Capítulo 2.
Capítulo 2: Una Noche Sin Retorno.
Nos dirigimos al hotel, caminando en silencio. Yo podía sentir la presión de su mano en la mía. Todo parecía embotado y distante. Era un sueño, pero yo sabía que no lo era.
Llegamos al hotel. En el ascensor me dijo que me dijo el nombre .
-Isabela.
-Sí, Isabella.
sigue el es frio una basura que la trata como trapo
-Hora de ir -dijo él, y me llevó hacia su habitación. Estaba nerviosa, sintiéndome como si hubiera estado nadando contra la corriente. El aire del pasillo era frío y sólido, pero mis ojos seguían preocupados. Él abrió la puerta, lo hizo pasar y echó un rápido vistazo a la habitación. ¡Dios mío! Era enorme.
La cama era enorme y la habitación parecía salida de un sueño de lujo. Todo era increíble, opulento y...siniestro. Yo sabía lo que iba a pasar.
-Toma asiento -dijo, señalando una silla . Yo me senté mientras él se quedaba de pie, mirándome fijamente.
-¿Cómo ha sido tu vida hasta ahora, Isabella?
-Mi vida ha sido... llena de cosas -respondí, titubeando. ¿Por qué quería saber esto? ¿Le importaba?
-Por supuesto, me interesa -dijo, y se acercó a mí. Su voz era tan fría como su mirada. ¡Qué impresionante! -Continó, pero su voz era casi un susurro.
Estaba tenso.
-Sabes, Isabella -continuó, como si yo fuera a tener interés en lo que decía- yo soy el tipo de hombre que entiende lo que quiere y cómo lo quiere. Yo quiero que esto sea... agradable para ambos.
-Sí. Bien.
-Bueno. Vemos si eres lo que tú crees que eres -dijo, con una sonrisa cruel.
Sigue siendo un malo con ella.
Yo trato de relajarme, pero no pude. ¿Qué estaba haciendo aquí? ¿Qué iba a pasar? ¿Qué quería decir? Entonces, se acercó más y me tomó la barbilla, haciéndome mirarlo.
-Yo quiero que seas mía, Isabella. Entregarte. ¿Estás lista para eso?
Su mano era fuerte y su mirada, ardiente.
Sigue la despreciable
-Sí -dije, tratando de parecer fuerte, como si no tuviera miedo. Pero él notó mi incertidumbre y me presionó la barbilla con más fuerza.
-¿Y qué me dices de tu virginidad? ¿Es realmente tuya o has estado jugando a un juego conmigo?
No podía creer su valentía. ¿Qué iba a decir?
Me levanté de la silla, como si me quisiera alejar de su alcance. Mis emociones estaban fuera de control y la situación estaba escalando demasiado rápido.
-Es mía -dije, tratando de mantener la compostura.
-Eso digo yo. Pero ¿cuánto vale, Isabella?
Me quedé sin palabras, con su sugestiva pregunta reverberando en mi cabeza. ¿Qué valor tiene mi virginidad? ¿Y qué tanto valor tenía yo para él?
Entonces, miró su reloj .
-Parece que ya es hora de encontrarnos. Vamos a la cama -dijo, y me tomó de la mano.
Tenía miedo, estaba helada, pero no podía detenerlo.
Llegamos a la cama y me senté en ella. Sentí como mi cuerpo se tensaba. ¿Qué iba a pasar ahora? Él se quitó el traje, lentamente, como una serpiente descansando en la noche. Me hizo sentir demasiado expuesto, demasiado vulnerable.
Me volví, no queriendo mirarlo. Yo sabía que si lo hacía, me derrumbaría. Sentí su peso sobre la cama, sentí su respiración sobre mí. ¿Qué iba a pasar? Sentí su mano en mi mejilla, muy suave, pero firmemente, guiándome hacia él.
-Mírame -dijo.
Su voz era tranquila y segura.
Su aliento sobre mí era cada vez más cercano. No podía escapar. Me aferró al cuello, con brusquedad. Su mano era cálida y fuerte, y me hizo sentir como si me estuviera ahogando.
-Mírame, Isabella -repitió.
Me volví hacia él y sus ojos me fueron penetrando a través de mi cuerpo.
Me volví hacia él, en la cama, y comenzó a besarme. Su boca era dura y las manos también lo eran. Yo *p*n*s podía resistir, estaba temblando de miedo y de angustia. Mis ojos se humedecieron, pero no quise llorar. Él continuó besándome, más fuerte, más duro. Su mano comenzó a desabrocharme la blusa.
Yo sentí una punzada de miedo cuando sentí sus manos desabrochándome la blusa. *p*n*s podía respirar. Sus manos fueron deslizándose por mi cuerpo, buscando más piel que tocar. Sentí un escalofrío helado en mi espalda cuando noté sus dedos en mi estómago, moviéndose hacia abajo. No podía moverme.
