Ava sintió el carro estacionarse, prestó atención como Dante salía del carro, su mente era un caos de emociones, ese hombre hasta unas horas atrás era gay y su amor imposible, ahora resultó ser un CEO de una de las empresas más importante en el área de la tecnología. Sus nervios se hicieron presentes «¡Ay dios! Ahora que hago ahora, si varias veces fui yo la que se le insinuaba». Exclamó mentalmente.
Dante rodeó el carro y abrió la puerta trasera, se inclinó y tomó la mano de su esposa que forjaba para no salir, la agarró y lanzó en su hombro, unos de sus guardaespaldas le abrió la puerta principal de su mansión. Dante entraba a paso firme.
—¡Bájame imbécil! Eres un mentiroso, ¿cómo pudiste engañarme? —gritó enojada al imaginarse lo que él piensa hacer.
—¡Bájame maldito, mentiroso! —gritó nuevamente.
—Es mejor que te quedes quieta conejita, falta poco para llegar a nuestra habitación —respondió subiendo las escaleras.
—¡Bájame! Puedo caminar sola —expresó altanera.
Antes de subir el último escalón le dio dos nalgadas.
—¡Me la vas a pagar! Lo que le faltaba a un mentiroso, ser un maltratador de mujeres —protestó mientras le daba manotazos en su espalda.
Él no le hizo caso, entró a su habitación cerrando la puerta con el pie y la tiró sobre la cama.
Ava cayó como una pluma en una acogedora y amplia cama, mientras un delicioso aroma a limón mentolado se colaba por su nariz, esa habitación olía a ese hombre.
—Déjame ir, Eres un pervertido, degenerado, ¡No me toques!, no quiero estar aquí, yo… —ella se quedó muda cuando lo vio quitarse la camisa delante de ella, antes lo había hecho, pero nunca de esa forma tan sensual que ven sus ojos, unos amplios hombros, sus pectorales fuertes, ese abdomen plano y marcado que la dejaron inmóvil.
—¿Te gusta lo que ves mi amada esposa? —pronunció él mientras continuaba quitándose el pantalón y los zapatos.
El cuerpo de Ava se estremeció y un vapor iba creciendo desde su interior al verlo en bóxer, sus mejillas se tornaron rojizas, trago saliva al sentir una sensación de deseo, pero ella no podía darse por vencida.
—Solo quiero el divorcio, por favor no hagas esto —expulsó con debilidad de su garganta.
—¡No Ava! Recuerdas el contrato que firmamos y la cláusula que dice que nos podemos divorciar cuando yo lo decida, lo siento querida, ¡yo no quiero! —esbozo una sonrisa pervertida en su rostro mientras le quitaba las zapatillas.
—¿Qué? Yo no sabía de esa cláusula, me engañaste otra vez como una boba y te puedo obligar, te voy a engañar con otros hombres, que la prensa se entere y por vergüenza no te quedará de otra que firmar.
Dante soltó una carcajada maliciosa mientras le rompía el vestido listo para atacar como un depredador.
—Hoy se hizo público que eres mi esposa. ¿Quiero ver quién es el primer cobarde que se atreva a enfrentarme?
—¡No te atrevas a tomarme por la fuerza!. O ¡No te lo voy a perdonar! —señaló irritada, mientras lo veía posicionarse encima de ella. Ava jadeo por la ansiedad de tenerlo tan cerca y sabía que ya podía escapar de su destino.
—¡Lo siento! No puedo resistirme, eres tan hermosa, si quieres mañana me insultas y me golpeas, pero déjame disfrutarte —se apoderó de su boca y le mordió el labio inferior con delicadeza, cuando ella separó sus labios aprovechó e invadió con su lengua su interior, mientras cada mano se apoderó de cada uno de sus senos masajeandolos con ansias.
Ava estaba perdida en aquel beso, su mente se nubló de lujuria al sentir su erección presionando su delgado blúmer, haciéndola soltar un gemido que ella misma no entendía.
Dante interrumpió el beso para darle aire, fue bajando su boca para proporcionarle pequeños mordiscos y rozar su lengua con pasión por su hermoso cuello. Luego llegó a sus senos redondos, estaban erguidos llamándolo para ser poseídos por su boca, pasó su lengua por uno de sus pezones rosados, mientras que con dos dedos hacía círculos en el otro pezón.
Ava soltaba pequeños gemidos, por el contacto de esa lengua en sus pezones, que él intercambiaba para jugar con su boca con cada uno de ellos. Cuando él se detuvo y le quitó su blúmer, ella le echó un vistazo y observó una pequeña sonrisa maliciosa dibujada en sus labios.
