2
Ya estaba por mi tercera copa de vino blanco y las ideas se disipaban como el humo. A este paso iba a ponerme ebria.
—¡Y sin ideas a la palestra! —grité, dejando los anteojos de lectura en cualquier parte del estudio.
En el momento sonó el timbre, encontrándome con la bata a medio poner. Me la acomodé con rapidez y corrí hacia la puerta. Al momento de abrirla, encontré a una mujer rubia, alta y guapa con cara nerviosa.
—No vas a poder creer de lo que me he enterado —exclamó Jenna, mi vieja amiga de la universidad.
Vivía a dos casas más allá.
—Hola… ¿Qué ocurrió ahora?
Siempre venía con los chismes.
—Esto amerita una taza de café cargado —espetó entrando de un movimiento a mi casa.
—Bien, puedes entrar —dije irónica.
Una vez que hube preparado café, lo dejé caer el café en la taza. Jenna la apretó con fuerza, haciendo chocar sus uñas postizas contra la porcelana. Mi amiga me seguía hacia todas las direcciones y eso me ponía nerviosa.
—¿Y? —insistí, sentándome y bebiendo.
—Jason va a casarse —me soltó.
Expulsé el café de mi boca hacia diferentes direcciones.
—¿¡Qué!?
Ella apretó los labios y abrió sus ojos azules como dos platos inmensos.
—¡No quería decirte, pero el estúpido me lo contó tan feliz que sentí mucha rabia, y bueno, pensé que no era justo que tú estuvieras pensando aún en él cuando el maldito te engañó con todas esas mujeres y, en realidad, tampoco es justo que no sepas que se casará con una chica mucho más joven que tú… !
—¿¡Qué!?
Jenna respiró hondo.
—¿Más joven que yo? —espeté, levantándome de la silla y recorriendo la cocina como león enjaulado—. ¿Cuántos años?
—No creo que sea necesario…
—¿¡Cuántos años!? —grité.
Jenna dio un respingo.
Abrí la boca, anonadada y a los segundos gruñí como leona salvaje.
—Ese maldito… ¡Con una nena! ¡Ni siquiera le ha contado a su hijo! Me escuchará, ya lo verás.
Corrí hacia la habitación para ponerme algo de ropa e ir directamente al negocio de Jason Blythe.
—¡No, no, no, no, no, no! ¿Qué haces? ¿Estás loca? —me preguntó Jenna mientras me seguía entre brinquitos—. ¡Vas a exponerte como una despechada! ¡Recuerda! ¡Dignidad!
Paré de ponerme el vestido y me quedé con la ceja enarcada y con media pierna metida en el vestido.
—Tienes razón —susurré, pasando a la calma—, debo buscar la manera de asesinarlo de forma planeada.
—Amiga, calma —insistió la rubia—. Robert me contó algo.
Robert Cooper Jr. era su esposo y el mejor amigo de Jason desde que todos íbamos a la universidad. Todos los chismes de Jason, mi ex esposo infiel, los sabía gracias a ellos.
—¿¡QUÉ!?
Jenna pestañeó ante mi grito y me acomodé el cabello para generar ambiente.
—Mañana planea venir a hablar con su hijo, ahí podrás sacar más información. No actúes como si lo supieras, ¿bien? Porque Robert me matará.
Me apoyé en la isla de la cocina y apreté el filo de ésta con mis manos. Tenía tanta rabia ahora mismo que podía ir a gritarle unas cuantas verdades. Pero entonces pensé en mi hijo y toda revolución vengativa se fue al carajo. Fred no querría ver a su madre actuando de esa manera, no con el hombre que asumió una paternidad cuando él era sólo un nene de dos años.
—¿Estás segura que vendrá? —inquirí, respirando con más tranquilidad.
—Te lo juro por mi perro —sentenció.
Puse los ojos en blanco y me senté, tranquilizándome. Su poodle raquítico era lo más importante para ella; estaba diciendo la verdad.
