Capítulo 2

El olor a cuero nuevo y a heno fresco llenaba el aire de mis establos, un aroma que siempre me había traído paz. Era el perfume de mi herencia, del legado de los Vargas.

Pero esa paz se rompió con el sonido de una notificación de Instagram.

Era una foto. Mateo Rojas, el asistente de mi novia Sofía, posaba sonriente junto a un imponente caballo frisón negro. El caballo que yo había esperado durante meses, importado directamente desde Holanda. Mi caballo.

El texto debajo de la foto era un golpe directo.

"Qué suerte trabajar para una jefa que sabe cómo recompensar a sus empleados."

Mi mandíbula se tensó. El teléfono casi se me cae de la mano.

Sofía.

Hacía nueve años que estábamos juntos. Dejé mi vida en Buenos Aires, mi futuro asegurado en el club de polo de mi familia, para empezar de cero con ella en Mendoza. Fundamos "Alma Pura" , nuestra bodega. Yo puse el capital, la tierra, mi nombre. Ella puso su talento como enóloga, su alma.

O eso creía yo.

Marqué su número. No respondió.

Llamé a Mateo. Su voz sonaba falsamente sorprendida.

"Álex, ¿qué pasa?"

"¿Dónde conseguiste ese caballo, Mateo?" mi voz era fría, sin emoción.

Hubo un silencio. Pude oír a Sofía de fondo, susurrando algo.

"Fue un regalo de Sofía" , dijo finalmente Mateo. "Lo necesito para recorrer los viñedos, ya sabes, es un terreno muy grande."

"Entiendo" , dije, y colgué.

No había nada más que entender.

Esa noche, cuando Sofía llegó a casa, la esperé en el salón. Dejó su bolso sobre la mesa, evitando mi mirada.

"¿Viste la foto de Mateo?" preguntó, su tono era casual, casi desafiante.

"Vi la foto" , respondí. "Vi a tu asistente con mi caballo."

Ella suspiró, como si yo fuera un niño caprichoso.

"Álex, por favor. Tienes docenas de caballos en tus establos. Caballos de polo que valen una fortuna. ¿De verdad te vas a enfadar por uno solo?"

"No es 'uno solo' , Sofía. Era mi frisón. El que esperaba. El que te conté que era especial para mí."

"Eres un exagerado. Es solo un animal."

La miré fijamente. La mujer que amaba, la mujer por la que había apostado todo, me estaba diciendo que mis pasiones eran una exageración.

"Tienes razón" , dije con una calma que la sorprendió. "Quizás soy un exagerado. Mañana por la mañana, le diré a Mateo que vaya a los establos. Que elija el que quiera. El campeón de Palermo, el semental árabe, cualquiera. Todos son suyos."

La cara de Sofía palideció. Entendió la humillación en mis palabras.

"No te atrevas, Alejandro."

"¿Por qué no? Si no te importa uno, no te importarán los demás. Son solo animales, ¿no?"

Se quedó sin palabras.

Esa noche, no dormimos en la misma cama. A la mañana siguiente, me levanté antes del amanecer. Fui a los establos, necesitaba el aire limpio, el olor familiar.

Y entonces lo vi.

En el box vacío del frisón, colgado de un gancho, estaba el juego de bridas y la montura. Mi montura. La que mi abuelo me regaló, con el escudo de la familia Vargas grabado en plata.

Se la había dado a Mateo. Junto con el caballo.

El aire se me escapó de los pulmones. Esto no era un descuido. No era un simple regalo. Era un mensaje. Una profanación.

Mi teléfono sonó. Era mi padre desde Buenos Aires.

"Alejandro, hijo. ¿Has pensado en lo que te propuse? La familia Torres de Valencia está en Argentina. Su hija, Isabella, es una mujer excepcional. Inteligente, apasionada por los negocios. Sería una buena alianza."

Siempre me había negado a estos arreglos. Creía en el amor, en el "Alma Pura" que había construido con Sofía.

"Papá" , dije, mi voz sonaba extraña, lejana. "Organiza la reunión."

Capítulo 3

Sofía y Mateo estaban en el porche principal de la bodega cuando llegué. Discutían unos planos, sus cabezas muy juntas sobre la mesa. La imagen de complicidad me revolvió el estómago.

"Mateo" , lo llamé. Mi voz resonó en el silencio de la mañana.

Levantó la vista, sorprendido. Sofía se puso de pie de inmediato, interponiéndose entre nosotros como una leona protegiendo a su cachorro.

"Álex, ¿qué haces aquí? Pensé que estarías en los establos."

Ignoré su pregunta. Mis ojos estaban fijos en Mateo.

"¿Te gustó la montura?" pregunté, mi tono era conversacional.

Mateo se puso visiblemente incómodo. Miró a Sofía, buscando ayuda.

"Yo… eh… es de muy buena calidad. Gracias, Sofía."

"No le des las gracias a ella" , dije, acercándome un paso. "Es mía. O era mía. Tiene el escudo de mi familia. ¿Lo notaste?"

Sofía intervino, su voz era aguda. "¡Basta ya, Alejandro! Le pedí disculpas a Mateo toda la mañana por tu comportamiento de ayer. No tienes por qué humillarlo así."

Me reí. Una risa seca, sin alegría.

"¿Humillarlo? ¿Yo? ¿Por ofrecerle toda mi colección de caballos? Pensé que era un gesto de generosidad. Como el tuyo."

"Sabes perfectamente lo que quisiste decir" , siseó ella.

"Sí, lo sé" , admití. "Quería saber qué se siente al ver cómo regalan algo que valoras. Algo con historia. Algo que te define."

Me di la vuelta para irme.

"¡Espera!" gritó Sofía. "Esta noche es nuestro aniversario. Reservé en el restaurante de Francis Mallmann. No lo arruines por una tontería."

Me detuve, pero no me giré.

"¿Una tontería?" repetí. "Para ti, mi herencia, mis pasiones, ¿son tonterías?"

"No quise decir eso…"

"Claro que sí" , la interrumpí. "Y no te preocupes por nuestra cena. Tengo otros planes."

Entré en la casa y empecé a empacar una pequeña maleta. Ropa para un par de días en Buenos Aires. Necesitaba aire, distancia. Necesitaba pensar.

Mientras doblaba una camisa, mi teléfono vibró. Un mensaje de Sofía.

"Lo siento, surgió algo urgente. Mateo tiene que ir a una feria agrícola en San Juan esta noche, es importante para los nuevos viñedos. Tengo que acompañarlo, está muy afectado por tu actitud y no quiero que vaya solo. Cancelaré la reserva. Lo celebramos cuando vuelva. Beso."

Leí el mensaje dos veces.

No podía creerlo.

Cancelaba nuestro aniversario. Para consolar a su asistente.

El teléfono se sentía pesado en mi mano. La rabia inicial se había transformado en un frío glacial. Era una claridad dolorosa.

Ya no había nada que salvar.

Entré en mi estudio y abrí el portátil. Busqué el nombre de Mateo Rojas. No fue difícil encontrarlo. Tenía un blog. Un blog personal que llevaba años actualizando.

"Crónicas de un Agrónomo Enamorado" .

Hice clic.

Y mi mundo, el que había construido con tanto esmero durante nueve años, se derrumbó por completo.

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