-¿Qué vamos a preparar, señora?-, me preguntó, entonces, Gladys, viéndome afanosa, arreglando los cuartos de las niñas, acomodando sus almohadas, los edredones, sus peluches, sus perfumes y los zapatos, esos con tacos enormes que tanto les fascinaba.
-A Tatiana le gusta el seco de pollo, a Sabrina hazle una estofado, prepárale un ají de gallina para Roxana y a mi chinita un bistec con papas fritas y arroz-, le enumeré.
-Como en los viejos tiempos, entonces, señora-, sonrió Gloria.
-Quiero que sean felices como antes-, empecé a sollozar.
-Nada ha cambiado señora, ya lo verá-, me prometió Gloria.
Vicky me llamó casi al momento.
-Tu cuñado, Francesco, me preguntó si puede ir a ver sus sobrinas-, me dijo.
-No, dile que si quiere, venga después de mi cumpleaños. No quiero a nadie en casa, solo a mis hijas-, fui firme y resoluta.
Francesco también me odiaba y mucho. Me culpaba igualmente del suicidio de su hermano y siempre me llamó "una cualquiera que se adueñó del imperio de Donatello", lo que no era cierto. A mí no me importaban los negocios de mi marido y Donatello fue quien me pidió que firmara un contrato de matrimonio que subrayaba que, en caso de fallecer él, todo pasara a mis manos.
-Yo no sé nada de tus negocios, Donatello, tampoco estoy preparada, solo terminé la secundaria y me metí a la música-, le reclamé esa noche que me puso en la mesa el contrato.
Pero él aún me amaba y era un marido fiel, responsable, y un padre amoroso y ejemplar con sus hijas.
-Quiero que a ti ni a las niñas le falta nada. Si Francesco se hace cargo de todo estoy seguro que no les dará nada-, me aseguró.
-¿Por qué me odia tanto tu hermano?-, le acaricié sus pelos rulos, subida a sus muslos.
-Es egoísta, siempre quiso todo el poder para él solo. Francesco tomó los negocios de mi padre cuando murió y ahora quiere los míos, es muy ambicioso y piensa que tú eres un obstáculo en sus afanes de ser más poderoso que nadie -, me dijo él encandilado a mis ojos.
Entonces firmé el contrato. Y al suicidarse Donatello, entonces me quedé con todo su imperio.
Francesco envenenó a mis hijas. -Su madre fue la que impulsó a suicidarse a su papá, ella lo mortificaba, lo insultaba, lo trataba mal, lo engañaba con un cantante de poca monta-, les decía. Yo le escuché no una sino muchas veces, durante y después del sepelio y por eso ellas se fueron de casa.
Yo estaba devastada, tumbada en el sillón, llorando un día después del sepelio, cuando las vi irse a las cuatro. No se despidieron, dejaron sus peluches y sus ropas. Simplemente se fueron.
Las llamé día y noche, las busqué en casas de sus amigas, en nuestro hotel, a la casa de playa, fui donde Francesco y de la furia que me invadía le rompí a pedradas las lunas de su residencia. Al final de la noche, derrotada, humillada, desconsolada y decepcionada, caí de rodillas en el salón de juegos que era de mis hijas, y abrazada a sus muñecos me puse a llorar a gritos porque sabía que las había perdido para siempre.
*****
Mi primer enamorado se llamaba Richard Orange, tenía mi edad, 18 años y éramos inmaduros, distendidos, nos gustaba las fiestas, hacer travesuras y él me llevaba a saltar lomas con su motocicleta. Apenas terminó el colegio, me dediqué a la música y no quise estudiar ni trabajar. Mis padres renegaban furiosos pero yo sentía la vida como un juego, y el futuro me era imposible, difuso, sin horizontes y extraviado entre muchas sombras. Prefería los besos de Orange, compartir sus sueños de convertirse en un gran cantante y desafiar la barrera del sonido con su moto.
Con Richard era dichosa, él me comprendía y me quería mucho, me adoraba y me complacía en todo, incluso mi rebeldía y el querer dedicarme a la música. Yo también tenía bonita voz, cantaba bien y deslumbraba en los juegos florales del colegio. -Quizás hagamos un dúo, la bella y el feo-, me decía acaramelado a mis labios, enamorado de mis ojos, prendado a mis encantos, y eso me hacía reír.
Él me decía "Peluchita" y también me encantaba ese detalle.
Mi primera vez fue con él, en las lomas. Fue ya casi de noche y no habían más motos que la de Orange surcando el espacio, volando entre las dunas, desafiando la gravedad y la oscuridad tapando el desierto como un gran telón.
