tiene seguro. -
La enfermera palideció por las palabras del hombre. El señor Estrada visitó al hospital para una reunión con la directiva para tratar el tema de una nueva donación al hospital. Han avisado a todos empleados que se comportaran bien durante su visita.
-Es el protocolo, pero... -trató de excusarse la enfermera pero volvió a ser interrumpida
-Así cámbielo. Ahora. -ordenó Theo con firmeza.
Luego, sus ojos oscuros se clavaron en Noemí, que aún temblaba en el suelo. Y por primera vez en días, alguien la miró a ella, no a la desheredada, no a la fracasada.
-Levántese -dijo Theo, extendiendo una mano-. La llevaré con un médico.
Y aunque Noemí no lo sabía, esa mano era el primer eslabón de un destino que ni su familia, ni el dolor, ni el miedo podrían controlar.
Theo ayudó a Noemí a levantarse del frío suelo del hospital, sintiendo cómo su mano temblaba en la suya. No pesaba casi nada, como si el viento pudiera arrastrarla en cualquier momento. Sus ojos, hinchados por el llanto y el dolor, apenas lograban enfocarse en él.
-Venga -dijo Theo con firmeza, pero sin dureza-. La van a atender ahora.
La enfermera, ahora pálida y nerviosa, asintió rápidamente y corrió a buscar a un médico. Theo no era hombre cuyas órdenes se ignoraban, especialmente no en un hospital que dependía de sus donaciones.
Mientras caminaban por el pasillo, Noemí se aferró al brazo de Theo, tambaleándose. Él la sostuvo con más fuerza, notando lo frágil que se sentía.
-Gracias... -murmuró ella, con voz quebrada.
Theo no respondió. Sabía exactamente quién era ella. Noemí Reynoso.
La heredera de los Reynoso, la familia que había intentado forjar una alianza con él a través del matrimonio. Hasta hacía unas semanas, todo el mundo daba por hecho que sería él quien se casaría con ella.
Pero entonces, de la noche a la mañana, todo cambió. Primero Los Reynoso declaró que la hija mayor escapó con otro hombre, empezaron a insinuar que Samara, la hermana menor de Noemí, sería una mejor opción. Más dócil, más ambiciosa, más... dispuesta a cumplir con los deseos de su padre.
Theo había rechazado todas las insinuaciones. Algo no cuadraba. Y ahora, aquí estaba Noemí, desamparada, enferma, y claramente en peligro.
El doctor, un hombre de mediana edad con gesto profesional pero amable, examinó a Noemí con cuidado. Theo esperó afuera del cubículo, pero no se fue. Algo en él le impedía abandonarla ahí. Cuando el médico salió, su expresión era seria.
-Está deshidratada, con síntomas de estrés extremo y necesita reposo. El bebé está bien, pero si sigue así, podría haber complicaciones. -dijo el médico y Theo asintió, procesando la información.
-¿Necesita ser hospitalizada? -pregunto Theo
-Sería lo ideal para estabilizarla, pero... -el médico miró hacia Noemí, que yacía en la camilla con los ojos cerrados-. No tiene seguro. -Theo sonrió, pero no había humor en esa sonrisa.
-Cúrela. Yo me encargo de los gastos. -dijo Theo con firmeza.
El médico asintió, aliviado, y volvió al cubículo. Theo entró y se acercó a Noemí, que ahora estaba más consciente, aunque aún pálida.
-¿Por qué no me dijiste quién eras? -preguntó él, sin rodeos. Ella abrió los ojos, sorprendida. Por primera vez, realmente lo miró. Y lo reconoció.
-Tú eres... Theo Estrada. -dijo Noemí con temor
-Sí. Y tú eres Noemí Reynoso. O al menos, lo eras. -dijo Theo viéndola. Ella apartó la mirada, avergonzada.
-Ya no soy nadie. -dijo Noemí y Theo se inclinó un poco, bajando la voz.
-Hace unas semanas, tu familia quería casarte conmigo. Ahora, de repente, ofrecen a tu hermana. Y tú apareces en la calle, embarazada y sin un peso. ¿Qué demonios pasó? -preguntó Theo y Noemí cerró los ojos, como si recordar le doliera.
