Desperté con el olor estéril de un hospital. La luz blanca del techo me lastimaba los ojos. Una enfermera ajustaba el suero conectado a mi brazo.
Lo recordé todo, la caída, el dolor, la voz de Mateo.
Mi mano fue instintivamente a mi vientre. Estaba plano. Vacío.
Las lágrimas empezaron a brotar sin control, silenciosas y calientes. No era solo el bebé. Era la pérdida de mi identidad, de mi familia, de mi esposo, de la vida que creía tener. Todo había sido una mentira. El niño que había crecido dentro de mí, el único vínculo real que pensaba que me quedaba, también se había ido. Y su propio padre lo había llamado un "cabo suelto".
La puerta se abrió y entró Mateo. Su rostro mostraba una pena perfectamente actuada. Tenía los ojos enrojecidos, como si hubiera llorado durante horas.
"Mi amor, despertaste," susurró, acercándose a la cama. "Lo siento tanto, Sofía. Perdí a nuestro hijo."
Lo miré fijamente, sin expresión. El hombre que tenía delante era un extraño, un monstruo con la cara de mi esposo.
"No te acerques," mi voz salió como un graznido.
Se detuvo, su expresión de dolor se transformó en una de confusión herida.
"Sofía, sé que estás sufriendo, yo también lo estoy. Pero tenemos que superar esto juntos."
"No hay un 'nosotros' ," dije, cada palabra afilada como un trozo de vidrio.
Su mandíbula se tensó.
Me quedé en silencio, planeando. Ya no era una esposa engañada, era una prisionera. Necesitaba salir de allí, lejos de él. Recordé el nombre de una ginecóloga que una amiga me había recomendado, una mujer discreta. Cuando la enfermera entró a cambiar el suero, le pedí prestado su teléfono, diciendo que el mío se había roto en la caída.
Busqué el número y llamé.
"Doctora Méndez, necesito una cita urgente, para una… una revisión post-aborto."
Mateo debió haber escuchado algo, porque irrumpió en la habitación justo cuando colgaba. Su cara era una máscara de furia.
"¿Qué estabas haciendo?" me arrebató el teléfono de la mano y vio el historial de llamadas. "¿Intentabas confirmar que perdiste a mi heredero?"
Su verdadera naturaleza estaba saliendo a la luz.
"Ese bebé era mi entrada a la familia Herrera, era la garantía de que, fueras la hija real o no, yo tendría una parte del imperio," gritó, su voz retumbando en la pequeña habitación. "¡Y tú lo arruinaste!"
"¿Yo lo arruiné?" mi voz se quebró de incredulidad y rabia. "¡Tú estabas vendiendo su paternidad en una subasta!"
"¡Era un negocio brillante! ¡Aseguraba nuestro futuro!"
"¡Nuestro futuro! ¿O el tuyo con Camila? Vi el collar, Mateo. Vi la foto."
Su rostro se contorsionó en una mueca de desprecio.
"Eres una tonta, Sofía. Siempre lo has sido. Creíste en el cuento de hadas. Camila es la verdadera Herrera, ella tiene el poder, la sangre. Tú no eres nada. Una simple impostora que tuvo suerte por un tiempo."
Me quedé sin aliento, las palabras me golpearon con la fuerza de una bofetada.
"Ahora te quedarás aquí, recuperándote," continuó, su voz ahora baja y amenazante. "Y harás exactamente lo que yo te diga. Todavía me eres útil."
Puso guardias en mi puerta. Me quitó cualquier forma de comunicación. Estaba atrapada.
Pero no estaba rota. El dolor se estaba transformando en una rabia fría y dura. Él y Camila me habían quitado todo. Ahora, yo les quitaría a ellos la tranquilidad.
Rebusqué en mis recuerdos, buscando una salida. Recordé un nombre que mi padre adoptivo, el señor Herrera, mencionaba con un respeto casi reverencial en sus conversaciones sobre avances médicos.
Dra. Elena Navarro.
Una eminencia en medicina regenerativa, una mujer poderosa e intocable en la comunidad científica. Si alguien podía ayudarme, era ella.
En un momento de descuido de la enfermera, que era cómplice de Mateo, logré usar el teléfono de la habitación para llamar a información del hospital. Conseguí el número de la oficina de la Dra. Navarro. Mi corazón latía con fuerza.
Marqué los números con dedos temblorosos.
"Oficina de la Dra. Navarro, ¿en qué puedo ayudarle?"
"Necesito hablar con ella," dije, mi voz apenas un susurro. "Es una emergencia. Dígale que llama Sofía… Sofía Rojas."