Su moto derrapó porque Richard no veía nada y rodamos por la arena, riéndonos como locos, celebrando la ocurrencia, llenándonos de arena hasta las orejas. Él me abrazó, entonces, y me besó desenfrenado y vehemente, encandilado a mis labios, queriendo embriagarse con el deífico sabor de mi boca.
Yo gemía y sollozaba encantada, excitada y extraviada en mi propia sensualidad mientras él me hacía suya, después de desnudarme y conquistar todos mis rincones, con febril entusiasmo. Sus besos desataron mis llamas y de repente yo era una gran bola de fuego, ardiendo encandilada a sus caricias que me estremecían y provocaba enormes descargas de electricidad, remeciéndome y estremeciéndome sin compasión.
Aullé como una loba, cuando Richard invadió mis entrañas, igual a un río desbocado, avanzando febril, sim importarle el intenso dolor que me provocaba perder mi virginidad. Me jalé los pelos desesperada, le mordí, incluso los brazos, pero a él no le importó. Siguió explorando mis íntimos vacíos provocándome más y más estremecimientos, gemidos y sollozos, hasta quedar, en la inconsciencia.
Nos quedamos tumbados en la arena, desnudos, sudorosos, sin importarnos ni la oscuridad, el viento alocado o la arena latigando nuestros cuerpos. Yo seguía sumergida en un oasis pletórico de luces, estremecida, sintiéndome sexy, desatando toda mi feminidad en esa velada tan sensual y excitante.
Orange vivía un idilio conmigo. Se sentía dueño del mundo y solo vivía para mí. Pero yo lo traicioné. Me deslumbró Donatello y me enamoré de él perdidamente, vencida por su porte de dios helénico.
Richard lloró caído de rodillas a mis pies, cuando le dije que amaba a otro hombre.
-No puedes dejarme. Yo te amo como a nadie en este mundo, tú eres mi vida entera-, se abrazó a mis rodillas.
Pero yo estaba encandilada de Donatello, no tenía experiencia en la vida, el amor me era tan solo un juego y seguía siendo muy inmadura.
-Así es la vida-, reí. Fui muy cruel con él.
Lo dejé llorando mientras yo me marché moviendo las caderas, haciendo eles con mis manos, meneando mis pelos, sin darle mayores explicaciones, ignorando el infierno que me esperaba al lado de Donatello.
Donatello amaba a sus hijas, se desvivía por ellas y pese a que el reloj le era tiránico por sus tantísimos negocios, se daba siempre un tiempito para jugar con las niñas, ayudarlas en las tareas, divertirse, ir a comer a los mall o simplemente hablarles de todo, mientras crecían.
Jamás voy a olvidar cuando Donatello se enfureció con una profesora de inicial porque le puso mala nota a Tatiana por un dibujo que había hecho de un atardecer. Pintó el sol de morado y los arboles de azul intenso.
-Pero señor Davis, no existe un sol morado ni los árboles son azules, su hija no puede alucinar cosas-, intentó explicar la maestra pero mi marido no entendía razones. Gritaba como un tirano, amenazaba con incendiar el colegio y decía que se quejaría con las máximas autoridades.
-No quiero que te enojes papá-, sollozó en la cena, Tati.
-Es que esa profesora es injusta, hijita-, renegó Donatello.
-Sabrina, Roxana y Deborah sí pintaron correctamente sus paisajes, amor, Tati estuvo mal y así no se aprende-, intervine.
-Todas mis amigas se asustaron con tus gritos, papá-, achinó sus ojitos Deborah.
Crucé los brazos. -Eso es lo que consigues-, alcé mi naricita.
-Mis hijas son mis tesoros y siempre voy a defenderlas de todo-, dijo, entonces, Donatello, sin entender razones.
Entonces comprendí que era capaz de las más grandes locuras, como volarse la tapa de los sesos.
Recuerdo cuando se peleó en el colegio con otro padre de familia. Eso fue cuando las niñas tenían 15 años y jugaban fútbol por el equipo de su colegio en el inter escolar. Las cuatro eran titulares y se disputaba la gran final del certamen, justamente contra el gran rival del plantel con el que siempre habían peleas y descomunales broncas. Donatello estaba nervioso, parecía que él iba a jugar. No quiso desayunar, daba vueltas como un búfalo encerrado y diez veces le preguntó a sus hijas si tenían sus uniformes listos.
-Ya cálmate, papá-, le pidió Roxana porque los nervios de mi marido las contagiaba a ellas.
Las niñas pusieron sus maletines en la camioneta y yo llevé una una mochila con sánguches y agua tibia. -¡Se han demorado mucho!, se quejó Donatello, ¡seguro el partido ya empezó!-, arrancó con tanta furia que todas nos fuimos para atrás.