-Mi padre me echó cuando se enteró del bebé. Me desheredó. Todo lo que era mío... Ahora es de Samara. -dijo Noemí y Theo no se inmutó, pero algo en su mirada se volvió más frío.
No era sorpresa para la joven, no existe hombre que quedará alegre al saber que su prometida embarazada de otro hombre.
-¿Y el padre del niño? -preguntó Theo
-No quiere saber nada. -respondió Noemí
Theo respiró hondo. Todo encajaba. Los Reynoso habían desechado a Noemí por ser un estorbo y ahora intentaban colocar a Samara en su lugar. Pero Theo no era un títere. Y menos ahora, con Noemí frente a él, vulnerable pero con una fuerza callada que le intrigaba.
-No vas a volver a la calle -dijo Theo con firmeza-. Vienes conmigo. -Ella lo miró, sorprendida.
-¿Por qué harías eso? -preguntó Noemí sorprendida
Theo no respondió de inmediato. La verdad era que ni él mismo lo sabía. ¿Lastima? ¿Curiosidad? Testamento de abuelo?¿O algo más?
-Porque nadie merece lo que te hicieron. -respondió Theo .
Y en ese momento, mientras sus miradas se mantenían fijas una en la otra, algo cambió entre ellos. Algo que ni los Reynoso, ni Samara, ni siquiera el pasado, podrían controlar. Porque Theo Estrada no salvaba a nadie... a menos que decidiera que valía la pena. Y Noemí, sin saberlo, acababa de convertirse en la excepción.
Después de que el médico terminó de examinarla, Noemí sintió un alivio momentáneo al saber que su bebé estaba a salvo, aunque el dolor y el agotamiento aún pesaban sobre ella como una losa. Sin embargo, antes de que pudiera preguntar qué pasaría después, una enfermera se acercó con una silla de ruedas.
-Vamos a trasladarla a una habitación privada, señorita Reynoso, -dijo el médico con voz profesional pero amable, muy diferente a la frialdad con la que la habían recibido en recepción.
Noemí parpadeó, sorprendida. *¿Una habitación privada?* No tenía dinero para pagar eso. Dudó por un instante, pero el dolor punzante en su bajo vientre la hizo aceptar. Con ayuda de la enfermera, se acomodó en la silla de ruedas, sintiendo cómo cada movimiento le recordaba lo débil que estaba.
El recorrido por los pasillos del hospital fue un borrón de luces fluorescentes y murmullos ahogados.
Notó las miradas curiosas de algunos empleados, que reconocían su apellido pero no entendían por qué estaba allí, sola y en ese estado. Finalmente, llegaron a un ala más tranquila, con pasillos alfombrados y puertas espaciadas. *El área VIP*, donde solo los pacientes con influencia o fortuna eran atendidos.
La habitación que le asignaron era amplia, con una cama ortopédica, cortinas gruesas y una ventana que dejaba entrar la luz tenue del atardecer. Una segunda enfermera, de rostro juvenil y sonrisa cálida, la ayudó a acostarse.
-El doctor Rodríguez estará a cargo de su caso, -explicó la enfermera mientras le ajustaba la bata de hospital-. Le haremos algunos análisis adicionales para asegurarnos de que todo esté bien, pero por ahora, descanse.
Noemí asintió, demasiado cansada para hablar.
En las horas siguientes, fue monitoreada con una dedicación que no había experimentado en años. Le tomaron muestras de sangre, le colocaron un suero para hidratarla y le trajeron una bandeja con comida caliente: sopa de pollo, pan fresco y un té de manzanilla. Cada bocado le sabía a vida. Una enfermera mayor, de manos firmes pero gentiles, le revisó las constantes cada dos horas.
-La presión está un poco baja, pero dentro de lo normal considerando su estado, -murmuró la enfermera, anotando algo en una tableta-. El bebé tiene buen ritmo cardíaco. Eso es alentador.
Aunque ese niño casi ruinó su vida, el bebé no tiene la culpa. El bebé ahora está bien. al saber eso, Noemí dejó escapar un suspiro. Era lo único que importaba.
Pero a medida que la noche caía y los ruidos del hospital se hacían más tenues, una pregunta la atormentaba: ¿Por qué Theo Estrada había intervenido? De hecho, si seguía los acuerdos familiares, ahora su prometida era Samara. Él no le debía nada.