—Bueno, y dentro de los demás chismes, tengo algo del barrio —siguió diciendo Jenna, apoyando sus grandes senos sobre mi encimera—. ¿Supiste que la casona cerca del bosque tiene nuevos moradores…?
Fui salvada de otra sarta de chismes en el instante en que sonó mi móvil.
Era precisamente Jason.
—Contigo quería hablar —proferí.
Jenna se levantó de la silla y comenzó a hacerme gestos para que me quedara callada.
—Primero, hola querida Julianne, ¿qué tal tu mañana?
Entrecerré mis ojos.
—No actuemos como mejores amigos divorciados, sabemos que eso no existe ni podrá existir entre los dos.
Lo escuché suspirar, bastante cansado.
—Bueno, ¿querías hablar conmigo?
—Sí. No has hablado con Fred en días, ¿trabajo muy ocupado? —Mi tono de voz era de evidente sarcasmo. Jason sólo trabajaba 3 horas en su negocio, una discoteca de buen renombre, y el resto de su bendito tiempo era estar de vago con sus malditos amigos, entre esos el tonto de Robert Cooper Jr.
—Sé que he estado desaparecido, pero vengo llegando de un viaje espectacular en Tahití y recién me he puesto a tono con mi vida. Siento tener una vida.
Hice una mueca mientras me ponía una mano en la cadera. Yo también tenía una vida, la que postergué muchísimo por él.
—¿Y para hablar de nuestro hijo me has llamado? —pregunté como quien no quiere la cosa.
—Sí, bueno, tengo algo importante que contarles a ambos y me gustaría verlos mañana. ¿Qué te parece a las 6?
—Tengo una cátedra en la universidad.
—¿A las 7?
—Fred estará con mi madre.
Lo escuché gruñir y por poco me puse a reír, dichosa de verlo en aprietos cada vez que podía. Que algo le costara, ¿no? Porque mientras mi pequeño estaba en el hospital producto de otra bronquitis, él disfrutaba de la playa de Tahití con los ahorros que tanto le costó gastar conmigo.
—A las 8 está bien. No esperes una cena.
—Ni siquiera pensé en ello, ya te conozco, Julianne. A las 8 está bien.
Cuando corté, me quedé mirando el aparato mientras rechinaba los dientes.
—Viene mañana, tal como me dijiste.
Jenna se quitó el cabello de los hombros y me levantó las cejas, triunfante.
—Te lo dije.
—Punto para ti, Jenna.
3
Miré mi reflejo, esperando que todo estuviera perfecto. No quería desentonar y hoy era el momento para no perderme ningún detalle, por más mínimo que fuera.
Cuando sentí la puerta, el estómago se me fue a los pies.
—¡Hola, papi! —exclamó Fred, quien se había encargado de abrirle la puerta.
Oí sentada en el sofá mientras intentaba actuar con naturalidad.
—¡Pero qué niño tan lindo! —añadió una voz femenina.
Yo levanté mi oreja como una leona.
Era ella.
Apreté la mandíbula y me levanté, imponiendo la altura que solo unos fuertes tacones podían darme. Cuando Fred vio que yo me acercaba, vi su inquietud y confusión.
—Hola, Jason —saludé de forma hosca, mirando al hombre que había sido mi esposo por tres largos años.
En efecto, venía con la chica de la que Jenna había hablado. Tenía un aspecto adorable. Era pequeñita, preciosa y muy encantadora a simple vista. Enseguida la odié.
¿Cómo se le ocurría traer así como así a la chica? Con Fred sin entender nada. Era tan bruto.
—Disculpa la sorpresa —me dijo Jason al verme llegar—, pero necesitaba venir a explicarles todo antes que llegaran con el chisme.
Ja, pensé, cruzándome de brazos mientras sonreía de manera cínica.
—Nos has tomado por sorpresa —exclamé.
Jason abrazó a la mujer, quien nos miraba expectante y un tanto nerviosa.
—Julianne, Fred, quiero presentarles a alguien muy especial. Se llama Amanda Covington.
Apreté las manos y tomé a mi hijo entre mis brazos.
