Capítulo 2

Sé lo que muchos de ustedes deben estar pensando "¿qué es todo esto?" "¿qué está pasando?" relájense, ya más adelante les explicaré cómo fue que llegué al descenlace anterior, pero, creo que lo más razonable ahora sería comentarles todo desde el princípio, no pretendo aburrirlos, solo quiero que comprendan bien todo lo que sucedió desde el primer día, para que cuando explique lo que vino después de esa "nochecita" no muestren un ceño fruncido a causa de la confusión que les genera no entender nada de lo que yo les diga.

Marzo, un mes bastante lento y tedioso, y personalmente el que más odio en particular. Cuando llega marzo me replanteo muchas cosas en mi vida, ¿quién soy? ¿qué he logrado hasta ahora?, ¿qué aspiro lograr? ¿valen la pena otros 20 años de una vida que en lo personal considero poco significativa y sin impacto? lamento si no respondo aún tales cuestionamientos, es que aún sigo trabajando en ellos.

El ruido de la alarma retumba como cada mañana, haciéndome despertar de un sueño que poco me costó adquirir, pero que de igual forma me enojaba muchísimo dejar de lado. Retiré las sábanas de mi cuerpo y me levanté de la cama, rascándome la cabeza mientras pasaba mi otra mano por mi pecho desnudo, no me agrada dormir semi-desnudo, pero el calor era un asco, otra razón para detestar Marzo.

Avancé al baño para lavarme, haciendo mi respectiva parada frente al espejo como cada mañana, ya por maña que por gusto, realmente no me considero una persona egocéntrica o narcisista que debe verse bello, simplemente me interesa no lucir tan desaliñado. Lo primero que veía era ese par de ojeras adornando mi pálida careta, y mi cabello hecho un desastre, afortunadamente no era tan largo, nunca me gustó dejarlo de tal forma, siempre sentí como vagabundos a los que se dejaban el cabello así.

Escuché de repente a alguien tocar la puerta de mi habitación, o mejor dicho "golpearla", como si la puerta se hubiera acostado con su esposa, rápidamente supe de quien se trataba.

— Maldita sea — no pude evitar quejarme mientras caminaba de vuelta a la habitación para abrir la puerta, no sin antes tomar una camiseta blanca del clóset y ponérmela rápidamente.

Abrí la puerta de la habitación, sintiendo rápidamente como aquellos ojos oscuros se clavaban sobre mis hombros, como si intentaran cortarme el cuello y deshacerse de mí, para la mala suerte de ambos, aquel maldito anciano no tiene dicho don aún.

— ¡¿Sigues durmiendo?! — preguntó con aquella voz alterada y colérica que le caracterizaba, y que tanto me irritaba.

— ¿Que acaso me ves con los ojos cerrados? — le dije de forma incrédula mientras me cruzaba de brazos, mi hermana siempre dice que el 80% de las cosas que me pasan, son causadas por culpa de mi "maldita actitud de bastardo engreído que nunca puede mantener la boca cerrada", admito que algo de razón tienen sus palabras, pero ello no significa que deba dejar de lado el único mecanismo de defensa que tengo, sin contar que desde luego, me encanta ser un desgraciado.

— ¡Déjate de jueguitos y vístete Taylor! ¡hace horas que deberías estar en clase para que llegues temprano hoy!

— ¿Y porqué tanto afán porque me vaya y venga temprano? normalmente sueles echarme a patadas, pero ¿pedirme que llegue temprano? — cuestioné arqueando una ceja, realmente era raro que el viejo me pidiera llegar temprano a casa, para él era mejor cuando llegaba tarde, o de plano, no llegaba.

— ¡Ya te lo dije Taylor! vendrá un inversionista muy importante a cerrar un trato con nuestra empresa, y necesito que tanto tú como tu hermano estén presentes esta noche — de inmediato sentí unas ganas de vomitar aferrarse a mi estómago, ¿toda una noche hablando de cosas que no entiendo, con el bastardo de mi padre, el cretino de mi hermano, y un pingüino corporativo que seguramente odiaré? la idea me desagradó apenas rebotó por mi cabeza, vaya que el karma es la mierda más horrible que existe en el planeta, tengan ello en cuenta siempre.

— Creí que no te gustaba que yo me involucre en las cosas de "tu empresa" — dije cínicamente haciendo un gesto de comillas con mis dedos, me encantaba retar a mi padre, siempre sentí que era mi obligación como el hijo "marginado y no deseado" ser el más rebelde y problemático de la familia, ser el karma de ese anciano decrépito, y no es por ser egocéntrico, pero se me daba muy bien serlo.

