Portada de la novela Amantes secretos

Amantes secretos

8.9 / 10.0
Traumatizada por el inestable historial amoroso de su madre, Emely ha desarrollado un profundo miedo al compromiso. Sin embargo, no pudo evitar caer bajo el hechizo de Ian, su poderoso jefe. Atrapada en una dinámica de amargura y traición, ella acepta las constantes infidelidades del magnate con tal de conservar su lugar privilegiado cada noche. Decidida a proteger su estabilidad económica, elige ser la amante eterna y sumisa de un hombre que nunca le será fiel.
Resumen de Amantes secretos
Traumatizada por el inestable historial amoroso de su madre, Emely ha desarrollado un profundo miedo al compromiso. Sin embargo, no pudo evitar caer bajo el hechizo de Ian, su poderoso jefe. Atrapada en una dinámica de amargura y traición, ella acepta las constantes infidelidades del magnate con tal de conservar su lugar privilegiado cada noche. Decidida a proteger su estabilidad económica, elige ser la amante eterna y sumisa de un hombre que nunca le será fiel.
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Amantes secretos Capítulo 1

—Le dices que pagaré el cinco —dijo la madre de Emely mientras escribía una lista en la hoja de papel.

Emely tragó en seco, mordió su labio inferior e inclinó la mirada.

—El señor Francisco dijo que no nos fiaría una cosa más —replicó Emely—, es mejor que esta vez vayas tú.

La mujer soltó un gruñido.

—Sólo dile lo que dije —regañó—, le voy a pagar el cinco. La empresa ha demorado en pagarnos.

—Mami —llamó la chica—, no nos dará nada.

—¿Entonces qué vamos a hacer? —La mujer dejó de escribir en el papel—, ¿piensas aguantar el día de hambre?, ¿y qué haremos con tu hermana?, ¿pasará el día en blanco mañana?

Emely sintió que un nudo se creó en su garganta. Su mandíbula comenzó a temblar y respiró hondo para controlar las ganas de llorar.

—Le dices que lo anote a la cuenta, que yo en la mañana pasaré a hablar con él —informó la mujer mientras le pasaba el papel.

La jovencita lo tomó y pasó una rápida mirada por la lista.

—Falta la cartulina —comentó Emely—, mañana debo llevarla para la clase de artística.

—Cierto, cierto. Cartulina, ¿y qué más? —su madre tomó rápidamente el papel y comenzó a escribir—; ¿no debías llevar unos marcadores?

—El señor Francisco no vende marcadores.

—Pero su esposa sí, ve a la papelería y le dices que te los fíe, que lo anote a la cuenta.

“Que lo anote a la cuenta”, Emely odiaba esas palabras.

—Ella no fía, ma...

La mujer volvió a gruñir.

—¡Claro que sí!, ¿en dónde crees que compré la calculadora que debías llevar? —Cuestionó la mujer con voz áspera—, toma —volvió a pasarle el papel—, ya sabes: que lo ponga en la cuenta.

Emely apretó con fuerza el papel en sus manos y dio media vuelta en la sala, buscó con la mirada sus viejas sandalias negras y las encontró debajo de la mesa donde su hermana de tres años comía un puré de papa. Rápidamente las tomó y se las puso.

El reloj colgado en la desgastada pared blanca marcaba las siete y media de la noche.

Al salir de la pequeña vivienda, Emely bajó los dos escalones y se encontró con una calle bastante concurrida, en la esquina había un parque donde unos adolescentes jugaban fútbol en una cancha.

En la carretera los carros iban y venían, creando un ruidoso sonido de bocinas y motores. A veces los peatones esquivaban a la jovencita al cruzarse en su camino.

La mente de Emely recreaba una y otra vez la escena donde ella llegaría a la tienda y los viejos ebrios que pasaban la noche en el estadero comenzaban a llamarla, a gritarle piropos sucios y enfermos, la desnudarían con la mirada y ella debería soportar todo eso en silencio.

Vio en la esquina la tienda y bar, la música era bastante fuerte y las mesas se encontraban atiborradas de botellas de cerveza y los hombres reían y conversaban. Vio a un grupo de jóvenes en una mesa y dos de ellos jugaban a pulso.

Emely entendió que una jovencita de quince años, que llevaba una minifalda, no pasaría desapercibida de aquel grupo de borrachos y tampoco del tendero; ese que cada vez que la veía le proponía sexo a cambio de cancelar la larga cuenta que su madre tenía allí.

Sus pasos se volvieron lentos, inseguros. Se detuvo antes de cruzar la carretera principal. Un camión pasó a gran velocidad, haciendo que el cabello castaño claro de Emely revoloteara y algunos mechones cayeran encima de su rostro.

Rápidamente, Emely quitó los mechones de cabello de su cara y volteó a mirar hacia los lados, cerciorándose que no hubiera algún vehículo cerca. Cruzó y se acercó con mucha rapidez a la tienda.

Fue cuestión de segundos para que los hombres la vieran entrar. Los silbidos y los piropos emanaron. Algunos gritaban o carcajeaban mientras la comían con los ojos.

Para ningún hombre que pudiera ver, era evidente que Emely era muy hermosa: de piernas largas, unas hermosas curvas y una forma de andar que emanaba seducción al caminar.

El rostro de Emely se enrojeció y apretó con fuerza su mandíbula, de hecho, su respiración se contuvo sin darse cuenta.

Estando frente a la tienda, un viejo gordo, con una prominente barriga se acercó al mesón y desplegó una gran sonrisa ladeada.

—Buenas noches, señor Francisco —saludó Emely intentando no sonar nerviosa.

