Liang An siguió sosteniendo la regadera, sus manos temblaban ligeramente bajo la mirada de Qin Zeyan. Era la primera vez que él se acercaba a ella sin rastro de resentimiento o dureza. Su tono no era cálido, pero tampoco tenía la frialdad que había esperado.
-¿Tranquilo? -repitió Zeyan mientras daba un paso más hacia ella. Observó el pequeño espacio que había transformado en un jardín lleno de vida-. No pensé que alguien pudiera encontrar algo especial en este rincón olvidado.
An se encogió de hombros, dejando la regadera a un lado.
-A veces, los lugares olvidados solo necesitan cuidado para florecer.
Zeyan entrecerró los ojos, evaluando sus palabras. Había algo en su voz, una mezcla de honestidad y humildad, que lo desconcertaba. Estaba acostumbrado a las personas que intentaban impresionarlo, halagarlo o manipularlo, pero Liang An parecía diferente.
-¿Te gusta la jardinería? -preguntó finalmente, rompiendo el incómodo silencio.
-Sí -respondió An con una pequeña sonrisa-. Es lo único en esta casa que me hace sentir útil.
Zeyan arqueó una ceja, sorprendido por su franqueza. Sus empleados siempre estaban ocupados intentando demostrar su eficiencia, mientras que esta mujer, su esposa en papel, simplemente buscaba algo que la conectara con el mundo.
-¿Útil? -repitió, como si probara la palabra-. Eres la esposa de Qin Zeyan. ¿No debería eso ser suficiente para que te sientas útil?
An levantó la mirada, encontrándose con los ojos oscuros de Zeyan. Había algo casi desafiante en su tono, pero ella no se dejó intimidar.
-Un título no lo es todo, señor Qin.
Zeyan dejó escapar una pequeña risa, algo entre la diversión y el escepticismo. Era la primera vez que alguien lo llamaba "señor Qin" en su propia casa, como si An quisiera establecer una distancia deliberada entre ellos.
-Tienes razón -admitió finalmente-. Los títulos no lo son todo. Pero en este mundo, son lo único que parece importar.
An se quedó en silencio, sorprendida por su respuesta. Por un breve momento, vio una chispa de vulnerabilidad en él, una grieta en la fachada del hombre poderoso que todos temían.
-¿Por qué viniste aquí? -se atrevió a preguntar, rompiendo la tensión.
Zeyan desvió la mirada hacia las flores que ella había cuidado con tanto esmero.
-Tenía curiosidad -admitió finalmente-. Después de lo de anoche, pensé que era hora de conocer a la mujer que lleva mi apellido.
El corazón de An dio un vuelco. Aunque sus palabras parecían superficiales, había algo en su tono que indicaba que quizás había más detrás de su curiosidad.
-No soy muy interesante -dijo ella con sinceridad.
Zeyan la miró de nuevo, como si intentara descifrarla.
-Eso ya lo decidiré yo.
Esa noche, mientras An se retiraba a su habitación, no podía dejar de pensar en su breve interacción con Zeyan. Era la primera vez que hablaban de verdad, y aunque todavía la intimidaba, también despertaba en ella un extraño interés.
Sin embargo, sus pensamientos fueron interrumpidos por el sonido de pasos en el pasillo. Al abrir la puerta, se encontró con Qin Ling, cuya expresión estaba cargada de desdén.
-¿Qué estás haciendo con mi hermano? -espetó Ling, cruzándose de brazos.
An retrocedió un paso, sorprendida por la agresividad de su cuñada.
-No estoy haciendo nada. Él fue quien vino a verme.
Ling soltó una risa amarga.
-Claro, porque Zeyan de repente decidió interesarse en alguien como tú. No te hagas ilusiones, An. Mi hermano no cambia. Eres solo una obligación para él, y si intentas algo, te aseguro que lo lamentarás.
An apretó los labios, resistiendo la tentación de responder. Sabía que cualquier cosa que dijera solo empeoraría las cosas.
Ling se giró, lanzándole una última mirada de advertencia antes de marcharse.
An cerró la puerta y se sentó en la cama, abrazando sus rodillas. No entendía por qué Ling la odiaba tanto, pero una cosa era segura: Qin Zeyan había comenzado a interesarse por ella, y eso no iba a pasar desapercibido en la mansión Qin.
Al día siguiente, durante el desayuno, Zeyan apareció en el comedor, algo que rara vez hacía. An levantó la vista, sorprendida de verlo allí.
-Buenos días -dijo él, tomando asiento frente a ella.
-Buenos días -respondió An, su voz baja.
Ling también estaba presente, y no pasó desapercibido cómo sus ojos se entrecerraron al ver la interacción entre ellos.
-¿No vas a decir nada? -preguntó Zeyan, mirando a An con un destello de diversión en sus ojos.
-¿Decir qué? -preguntó ella, confundida.
-Que soy un pésimo esposo por no haber compartido ni una comida contigo en todo un año.
An parpadeó, sorprendida por su sinceridad. Ling dejó caer su tenedor con un estrépito, claramente molesta por el tono relajado de su hermano.
-Zeyan, ¿qué estás haciendo? -preguntó Ling, con los labios tensos.
-Desayunando con mi esposa -respondió él con tranquilidad, antes de volver su atención a An-. ¿No es eso lo que hacen los matrimonios?
An sintió las miradas de los empleados y de Ling sobre ella, pero evitó responder. Zeyan estaba cambiando las reglas del juego, y ella no sabía si eso era una bendición o una amenaza.
