La memoria de Sofía retrocedió en el tiempo, a días más simples, a una época en la que el mundo parecía un lugar más amable.
Recordó a su padre, no como el héroe de la plaza, sino como el hombre que le enseñaba a cuidar de los toros en su pequeña ganadería, su voz era fuerte pero gentil, sus manos, callosas por el trabajo, la guiaban para entender el lenguaje de los animales.
"Un toro bravo, Sofía", le decía, "es como un hombre de honor, hay que tratarlo con respeto, con valentía, pero nunca con crueldad".
Mateo era solo un niño entonces, corría entre los corrales, riendo, sus ojos llenos de la inocencia que el mundo aún no le había arrebatado.
Sofía se convirtió en su segunda madre, lo cuidaba, lo protegía, le contaba las historias de su padre, de sus triunfos en la arena, de la capa legendaria que ahora descansaba en el baúl.
La vida era dura, el trabajo en la ganadería era agotador y el dinero escaseaba, pero estaban juntos, y eso era suficiente.
Luego, la tragedia golpeó, una enfermedad rápida y fulminante se llevó a su padre, dejándolos solos con una herencia de deudas y un puñado de animales.
Sofía, con apenas veinte años, tuvo que madurar de golpe, vendió parte de la ganadería para pagar las deudas más urgentes y trabajó de sol a sol para mantener a flote lo que quedaba.
Se olvidó de sus propios sueños, de sus amigas, de la juventud que le correspondía vivir, su único propósito era que a Mateo no le faltara nada.
Pero a medida que Mateo crecía, la sombra del cacique se cernía sobre el pueblo, sus negocios ilegales, como las peleas de gallos, atraían a jóvenes en busca de dinero fácil y emociones fuertes.
Sofía le advirtió a Mateo, le rogó que se mantuviera alejado de ese mundo oscuro.
"Eso no es para nosotros, Mateo", le decía. "Nuestro legado es el de la valentía, no el de la barbarie".
Pero la tentación fue demasiado fuerte, una noche, Mateo, influenciado por unos amigos, fue a una de esas peleas clandestinas, una discusión por una apuesta se salió de control.
El cacique, presente en el lugar, no toleró el desafío de un muchacho, ordenó a sus hombres que le dieran una "lección".
La lección fue brutal, lo dejaron malherido, convencidos de que el miedo sería suficiente para silenciarlo a él y a su hermana.
Se equivocaron.
El dolor de ver a su hermano herido encendió en Sofía una furia que no sabía que poseía, el sacrificio de años, el amor incondicional, todo se transformó en una determinación de hierro.
Ya no era solo la hermana mayor, la cuidadora, se había convertido en una justiciera, una mujer que no se detendría ante nada para vengar la sangre de su hermano.
La joven que soñaba con una vida tranquila había muerto en ese callejón, bajo los golpes y las humillaciones, en su lugar, había nacido una guerrera, armada con el legado de su padre y un corazón lleno de una sed de justicia que nada ni nadie podría apagar.