—Dime que ya traes mi paga —arremetió el hombre con una voz ronca.

—Hum… no —soltó la joven con nerviosismo—, pero mi mamá dijo que pagará todo el cinco —aclaró con afán—, que la empresa se ha atrasado con el pago, pero que ya le pagarán, en serio.

El hombre soltó una pequeña risa sarcástica.

—Bueno, entonces esperaré al cinco —dijo mientras apoyaba un codo al mesón de madera—. Dile a tu mamá que le fiaré cuando cancele la cuenta.

—Pe-pero... señor… por favor.

—¿Ya pensaste en lo que te dije?

La respiración de Emely nuevamente se contuvo y su rostro se volvió algo sombrío.

—Tú puedes ayudar a tu mamá.

Emely se volvió muda. Estaba perpleja, sus manos sudaban y temblaban.

No… quería… estar en ese lugar.

Un joven que llevaba puesta una chaqueta negra se posó a la derecha de Emely, interrumpiendo por completo la conversación entre ella y el tendero.

—Buenas noches —saludó al tendero—, una cerveza, por favor.

El hombre con un rostro serio y un tanto amargado se dirigió a buscar la cerveza.

Emely no sabía quién era aquel joven, pero, deseaba que se quedara a su lado hasta que el tendero le diera su pedido.

Por un momento subió la mirada por encima de su hombro y vio a un joven alto, de cabello negro y con piel un poco bronceada por el sol. Se veía mucho mayor que ella, debía tener alrededor de unos veinticinco años.

—¿Te estaba molestando? —preguntó el joven.

Aquello sorprendió a Emely, ¿acaso se dio cuenta de lo que estaba sucediendo? ¿No se posó a su lado por casualidad?

—Eres la amiga de Diana, ¿no? —dijo el joven.

—Ah… ¿Diana? —Emely lo miró fijamente un tanto dudosa.

—Eres la chica que llegó hace dos días a mi casa para hacer un trabajo con Diana.

Y fue ahí donde Emely lo recordó, él debía ser Ian, el hermano mayor de Diana; ella hablaba mucho de él. Lo fastidioso que era y las muchas discusiones que tenía con su madre. Llevaba dos meses viviendo en la casa y, según Diana, por su culpa el hogar se volvió un infierno.

—Sí, soy amiga de Diana —respondió Emily.

No se consideraba amiga de esa chica. Desde que Diana cambió los nombres en el examen para ganarse la nota de Emely, supo que era alguien que deseaba tener a metros. Por su culpa casi perdió la materia de economía.

—¿Ese viejo te estaba molestando? —preguntó Ian.

Emely bajó por un momento la mirada, no quería hablar de sus problemas con un desconocido.

—La cerveza —dijo el tendero poniendo la botella fría sobre el mesón frente a Ian.

El joven rodó una butaca alta de madera y se sentó en ella, prácticamente custodiando a Emely de aquel depravado que intentaba aprovecharse. Tomó un tragó de su cerveza mientras pasaba una mirada por Emely.

Aquello molestó al señor Francisco, que por momentos rebuznaba al darse cuenta que ya no podría seguir el tema si estaba aquel tipo pendiente de la chiquilla.

—Bien, dame la lista —ordenó el hombre mientras extendía la mano izquierda.

Emely le pasó con rapidez el papel, aliviada al saber que no se iría con el estómago vacío la mañana siguiente.

El hombre comenzó a poner tomates, cebollas, huevos y otras cosas más encima del mesón.

—¿En qué curso estás? —preguntó Ian.

—Décimo —respondió Emily confundida, ¿acaso no sabía que estudiaba con su hermana?

—¿Cómo te llamas?

—Emely.

—Soy Ian.

—Lo sé —informó la joven.

—¿Sí?

—Diana habla mucho de ti.

Ian soltó una pequeña risita mientras negaba con la cabeza.

—Me imagino las cosas que te ha dicho de mí —soltó con un tono decepcionado.

—Te odia.

—Como todos en esa maldita casa —bufó Ian y después le dio un trago a su cerveza.

Emely no necesitaba que le contaran mucho para darse cuenta que Ian era la oveja negra de la casa. Todos parecían tenerle envidia, ¿y quién no? Era hijo único de un hombre millonario que recién había muerto de un ataque al corazón y le dejó toda su herencia.

La madre del joven creyó que metiéndose con un hombre soltero y viejo podría quedarse con toda su fortuna al darle un hijo; pero se decepcionó y lo dejó al enterarse que el padre de Ian solo le daría estudios y una buena crianza a su hijo, al parecer sabía la calaña de mujer que tenía. Desde ese momento la señora odió a su exesposo y a su primogénito.

Dañó su figura con el embarazo y culpó a Ian de toda su desgracia. Pero dos años después de separarse de su esposo se casó con un viejo que más o menos podría darle la vida que ella quería, le dio dos hijos, pero al tenerlos ya no podía darse todos los gustos que deseaba. Se dio cuenta que aquel hombre no tenía mucho dinero, de hecho, entre más pasaban los años, menos dinero entraba en la casa.

Por lo que Emely sabía (que era casi toda la vida de esa familia) ahora la madre de Ian lo atosigaba con que debía darle parte de la herencia que le dejó su padre, ya que ella “le había dado la vida” y solo con ese hecho ya tenía una gran deuda con ella. Emely sabía que esa mujer no se quedaría tranquila hasta quitarle el último peso que su hijo mayor tenía.

—¿Por qué vives con ellos si tratan tan mal? —eso era lo que deseaba preguntarle a Ian, pero no era capaz de decirlo.

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