—¡Ava! ¡Está humedad! ¿Acaso estás entusiasmada de estar conmigo? —indicó pasando dos dedos de arriba a abajo por su hendidura rosada.
Ella no contestó, como respuesta él recibió un jadeo de placer. Ava estaba perdiendo la fuerza de voluntad.
Dante tomó su mano y se la puso sobre su hombría que aún estaba dentro de su bóxer.
—Siente cuanto te deseo mi hermosa conejita, me tienes loco de amor por ti, esto es tu culpa, no sabes cuantas veces te desee cuando paseabas por la sala con esas mini pijamas de conejo, yo tenía que correr al baño para ducharme con agua fría, así de duro me tenías —susurró con una voz sensual y quebrada ya no se podía contener.
Él se quitó el bóxer y se posicionó entre sus muslos, posó sus codos en cada lado de ella y volvió apoderarse de su boca, mientras la penetraba con cuidado.
Ava se quejó dentro de su boca al sentir una punzada de dolor.
—El dolor pasará pronto mi amor, solo relájate, me aprietas tan fuerte que estoy conteniendo las ganas de moverme —él le decía mientras esperaba que el cuerpo de ella se adaptara a su hombría.
Ava sintió como el dolor iba desapareciendo y su cuerpo quería más de él, se movió debajo de Dante. Ella lo miraba fijamente con lujuria, indicando que continúe.
Dante sonrió y empezó a moverse mientras ella esparcía sonidos libidinosos que eran un canto para sus oídos, provocando que la embustera cada vez más rápida con cada gemido que eran cada vez más intensos.
Ava le gustaba lo que estaba experimentando, enrosco sus piernas en las caderas de él para disfrutar de cada embestida. Ya no tenía control de su cuerpo que se movía al mismo ritmo que él.
Él agarró las piernas de ella y las apartó de sus caderas y la llevó a sus hombros. No aguanto más al sentir que entraba completo en ella, esa sensación lo tenía desbordado de gozo y se corrió dentro de su intimidad, mientras ella gimió desesperada ante el orgasmo que está experimentando.
Dante agitado soltó sus piernas y se posicionó sobre ella, unieron sus frentes mientras él soltaba un sonido varonil desde su interior, depositando en ella su espeso líquido caliente. Cuando recuperó el aliento se lanzó a su lado para calmar su respiración.
Cuando Ava recuperó el aliento, se acomodó en el pecho de Dante, estaba invadida de sensaciones por ese hombre, los recuerdos de su pasado vienen a su mente cómo hace un año su vida cambio después la muerte de su madre.
—Hola Ángela—contesto perezosa, estaba acostada en su cama a punto de conciliar el sueño cuando escucho su teléfono móvil.
—Hija, perdóname por ser tan débil, si algo me llegara a pasar cuida de tu hermana, tú eres fuerte y vas a encontrar la felicidad al lado de alguien que realmente te demuestre amor.
—¡Mamá! ¿Qué dices? ¿Dónde estás? ¿Dime ahora mismo que voy por ti? —sé levantó asustada, escucho su voz quebrada, como si estuviera llorando.
—Como siempre creyendo en el amor de tu padre, ¡soy masoquista! Le he aguantado engaños, malos tratos, regresa y me convence, como una ilusa vuelvo a caer, no me justifico, pero tu papá fue el único hombre en mi vida y al que amé hasta la muerte.
—¡Mamá! Porque dices eso ahora. ¿Viste a papá con su amante otra vez? —dijo con el teléfono en la oreja mientras se intentaba vestir.
—Si hija lo seguí a un apartamento y al tocar la puerta, allí estaban los dos semidesnudos, ya estoy cansada de creerle todas sus mentiras.
—¡Mamá! ¿Dónde estás? —volvió a preguntar altera.
—Estoy en mi carro conduciendo, tu papá viene en su carro detrás de mí, estoy cansada de escuchar tantas mentiras, ¡hija! Perdóname.
Fue lo último que escuchó Ava antes de sentir un estruendo, el teléfono se le cayó de la oreja y sus lágrimas salían como mareas de sus ojos.
—¡No! ¡No! No Ángela. ¿Qué locura hiciste? —susurró desesperada. No sabía qué hacer, agarró las llaves de su carro y empezó a conducir por vías transitables de los Ángeles.
En la autopista interestatal Ava vio un accidente, del tramo contrario al que ella conducía, de lejos vio el carro de su papá estacionado a un lado de la carretera, un escalofrío recorrió su cuerpo. A toda velocidad busco un cruce y retorno, cuando estaba cerca estaciono y miro el carro de su mamá destruido en la parte delantera, como pudo corrió, uno de los bomberos al verla la detuvo.
