El momento de terminar con su matrimonio había llegado, pero Allison dudaba en aceptarlo.
Levantó la mirada para encontrarse con la de su esposo; sus ojos llorosos brillaban bajo la suave luz. Le temblaban los labios, pero se esforzó por controlarse, hasta que logró preguntar: "¿De verdad estás decidido a divorciarte de mí?".
"Nunca fuiste la mujer destinada a ser mi esposa. Sin embargo, si deseas permanecer cerca, no me opongo a tomarte como mi amante", respondió Derek, de pie junto a la cama, con el semblante inexpresivo y mirándola con fría indiferencia.
Una leve sonrisa apareció brevemente en el borde de sus labios, mientras que en sus ojos centelleó un toque de diversión distante. La conexión que tenían en el plano sexual era innegable. Y si ella aceptaba el acuerdo, estaba dispuesto a mantenerla cerca.
Esas palabras cayeron sobre Allison como un trueno, rompiendo las esperanzas que le quedaban.
La primera vez que tuvieron sexo fue prácticamente un accidente, una noche impulsada por el alcohol y la pasión descontrolada.
No obstante, al amanecer, cuando ambos recuperaron la claridad mental, él la miraba con tal intensidad que la hizo temer por su vida. Todavía recordaba el remordimiento y el dolor en los ojos enrojecidos de Derek; sabía que él veía esa noche como una traición a Kaylyn.
El joven solo había contenido su ira por respeto a Glenn. Pero desde entonces, siempre variaba la forma de tratar a Allison en la cama.
De hecho, nunca compartieron un hogar. Cuando Derek despertó del coma, empacó sus cosas y se fue sin mirar atrás, dejando a la mujer en la villa vacía, esperando por él como una sombra atrapada en un recuerdo.
Y cuando aparecía, nunca era para conversar o consolarla, sino para su propio beneficio.
¿En qué se diferenciaba eso de ser simplemente una amante?
Además, a los ojos de la familia Evans, Allison nunca había sido realmente la señora Evans. Glenn y su esposa eran los únicos que la habían tratado como si realmente importara.
Allison sintió que la furia, rápida y abrasadora, se encendía en su interior, ahogando el último vestigio de cordura que le quedaba.
"Con la cantidad de mujeres desesperadas por estar contigo, dudo que alguien como yo siquiera figure en la lista de espera", dijo, con una risa amarga.
Los ojos de Derek, que en ese momento estaban fijos en ella, se oscurecieron. Era innegablemente hermosa, especialmente con el contorno de sus ojos enrojecidos y su boca curvada en una sonrisa burlona y rota.
Él nunca negaría que Allison había sido una buena esposa. Aunque apenas la visitaba, cada vez que cruzaba esa puerta, ella lo recibía como si fuera el único hombre en el mundo. Lo hacía sentir como si fuera alguien especial, casi sagrado. Pronto, percibió que ese lugar era un refugio al que podía acudir cuando las cosas se pusieran pesadas.
Sin embargo, encontrar otra mujer no sería un desafío; Allison era reemplazable. Todavía tenía a Kaylyn y a muchas otras dispuestas a llenar el vacío.
"Si así es como lo quieres ver, no tengo problema", contestó Derek con indiferencia. "Revisa el acuerdo. Si te parece que todo está en orden, solo fírmalo".
Acto seguido, miró su reloj y se dio cuenta de que ya eran más de las nueve. Había llegado la hora de irse de la villa.
Allison sintió el dolor irradiando de su pecho mientras hojeaba temblorosamente los papeles con los términos de la separación. Conseguiría treinta millones, un carro, dos propiedades... La generosidad rayaba en lo extravagante.
La mirada de Derek se endureció con desprecio al ver la incredulidad dibujada en su rostro. A fin de cuentas, la codicia, por muy cuidadosamente oculta que estuviera, siempre salía a la superficie.
"Si no es suficiente, siéntete libre de decirlo", soltó con un desdén lánguido. "Quizás incluso añada algo más".