— Odio que tengas que involucrarte, pero no tengo opción — me dijo sin una sola pizca de tacto, como ya era costumbre en él, "maldito viejo infeliz" rebotó por mi mente en aquel momento, era tan odioso — Robert quiere que todos los que tengan relación o al menos algún tipo de "derecho" en la empresa estén presentes en la cena, hecho que me obliga a darte un asiento en la mesa con nosotros.

— Me halagas viejo, enserio — dije de la forma más incrédula y sarcástica que mi cuerpo me lo permitió, para después fruncir el ceño y darme vuelta.

— ¡Te lo advierto bastardo engreído, si no te presentas esta noche, cortaré tu fondo universitario! — aquellas palabras me hicieron frenar en seco y gruñir con enojo, me tenía amarrado como a un perro con correa con el tema de la estúpida colegiatura, siempre que yo empezaba a ser un problema, agitaba mi colegiatura como si de una campana se tratase, ganas no me faltaban de decirle que se tragara su dinero, pero realmente yo no tenía ni dónde caerme muerto, y no era un buen comienzo a mi vida adulta quedar expulsado de la carrera y viviendo bajo un puente.

— ... ¿A qué hora debo llegar? — pregunté con pesadez mientras me cruzaba de brazos sin voltear a verlo, pero aún así, alcancé a oír una risa nasal por parte de él, chasqueé mi lengua con enojo, siempre odié darle lo que quería a ese bastardo.

— Robert llegará a las 08:00, aparecete como a eso de las 07:30 para que te arregles con tiempo — dijo sin más mientras se alejaba de mi puerta y se marchaba escaleras abajo, yo rodé mis ojos con molestia, era tan frustrante ese tono de "siempre tengo la razón" que usaba cuando yo cedía a sus peticiones, y si lo hacía era solo por el dinero de mi colegiatura, no porque realmente sintiera respeto por él.

Solté un pesado suspiro para dejarme caer sobre la cama, mirando fijamente el techo con pesadez, pensaba en la cena de aquella noche y mi estómago se empezaba a retorcer, nunca fui fan de pasar horas enteras hablando de negocios, y mucho menos fingir que me caen bien uno de los amigos avariciosos del viejo, tan solo pensar en hacer ambas cosas, me daban ganas de arrancarme la piel del rostro con mis propias manos.

-

Avanzaba calmadamente por el campus de la universidad, los demás hablaban tranquila y alegremente, yo solía pasar como si nada, no me gustaba entablar conversación con mis compañeros de curso, ellos estaban muy ocupados drogándose y yendo de fiesta, cosas para las cuales yo no podía darme el lujo de dedicarme, porque no tenía dinero, y porque yo dependo de mí mismo, y no iba a cometer la tremenda estupidez de volverme un adicto y darle la razón a todos los que me señalaban de un vago bueno para nada hijo de una imbécil camarera caza-fortunas, trataba de demostrar que podía ser más que eso, claro que del dicho al hecho, siempre hay un largo trecho, por ello solo trato de cerrar la boca y enfocarme en mis asuntos.

Escuché una voz conocida acercarse hacía mí, volteé de reojo, notando que se trataba de cierta chica de cabello castaño, quien me miraba con una ligera sonrisa, era la única que parecía sonreír me por mero gusto, o bueno, lo hacía cuando necesitaba un favor.

— ¡Ahí está mi hermanito favorito! — dijo ella mientras se acercaba hacía mí y posaba ambas manos en mis hombros, no pude evitar mirarle de forma algo incrédula, aquella expresión en sus ojos, y sus palabras, solo me daban el indicio de que ella quería algo, era demasiado obvio.

— No tengo dinero, y definitivamente no saldré con una de tus amigas aunque te hayan pagado por eso — le dije de forma algo cínica mientras echaba mi cabello hacía atrás, ella soltó una carcajada leve mientras me daba un codazo y caminaba junto a mí hacía el edificio donde veíamos clases, ella estudiaba administración de empresas, y yo medicina, pero por alguna razón, lograbamos encontrarnos entre clases de matemáticas.

— ¿Qué acaso no puedo hacerle un encantador cumplido a mi encantador hermano? — bromeó mientras caminaba junto a mí, ese tono de voz no me agradaba en absoluto.

— Señor, esta perra me va a meter en algo — dije alzando la cabeza, logrando que ella me diera otro golpe en el brazo, del cual obviamente me quejé, no sin sus respectivas risas desde luego — ¡Jajaj auch, basta!

— Escucha, necesito que me consigas un préstamo con papá — me dijo mordiéndose el labio inferior y mirándome con pena, cuando me miraba así tenía ganas de estrangular la.

— ¡¿Qué?! ¡¿te metiste marihuana medicinal o qué?! — exclamé mirándole de forma incrédula, lo que me pedía era una locura.

— ¡Vamos, papá dijo que me daría dinero para el colegio!

