Portada de la novela Amor del CEO mafioso

Amor del CEO mafioso

8.4 / 10.0
Tras salvar la vida de Brad Smith, un influyente CEO vinculado a la mafia, la enfermera Jennifer Robert acepta un matrimonio por contrato para evitar ser deportada. Aunque él planeaba enamorarla, una confusión lo lleva a creer que ella es hija de su mayor rival, desatando una despiadada venganza. Al descubrir la inocencia de Jennifer, Brad se enfrenta a una dolorosa realidad: ella ha huido de su lado mientras espera en secreto a sus dos hijos gemelos.
Resumen de Amor del CEO mafioso
Tras salvar la vida de Brad Smith, un influyente CEO vinculado a la mafia, la enfermera Jennifer Robert acepta un matrimonio por contrato para evitar ser deportada. Aunque él planeaba enamorarla, una confusión lo lleva a creer que ella es hija de su mayor rival, desatando una despiadada venganza. Al descubrir la inocencia de Jennifer, Brad se enfrenta a una dolorosa realidad: ella ha huido de su lado mientras espera en secreto a sus dos hijos gemelos.
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Amor del CEO mafioso Capítulo 1

Frontera entre Columbia y Venezia, el Narrador:

Era una noche calurosa, tórrida, en pleno verano, entre las fronteras de Columbia y Venezia. El clima de la Ciudad de Frontera es de tipo seco, correspondiente a una vegetación propia de la sequedad, a los habitantes del sector, les cuesta conciliar y mantener el sueño e incluso mantenerse sosegado.

Brad Smith, un rico y billonario hombre de negocios, CEO de la empresa de Transporte Internacional Smith, decidió escapar de sus agentes de seguridad. Desde el balcón de su habitación salió sin ser visto, hacia la orilla de la playa, deseaba sentir la brisa del mar y la libertad de cualquier mortal.

En su lujosa y gran mansión, ubicada en la Costa, a orilla del mar, sus amigos y familiares celebraban la llegada del nuevo milenio. No obstante, él estaba melancólico, a pesar de su fortuna, sus exitosos negocios, sentía una tristeza profunda, no le encontraba gusto ni diversión a nada, en ese momento.

Este nuevo año cumplirá treinta y cinco años. Es guapo, musculoso, alto, con su piel bronceada por el sol. A pesar de ser un adonis y tener imán para las mujeres, se siente solo, su mayor anhelo es encontrar quien lo ame, por lo que es y no por lo que representa. Mujeres le sobran, pero enfocadas solo en su estatus y su fortuna.

Brad:

«Me siento aburrido, de estas largas fiestas, rodeado de amigos y familiares, anhelo algo más», medité caminando sin rumbo, acercándome a la orilla de la playa.

«Lo único que hasta ahora, me excita y me motiva para ser cien por ciento productivo, es la espera de mis consentidas. Esa incertidumbre de ser descubierto por la guardia costera, genera fuertes emociones en mí», analicé sonriendo.

Reflexionando sobre esto, deambulé un buen rato por la playa, sobrepasando los límites de mi propiedad. Debido al fuerte calor, decidí quitarme la chaqueta y los zapatos. Con estos, en mis manos, caminé muy lentamente, en estado contemplativo entre el mar y el cielo estrellado. Cuando de repente, escuché...

—¡Bang! ¡Bang! ¡Bang! —Disparos.

Al pretender sacar el arma, para mi defensa, recordé que la dejé en mi habitación, debido a esto, corrí detrás de una roca para esconderme. Escuché de nuevo, dos disparos más, uno me dio en el hombro, por lo que caí herido, sintiendo un hormigueo, debilidad y entumecimiento en mí brazo.

Asimismo, el hombro estaba caliente, sensible y adolorido. Antes de perder el conocimiento, sentí que alguien tropezó conmigo y cayó encima de mí...

Jennifer:

—¡Dios mío! ¡Lo que me faltaba! Un borracho tirado en la playa —susurré asustada, cayendo encima de alguien, quien al parecer estaba borracho y dormido.

Pensando y actuando rápidamente, me desnudé, solté mi cabello, aflojé el cinturón, la pretina del pantalón del borracho e hice creer que nos quedamos dormidos, haciendo el amor. Arropé mi cuerpo con la chaqueta del hombre, por lo que al llegar el guardia fronterizo, que me perseguía, no me reconoció.

—¡Deberían pagar una habitación en cualquier motel! —gruñó el oficial, pero mirando hacia los lados, como buscando a alguien.

—¡Sí, pues! —respondí con una voz ronca, imitando el dialecto de la zona.