Después de todo, ella lo había cuidado con dedicación durante tres años, así que un pequeño gasto extra no significaba nada.
"Es suficiente", susurró Allison, en un tono apenas audible.
Luego agarró la pluma y pasó a la última página, en donde ya la esperaba la audaz firma de su esposo: cada trazo era afilado y decisivo. Ella añadió lentamente su nombre abajo del de su cónyuge.
Apenas dejó la pluma, una ola de debilidad la invadió. Cerró los ojos y una silente lágrima se deslizó por su rostro y cayó en la sábana. Con eso se finiquitaban tres años de esperanzas e ilusiones.
Derek vio caer esa solitaria lágrima y, por alguna razón desconocida, se enfureció.
Ahora que ella había firmado el acuerdo de divorcio, debería sentirse aliviado, pero en cambio, la inquietud lo desestabilizaba, lo que lo hizo fruncir el ceño con frustración.
"Nos vemos en el juzgado, a las nueve de la mañana".
Luego, sin esperar respuesta, agarró una copia del acuerdo de divorcio, se dio la vuelta y se marchó. Su figura al retirarse se veía distante y fría contra el marco de la puerta.
Un pesado e implacable silencio se instaló en la habitación. Allison abrazó sus rodillas contra su pecho mientras sollozaba. Cuando derramó su última lágrima, guardó los pedazos rotos de su amor por Derek y los encerró donde él nunca podría encontrarlos.
Tres largos años se habían escapado de sus manos. Sabía que no tenía sentido aferrarse al dolor por un hombre que nunca había sido realmente suyo.
A las ocho cincuenta de la mañana siguiente, el auto de Derek se estacionó en la acera frente al juzgado.
Él estaba sentado en el asiento trasero del lujoso Lincoln negro, revisando correos electrónicos en su laptop, con la cabeza inclinada. Mantenía una expresión estoica, aunque había una frialdad inmóvil que se asentaba en sus rasgos, lo que le daba un aire que casi lo hacía parecer intocable.
Rylan Holt, su asistente, estaba en el asiento del copiloto. Con el corazón latiéndole con inquietud, miró a su jefe por el espejo retrovisor.
La llamada de Derek lo había despertado esa mañana y, al escuchar su solicitud, casi se le había caído su celular del susto.
¡¿Un divorcio?! ¡¿Derek y Allison se separarían hoy?!
Había trabajado junto al hombre desde que Derek tenía doce años y se había mantenido leal a través de cada tormenta. Había estado allí cuando el joven cayó en coma, y vio cómo Glenn le arreglaba un matrimonio.
Rylan había pensado que Derek nunca despertaría y sintió pena por la chica. Sin embargo, para su sorpresa, su jefe despertó y su matrimonio había durado sin problemas todos esos años, hasta ahora.
La cuestión era que Glenn había elegido a Allison personalmente para Derek. ¿Qué haría el anciano cuando se enterara del divorcio?
"¿Qué hora es?", preguntó Derek, con voz firme y fría, sacando a su asistente de sus pensamientos.
"Ocho cincuenta y cinco, señor", respondió el otro, tras revisar su celular. "Hemos estado esperando unos veinte minutos".
Un silencio espeso y sofocante volvió a instalarse en el interior del vehículo, roto únicamente por el leve sonido de sus respiraciones.
"Señor, ¿su abuelo lo sabe?", soltó Rylan con cautela, incapaz de contenerse más.
Derek bajó la mirada a sus manos. Él entendía mejor que nadie el profundo afecto que Glenn tenía por Allison. De hecho, era consciente de que, si su abuelo se enteraba, se desataría una tormenta. Por eso, había decidido proceder con el divorcio sin decirle nada.
El significado detrás del silencio de Derek se hizo evidente de inmediato, y Rylan sintió cómo la tensión dentro del auto se apretaba a su alrededor como un nudo corredizo.
