Capítulo 3

Esa noche, Mateo no durmió.

Dio vueltas en la cama king size, la otra mitad vacía y fría.

Sofía dormía en la habitación de invitados, como casi siempre.

El contrato no especificaba compartir la cama todas las noches, solo "deberes conyugales" cuando él lo requiriera.

Últimamente, él no requería nada.

El pensamiento de su cercanía forzada le revolvía el estómago.

Se levantó al amanecer.

El cielo de Mendoza empezaba a teñirse de rosa.

Llamó al jefe de personal.

"Prepara mis cosas de montañismo. Las mejores. Y una mochila ligera con lo esencial para unos días."

"Sí, señor Valdés."

"Cancela todas mis citas de la próxima semana. Di que estaré fuera, incomunicado."

"Entendido, señor."

Luego, se sentó en su escritorio y escribió una carta a sus padres.

Larga, detallada.

Explicándoles la verdad. Su verdad.

Su despertar. El guion. Su plan de escape.

Les rogaba que mantuvieran el secreto. Por el amor que le tenían.

Sabía que lo harían. Eran sus padres. Lo amaban.

No los llevaría con él. Sería demasiado complicado. Demasiado arriesgado.

Ellos tenían su vida, su bodega. No podía arrastrarlos a su locura.

Guardó la carta en un sobre lacrado. La dejaría en un lugar seguro para que la encontraran después.

Después de su "muerte".

Salió de la mansión antes de que Sofía o Lucas aparecieran.

Condujo hasta la pequeña viña de los Navarro.

O lo que quedaba de ella antes de su "inversión".

El abuelo de Sofía, Don Anselmo, estaba allí, podando unas vides con manos expertas y arrugadas.

Era la única figura paterna que le quedaba a Sofía.

Mateo sentía un extraño afecto por el anciano.

Siempre lo había tratado con una amabilidad que no merecía.

"Don Anselmo", saludó Mateo.

El viejo levantó la vista, sus ojos azules, nublados por la edad, brillaron.

"¡Mateo, hijo! Qué sorpresa verte tan temprano."

Charlaron un rato. Sobre el clima, sobre las uvas.

Mateo recordó las pocas veces que Sofía lo había llevado allí, al principio de su "relación".

Ella parecía más relajada en ese lugar, más ella misma.

"¿Y cuándo nos darás la noticia de un heredero, Mateo?", preguntó Don Anselmo con una sonrisa pícara. "Estos viñedos necesitan manos jóvenes."

Mateo sintió una punzada amarga.

Un heredero.

Imposible.

No en este guion.

"Todo a su tiempo, Don Anselmo", dijo, forzando una sonrisa.

Él sabía que Sofía y Lucas tendrían hijos.

Hijos hermosos y talentosos, como ellos.

Herederos de la viña Navarro y quizás, con el tiempo, del imperio Valdés.

Así estaba escrito.

Antes de irse, Mateo le entregó a Don Anselmo un sobre abultado.

"Una pequeña inversión adicional para la viña, Don Anselmo. Para asegurar su futuro. Y el de Sofía."

El viejo lo miró, sorprendido.

"Pero, Mateo, ya has hecho tanto..."

"Considérelo un regalo. Para Sofía."

En realidad, era para que Sofía no tuviera que depender de nadie. Ni siquiera de Lucas.

Para que tuviera opciones.

Don Anselmo lo abrazó, conmovido.

"Eres un buen hombre, Mateo. Sofía tiene suerte de tenerte."

Mateo casi se ríe.

Si supiera.

"Cuídese, Don Anselmo."

El viejo lo miró con preocupación.

"Tú también, hijo. Pareces... triste."

Mateo esquivó su mirada.

"Solo cansado."

Estaba saliendo cuando un auto se detuvo en la entrada del camino.

Sofía bajó del asiento del conductor.

Lucas Herrera bajó del asiento del pasajero.

Llegaban juntos. Riéndose de algo.

La imagen perfecta de la pareja protagonista.

Mateo sintió un dolor sordo en el pecho.

Pero también, una confirmación.

Estaba haciendo lo correcto.

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