Él seguía curioso e incómodo, siempre le costaban los cambios, en especial desde que Jason se marchó de la casa y eso alteró su comportamiento. Era complejo y cansador.
Miré a Jason y noté que también estaba nervioso, alternando la mirada en la chica, mi hijo y yo. Bueno, me lo imaginaba, si antes que se fuera de viaje él me buscó, esperando que le diera una oportunidad. Qué estúpida fui. Lo peor fue que lo logró, porque acabamos en la cama de un maldito hotel. Sólo unos días antes de irse de viaje me prometía todo y ahora de regreso parecía amar a otra mujer, dispuesto incluso a casarse.
—Mucho gusto —saludó la chica, sonriendo con sinceridad—. Tú debes ser el pequeño Fred, ¿no?
Mi hijo sonrió.
—No soy tan pequeño. Mi maestra nueva dice que soy el más grande.
Todos se rieron y yo tuve que obligarme a seguir a la masa para no parecer una amargada, aunque sí lo era.
Amanda se llevó las manos al pecho, muy alegre. Parecía entusiasta por ver a mi hijo. Yo me quedé un buen rato mirando la interacción, sorprendida de que Fred respondiera tan bien a una desconocida.
A los segundos ella me miró a través de unos bonitos ojos azules y yo apreté la mandíbula.
—Y tú debes ser…
—Julianne Smith —respondí de inmediato, más seria de lo que esperaba—. La ex esposa.
Ella hizo una mueca y miró al imbécil de Jason, que parecía tenso ante mi imponente presencia. No los culpaba, podía ser un verdadero grano en el trasero, de los grandes, para ser exacta.
—Jason me ha hablado de ti —destacó mientras me estrechaba la mano.
Enarqué una ceja, preguntándome si había sido capaz de decirle que antes de su puto viaje él me prometió el cielo, el mar y la tierra.
—Me lo imaginaba. ¿Algo especial? Como cuando le lancé un plato por la cabeza. —Sonreí, cínica.
Estaba claro que Jason había hablado de mí, pero no cosas buenas.
—En realidad, cuando me contó que la gran Julianne Smith fue su esposa, yo no pude más de mi emoción. He leído tus libros, tus reportajes y… eres francamente increíble. Soy una gran admiradora de tu trabajo.
Espera. ¿Qué? ¿Admiradora? No esperaba tal recibimiento.
Jason levantó las cejas, mientras que yo me encontraba paralizada.
—Es periodista, como tú —me explicó él, con una mueca difícil de distinguir.
—Vaya, una colega.
Jason sabía lo que estaba pensando y de inmediato bajó la mirada, incómodo.
—Bien, campeón, ella es Amanda y… la amo. —Se dirigió a mi hijo, que miraba sin entender.
—¿La amas como amas a mamá? —inquirió de forma inocente.
Tuve que desviar la cara para que no notaran mi evidente estado de descomposición.
—A tu mamá la quiero mucho, pero… a veces nosotros los adultos sentimos cosas muy especiales por otras personas, lo que no significa que deje de quererte a ti. Eres la persona más importante en mi vida, Fred —explicó él, acercándose a mi pequeño y por consiguiente a mí.
Yo suspiré y lo miré, conectándome con la persona que más me conocía en este mundo, mi cable a tierra, mi hijo.
—Papá aún nos quiere, sólo… se ha enamorado —susurré, manteniendo la compostura, cuando la verdad es que quería correrlo de aquí por ser un imbécil.
Mi ex esposo apretó los labios y se unió a Amanda nuevamente.
—Amanda y yo nos conocimos en el viaje, fue amor a primera vista —me explicó, tomándola de la cintura—. Y tenemos algo muy importante que contarles.
La pareja se miró a los ojos, muy sonrientes y enamorados. Yo nunca lo había visto así, ¡nunca! La situación me revolvió el estómago de rabia, pues sabía que yo nunca había significado lo que pensé para él. Bueno, nadie que te quiere es capaz de engañarte durante un año con la mujer que cuidaba de tu hijo por las tardes.
Aún tenía esa imagen en la cabeza.