Cuando Derek tomaba una decisión, nada ni nadie podía detenerlo, exceptuando una orden directa de su abuelo.
Rylan, mirando inquietamente por la ventana, comenzó a buscar a alguien por la acera, hasta que finalmente sus ojos se posaron en una figura familiar. "Señor Evans, su esposa está aquí", informó.
Al escuchar eso, Derek levantó la cabeza. A través del cristal polarizado, vio a Allison descender con gracia de un taxi.
Iba con un llamativo vestido rojo que se ceñía a su cuerpo como una segunda piel, y que terminaba atrevidamente justo encima de las rodillas. Además, la parte posterior estaba recogida en delicados pliegues con forma de rosas, y se movía y ondeaba con cada paso que ella daba. La cintura esbelta y la cascada de cabello oscuro y largo que caía por su espalda le daban a la joven un aire de encanto natural, convirtiendo la calle en su propia pasarela.
"Parece que acaba de salir de un sueño", soltó el asombrado Rylan, incapaz de contenerse.
Derek clavó su dura mirada en él, advirtiéndole que se callara y lo pensara muy bien antes de volver a posar su mirada en Allison.
'¿A quién planea encantar apenas se separe de mí?', se preguntó, pero antes de que pudiera pensar en eso, su celular vibró en el asiento, sacándolo de sus pensamientos.
Derek contestó con un movimiento rápido y, tras escuchar unas pocas y cortantes palabras del otro lado, su rostro se endureció. Una tormenta de emociones se desataba en su mirada.
"Vamos a casa de mis abuelos", indicó.
"¿Y la señora Evans?", inquirió Rylan, con los ojos abiertos de par en par.
"Ella también debería venir".
Allison ya se había percatado del Lincoln estacionado a un lado de la banqueta, pero no veía movimiento en él. ¿Acaso Derek esperaba que ella lo invitara a salir?
Se acercó al auto y estaba a punto de golpear la ventanilla cuando la puerta trasera se abrió de golpe y, al momento siguiente, un brazo fuerte la jaló al interior.
Acto seguido, el auto arrancó, con el motor rugiendo con fuerza.
La rápida aceleración empujó a la chica hacia delante, lo que hizo que perdiera el equilibrio y cayera en el regazo del hombre. Su mano tocó algo firme que se movió bajo su tacto, dejándola momentáneamente desconcertada.
En el acto, ella se sonrojó y se apartó con brusquedad, lo que ocasionó que se golpeara la cabeza contra el techo del carro. Hizo una mueca y se sobó el área afectada, mientras su habitual porte elegante se desmoronaba.
"Creí que estábamos aquí para concretar nuestro divorcio", dijo Allison, con la voz tensa por la incomodidad. "¿A dónde me llevas?".
Rylan se animó, creyendo que su jefe había dudado en el último momento sobre su separación. Siempre había creído que Derek había desarrollado sentimientos por su esposa después de todos los años que pasaron juntos.
Sin embargo, el otro parecía imperturbable por el incidente anterior. Con una expresión sombría, respondió: "Lo sabrás cuando lleguemos".
Después, metió la mano en su chaqueta, sacó un caramelo de menta, lo desenvolvió lentamente y se lo metió a la boca, presionándolo contra su paladar, en un intento por calmar su inquietud.
Allison, al darse cuenta de que no obtendría más respuestas, se quedó callada, bajó la cabeza y comenzó a escribir en su celular.
Viajaron por más de una hora hasta que finalmente llegaron a su destino: la finca de la familia Evans. Esta se extendía por hectáreas, fusionando arquitectura tradicional con un diseño paisajístico elegante que incluía puentes, arroyos, glorietas y caminos intrincados.
Justo después de enviar un mensaje, Allison levantó la vista y quedó impactada por el paisaje familiar que se desplegaba ante ella.
"¿Por qué me traes aquí?", preguntó.
