Capítulo 2

CAPITULO 2

De un segundo a otro la cafetería se volvió silenciosa. Todos, incluso las cocineras, dejaron de hacer su trabajo. Me senté rígidamente y me giré hacia a él. Su mandíbula estaba contraída y sus labios estaban apretados en una línea recta.

—¿Disculpa? —pregunté cautelosamente.

—¿Acaso estás sorda? —exclamó, sus puños formándose a los costados.

Escuché el movimiento de una silla a unos metros de la mesa y por el rabillo del ojo vi a Alexander ponerse de pie.

—No le hables así a mi hermana.

Max lo miró con enojo por haberlo interrumpido.

—Mi asunto es con ella —respondió entre dientes.

—Los problemas que tengas con ella —caminó hasta ponerse frente a él y comencé asustarme—, los arreglas conmigo.

—Alexander, no hagas esto —susurré, con la esperanza de no crear una discusión.

Max respiró profundamente, poniendo toda su atención ahora en mi hermano.

—Más vale que le digas a tu hermanita que deje de mirarme como una mujerzuela... —sus palabras fueron abruptamente reemplazadas por el golpe que Alexander le propinó en la boca.

La tensión de alrededor fue cada vez más palpable. Sin embargo, Max se incorporó y se pasó el dorso de la mano en el labio inferior para limpiar las gotas de sangre que brotaban de esa zona. Gruñendo de ira, se lanzó sobre él y empezó a golpearlo en el estómago. La reacción de Alexander fue un sonido sordo antes de que cayera de rodillas al suelo.

Con el corazón acelerado me dirigí hacia a él. Claire y Kim me detuvieron sujetándome de los hombros mientras los demás murmuraban y miraban lo sucedido. Era lo único que eran capaces de hacer porque estaba segura de que nadie se atrevería a acercarse. Había quedado claro desde un inicio que me tendría que mantener alejada de él o de lo contrario tenía que atenerme a las consecuencias. Y mi hermano era el que estaba sufriendo esas consecuencias por protegerme.

Max siguió atacándolo sin importarle los gritos que emitía para que se detuviera. Las lágrimas resbalaron por mis mejillas al observar a Alexander quejándose y tratando de cubrirse de las agresiones. El pecho me dolió tanto que temí sofocarme. No podía verlo sufrir. La impotencia y la ira fluyeron en mi interior y con la bilis en la garganta me zafé de los brazos de mis amigas.

—¡Déjalo en paz! —lo empujé, apartándolo de Alexander. Max quedó desprevenido por un instante, seguramente por que no pensó que interviniera, y luego me miró con advertencia.

—Fuera de mi camino o si no te golpearé.

El terror me invadió, pero la adrenalina sobresalió.

—No te atreverías —dije, sintiéndome insegura por dentro.

—¿Me estás retando? —sonrió irónicamente mientras sacudía la cabeza—. Eres débil, como todas las personas de aquí. Podría tenerte en el suelo con tan solo un golpe igual que a tu hermano.

Escuché a Alexander gemir de dolor y el coraje se apoderó de mis venas. Cuando menos pensé mi pequeño puño se conectó directamente a su ojo. Sentí que el tiempo se detenía. Los demás soltaron un grito ahogado, impactados por mi reacción. Y para no mentir, yo también estaba sorprendida. Fue algo inesperado, pero sinceramente se lo merecía.

El cuerpo de Max se quedó estático asimilando lo ocurrido. Cuando se convenció de que lo había enfrentado, se acercó a mí bruscamente de tal modo que quedamos de frente. Su altura me intimidó mientras percibía su respiración agitada en mi rostro. Sus ojos brillaron de una manera aterradora y me pregunté si sería capaz de golpearme.

—¡Wilson! —la voz del director resonó por toda la cafetería—. ¡A mi oficina ahora!

Max me observó por unos momentos que me parecieron eternos. Estaba realmente asustada, pero permanecí firme hasta que finalmente se apartó. Tomé la oportunidad para agacharme al lado de Alexander, quien seguía quejándose por lo bajo.

—¿Qué mierda están mirando? —dijo Max antes de salir de la cafetería en compañía del director.

Los inútiles de mis compañeros se levantaron de sus lugares y se acercaron a nosotros. Quería gritarles que eran unos cobardes.

¿Cómo pudieron no hacer nada? Me parecía absurdo que se dejaran manipular por un chico raro.

—No te muevas —le dije a Alexander cuando comenzó a toser—, vas a estar bien.

Sus amigos lo ayudaron a por lo menos sentarse y su novia, Karen, se arrodilló mientras sollozaba. La campana sonó dando por terminado el descanso y el espectáculo. A nuestra coordinadora le avisaron lo que había pasado, por lo que nos dio el permiso de irnos a casa para que un médico atendiera a Alexander. Kim y Claire me acompañaron a ir por mis cosas al salón, cuando me despedí de ellas lo hice secamente. Estaba molesta con todos lo que no hicieron absolutamente nada.

Mientras Alexander estaba esperándome con su novia en la camioneta, guardé algunos libros en el casillero. Las clases habían reiniciado y los pasillos estaban vacíos. Medité los acontecimientos anteriores, pero no encontré una razón lógica para que Max golpeara a mi hermano cruelmente por haberme defendido.