Su boca se volvió más firme y su beso más ardiente, pero su mano continuó descendiendo hasta llegar a mi cintura. Yo estaba tensa, tensa como una guitarra que se estaba a punto de mameluco. La mano de él bajaba hasta el punto donde mi pantalón se ajustaba en mi cintura y yo... sentí cómo las lágrimas salían de mis ojos.
Su mano se aferró a mi pantalón y, con un rápido movimiento, lo arrancó de mi cuerpo. Ahora, me estaba mirando, sin ropa, desnuda y vulnerable. Me cubrí los ojos con las manos, tratando de detener los ojos fríos de él.
-No te escondas de mí, Isabella -dijo, con un tono casi ominoso.
No pude moverme.
Comenzó a reír. Una carcajada profunda y amarga que resonó por toda la habitación. Una carcajada burlona y cruel que me hizo sentir aún más pequeña y patética. Yo estaba temblando y su carcajada no hacía más que aumentar mi angustia.
-¡Por Dios, Isabel! ¿Es esto lo mejor que puedes ofrecer? -dijo.
Él comenzó a desvestirse. Su mirada era tan fría como su sonrisa. Yo estaba temblando ahora, con lágrimas en mis ojos. ¿Qué estaba haciendo yo allí? ¿Cómo iba a soportar esto? Entonces, me acarició la cara. Su mano era cruel y húmeda.
-Tranquila, Isabella -dijo.
Entonces, me recostó en la cama. Él estaba encima de mí, su peso me oprimía. Su mirada se volvió más intensa y su mano siguió recorriendo mi cuerpo. Yo podía sentir que mi cuerpo se tensaba, cada poro se erguía y mis ojos se humedecían de miedo y angustia.
-Te sientes insegura -dijo.
¿Era una pregunta?
Mi corazón latía tan fuerte que sentía como si iba a salirse de mi pecho. Él me miraba fijamente, casi como si estuviera hurgando en mi alma. Y entonces, lentamente, comenzó a acercarse a mi cuello. ¿Qué estaba haciendo? Sentí un escalofrío que subía por mi espalda.
-Estás lista para que te tome, Isabella -dijo.
Capítulo 3: El Abismo.
Él comenzó a empujarme con brusquedad. Sus manos eran como puñales en mi piel, y su risa sonaba como una maldición sobre mi corazón.
-Yo voy a cogerme a otra mejor por hoy -dijo, con una sonrisa siniestra. -Tú no eres suficiente.
Yo comencé a sentir una ira arrepentida. ¿
¿Cómo se atrevía a tratarme así? ¿Quién creía que era para juzgarme? A través de mis lágrimas, le lanzó una mirada cargada de furia. Él sólo se río.
-Tú no eres nadie -dijo, con una sonrisa malsana.
Sentí como la ira se extendía por mi cuerpo, pero él ya se había retirado.
Ahora yo estaba sola, en la cama, desnuda y confusa. ¿Qué era lo que había pasado? ¿Qué pensaba hacer? Me abracé los brazos y lloré. Me sentí usada, desecada y, peor aún, sucia. No podía entender lo que había pasado. No podía entender por qué había hecho esto.
Justo cuando pensaba que todo había terminado, él entró en la habitación, y su presencia me inundó como una ola helada.
-Eres una cosa inservible -dijo, con voz penetrante. -Un error.
Yo casi pude sentir su frialdad, como si fuera un fantasma acechando mi alma.
-Por favor -rogué. -Deja que me vaya.
-¿Dejarte ir? -se río, como si fuera una pregunta absurda. -No puedo hacer eso. Te dije que eras mía, ¿recuerdas?
Yo sentí como mis ojos se humedecían de nuevo. ¿Qué iba a hacer? ¿Cómo podría escapar de este hombre? Me sentí como una presa en una trampa.
-Ahora -dijo, todavía riendo- vas a hacer lo que te diga.
-¿Qué? -pregunté, aterrada.
-Necesito que hagas algo por mí -dijo, con un brillo maléfico en su mirada.
Sentía como mi alma se retorcía y mi mente se desbordaba. ¿Qué quería de mí?
Yo estaba paralizada por el miedo. ¿Qué iba a hacer? ¿Qué clase de cosa era esa que quería que hiciera?
-Necesito que me traigas a alguien, Isabella -dijo, mirándome fijamente. -Necesito que traigas a alguien a mi habitación.
Mi mente se aceleraba, intentando entender qué quería que hiciera.
-¿Quién? -pregunté, tratando de dominar la emoción.
-Alguien de tu elección -dijo, como si fuera un juego. -Pero tengo que ser alguien que quieras.
Yo estaba horrorizada. ¿Cómo podía siquiera pedirme algo como esto?
-¡No puedo! ¡No puedo hacer esto! -grité.
-¡Oh, pero sí puedes! -dijo él, y su mirada se volvió incluso más siniestra. -No tienes muchas opciones, Isabella.
Yo estaba sollozando ahora. ¿Por qué me estaba haciendo esto? ¿Qué clase de monstruo era este?