Ese día era su tercer aniversario de bodas y los Evans tenían la costumbre de reunirse para cenar, con la intención de celebrar la ocasión. A pesar de eso, la noche anterior, Derek le había ordenado tajantemente que no asistiera. Y como estaban a punto de concretar su divorcio, la desconcertaba el hecho de que él la hubiera llevado ahí.
Al llegar a una villa junto al lago, Derek salió del Lincoln de inmediato, agarró firmemente a Allison de la muñeca y pasaron al lado del preocupado mayordomo, pues su destino era la planta alta.
Jadeando por aire, el mayordomo los siguió, mientras les explicaba apresuradamente: "Señor Evans, su abuela no había despertado en toda la mañana, y justo al hacerlo, de repente colapsó. Desde entonces, entró en coma. Por suerte, su abuelo la encontró a tiempo. El doctor Jackson está atendiéndola ahora mismo".
Con la voz quebrada por la preocupación, continuó: "Esta es la segunda vez que colapsa de esta manera, sangrando por la boca y la nariz. Según el doctor Jackson, sus órganos están fallando. La situación es muy preocupante...".
La mayoría de la familia Evans estaba en el segundo piso, apostada afuera de la recámara.
Glenn y su esposa, Jane Evans, tenían tres hijos. El primogénito, Eric Evans, estaba profundamente involucrado en sus deberes militares y rara vez salía de su base.
Michael Evans, el padre de Derek y el hijo de en medio, había gestionado previamente las responsabilidades principales del Grupo Evans, pero ahora disfrutaba de su jubilación.
El menor, Roger Evans, era alcalde de Oregend, y estaba ausente debido a compromisos laborales.
"Hay quienes no muestran compasión. Valoran el dinero más que a la familia y no aparecen ni siquiera en momentos de vida o muerte", bufó Pamela Evans, la madrastra de Derek, apenas lo vio. Luego, al ver a Allison junto a su hijastro, chasqueó la lengua con desaprobación y añadió: "Vaya, miren nada más quién está aquí. Todavía no se han divorciado y ya actúa como una extraña".
Pamela estaba ataviada con un vestido de seda, y cruzaba los brazos desafiantemente. Aunque su maquillaje era impecable, no ocultaba el desdén en su rostro.
"Derek, tu abuela siempre te ha tenido un cariño especial. Si hubieras llegado un poco más tarde, te habrías perdido la oportunidad de despedirte de ella. Dime algo, ¿para qué sirve todo ese imperio que estás construyendo? Quizás sea hora de soltar un poco esa carga", suspiró Michael, volteando a ver a su hijo.
El recién llegado, cansando de las frecuentes disputas, se acercó a su abuelo y le preguntó: "¿Cómo está ella?".
Glenn, con los rasgos marcados por el cansancio y el cabello y la barba de un blanco más pronunciado por el dolor, parecía encogerse frente a la puerta cerrada de la recámara; además, le temblaban ligeramente las manos.
"El doctor Jackson no es optimista", empezó el anciano, antes de agarrar a su nieto por la muñeca, con una fuerza que desmentía su frágil apariencia. Luego, luchando por hablar, articuló: "Derek, estamos perdiendo a Jane".
Su firme agarre le transmitió al joven la gravedad de la situación. Derek endureció su expresión y dijo con voz áspera: "No. La abuela es una guerrera. No se rendirá fácilmente".
Allison saludó a las personas reunidas cerca de la puerta antes de colocarse justo detrás de Derek. Se quedó allí, con las manos fuertemente entrelazadas, mirando con preocupación la puerta de la habitación. Jane, al igual que Glenn, siempre le había mostrado una calidez sincera.
Y sabía que la situación debía ser grave, pues Derek solo la involucraba en asuntos familiares en situaciones extremas, e incluso la había llevado a pesar de que estaban a punto de divorciarse.
Poco después, la puerta se abrió lentamente y el doctor, Simon Jackson, salió e informó: "La situación fue crítica. Intentamos hacer todo lo posible por ella, pero... Lo siento. Es hora de empezar a preparar el funeral".