Guiándome solamente por su actitud violenta, ajusté la mochila en mis hombros y me dirigí a la puerta del edificio. Cuando pasé por la oficina del director, la puerta se abrió. Max salió acompañado de un oficial y me miró con la misma intensidad de antes. Me estremecí y apresuré el paso. Tenía que calmarme, no podía hacer nada con un agente del Gobierno presente. Cuando estuve a punto de salir al exterior, volteé hacia los pasillos solamente para confirmar que seguía observándome como si estuviera planeando su siguiente ataque.

Capítulo 3

CAPITULO 3

Habían pasado dos días desde el incidente en la cafetería. Lo

sucedido aún se murmuraba en los pasillos y en el salón de clases. Se volvió el tema más interesante de lo que llevaba la semana. Me irritaba escucharlos, porque la confrontación pudo haber sido evitada. También tuve que soportar las constantes miradas y susurros. Seguían preguntándose de dónde había sacado el valor para golpear a Max. Tal vez debieron estar en mi lugar para comprenderlo.

Pero no me sentía halagada por mi acto de valentía. Estaba nerviosa de que en cualquier momento él apareciera para terminar lo que no pudo hacer. Alexander quería comenzar una nueva pelea al día siguiente, pero le supliqué que no lo hiciera. Complicaría las cosas y los resultados podrían ser peores. Accedió no muy convencido, pero dijo que si volvía a molestarme tendría que hacer algo al respecto.

Dejé de mirar a Max y lo evitaba en los pasillos. Hasta ahora había funcionado. Pero mientras cerraba mi casillero me di cuenta de que faltaba una clase para ir a casa y recordé que compartía Literatura con él. El miedo me crispó a flor de piel y mis amigas se percataron de ello.

—Te ves nerviosa —dijo Kim cuando nos desplazamos por los pasillos.

—Lo estoy —afirmé, mordiéndome el labio.

—Tal vez no asista a clase —Claire intentó tranquilizarme.

Fruncí los labios, sabía perfectamente que asistiría. Era la oportunidad perfecta para cobrarse lo que le hice a él y a su reputación.

—Eso espero.

Llegamos al aula y me despedí de ellas. Me sentí un tanto desprotegida cuando las vi marcharse. Estúpidos horarios. Mi única esperanza era que los próximos cuarenta y cinco minutos transcurrieran con rapidez.

Con los hombros tensos, tomé lugar en la butaca que estaba cerca de la puerta. Así cuando dieran el timbre podría salir antes que cualquiera. Inspeccioné a mi alrededor y me calmé un poco cuando no vi a Max.

Tal vez Claire tenía razón.

El profesor llegó y mis compañeros se instalaron en sus asientos. En cuestión de segundos comenzó la clase e intenté prestar atención a su explicación acerca de seres que eran comunes con los humanos, pero que tenían diferentes maneras de vida. Estaba escribiendo cada palabra importante sobre el tema, cuando dos personas aparecieron en la puerta interrumpiendo la clase. El profesor dejó de explicar y mi corazón palpitó nerviosamente cuando vi a Max junto al director.

—Profesor Waters, el joven Wilson tuvo que llegar tarde por cuestiones personales.

—Oh, no hay problema —hizo un ademán restándole importancia y caminó hacia a ellos.

Me puse alerta cuando Max entró. Sabía que no haría nada para lastimarme, pero me sentí vulnerable cuando el profesor salió del salón y cerró la puerta detrás de él para conversar con el director Levinson acerca de su comportamiento.

Sus ojos oscuros me atravesaron cuando me miró, tragué el nudo que tenía en la garganta y pretendí estar escribiendo. Pasó a mi lado y se detuvo al dar un par de pasos.

—Quítate.

Contuve la respiración y cautelosamente miré sobre mi hombro. Le hablaba al chico que estaba sentado detrás de mí. Sin protestar, Brad recogió su mochila y se levantó alejándose al fondo. Miré nuevamente mis notas mientras sentía cómo Max se acomodaba en la butaca. Esto estaba poniéndose cada vez peor y por alguna razón mis manos comenzaron a temblar. Cabía la posibilidad de que me clavara el bolígrafo en la espalda o algo parecido.

Bien, no tenía por qué ser tan paranoica, pero cualquier cosa se podría esperar de él.

El profesor regresó a retomar la explicación y me sentí un poco más cómoda. Me forcé a ignorar su presencia detrás de mí, pero fue imposible. Lo sentía inclinarse hacia adelante y su respiración rozaba en mi cuello, enviándome un escalofrío. No sabía qué hacer. Podía cambiarme de lugar, pero eso llamaría demasiado la atención, así que preferí esperar a que terminara la clase.

Minutos antes de que concluyera, guardé las cosas en la mochila. Al sonar el timbre de salida, escapé del salón como si hubiera estado presa. Una vez en los pasillos, logré respirar con normalidad. Estaba contando los pasos que me faltaban para atravesar las puertas del edificio, cuando una mano se apoderó de mi brazo.

—Nos vemos más tarde.

Pensé que estaba imaginándome la voz de Max, pero luego estuve consciente de que era él quien me sujetaba del brazo. Me paralicé sin poder articular una palabra y lo vi salir, perdiéndose entre las personas que no se dieron cuenta de su amenaza.

Me detuve, reflexionando su advertencia. La jornada escolar había terminado y, por lo tanto, no había manera de verlo más tarde.

A menos que hubiera planeado algo.

Una corriente de aire helado me puso los pelos de punta y obligué a mis pies moverse hacia el estacionamiento. Debía decírselo a Alexander, pero sabía que lo alteraría. Durante el trayecto a casa me quedé en silencio mientras formulaba las posibles respuestas de su encuentro…

Pero ninguna de ellas fue agradable.

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