Sofía soltó una carcajada, una risa fría y cruel que resonó en el silencio de la entrada.
"¿Qué dijiste? ¿Estás loco o qué?", se burló, mirándolo como si fuera un bicho raro. "Después de todo lo que pasó, ¿vienes a pedirme eso? Eres patético, Ricardo".
Se giró hacia Marco, ignorando completamente a Ricardo, y le dio un beso suave en los labios. "Vamos adentro, mi amor. No dejes que este idiota nos arruine la noche".
Verlos besarse fue como recibir otra puñalada, una herida invisible pero igual de dolorosa que las reales. Ricardo dio un paso adelante, instintivamente, para separarlos.
"No lo toques", dijo con voz ronca.
Sofía se interpuso entre ellos, empujándolo con fuerza. "¡No te atrevas a ponerle una mano encima! ¿O ya olvidaste cómo me tratabas a mí? ¿Los celos, los gritos, las veces que rompiste mis cosas? ¡Marco es todo lo que tú nunca fuiste!".
Cada palabra era un golpe. Lo estaba humillando, usando su pasado tóxico como un arma para defender a su nuevo amor. Ricardo retrocedió, sintiéndose completamente indefenso. Se vio obligado a ver cómo entraban a la casa, su casa, y se sentaban a la mesa que él había comprado, para comer la cena que seguramente Marco había preparado. Él se quedó en el umbral, ignorado, un fantasma en su propio hogar. Desde la cocina, escuchaba sus risas, sus susurros, los sonidos de los cubiertos contra los platos. El olor de la comida le revolvía el estómago, un recordatorio de que él ya no pertenecía a ese mundo, a esa vida.
Sintiéndose derrotado, subió las escaleras hacia el segundo piso, buscando un lugar donde esconderse de su propio dolor. El pasillo estaba oscuro. Mientras pasaba por el estudio de Marco, escuchó su voz en un susurro. La puerta estaba entreabierta. Ricardo se detuvo, con el oído pegado a la madera.
"Sí, el trabajo está hecho", decía Marco en voz baja por teléfono. "Nadie sospechará de mí... Sofía está comiendo de mi mano... No, no te preocupes, el idiota de Ricardo no volverá a ser un problema para nadie... El dinero estará en tu cuenta mañana".
Ricardo sintió un escalofrío. ¿El trabajo está hecho? ¿El idiota de Ricardo no volverá a ser un problema? La verdad lo golpeó con la fuerza de un tren. Marco. Marco había planeado su asesinato. Por envidia, por ambición, para quedarse con Sofía y con su carrera. La rabia lo cegó por un instante. Tropezó hacia atrás, golpeando una pequeña mesa en el pasillo. Un jarrón de flores cayó al suelo y se hizo añicos con un estruendo.
La puerta del estudio se abrió de golpe. Marco apareció, con el teléfono todavía en la mano y una expresión de pánico que rápidamente cambió a una de falsa preocupación.
"Ricardo, ¿estás bien?", preguntó, su voz llena de una hipocresía que ahora resultaba obvia para Ricardo.
Sofía subió corriendo las escaleras, alarmada por el ruido. "¿Qué pasó?".
Antes de que Ricardo pudiera decir nada, Marco se adelantó. "No sé, Sofía. Lo encontré aquí, espiando. Creo que intentaba hacerme daño", dijo, señalando el jarrón roto y adoptando una expresión de víctima. "Me amenazó, dijo que me iba a matar por robarte".
"¡Mentira!", gritó Ricardo, desesperado. "¡Lo escuché! ¡Él me mandó a matar!".
Sofía lo miró con una mezcla de asco y lástima. "Ya basta, Ricardo. Siempre la misma historia, siempre culpando a los demás de tus problemas. Estás enfermo de celos. ¡Marco es un caballero, él jamás haría algo así!".
"¡Sofía, por favor, tienes que creerme!", suplicó él.
Pero ella no lo escuchaba. Se acercó a Marco y lo abrazó, consolándolo. "Tranquilo, mi amor. Yo te protegeré de él".
Luego, se giró hacia Ricardo, con los ojos llenos de un odio puro. "Lárgate de mi casa. Y si te vuelves a acercar a Marco, te juro que llamaré a la policía y les diré que intentaste atacarlo".
Derrotado y humillado, Ricardo bajó las escaleras. Se sentó en el sofá de la sala, solo en la oscuridad, mientras escuchaba a Sofía y Marco subir a la habitación principal, su habitación. El dolor en su abdomen fantasma se intensificó, un eco de las puñaladas que le habían quitado la vida. Se levantó la camisa. Aunque no había herida física, el dolor era insoportable. Buscó en el botiquín unas pastillas para el dolor, sabiendo que no servirían de nada, pero el acto en sí era un intento desesperado por aferrarse a la normalidad.
Más tarde, cuando el silencio se apoderó de la casa, Sofía bajó. Lo vio sentado en la oscuridad y se acercó a él, no con compasión, sino con más rabia.
"¿Qué sigues haciendo aquí?", siseó. Se arrodilló frente a él, pero no con ternura. Agarró su camisa con fuerza, acercando su rostro al de él. "¿Crees que con tus jueguitos vas a recuperarme? ¿Crees que actuando como un loco voy a volver contigo? Escúchame bien, Ricardo. Te odio. Te odio con cada fibra de mi ser. Ojalá de verdad te hubieras muerto".
Sus palabras, pronunciadas en un susurro venenoso, lo destrozaron por completo. La miró a los ojos, buscando un atisbo de la mujer que amaba, pero solo encontró un abismo de rencor. Se quedó allí, inmóvil, mientras ella se levantaba y volvía a subir las escaleras, dejándolo solo con su dolor y la amarga verdad de su odio.