—¿Viste pasar a alguien por aquí? —preguntó el guardia, alumbrando con una linterna hacia los matorrales.

—¡No, pues...! ¿Qué voy a ver pasar? Si estaba dormida y usted me despertó con tanto tiro y tiro —expresé, simulando malhumor y utilizando nuevamente el dialecto de los nativos de esta región.

—¡Oye! Tu amiguito, como y que tiene una gran borrachera, que ni aun así se despertó —aseguró el guardia sonriendo— Y ya sabes, la próxima vez, que te lleve aunque sea a un motel —afirmó este.

—¡Si pues, así será...! —contesté, aguantando la respiración para evitar soltar un suspiro de alivio. Cuando observé que el guardia se alejaba, en mi búsqueda, solté un suave e inaudible suspiro.

De inmediato, busqué mi vestido, que lo escondí debajo del hombre borracho. Al sacar este, estaba húmedo, lleno de sangre. Fue así, como lo moví, lo revisé y me di cuenta que estaba herido. Él, tenía una herida de bala, en la espalda, muy cerca del hombro.

Era un hombre muy fornido y musculoso, por lo que me costó mucho quitarle la camisa. La rompí y con la misma le hice una especie de vendaje para detener la sangre. Luego me vestí y me coloqué encima la chaqueta de él, para cubrir la sangre que tenía mi vestido.

«Debe medir como un metro noventa y pesa demasiado», calculé, reflexionando cómo llevar a este al refugio, para curar la herida.

«¡Nada! Voy a tratar de despertarlo, y si no lo logro, lo llevaré arrastra», pensé, con la mirada puesta en los matorrales por donde deberé irme.

«Voy a rogar a los Santos que interfieran para no encontrar de nuevo al guardia fronterizo», supliqué en silencio, dirigiendo mi mirada al cielo y levantando la mano, hacia el rostro del desconocido.

Comencé a abofetearlo para que se despertara, pero nada, no se movía, estaba inconsciente. En todo caso, insistí y logré que se levantara y apoyara en mí. Fue así, como lo conduje al refugio, en donde al llegar, lo acosté, busque mi maletín de primeros auxilios, para curar la herida, pero este se había vuelto a desmayar.

(***)

Jennifer:

Rápidamente, me cambié la ropa. Luego, me concentré en el herido, lo terminé de desnudar, observando que era un hombre como de unos treinta y cinco años. Además, de muy atractivo, atlético, sus manos demostraban que nunca había realizado trabajo forzoso. Estas se sentían suaves, elegantes, muy bien cuidadas.

Al examinar bajo la luz su cuerpo, advertí que la bala entró y salió. Di las gracias a mis Santos, por esto. De repente, era una herida que no afectó ningún otro órgano, por lo que se puede salvar, a pesar de haber perdido, mucha sangre.

De inmediato, revisé bien la herida, la limpie y comencé el proceso de curación, con los pocos medicamentos que tenía. Una vez que terminé de suturar la herida, me senté a un lado de este, para estar pendiente de cualquier reacción. En la mañana, me desperté al escuchar mi nombre.

—¡Jennifer! ¡Jennifer! —escuché, que me llamaban. Salí de inmediato, para evitar que entraran a mi rústica habitación.

—¿Qué pasa? —grité, acercándome al grupo.

—¡Dios! Pensábamos que te habían detenido. No debemos arriesgarnos tanto, así sea la fecha que sea —advirtió mi prima y su amiga, quienes se veían desesperada, a lo mejor porque soy la más joven de las tres y con menos experiencia.

—¡Tranquilas! ¡Estoy bien! —aseguré, informando que me iba a acostar.

«No les contaré sobre el herido que me traje al refugio, porque después no me dejaran que lo cuide. Todos, se opondrán por temor a meterse en algún lío y no lo voy a dejar morir, puesto que gracias a él, me salve de que el guardia me detuviera», pensé decidida a ayudarlo.

Ese primer día de año nuevo, lo pasé cuidando al desconocido, quien comenzó a presentar síntomas muy fuertes de fiebre y malestar, llegando a delirar:

—Charlie, Charlie... me dieron, Charlie me dieron —deliraba él, con una voz baja, como para que no lo escucharan. Era una voz, varonil, ronca y hostil.

—¡Cálmate, por favor! ¡Cálmate! No hables para que nadie más te escuche —supliqué al oído del herido, preocupada que el resto de los inmigrantes que conmigo, se encontraban en este refugio clandestino, se dieran cuenta que lo tenía ahí, escondido...

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