— ¡¡A ti, no a mí!! ¡¡sabes muy bien el cómo se pone conmigo!! ¡¡¿y se te ocurre decirme a mí que le pida el dinero?!! — le reclamé algo enojado, y mis razones tenía, ella adoraba dejarme todo el trabajo difícil a mí, ella no toleraba al viejo, pero bien que adoraba sacarle dinero, y como no quería verle la cara, amaba envíar siempre al más imbécil.

— ¡¡Vamos Taylor!! tú vas hoy para allá, ¡¡yo no quiero ir, cada que voy él y su mujer me miran feo, y peor lo hace cuando voy a pedirle dinero!! — replicaba mirándome de forma suplicante, lo que decía era cierto, el viejo no lograba quitar esa "mirada de imbécil" de su rostro jamás, sobre todo cuando se trataba de Raquel y de mí, ella por ser mujer, y yo por ser yo.

Bufé rodando mis ojos con frustración, era tan odioso estar consciente de lo maldito que era mi padre, y ser siempre yo el que deba hacerle frente. Pasé mis manos por mi rostro mientras sentía el peso de una migraña caer encima mío, la noche ya de por sí se tornaba muy estresante, ahora la petición de Raquel la hacía insufrible.

— Tú ganas — escupí de mala gana — ¡Pero no te garantizo que me lo dé! sabes cómo es él conmigo, y ya me dió mi mensualidad, por lo que no estoy seguro de que te dé la tuya.

— Con que intentes me basta — dijo antes de darme un fuerte abrazo, yo no pude evitar fruncir el ceño, ella nunca me abrazaba, solo cuando yo hacía lo que me pedía, era como abrazar un cactus ponzoñoso — ¡¡Muchas gracias hermanitoo!!

— Ya ya, ni lo menciones — murmuré con desagrado apartándola de mí, y continuando mi paso hacía el edificio donde vería mi clase.

— Uy, ¿qué te pasa Ty? hoy estás más amargado de lo habitual, ¿se debe a algo en particular? — murmuró de forma picarona mientras llevaba uno de sus mechones castaños tras su oreja, yo bufé otra vez mientras pasaba mi mano por su rostro, ya la veía venir con uno de sus famosos "interrogatorios" sobre mi estado emocional, que tanto lograban irritarme.

— Nada, es solo que, hoy irá un "empresario muy importante" y el viejo me exigió que esté presente mientras hablan con aquel sujeto sobre cosas muy aburridas de negocios.

— ¿Enserio? mh, es raro, normalmente te quieren fuera de todo lo relacionado a la empresa.

— ¡¡Lo sé!! — me quejé posando ambas manos en mi rostro — La verdad no entiendo qué quiere lograr con todo esto, no me gusta la idea de pasar toda la noche escuchando al viejo y a Roger alardeando de "lo conveniente y fructífero que será ser socios" ug, ya hasta me parece estar escuchándolos — me quejé frotando mi entrecejo con mis dedos, escuchando una leve carcajada de parte de Raquel.

— Paciencia querido — me dijo palmeando me el hombro sutilmente — Pronto podrás olvidarte de ellos, por cierto, ¿fuiste a la entrevista que te dije?

— Ah sí, me dijeron que me llamarían — "lo que significa que no lo harán" pensé de inmediato, la verdad no podía evitarlo, iba de un fracaso tras otro, de haber sabido que ser adulto iba a ser tan pesado y frustrante, me habría ahogado con mi propia plastilina en el jardín de niños.

Avancé junto a Raquel hacía mi aula de clases, me tocaba una clase diferente a la de ella, por lo que nos separamos en el pasillo y cada uno fuimos a un salón distinto. Apenas llegué, fui a mi asiento y empecé a tomar apuntes, mis notas eran un desastre absoluto, el órden nunca fue mi fuerte, mientras el profesor dictaba los distintos músculos del cuerpo, yo señalaba con una línea dichos puntos, y si el profesor daba algún tipo de dato sobre aquellos músculos, lo anotaba junto a la línea, a la vista era espantoso, pero a la hora de estudiar, era oro puro.

Algunas horas después, la clase ya había terminado, todos empezaron a marcharse, yo me quedé organizando mis apuntes, no me importaban esos niños de papi a los que les daba igual tomar nota o no, yo sí debía esforzarme, demostrar que realmente merecía estar allí, tarde o temprano podían cortarme la mensualidad y dejar de estudiar, por lo que quería aprender todo lo que pudiera antes de que el viejo dijera "vete a la mierda bastardo".

— Bien clase — habló el profesor Paxton mientras se levantaba de su asiento y miraba a los demás marcharse del aula — La próxima clase profundizaremos en el neumotórax, estudien mucho, todo lo que vemos aquí se irá al exámen — hablaba mientras avanzaba por las mesas, yo tenía la cabeza clavada en mi libreta, escribía algo apurado mientras mi cabello caía sobre la mesa, de repente sentí cómo el profesor se paraba junto a mí y me observaba con detenimiento.

