Capítulo 2

Ese correo era mi vida antes de la cárcel. La oportunidad de unirme a un proyecto de investigación de vanguardia, de escapar de la sombra de mi familia. Calista lo sabía. El accidente ocurrió dos días antes de que tuviera que volar a mi entrevista final. Fue todo planeado.

Respondo al correo inmediatamente.

"Confirmo mi participación. Estaré lista para viajar en diez días. Gracias por esta oportunidad".

Envío el mensaje y siento que una pesada carga se levanta de mis hombros.

El sistema me responde con un correo automático confirmando la recepción y los detalles del vuelo. El boleto ya está comprado. En diez días, a las diez de la noche, un vuelo sale de la Ciudad de México. Mi nueva vida.

Tengo que aguantar. Solo diez días. Diez días de humillación, de desprecio. Puedo hacerlo. He soportado cinco años en el infierno, diez días no son nada.

Al día siguiente, la casa está llena de actividad. Hay flores, música y risas. Mis padres han organizado una fiesta de "bienvenida" para Calista, para celebrar que "ha superado" su última crisis depresiva. Nadie mencionó mi regreso.

Bajo las escaleras y los veo a todos en el jardín. Calista está en el centro, vestida con un delicado vestido blanco, luciendo pálida y frágil. Mis padres la rodean, atentos a cada uno de sus caprichos. Leonardo está a su lado, sosteniéndole la mano, mirándola con una devoción que nunca me dirigió a mí.

Me quedo en el umbral, una sombra en su brillante celebración. Nadie me nota, o fingen no hacerlo.

Leonardo finalmente me ve. Su rostro se tensa. Se disculpa con Calista y camina hacia mí.

"Adela, ven, únete a nosotros. Estamos celebrando que Calista se siente mejor".

Su voz es baja, como si temiera que alguien lo oyera.

"No, gracias. No quiero interrumpir", respondo con frialdad.

Calista nos está mirando. Sus ojos, que parecen tan inocentes, brillan con malicia.

"Leo, ven aquí", dice con una voz débil y temblorosa. "Tengo frío. ¿Puedes traerme mi chal?"

Es una orden, no una petición. Y es una prueba.

Leonardo duda por un segundo, mirándome a mí y luego a ella. Pero la fragilidad de Calista gana, como siempre.

"Ahora vuelvo", me dice y corre a cumplir el deseo de Calista.

Yo me doy la vuelta para irme.

"Qué maleducada", oigo decir a mi madre en inglés, pensando que no la entiendo. "Después de todo lo que hemos hecho por ella, ni siquiera puede mostrar un poco de gratitud".

"Déjala, mamá", responde mi padre, también en inglés. "Es una salvaje. Nunca aprenderá a comportarse como una Osorio. Solo tenemos que aguantarla hasta que se case con Leonardo. Después, será su problema".

Me detengo en seco. Aprieto los puños. Ellos no saben que en la cárcel tuve mucho tiempo libre. Tiempo que usé para aprender. Aprendí inglés, francés y hasta un poco de mandarín con las otras reclusas. Entiendo cada palabra de su veneno.

Pero no digo nada. Sigo caminando, subiendo las escaleras hacia mi cuarto de servicio. No les daré la satisfacción de una reacción.

Esa noche, me doy cuenta de algo. Nadie se ha acordado de que hoy es mi cumpleaños. Cumplo veintiocho años. Cinco de ellos los pasé en una celda. Y a nadie le importa.

La decisión se solidifica en mi mente. No solo me iré. Desapareceré. Y cuando lo haga, me aseguraré de que nunca puedan olvidar el daño que me hicieron.

Capítulo 3

Los siguientes días, salgo de la mansión temprano y vuelvo tarde. Necesito algo de dinero para el viaje. A pesar de que los Osorio son dueños de un imperio inmobiliario, nunca me dieron un centavo más de lo estrictamente necesario. Me veían como una carga, un gasto imprevisto.

Encuentro un trabajo temporal en una cafetería del centro, lavando platos y limpiando mesas. El trabajo es duro y la paga es mala, pero es dinero honesto. Es mío. El dolor en mi pierna es constante, pero lo ignoro. Es un precio pequeño a pagar por la libertad.

Un día, mientras estoy trapeando el piso, la puerta de la cafetería se abre y entra Leonardo. Mi corazón se detiene por un segundo. Me ve, y su rostro se transforma en una máscara de incredulidad y vergüenza.

"¿Adela? ¿Qué estás haciendo aquí?"

Se ve fuera de lugar en su traje de mil dólares, rodeado por el olor a café barato y desinfectante.

"Trabajando", respondo, sin dejar de trapear.

Él se acerca, bajando la voz.

"No tienes que hacer esto. Yo te puedo dar lo que necesites".

"No necesito tu dinero", digo, mirándolo a los ojos. "Necesito mi vida de vuelta. Y eso no me lo puedes dar".

Su rostro se contrae de culpa.

"Adela, yo… olvidé tu cumpleaños. Lo siento. Déjame compensártelo".

Al día siguiente, aparece en la cafetería con un pastel. Es de chocolate. Odio el chocolate. Mi favorito es el de tres leches. Calista es la que ama el chocolate. Ni siquiera se acuerda de eso.

"Feliz cumpleaños atrasado", dice, con una sonrisa forzada.

Miro el pastel. Siento una náusea.

"Gracias, pero no como chocolate".

Su sonrisa se desvanece.

"Oh. Lo olvidé".

Claro que lo olvidó. Él solo tiene espacio en su memoria para una persona.

Me siento en una de las mesas vacías. Él se sienta frente a mí. Hay un silencio incómodo.

"Adela", dice finalmente. "Tenemos que hablar de nosotros".

Pienso en el pasado. En cómo lo conocí. Él tuvo un accidente y necesitaba un trasplante de riñón urgente. Yo era compatible. No lo dudé ni un segundo. Le di mi riñón sin pedir nada a cambio. Estaba enamorada. Pensé que él también lo estaba. Después del trasplante, me pidió que me casara con él. Fui la mujer más feliz del mundo.

Pero todo fue una mentira.

"No hay nada de qué hablar, Leonardo", le digo.

Su teléfono suena. Es Calista, por supuesto. Su voz en el otro lado del teléfono es histérica.

"¡Leo! ¡Tienes que venir! ¡No puedo más! ¡Me voy a matar!"

Leonardo se levanta de un salto.

"¡Calista, no hagas ninguna tontería! ¡Voy para allá!"

Me mira con desesperación.

"Tengo que irme. Calista… intentó cortarse las venas".

Y sin una segunda mirada, sale corriendo de la cafetería, dejándome sola con un pastel de chocolate que no quiero y el recuerdo amargo de un sacrificio olvidado.

Miro por la ventana mientras su auto se aleja a toda velocidad. No siento nada. Absolutamente nada. La parte de mí que amaba a Leonardo Falcó murió hace mucho tiempo en una celda fría.

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