Pero por ahora, permitió que el cansancio la venciera. Por primera vez se sintió segura después de pasar todo. Y mientras el sueño la arrastraba, una última imagen cruzó su mente: los ojos fríos de Theo, observándola como si fuera un enigma por resolver.
Continuará...
La sede principal de Estrada Capital, un imponente rascacielos de vidrio y acero en el corazón financiero de la ciudad, reflejaba la misma precisión implacable que su CEO.
Theo cruzó el lobby con pasos largos, ignorando los saludos corteses de los empleados. Su mente aún estaba en el hospital, en esa habitación donde Noemí Reynoso yacía vulnerable, lejos del mundo de lujo y apariencias en el que ambos habían crecido.
Al llegar al piso ejecutivo, se dirigió directamente a la oficina de Skay Meléndez, su vicepresidente y único hombre en quien confiaba plenamente. La puerta estaba entreabierta, y al entrar, encontró a Skay reclinado en su silla, hablando por teléfono con un cliente asiático en un fluido mandarín.
Al ver a Theo, terminó la llamada de inmediato.
-Por fin, -dijo Skay, ajustándose las gafas de marco negro-. Llevo tres horas tapando agujeros. ¿Dónde demonios estabas? La junta con los inversores de Singapur casi se cancela. - Skay sabía que su jefe tenía un reunión en hospital, pero tardó demasiado tiempo en regreso.
Theo se dejó caer en el sillón frente a él, desabotonando su saco con un gesto cansado.- Rescatando a una Reynoso de las garras de su propia familia. -dijo Theo y Skay arqueó una ceja.
-No me digas que fue Noemí. -agregó Skay
-La misma. -confirmó Theo
-¿Y qué hacía la ex heredera de los Reynoso tirada en un hospital público? -preguntó Skay, aunque por el brillo en sus ojos, ya lo sospechaba. Theo no le quitó la mirada.
-Embarazada. Desheredada. Y con moretones que no se los hizo tropezando en la alfombra de su mansión. -comentó Theo
Skay silbó bajito. Estrada Capital manejaba inversiones de alto riesgo, pero incluso para ellos, meterse en los asuntos de los Reynoso era territorio peligroso.
-Así que los rumores eran ciertos. Guillermo la echó por el escándalo del embarazo. -Skay se inclinó hacia adelante-. Pero eso no explica por qué te involucraste. A menos que...
Un flashback repentino golpeó a Theo: la opulenta sala de juntas de los Reynoso, apenas dos semanas atrás. Guillermo, con una sonrisa tensa, servía un coñac caro. Lina permanecía rígida a su lado.
-Theo, todos sabemos del pacto entre nuestros patriarcas -decía Guillermo-. La unión de nuestras casas es sagrada. Pero las circunstancias cambian. Noemí... está pasando por una fase de rebelión, inmadurez. No es la mujer estable que mereces. Samara, en cambio, comprende la responsabilidad, el honor de cumplir la promesa de los abuelos. -Theo, frío, giraba el cristal en su mano.
-Mi abuelo no pactó con Samara. Pactó con la heredera de los Reynoso. Pactó con Noemí. Ella es el legado de ese acuerdo, no un nombre intercambiable. Sólo me interesa ella. -Su tono era una hoja afilada, cortando cualquier argumento. La sonrisa de Guillermo se congeló.
Ahora, Theo entendía el porqué de tanta insistencia. Ya sabían. Ya sabían que Noemí estaba embarazada y buscaban engañarlo, suplantando a la elegida para salvar su preciado acuerdo.
-A menos que quiera saber por qué, de repente, Samara es la nueva joya de la corona -interrumpió Theo en el presente, con voz fría como el acero, emergiendo del recuerdo-.
Hace un mes, Noemí era la elegida para cumplir el pacto de los abuelos. Ahora la descartan como basura y me ofrecen a la hermana menor como si nada hubiera pasado, como si el honor de sus palabras no significara nada. -Skay conocía bien el juego. Los Reynoso no movían un dedo sin calcular ganancias.
-¿Crees que ocultan algo más? -cuestionó Skay y Theo se levantó, acercándose a la ventana. Desde allí, se veía la torre Reynoso al otro lado de la ciudad.