— Taylor, ya deberías irte — dijo el profesor mientras me miraba anotar.

— Ya casi acabo — insistí escribiendo algo a prisa, el profesor suspiró cruzándose de brazos.

— Llegarás tarde a tu otra clase — afirmó con algo de seriedad.

— ¡Sí ya sé! — dije abriendo mi mochila algo apurado mientras cerraba la libreta — Gracias profesor Paxton.

— Date prisa — insistió mientras me miraba levantarme y guardar mis cosas en mi mochila, ya era costumbre que yo fuera el último en marcharse del aula, pero igual el profesor Paxton siempre me ayudaba a pisar tierra, y no olvidarme que el día era muy largo para hundirme solo en una clase, era el único con el que insistía tanto, seguro se debía a que él conocía mi situación, y por ello quería que yo lograra demostrar quien soy en realidad, aquí entre nos, el señor Paxton era de los profesores que más me agradaban, ojalá pudiera decir lo mismo de otros docentes, pero lamentablemente, no era así.

-

— El cerebro humano, brillante y muy fascinante, sumamente delicado e indescifrable — dictaba aquella mujer alta de estirado cabello rubio, cuyos tacones casi tan puntiagudos como sus tetas eran la única fuente de ruido en aquel enorme auditorio donde daba clases, bueno, a parte de su irritante voz que no dejaba de hablar con un complejo de superioridad que me daba ganas de poner en práctica lo que estaba aprendiendo, y meterme mis lápices por la naríz para moler el 40% de mi cerebro — ¿Alguien podría decirme alguna característica del cerebro humano?

De inmediato divisé de reojo a la "niña brillante" de la clase alzar la mano, una jóven de cabello rojizo y ondulado, quien era muy bonita, sí, pero así como era bella, era irritante.

— Sí señorita King — dijo doña "puntea-tetas" mientras le miraba con detenimiento, y su voz hacía eco por todo el salón.

— Es la porción más grande del encéfalo, y está formada por dos mitades — murmuró aquella chica mientras hablaba sin titubear, admito que es muy lista, era uno de los mejores promedios de la clase, pero lamentablemente, la señorita Mcallister era un kraken en todo el sentido de la palabra.

— ¿Año y medio de carrera y solo eso puedes decirme, Courtney? vaya, y tú eres la mejor del curso — dijo ácidamente mientras se daba vuelta y continuaba caminando por el lugar con aquellos aires tan petulantes que la caracterizaban, Dios, jamás añore tanto que se cogieran a alguien, como añoraba que alguien le hiciera el favor a esa anciana tan desagradable, quien irónicamente, iba a acabar con la salud mental de todo el curso mientras impartía tal materia — ¿Alguien más?

Solté un pesado suspiro mientras me animaba a alzar la mano, esa mujer y yo no nos llevábamos bien, el odio se podía oler en la habitación al igual que su perfume de funeral, pero de igual forma, yo intentaba demostrar que podía ser un alumno dedicado, a pesar de que ella actuara como una perra a la hora de enseñar.

— ¿Sí... señor Atwood? — murmuró con frialdad y un tono algo incrédulo, esperaba que me equivocara, lo sabía, añoraba que dijera alguna idiotez como que el cerebro era el órgano más grande el cuerpo humano, para así poder acribillarme con insultos rebuscadamente pasivo-agresivos, de esos que le salían tan bien.

— Se podría decir que el cerebro es la estructura más versátil e interesante de nuestro cuerpo, ya que a lo largo de nuestra vida, el cerebro sufre cambios, se adapta, logrando así que las neuronas se reorganicen para formar las nuevas conexiones y se ajusten a los cambios que hay en nuestro entorno — admití mientras alzaba mis hombros, la mujer me miraba arqueando cínicamente la ceja, hasta Courtney me miró asintiendo, era obvio que no estaba hablando una idiotez, pero como siempre, tetas egipcias no podía quedarse callada.

— Vaya señor Atwood, veo que estuvo leyendo bastantes artículos sobre el cerebro, dígame, ¿eso le hace sentir superior?¿el leer algo que usted no entiende, llena algún vacío en su ser? — apreté mis dientes con fuerza, luchaba por no decirle en voz alta "creo que usted es la que necesita que le llenen varios vacíos, vieja imbécil" pero, la imágen mía friendo papas en McDonald's porque el viejo no quiso pagar más mi colegiatura por buscapleitos, me hizo morderme de tal manera la lengua, que creí que me la iba a romper en dos — Dado que esta clase aún no tiene idea de lo que estamos hablando, quiero un ensayo de diez páginas sobre el cerebro humano, y al que quiera jugar a ser "intelectual" como el señor Atwood, le haré exponer su punto en un debate conmigo en frente de toda la clase, ¿les ha quedado claro? — todos nos quejamos al oírle, era tan odioso estar a merced de una bruja como esa, y lo peor era, que su materia era de las que más me costaba aprobar, tenía que esforzarme por aprobar, porque primero me sacaba un ojo antes que besarle esos horribles tacones para que me obsequiara dos puntos para aprobar.