El sonido de unos tacones resonando en el mármol del vestíbulo interrumpió el incómodo silencio en el comedor. Qin Zeyan apenas había dado un par de bocados a su desayuno, mientras An intentaba mantener la compostura ante las miradas hostiles de Qin Ling.
-Zeyan, deberías dejar de jugar a este absurdo teatro -dijo Ling con sarcasmo, rompiendo el silencio-. Todos sabemos que...
Antes de que pudiera terminar su frase, una figura apareció en el umbral de la puerta del comedor. El aire pareció volverse más denso en ese instante. Liang Mei, la hermana mayor de An, entró con la cabeza en alto y una sonrisa enigmática en los labios. Su elegancia era innegable, con un vestido rojo ajustado que contrastaba con su presencia imponente.
-Espero no estar interrumpiendo -dijo Mei, su tono educado pero con un trasfondo calculado.
El impacto en el rostro de An fue inmediato. Sus ojos se abrieron de par en par al ver a su hermana mayor, a quien no había visto desde el día de su matrimonio. La aparición de Mei era tan inesperada como inquietante.
Zeyan dejó el tenedor sobre su plato con un suave clic, mientras su mirada se endurecía al encontrarse con Mei.
-Liang Mei. Qué... sorpresa -dijo con frialdad, cada palabra cargada de un desdén apenas disimulado.
-Hermana... ¿qué estás haciendo aquí? -preguntó An con voz temblorosa, incapaz de ocultar su confusión.
Mei sonrió, ignorando deliberadamente la tensión en el aire.
-He venido a visitarte, por supuesto. Somos familia, ¿no?
Ling, que hasta ahora había permanecido en silencio, dejó escapar una risa sardónica.
-¿Familia? Qué conveniente que decidas aparecer después de un año, Mei. Aunque debo admitir que tu sentido del drama es impecable.
Mei dirigió una mirada helada a Ling antes de volver su atención a Zeyan.
-He escuchado que mi pequeña hermana ha estado cuidando muy bien de ti, Zeyan. Me alegra que al menos haya podido cumplir con su papel en mi lugar.
Las palabras de Mei eran suaves, pero estaban llenas de veneno. An sintió como si un cuchillo invisible se clavara en su pecho.
-No tienes derecho a decir eso, Mei -murmuró An, intentando mantenerse firme-. Tú fuiste quien decidió...
-No terminé nada -la interrumpió Mei con una sonrisa falsa-. Fue la familia Qin quien me descartó, no al revés. Y ahora veo que tú, mi querida hermana, has tomado mi lugar con mucho entusiasmo.
Zeyan se levantó de su asiento, su expresión una mezcla de ira contenida y cansancio.
-¿Por qué estás aquí realmente, Mei? -preguntó, su tono cortante-. Si vienes a causar problemas, te sugiero que te marches ahora.
Mei lo miró con una mezcla de desafío y algo más profundo, algo que no podía descifrarse fácilmente.
-No vengo a causar problemas, Zeyan. Solo quería ver con mis propios ojos cómo ha cambiado mi familia en este último año. Y parece que no ha cambiado tanto después de todo.
La tensión era palpable. An sintió un nudo en la garganta mientras veía cómo Mei dominaba la situación con una facilidad que siempre había envidiado en su hermana.
-Hermana, no tienes que quedarte -dijo An finalmente, intentando recobrar algo de control-. Esta es mi vida ahora, y estoy...
-¿Estás feliz? -la interrumpió Mei, inclinándose hacia ella con una sonrisa amarga-. ¿De verdad eres feliz en este matrimonio, An?
An tragó saliva, sin saber cómo responder. Mei la estaba acorralando, y no tenía fuerzas para enfrentarse a ella.
Zeyan dio un paso al frente, colocándose entre las hermanas.
-Basta. Si tienes algo más que decir, Mei, dímelo a mí. No metas a An en esto.
La defensa de Zeyan tomó a An por sorpresa. Era la primera vez que él la protegía abiertamente, y aunque sus palabras eran frías, había algo en su tono que parecía genuino.
Mei lo miró con los ojos entrecerrados, evaluándolo. Finalmente, sonrió de manera enigmática.
-Como quieras, Zeyan. Pero recuerda que en este juego, nadie gana sin ensuciarse las manos.
Dicho esto, se dio la vuelta y salió del comedor, dejando a todos en un silencio cargado de emociones.
Más tarde, en su habitación, An no podía dejar de pensar en lo sucedido. La llegada de Mei había removido viejas heridas que nunca había terminado de sanar. Pero lo que más la desconcertaba era la actitud de Zeyan. ¿Por qué había intervenido en su defensa?
Un suave golpe en la puerta la sacó de sus pensamientos.
-¿Puedo pasar? -preguntó la voz de Zeyan.
An dudó un momento antes de responder.
-Sí.
Zeyan entró, su expresión seria como siempre, pero sus ojos reflejaban una preocupación que ella no esperaba.
-No tienes que permitir que Mei te haga sentir menos, An -dijo sin rodeos-. Lo que pasó entre ella y esta familia ya no importa. Ahora eres tú quien está aquí, no ella.
An lo miró fijamente, sin saber qué decir. Su corazón latía con fuerza, no por miedo, sino por la extraña calidez que sus palabras le provocaron.
-Gracias -murmuró finalmente, sintiendo cómo un leve rubor cubría sus mejillas.
Zeyan asintió, pero antes de irse, añadió:
-No te preocupes. No dejaré que vuelva a causarte problemas.
Cuando la puerta se cerró detrás de él, An se permitió sonreír. Tal vez, solo tal vez, las cosas estaban empezando a cambiar entre ellos.