La pantalla frente a mí parpadeó, mostrando los resultados finales de la simulación de combate aéreo.
1. Raúl "El Halcón" Mendoza: 98.5 puntos.
2. Alejandro "El Águila" Vargas: 98.4 puntos.
Una diferencia mínima, deliberada. Un error de cálculo que solo yo sabría que fue intencional.
El murmullo se extendió por la sala de simuladores. Los otros cadetes me miraban, algunos con lástima, otros con una mal disimulada satisfacción. El legendario "Águila" había sido vencido de nuevo por "El Halcón".
Raúl se levantó de su asiento, con el pecho inflado y una sonrisa arrogante. Caminó directamente hacia mí, deteniéndose junto a mi estación.
"Vaya, vaya, Águila."
Su tono era burlón, condescendiente.
"Parece que el segundo lugar se está convirtiendo en tu hábitat natural. Deberías acostumbrarte."
No respondí. Solo lo miré, manteniendo mi expresión neutra, casi aburrida. Mi calma pareció descolocarlo.
Entonces, Sofía se acercó. Se paró al lado de Raúl, colocando una mano posesiva en su hombro. Su sonrisa era afilada, sus ojos brillaban con un triunfo venenoso.
"No seas tan duro con él, Raúl," dijo, aunque sus palabras estaban cargadas de desprecio. "Algunas personas simplemente no están destinadas a la grandeza. No importa cuántas oportunidades se les den."
Me miró fijamente, y por un instante, su sonrisa vaciló. Una extraña chispa de reconocimiento cruzó su mirada. Inclinó la cabeza ligeramente.
"Es como si la historia estuviera destinada a repetirse, ¿no crees, Alejandro? Siempre habrá alguien que se quede atrás, mirando cómo los demás alcanzan la gloria."
Me quedé helado.
Esa frase. Esa mirada. No era la simple arrogancia de una rival. Era algo más. Era el eco de una memoria compartida.
Ella también recordaba.
Mi corazón empezó a latir con fuerza, pero mi rostro permaneció impasible. Así que no estoy solo en esto. La principal arquitecta de mi destrucción también había vuelto. Esto no era una simple repetición, era una continuación de nuestra guerra. La complejidad del juego acababa de multiplicarse por mil.
El resto de los cadetes comenzaron a cuchichear. Las miradas de burla se intensificaron, pero las ignoré. Mi mente estaba en otra parte, procesando esta nueva y aterradora revelación. Mantuve mi vista fija en la puerta, esperando.
Poco después, el General Torres, el director de la academia, entró en la sala. Su mirada recorrió los resultados y luego se posó en mí y en el dúo triunfante.
"Felicidades, cadete Mendoza. Un rendimiento excepcional," dijo, asintiendo hacia Raúl. Luego se volvió hacia Sofía. "Y a usted, señorita Ramírez, su trabajo en la optimización del software de simulación es notable."
Finalmente, sus ojos se encontraron con los míos. Había una pizca de decepción en ellos.
"Vargas, buen esfuerzo. Pero necesitamos lo mejor para el proyecto internacional." Hizo una pausa. "He tomado una decisión. Ramírez, usted liderará el equipo de ingeniería. Y su compañero piloto será el cadete Mendoza."
Sofía y Raúl intercambiaron una mirada de júbilo. Era exactamente lo que querían.
"Sin embargo," continuó el General, "el talento de Vargas como estratega es innegable. Por lo tanto, he decidido que trabajará en el equipo de apoyo, proporcionando análisis de datos para Ramírez y Mendoza."
Me ofrecían las migajas. Querían que trabajara para ellos, que les entregara mi conocimiento en bandeja de plata.
"General, con todo respeto," dije, mi voz tranquila y firme, "agradezco la oportunidad, pero debo rechazarla. Prefiero continuar con mi proyecto de investigación individual."
La sala quedó en silencio. Nadie rechazaba una asignación directa del General Torres.
Sofía me miró, furiosa. Este no era su plan. Ella no solo quería vencerme, quería humillarme, tenerme bajo su control.
"¡Qué arrogancia!" espetó ella, dando un paso al frente. "Raúl y yo representaremos a México. ¡Es tu deber como soldado apoyarnos! ¿O es que tu ego es más grande que tu lealtad a la Fuerza Aérea?"
"Mi lealtad no está en duda, Ramírez," respondí con frialdad. "Simplemente considero que mi tiempo será más productivo en otro lugar."
La furia en el rostro de Sofía se transformó en una máscara de cálculo. Se giró hacia el General.
"General Torres, el éxito de esta misión es crucial para la SEDENA. La sinergia entre piloto e ingeniero es fundamental. Raúl y yo ya hemos desarrollado esa sinergia," dijo, su voz ahora melosa y persuasiva. "Pero los análisis de datos de Alejandro son... vitales. Su conocimiento sobre aerodinámica avanzada es único."
Hizo una pausa dramática.
"Si él no está dispuesto a compartir sus conocimientos con el equipo, entonces yo no puedo garantizar los resultados que México espera. Exijo que se le ordene entregar todos sus datos de investigación personal para que Raúl y yo podamos usarlos. Es por el bien mayor."
Era un chantaje descarado. Estaba usando su posición como la "ingeniera genio" para acorralarme. El General frunció el ceño, visiblemente contrariado. Miró de Sofía a mí, sopesando sus opciones. Sabía que la reputación de la academia estaba en juego.
"Vargas," dijo el General, su voz pesada, "comprendo su postura, pero la señorita Ramírez tiene un punto. El éxito del equipo es la prioridad. Le pido que coopere. Entregue los datos preliminares de su investigación."
No dijo "todos" los datos. Me estaba dando una salida.
Miré a Sofía, a su expresión triunfante. Luego a Raúl, que parecía un perro faldero satisfecho.
"Como ordene, mi General," dije, inclinando la cabeza. "Entregaré los datos preliminares."
Sabía que esto era solo el principio. Sofía no se detendría hasta tenerlo todo. Pero yo tampoco. Le daría justo lo que necesitaba para empezar a cavar su propia tumba.
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