Capítulo 3

Eran ya las 06:37 de la tarde, apenas estaba saliendo de mi última clase, odiaba cuando algunas de las materias más importantes siempre tocaban a última hora. Suspiraba mientras avanzaba hacía la parada de autobús, rogaba porque el último autobús aún no haya pasado, de no ser así, me tocaría caminar a casa, y el viejo me mataría por llegar tarde a su dichosa reunioncita con ese misterioso sujeto al que se moría por darle sexo oral con tal de que le diera dinero, jaj, qué irónica es la maldita vida.

Rápidamente ví cómo un autobús rojo se estacionaba en la parada, por lo que corrí para alcanzarlo mientras me metía la mano en el bolsillo y sacaba algo de cambio de este, afortunadamente el transporte público no era costoso, de lo contrario ya habría rebajado como 15 kilos caminando de casa a la universidad y viceversa.

— ¡¡Esperen!! — grité mientras lograba alcanzar al dichoso autobús, subí mientras jadeaba por el cansancio, estaba prácticamente vacío, solo algunas personas estaban en él.

— ¡Paga y siéntate, chico bonito! — reclamó el conductor al verme subir, yo le pagué con los billetes arrugados que sobraban en mi bolsillo, y me dispuse a sentarme como ese amargado chofer me indicó, pero justo cuando íbamos a seguir avanzando, escuché de inmediato cómo alguien gritaba porque no nos fuéramos.

— ¡¡Esperen!! — gritó una voz femenina que rápidamente subió al autobús, arqueé una ceja al verle, lucía como una estudiante, pero era la primera vez que la veía.

— Paga siéntate muñeca — le replicó igualmente el conductor, la chica pagó y se acercó al lugar donde yo estaba, todo el maldito autobús estaba vacío, salvo por una anciana que estaba sentada al fondo, y esa chica se antojó de sentarse junto a mí, sepa Dios por qué, a mí no me gustaba sentarme cerca de las personas, menos cuando había tanta libertad para escoger asientos, o la chica era extremadamente extrovertida, o me quería coquetear, al tiempo descubrí la respuesta, aunque en su momento sí me generó algo de incomodidad.

— Hola — me saludó por cortesía mientras se sentaba junto a mí y llevaba uno de sus mechones rubios tras su oreja, yo le saludé con la mano al mismo tiempo que sonreía y alzaba las cejas, pero no pronuncié palabra alguna, estaba demasiado cansado y acalorado para siquiera intentar fingir que me gustaba socializar — ¿Estudias aquí? — cuestionó señalando con su dedo índice el edificio del que nos acabamos de marchar.

— Medicina — asentí de nuevo mientras soltaba un ligero suspiro, el calor estaba haciéndose más intenso, y aquella chica solo parecía concentrada en charlar.

— Vaya, qué bueno. Yo estudio veterinaria, o bueno, empecé hoy a estudiar, tuve que pedir un cambio de mi otra escuela para acá — "¿porqué mierda me estás contando esto?" rebotaba en mi mente mientras que la escuchaba hablar, sé que soy un cretino, pero en mi defensa, el calor me pone en peores condiciones para socializar.

— Oh vaya, ya veo — asentí sonriendo de forma forzada e inclinando un poco la cabeza, luchaba por no ser grosero, a pesar de que era evidente de que era de esas "chicas amor y paz" lucía buena gente, yo siempre he tenido buen ojo para la gente imbécil, y ella no lucía como una.

— Me llamo Mónica, ¿y tú eres? — cuestionó inclinando igualmente la cabeza, y sujetando entre sus brazos la mochila lavanda donde seguramente llevaba sus libros.

— Taylor — aclaré sutilmente mientras miraba hacía otro lado, estuve a punto de cortar aquella conversación, pero por alguna razón, la duda de "¿quién es esta chica?" se generó en mi mente, las ganas de seguir preguntándole cosas que no eran mi problema, y que harían que por consiguiente ella pregunte cosas de mi vida que no eran su problema, pero no pude mantener la boca cerrada, como el imbécil que soy — Y em... ¿eres nueva en la ciudad?

— Sí, me mudé hace poco para estudiar veterinaria por aquí, en mi pueblo las universidades son asquerosas, y no dan buenas carreras — afirmó frunciendo el ceño.

— Entiendo — asentí mordiéndome levemente el labio inferior — ¿Y de dónde dices que venías?