—Señorita, no puede pasar, esta es un área restringida.
—¡Es mi mamá! Déjeme verla por favor, ¡es mi mami!, quiero verla —gritó mientras un chorro de lágrimas rodaban por su rostro.
—La señora está en estado crítico, en estos momentos la están trasladando al hospital central —respondió el joven, sentía pena por la joven que sostenía en sus brazos.
Ava se zafó de aquellos músculos para seguir corriendo hacia su carro, cuando estaba dando los pasos escuchó.
—¡Ava! ¡Hija!.
—No me llames hija, tú mataste a mi madre, ahora si estás feliz verdad, ahora si no vas a tener el estorbo de mi mamá en tu camino. ¿Por qué papá? Después que desapareciste por tantos años, ¿Por qué tuviste que regresar a perturbar la tranquilidad de mi mamá?
—¡Hija! Yo no maté a tu madre, fue un accidente, ella chocó con una de las barandillas de la carretera, a mí no me vas a echar la culpa, y la relación que tuve con tu mamá era entre nosotros dos. Tú a mí me respetas, ¡soy tu padre quieras o no! —soltó Sergio indignado por la altanería de su hija.
—Vaya padre que me he gastado, uno que hace sufrir a una mujer por tantos años, desaparece y luego regresa a su vida arrepentida. ¿Para qué? Para volverla a engañar con la misma mujerzuela de siempre.
—Las cosas no son así Ava, ¿De qué mujer hablas?
—A mí no me engañas papá, mi Ángela antes del accidente me llamó y me contó que te encontró con tu mujerzuela y que tú la perseguías, ¡sabes! No voy a seguir perdiendo el tiempo contigo —le dio la espalda y se montó en su carro a toda velocidad al hospital. Al llegar preguntó.
—Donde está la señora Ángela Johnson, a la que ingresaron por un accidente automovilístico hace unos cuantos minutos.
—Señorita, mantenga la calma, su mamá llegó en muy mal estado y lamentablemente su corazón no resistió, falleció antes de ser llevada a quirófano.
Ava cayó de rodillas en aquel piso frío de la sala de emergencia, gritó con el corazón comprimido del dolor.
—Ángela no nos dejes por favor, tus hijas te amábamos, te necesitábamos. ¿Por qué mamá? Porque tuviste que salir de la casa a buscar un hombre que nunca te quiso —se colocó las manos en su pecho y una cascada de sentimientos rodaban por sus mejillas —se llevó las manos a su pecho—. Ahora sí nos dejaste sola.
El doctor, al ver la escena, se acercó y se inclinó para levantar a Ava, una enfermera llego a ellos.
—Leticia colócale un calmante a la joven y quedarte con ella hasta que se sienta mejor.
La enfermera le colocó una inyección, la condujo a una habitación y allí permaneció con ella hasta que se calmó.
Ava se quedó en silencio, en su corazón había mucha decepción, y rencor. Rencor con su madre que prefirió morir antes que ellas, eso era algo que no se lo iba a perdonar.
—¿Ahora cómo se lo digo a Olivia? —fueron las palabras qué logró pronunciar.
—Señorita tiene que ser fuerte, lamento su perdida —manifiesto la enfermera con compasión.
Ava la miró con tristeza y sé levando de la camilla, acomodó su ropa, limpió sus lágrimas y salió a preparar el funeral de su madre.
Dos días después fue el funeral. En el centenario había pocas personas acompañándolos, Ava no entendía. ¿Por qué su abuelo a pesar de la muerte de su hija no apareció para darle el último adiós?
Olivia estaba destrozada al igual que Ava, las dos estaban muy unidas a su madre. Ava se hacía la fuerte para no desmoronarse delante de ella.
Los llantos de Olivia eran desgarradores y Ava solo podía abrazarla para que no se cayera.
Su enojo era grande al ver aparecer a su papá junto a su nueva familia, los fulminaba con la mirada, dio gracias a dios que no se acercaron a ellas y mantuvieron la distancia.
En el funeral estaba el abogado de la familia, quien le informó que la llamaría para la lectura del testamento dictaminado por la familia Johnson.
Antes de retirarse con lágrimas en los ojos, ella se aproximó a la tumba de su madre para despedirse.
—Aquí estoy Ángela, espero que encuentres la paz que buscabas, todavía recuerdo las palabras que siempre me decías “no seas débil como tu madre y tienes que ser fuerte en la vida hija” —echo una ojeada a su padre que no apartaba la mirada de ella—. ¡Te prometo ser fuerte! Porque sé lo se aproxima no va a ser nada bueno. —Lanzo una rosa a la tierra y junto a su hermana se marcharon del lugar.