-¡Soy una persona! ¡Tengo sentimientos! -lloriqueé.
-No me importa -dijo él, como si lo que me decía no significara nada para él. -Piensa en lo que yo tengo, Isabella. Piensa en lo que me puedo llevar.
Yo estaba preguntada por su actitud y por su comportamiento. ¿Quién pensaba que era? ¿Quién creía que era para tratarme así?
Entonces, me agarró del cuello, y apoyó su miembro duro contra mi trasero. Me di cuenta de que, si no hacía lo que él pedía, no tenía escapatoria.
-¡Busca a alguien! -me gritó- ¡O te tomo a ti!
Y entonces me soltó, y yo me quedé allí, temblando en la cama. Tenía que hacerlo. No tenía otra opción.
-¿Quieres que vaya al vestíbulo? -le preguntó, con voz trémula.
-¡Si! -me gritó, como si estuviera aburrido.
Tomé una toalla y me cubrí lo mejor que pude. Salí de la habitación, y me dirigí al vestíbulo. No tenía idea de qué iba a hacer, ni qué decir.
El vestíbulo era abarrotado, con gente vestida de manera elegante. Todos parecían estar teniendo una buena noche. ¿Pero quién iba a querer ayudar a alguien como yo?
Me mantuve en un rincón, observando los rostros alegres. ¿Cómo podía hacer esto? ¿Cómo podía encontrar a alguien para... lo que sea que él quisiera?
Observaré a la gente que pasaba, tratando de pensar en alguna estrategia. Todos parecían tan alegres y felices. ¿Cómo iba a encontrar a alguien que quisiera dejar esto? ¿Cómo iba a encontrar a alguien que pudiera hacer algo como esto?
¿Y qué pasaría si no lo hacía? ¿Qué pasaría si no podía hacerlo?
Miré a mi alrededor, buscando una salida. Aunque la gente estaba bailando, y todos estaban teniendo una gran noche, yo estaba atrapada en la sala, sintiéndome cada vez más desesperada.
¿Había alguien que pudiera ayudarme? ¿Había alguien que entendiera mi sufrimiento?
Entonces, sentí una mano en mi hombro. Giré, con los ojos anegados en lágrimas. Era una mujer elegante y esbelta, con un vestido de cóctel azul marino.
-Hola -me dijo, con voz suave. -¿Estás bien?
¿Por qué estaba preguntando eso? ¿Por qué se preocupaba por mí?
-Sí -dije, con voz débil. -Estoy... estoy bien.
-¿Segura? -dijo, mirándome con ojos curiosos.
Quise creer que quería ayudarme. Quizás me ayudaría si le explicaba la situación.
-Estoy en problemas -le dije, con voz trémula.
Ella comenzó a asentir.
-¿Qué está pasando? -me preguntó suavemente.
Yo tragué saliva y miré alrededor. No quería que me oyera nadie más.
-¿Podemos hablar en privado? -le preguntó.
Asintió y me tomó de la mano. La seguí hacia una sala privada, donde nadie podía escuchar nuestra conversación.
Me senté en un sofá cómodo, y ella se sentó a mi lado. Yo estaba tiritando, y no podía controlar mis nervios. ¿Cómo podía decirle lo que había pasado?
-¿Qué te ha pasado, querida? -me dijo. -Puedes contármelo todo.
Como una cascada, comencé a llorar. Esta mujer, desconocida para mí, sabía la verdad.
Me tomó de la mano y me presionó el hombro.
-Dime qué pasa, querida -me dijo, mientras yo lloraba.
-Hh-he sido engañada -le dije, entre sollozos. -Me ha engañado.
Ella me miró a los ojos, y yo vi que ella entendía.
-¿Estás seguro de que quieres contarme lo que te ha sucedido?
Sentí una oleada de alivio cuando ella me preguntó eso. Alguien me creía. Sabía que ella podría ayudarme.
-Sí -dije, con voz *p*n*s audible.
Ella escuchó cuidadosamente mientras le contaba todo lo que había pasado. Mientras lo hacía, sentía como si estuviera sacando el veneno de mi cuerpo.
Cuando ella se rió de mi situación, fue como si me hubieran golpeado en el estómago. No podía creer que hubiera sido traicionada de esta manera.
-¿Te parece divertido? -le preguntó, y sintió cómo mi voz se quebraba.
-¡Por supuesto! -exclamó, sacudiendo sus rizos rubios.
Luego se quitó su vestido y se quedó de pie delante de mí , tan sólo con su ropa interior. Me miró con una mirada tan fría como la nieve.
-Eres una niña tonta -dijo, en tono frío. -Yo iría a tener s*x* con ese hermoso hombre si pudiera.
Entonces, se volvió y se marchó, dejándome allí, aturdida y confusa. ¿Qué había pasado? ¿Qué iba a hacer? No tenía ninguna idea de cómo salir de esta situación.
Entonces, oí las risas de alguien desde la puerta de la habitación.