— Jacksonville — afirmó ella decidida.

— ¿Te fuiste de Jacksonville para venir a Detroit? — murmuré de forma algo incrédula, ella empezó a reír al oírme, debo admitir que se veía tierna al reír de tal forma.

— Lo sé, toda mi familia dice que estoy loca, ¿pero qué te digo? Mis tíos viven aquí y me ofrecieron darme un sitio al que quedarme para estudiar, además siempre quise venir a Detroit.

— Es curioso, porque casi todos los que viven aquí quieren marcharse — dije cínicamente mientras reía de forma irónica, no éramos la peor ciudad en retrospectiva, no había una violencia incontrolable como en Boston, no había droga en cada esquina como en Denver, y definitivamente no había cadáveres en cada esquina como en Westvalley, pero yo igual no le llamaría a Detroit un "paraíso de ensueño".

— Bueno, tal vez a muchos no les guste, pero a mí personalmente me gusta mucho estar aquí — afirmó sonriendo con ternura, yo sonreí en respuesta mientras desviaba la mirada, parecía el momento perfecto para dejar de socializar, ponerme los audífonos y hundirme de lleno en la encantadora música de luis miguel para disfrutar de lo que quedaba de viaje, pero en cuanto saqué mi celular de mi mochila, aquella chica rubia se antojó de seguir hablándome — Oye.

— ¿Sí?

— Em... ¿sabes de casualidad de un sitio donde pueda comprar libros aquí para la escuela? — cuestionó mirándome con detenimiento, apreté mi celular con algo de fuerza, era obvio que tomaría cualquier excusa para hablarme.

— Pues, depende, ¿quieres libros buenos, o quieres libros económicos? — pregunté sin pelos en la lengua, ella se rió mientras me miraba confundida, yo me mantuve serio, y creo que fue mi evidente cara de seriedad lo que le hizo dejar de reír.

— Em... no lo sé, ¿cuál me recomiendas tú?

— Si quieres libros buenos puedes ir a la librería "Ravenclaw" del centro de la ciudad, hay mucha variedad, y los libros tienen muchísima información. Pero, si buscas algo más económico, vé a la tienda "Parker's" que está en el centro comercial, allí hay libros que no tienen taanta información, pero son mucho más baratos que un libro en Ravenclaw.

— Oh, entiendo — asintió mientras sonreía tímidamente — Es que tengo que comprarme algunos libros, y como soy nueva aquí no tengo ni idea de adónde ir.

— ¿Qué tus tíos no te pueden guiar? — pregunté mientras revisaba mi celular, cuatro mensajes de la secretaria del viejo recordándome que debía estar en casa a las 07:30, no sé ni qué era peor, cuando el viejo no quería que estuviera en su casa, o cuando me obligaba a estar presente.

— Pasan todo el día trabajando, y de noche llegan exhaustos, por ello no me gusta molestar les — afirmó mientras sacaba igualmente su celular, se notaba que era de una familia con dinero, el celular que tenía era mucho mejor que el mío, su mochila estaba mucho más nueva que la mía, no me crean un envidioso ni nada por el estilo, inevitablemente me fijé en ello, aunque en su defensa, cualquiera tenía mejores cosas que las que yo tenía, así que de cierta forma, ella no tenía no era la que tenía dinero, era yo el que no tenía dónde caérme muerto.

— ¿Y no tienes amigos aquí? — cuestioné escribiéndole un mensaje a Gretta, la que era la secretaria del viejo; él le asignaba a ella la tarea de escribirme cuando necesitaba hablar conmigo, el viejo siempre ha sido lo que respectivamente indica su apodo, un viejo que no se la ha llevado jamás con la tecnología, y que depende de los demás para hacer ciertas cosas.

— No muchos, la verdad son pocas las personas a las que conozco aquí, la mayoría son amigos de la universidad — afirmó mirándome con detenimiento, yo me dispuse a terminar de escribir "voy en camino, pregúntale al viejo si llevo condones para que se la chupe con protección al señor Dawson" para luego darle a enviar y poder guardar mi teléfono, Gretta tenía una paciencia envidiable, lidiar conmigo, mi tarado hermano, y el imbécil de mi padre, no era nada fácil — ¿Tú tienes amigos?

— Oh no, de hecho soy... ¿cómo se dice eso? una persona que odia socializar — afirmé sonriendo de forma cínica, ella soltó otra suave y ligera carcajada, no sé de qué tanto se reía, será mi cara de idiota la que le daba ganas de reírse.

— Juraría que tienes muchos amigos en realidad — afirmó ella mientras acomodaba su mochila sobre su hombro, qué alivio, al aparecer ya debía irse, no me malentiendan, ella no era insoportable, pero sí me incomodaba tener que hablar con una desconocida con tanto calor en el ambiente — Ya aquí me bajo.