-Lo sé. Intentaron engañarme, Skay. Y Noemí tiene las respuestas -dijo Theo pensativo y Skay no preguntó más. Sabía que, cuando Theo usaba ese tono, ya había tomado una decisión.
-Entonces, ¿qué sigue? -dijo Skay y Theo giró lentamente, y en sus ojos oscuros brilló una determinación que hizo que hasta Skay se estremeciera.
-Que Noemí se recupere. Después... la visitaré. Y esta vez, no aceptaré evasivas. -dijo Theo con firmeza
Porque detrás de ese embarazo, de esa caída, había un secreto. Y Theo Estrada nunca dejaba cabos sueltos. Menos cuando involucraban a la mujer que su abuelo había elegido para él y que, contra toda lógica, ya no podía sacar de su mente.
Tres Días Después...
Tres días habían pasado desde que Theo la rescató en el hospital, y en todo ese tiempo, Noemí no había vuelto a verlo.
Se había convencido a sí misma de que su intervención había sido solo un acto momentáneo de compasión, algo que él, como hombre poderoso, hacía por apariencias. Nadie ayuda sin querer algo a cambio, pensó amargamente mientras se abrochaba los mismos jeans gastados y la blusa arrugada con la que había llegado.
El espejo del baño le devolvió una imagen que apenas reconocía: el rostro demacrado, el cabello opaco, los ojos todavía marcados por el miedo y la incertidumbre. Pero al menos el bebé estaba bien. Eso era lo único que importaba.
-Señorita Reynoso, tiene que firmar su alta médica, -anunció una enfermera desde la puerta, sosteniendo una carpeta.
Noemí asintió y tomó el bolígrafo que le ofrecían, sintiendo cómo su pulgar rozaba el papel. Firmar significaba volver a la calle, al hambre, al peligro. Pero no tenía opción. Sin embargo, justo cuando estaba a punto de estampar su nombre, la puerta de la habitación se abrió con un suave crujido. Y allí estaba él.
Theo Estrada.
Vestido con un traje negro que acentuaba su figura imponente, avanzó hacia ella con esa seguridad de quien nunca dudaba de su lugar en el mundo. En sus manos llevaba una bolsa de lujo de una boutique exclusiva.
-No creo que eso sea necesario, -dijo Theo, mirando el documento que la enfermera sostenía. Su voz era calmada, pero dejaba claro que no se discutía. Noemí contuvo el aire, sin saber qué esperar. Theo dejó la bolsa sobre la cama- Ropa nueva. No es apropiado que salgas con lo que traías puesto. -Ella miró la bolsa, luego a él, desconcertada.
-Yo... no puedo aceptar esto -murmuró Noemí.
Theo no respondió de inmediato. En cambio, hizo un gesto a la enfermera, quien, entendiendo la indirecta, le entregó el alta médica a él en lugar de a Noemí. Con un movimiento rápido, firmó en el espacio destinado al responsable del paciente y devolvió los papeles.
-Gracias. Puede retirarse, -dijo Theo, sin levantar la voz. La enfermera asintió y salió, cerrando la puerta tras de sí.
Un silencio pesado llenó la habitación. Noemí seguía parada junto a la cama, los dedos aferrados al borde de la bolsa como si temiera que todo fuera un espejismo.
-Theo, ¿por qué...? -preguntó Noemí
-No volverás a la calle, -interrumpió él, cruzando los brazos-. Vivirás en mi mansión. Tendrás comida, atención médica y seguridad. Todo lo que necesites. -Ella abrió la boca para protestar, pero él alzó una mano, deteniéndola-No es una oferta.
Noemí sintió un escalofrío. No había mención de su familia, de Samara, del bebé... ni de lo que él realmente quería. Pero en sus ojos, esa mirada calculadora que la recorría de arriba abajo, había algo más. Algo que ella no podía descifrar.
-¿Y cuál es el precio? -preguntó Noemí finalmente, desafiante. Theo esbozó una sonrisa casi imperceptible.
-Sigueme o mi gente te ayudo a caminar. -dijo Theo y con eso, dio media vuelta hacia la puerta.-Cámbiate. El auto te espera abajo.-dijo Theo para salir de la habitación.
Noemí lo vio salir, sintiendo que, de alguna manera, acababa de caer en una jaula mucho más grande que las calles. Una jaula dorada, construida por el hombre más peligroso que conocía.
Continuará...