-¿Puedes calmarte, hombre?-, me molesté.
Ni el partido había empezado y era tan temprano que no habían llegado las compañeras de las niñas a la cancha. Tatiana, Roxana, Sabrina y Deborah fueron a los vestidores y Donatello se puso como un gallito de pelea con los papás de las chicas del equipo rival. Se reía de ellos, se mofaba, les hacía gestos y gritaba a todo pulmón el nombre del colegio. Los otros señores pretendieron no hacerle caso.
-Compórtate, caramba-, estaba yo fastidiada porque todos nos miraban de mala manera.
El partido fue muy friccionado, áspero y bastante rudo, con muchos choques, empellones y faltas. Nosotros estábamos con la barra del colegio de las niñas y no solo mi marido, sino también los otros papás estaban furiosos, reclamaban, insultaban y amenazaban con palabrotas de grueso calibre que me tenían turbada. Me tapaba la cara con las manos, escuchando a Donatello insultando al árbitro y a la barra contraria.
Y en medio de la brega, fue que una chica alta le dio una patada a Sabrina. Le dio en el muslo. Mi hija se desparramó en la cancha, adolorida, aunque también haciendo algo de teatro para que el árbitro expulsase a la rival.
Como bien imaginan, mi marido se exaltó más de lo que estaba, empezó a gritar como un energúmeno, se puso igual de rojo que un cangrejo recién hervido y se las emprendió contra los papás del equipo rival, insultándolos y retándolos.
Sus palabrotas desataron la furia de los contrarios y cuando me puse de pie para jalarlo y llevármelo a su asiento, lo encontré envuelto en una gran pelea con los otros hombres, dándose de golpes, patadas, igual a una reyerta callejera.
¡Qué espanto! Me agarré la cabeza aterrada viendo a Donatello pegándose puñetazos con los otros papás. Los padres del colegio de mis niñas fueron en su auxilio y la pelea se hizo, entonces, la tercera guerra mundial.
La policía intervino y a Donatello le habían roto una ceja y le tumbaron tres dientes. Estaba tan hinchado que parecía haber sido atacado por un panal de abejas. ¡Qué vergüenza! Yo estaba furiosa, queriendo convertirme en un avestruz y meter mi cabeza debajo de la tierra.
El partido siguió y Deborah hizo un golazo de volea que desató la euforia en la barra. Luego, en el segundo tiempo, Tatiana anotó de cabeza y Donatello saltaba como un canguro, gritando como loco la anotación de su hija. En los minutos finales, Roxana que era la arquera, le contuvo un penal a una contraria y mi marido, ya sin poder contenerse, se metió a la cancha, levantó a su hija en vilo, le dio tantas vueltas que sus pelos parecían la cola de un cometa y la llevó en hombros hasta la barra rival, mofándose y gritándoles de todo.
¡¡¡Ay, ese hombre!!!
Era muy romántico también. Yo deliraba en sus brazos. Me hacía sentir en las estrellas con sus caricias y la forma cómo me dominaba, volviéndome sumisa, entregada a sus besos. Tenía tanta pasión que desataba en un santiamén mis cascadas y me volvía una antorcha, chisporroteando fuego por todos mis poros.
Lamía mis pechos con tanto encono y vehemencia que me hacía sollozar, gemir y exhalar humo en mi aliento, disfrutaba de mi busto con embeleso y los volvía en un minuto grandes colinas erguidas. Me despeinaba sentir sus besos y sus manos, estrujando mi busto una y otra vez.
Me arranchaba los pelos, sintiendo sus besos, sus caricias y me encantaba que vaya conquistado, uno a uno mis sinuosas carreteras, mi infinidad de curvas y redondeces, y dejara huella hasta el último rincón de mi vasta geografía. Estar en sus brazos era sumergirme en el delirio, desatando mi absoluta sensualidad y volviéndome súper sexy, ardiendo en esplendorosas llamas.
No había sensación más deliciosa que cuando Donatello invadía mis entrañas, igual a un volcán en erupción. Era un río caudaloso y tórrido que arrasaba con mis defensas y avanzaba febril e impetuoso hacia mis abismos más lejanos, obnubilándome totalmente. Parpadeaba en medio de muchas luces mientras él taladraba mis defensas, estremeciéndome por completo. A gritos le pedía que lo hiciera fuerte, muy fuerte, porque me encantaba esa sensación de ser suya, conquistando los parajes más inhóspitos de mis intimidades.
Cuando llegaba al final de las fronteras de mis entrañas yo aullaba loca de placer y hasta lo mordía impetuosa, eclipsada de todo su poder varonil. Y caía sobre las almohadas rendida, exánime, sudorosa, casi inconsciente de tanto placer.