— Genial — afirmé asintiendo suavemente.

— ¿A ti te falta mucho para llegar?

— Vivo más allá, casi al final de la ciudad — mentí, vivía en una de las calles donde había mejores casas de toda la ciudad, siendo así ¿porqué tenía que decir que vivía cerca del poblado menos pudiente? simple, vergüenza; yo era un maldito vagabundo en apariencia, ropa barata con útiles escolares de segunda mano, ni loco podía dejar que me vieran en los suburbios de los ricos, era una completa contradicción ver que yo vivía allí, y no tenía ni siquiera para comprarme algo más decente que camisetas de leñador y jeans desteñidos, en mi defensa, yo no vivía con el viejo toda la semana, a veces me quedaba en otros sitios, ya que él no soportaba verme tan seguido.

— Oh, de acuerdo — murmuró ella mientras me sonreía con ternura, yo sonreí en respuesta, aunque mi sonrisa fue más dudosa y algo nerviosa, ella movió sus dedos en señal de despedida y bajó del autobús cuando este se frenó, yo le miraba marcharse con algo de duda, algo me decía que no sería la última vez que cruzaría palabras con aquella chica tan peculiar, y vaya que así fue.

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— Gracias — dije al chofer mientras bajaba del autobús y avanzaba hacía casa, la parada de autobuses no quedaba muy lejos para mi maravillosa suerte, porque ya eran las 07:14, pero por alguna extraña razón, mi teléfono no dejaba de vibrar, no lo saqué porque era perder el tiempo, estaba solo a pocos pasos de casa, ¿porqué la maldita insistencia? de inmediato lo supe.

Al acercarme, pude ver un bello auto negro estacioando frente a la casa del viejo, era último modelo, su pintura lucía más nueva e impecable que la pantalla rota y astillada de mi teléfono, no pude evitar tragar en seco al verle, sabía bien que ese auto no era de nadie en la casa, evidentemente era del "señor Dawson".

Caminé al recibidor, tratando de arreglar mi desordenado cabello, estirar un poco mi arrugada ropa, e intentar que mi rostro no luciera tan sudado, ¿habré oído mal lo que el viejo me dijo? me repitió cientos de veces que era a las 08:00 que el señor Dawson venía, hasta Gretta me lo recalcó por mensaje, entonces el error no fue mío, o al menos eso quería rectificar yo para evitar que me dieran una golpiza por aparecerme como un vagabundo a una "cena tan importante".

Toqué la puerta con angustia, rápidamente una de las chicas del servicio la abrió, me miró como si de un fantasma se tratase, en mi interior se formó un nudo intenso ante dicha mirada, era obvio que para que me viera así, debía de haber ocurrido algo grave, en lo que yo estuve involucrado.

Entré cuidadosamente a casa, avancé hasta llegar al salón, obligatoriamente debía hacerlo, para llegar a mi habitación era necesario pasar por el salón. En cuanto me acerqué, lo primero que notaron mis ojos, fue al viejo sentado junto a mi hermano, hablaban animadamente con una persona que estaba sentada dándole la espalda al sitio donde yo estaba parado, me puse muy nervioso, tan solo con ver la silueta de aquel hombre, mi cuerpo empezó a temblar, aún hoy día me cuesta trabajo entender por qué reaccioné de tal manera, ¿porqué él siempre ha tenido ese efecto en mí? aún no le veía la cara, tan solo visualizaba su silueta, lucía alto, largo cabello negro que le llegaba a los hombros, vestía traje, lo normal cuando se trataba de una renión de negocios de ese tipo.

— ¡Ah, ahí está! — exclamó el viejo al verme llegar, yo abrí mis ojos como platos, pero lo que realmente heló mi sangre por completo, fue cuando un par de hermosos cristales azules se posaron sobre mi piel, aquella mirada me heló, por un momento todo se desvaneció a mi alrededor, aquella mirada encantadora y a la vez tan fría, me hizo sentirme en las nubes — Robert, te presento a Taylor, el menor de mis hijos; Taylor, él es el señor Robert Dawson, un amigo con el que queremos asociarnos.

— Es un placer — delicadamente se puso de pié, era más alto de lo que yo creía. Se me acercó para estrechar mi mano, yo algo temeroso extendí la mía, su piel era tan suave y sedosa, siempre lo ha sido, creo que fue ese tacto tan dulce el que me hizo perder la cabeza.

— Igualmente señor Dawson — dije tratando de sonar como todo un hombre de negocios, cuando yo realmente era el más jóven e inexperto en aquella habitación, y eso que estaba el inútil de mi hermano Roger ahí presente.

— ¡Taylor, vé a cambiarte para que hablemos de negocios! — gritó el viejo, logrando sacarme de aquel trance en el que me introdujeron los ojos de aquel hombre, quien evidentemente era mayor que yo, aunque sus ojos brillaban más que los de una radiante adolescente.

— Claro — asentí mientras me apartaba sutilmente de él y me iba rumbo a mi habitación, qué asco, yo estaba transpirando en cada parte de mi cuerpo, y él ni siquiera estaba sudando, lucía tan elegante, y yo tan andrajoso, como siempre.

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Habían pasado un rato ya, yo seguía en la ducha tallando mi cabello con mis dedos, trataba de darme prisa, sino el viejo me mataría por tardarme tanto, mi cuerpo se sentía bastante relajado por el agua fría, lástima que no pude darme un baño más largo para calmar las tensiones de aquel día, ya lo haría cuando acabe la reunión.

Salí del baño colocando una toalla en mi cintura y usando otra para secarme el cabello, avancé hacía mi habitación para vestirme, en mi mente se generaba la duda de "¿qué carajo voy a usar?" Yo no tenía ropa fina ni nada que se le pareciera, toda mi ropa era exageradamente casual, por no decir corriente.

Tomé unos jeans junto a una camiseta que usé en navidad, muy arrugada y algo descolorida por el tiempo que llevaba guardada, pero era lo más decente que tenía; peiné mi cabello que no era tan largo como el de Robert, pero era lo suficientemente largo como para que el viejo me dijera "Hippie", apuesto a que a Robert ni siquiera piensa en decirle la mitad de las cosas que me dice a mí, el dinero saca lo peor de la gente, eso he pensado siempre.

Estuve a punto de salir de mi habitación, hasta que el ruido de mi celular me detuvo, gruñí al ver el identificador y notar que se trataba de Raquel, odiaba deberle favores, Raqurel era más molesta que tener una erección en público.

— ¡¿Qué?! — le reclamé al contestar el celular, trataba de que no me escucharan hablando por teléfono, el viejo era muy paranóico, temía que asumiera que yo estaba en un complot con mi madre para sacarle dinero, creerán que es una locura, pero el anciano que me creó buscaba hasta la más mínima pizca de polvo para correrme de su vida para siempre.

— ¡Ay pero qué genio! — dijo ella — ¿Ya ni te puedo llamar, Ty?

— ¡¡Te dije que tenía una reunión hoy con el viejo y su socio!!

— Me dijiste que era a las 08:30.

— ¡¡El tipo llegó antes!! — reclamé entre susurros, mi sangre se heló al sentir cómo alguien tocaba la puerta de mi habitación, cubrí mi boca con mi mano por inercia, nadie tocaba a mi puerta, sólo cuando el viejo necesitaba verme.

— ¡¡Taylor, maldita sea!! — resonó la voz del inútil de Roger al otro lado de la puerta, rodé mis ojos con molestia para colgar el teléfono y de plano apagarlo, era la única forma de controlar las llamadas de Raquel.

Caminé a la puerta para abrirla, rápidamente mi mirada chocó con la mirada del imbécil de Roger, el hijo mayor y orgullo del viejo, todo porque era un lame-pelotas igual que él.

— ¡¿Quieres dejar de jalártela y salir?! ¡el señor Dawson hace horas que está esperando por ti! — oír aquello me causó algo de incomodidad, pero solo reí de forma ácida mientras cerraba la puerta de mi habitación y empezaba a caminar.

— Perdón Rog, es que recordar a tu novia me pone tan cachondo — le dije de forma cínica mientras me metía ambas manos en los bolsillos y caminaba lejos de él — Luce hermosa con esa lencería negra que se compró — reí al escuchar un gruñido salir de sus labios, amaba colmar la paciencia de ese inútil, era lo único que me animaba estar en esa casa.

Fuí hacía el salón nuevamente, el viejo y su "amigo" bebían Whisky y hablaban de negocios, yo solo escuchaba "bla bla bla, bla bla bla, y más bla bla bla" admito que lo mío nunca fueron los números ni las cuentas, tengo la paciencia de una mujer dando a luz, por lo que siempre odié tan solo pensar en dedicarme a la administración de la dichosa empresa del viejo, aunque, aquí entre nos, él jamás iba a cederme ese derecho que me correspondía, menos con Roger esperando en primera fila para quitármelo, como la hiena carroñera que siempre ha sido.

— ¡Ah, ahí está! — exclamó el viejo alzando la mano al verme llegar, me indicó que me sentara en un sofá entre él y Robert, quien no dejaba de mirarme con atención, yo no comprendía porqué, ¿le habrá parecido cómica mi cara de idiota muerto de hambre? ¿o se estaría preguntando por qué tardé tanto duchándome e igual salí luciendo como un vagabundo? no lo sabía, solo sabía que tener clavada su mirada celeste sobre mi piel, empezaba a ser muy abrumador.

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Amor Y Prejuicio

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