Los grandes monumentos de la Tierra se vieron envueltos entre columnas de vapor, humo y polvo: el Vaticano, destrozado por las inundaciones y el fuego años atrás, ahora rodeado por un desolado y triste desierto, ya a nadie impresionaba con la antigua grandeza que le engalanó hacía siglos, cuando fue el centro neurálgico del catolicismo, religión que causó fascinación, terror, fervor y risas en momentos distintos del pasado; el Taj Mahal, alguna vez esplendoroso, era un puñado de ruinas en India, ya despojado de su romántico significado original, ahora símbolo, junto a todo lo demás sobre la Tierra, del pánico humano ante el apocalipsis definitivo; las pirámides de Guiza, cubiertas hasta más de la mitad de su altura por la arena, se veían irreconociblemente insignificantes al lado de las magníficas columnas de vapor que crecían en su camino hacia el firmamento; la Madrid de los otrora grandes reyes era ahora una ciudad fantasma en medio de un desierto ardiente que se extendía atravesando Francia, arrasando a la ya aplastada París y llegando hasta Londres, ciudad en la que permanecían apenas visibles algunos de sus rascacielos, que sobresalían sobre el yermo suelo; y de Atenas todo lo que quedaba era la Roca de la Acrópolis, desnuda, sin Partenón, sin Erecteón, sin Atenea Niké.
Al oriente, Estambul se anegaba lentamente a medida que el nivel de las aguas marinas subía, pues el Bósforo crecía para convertir en un futuro ya muy cercano al Mar Negro y al de Mármara en uno solo. Ocurría lo mismo con Bagdad, cuyos desesperados habitantes habían hecho todo lo posible para impedir el desborde del Tigris, pero esa lucha fue desde el inicio una triste y patética batalla perdida: nada impediría la marcha triunfal del río sobre la ciudad. Y Pekín había ya quedado solo como un trazado de calles que se extendían sin su antigua gloria sobre la tierra, todos sus edificios arrasados por las tormentas de frío viento huracanado y las aguas de las lluvias sempiternas que rugieron y corrieron desbocadas por sus calles como leones y toros furibundos que arrastraron, sin distingo alguno, bienes, casas y gente.
Así era todo visto desde la superficie de la Tierra, pero desde la silenciosa indiferencia del espacio exterior, el planeta pareció de repente transformado, mientras miles de pequeñas luces blancas y brillantes rodearon la esfera planetaria, alejándose de ella, como si de súbito se hubiese convertido el mundo en un cúmulo estelar. Era un espectáculo tan hermoso y aparentemente tan delicado y suave, que nadie jamás habría imaginado, siendo un espectador externo, el profundo dolor que causaba a la humanidad semejante acontecimiento. Las luces se alejaron de la Tierra con lentitud, creando patrones en el espacio mientras conformaban filas, acercándose organizadamente y poco a poco a medida que avanzaban. Luego se apagaron sus propulsores y solo quedó el brillo indirecto de sus cuerpos metálicos iluminados por la luz solar. Fueron acoplándose las unas a las otras, creando superestructuras espaciales llamadas navecosistemas, pequeños mundos autosuficientes cada uno, que durante los próximos cientos de años llevarían a sus ocupantes hacia el nuevo hogar humano, cual balseros ilegales salvando las distancias en el mar cósmico de un universo transitable. Sabían cuál sería su destino y se perdieron, entonces, en la negrura del espacio, entre las estrellas. La Tierra lograba así su cometido, finalmente expulsando a esos hijos ilustres, a la vez que ingratos, quienes la habían maltratado tanto, pero aún seguiría regocijada en su prolongada venganza, pues quedaban todavía a su merced las más de las gentes, cuyos cuerpos y espíritus serían blanco de su ira. Estos, para mayor placer en sus sanguinarias intenciones, no tenían recursos para defenderse, en cuanto los que siempre habían sido los marginales de las sociedades humanas: los pobres, los ineptos y los estúpidos. Ellos verían y vivirían en propias carnes el desenlace final de ese proceso que había dado inicio años atrás y que había desembocado en ese horroroso cataclismo final. La Tierra sería otra.
Los telescopios de observación que habían dejado los que lograron huir les mostraron como a lo largo de los años amplias porciones de tierra firme fueron desapareciendo a medida que el mar la engullía y los márgenes de los lagos y ríos fueron desbordados. Además, dejó de existir hielo en los polos, en Groenlandia, en los glaciares continentales y en el permafrost canadiense, nórdico y ruso, pues todo rastro de nieve y hielo se había fundido por completo. De esta forma, lo jamás antes visto se vio: las tierras árticas y antárticas podían distinguirse claramente, desprovistas de todo gélido albedo. Por su parte, los desiertos ardientes crecieron, extendiendo sus pardas manchas a medida que los incendios consumían el verde de las selvas y los bosques en África y América. Y después, por las ironías lógicas y crueles de la naturaleza, la Tierra bajó su temperatura rápidamente por las mismas causas que antes la hicieron arder, reapareciendo los casquetes helados de los polos, los cuales no se conformaron con estacionarse en los extremos del eje de rotación terrestre, sino que, con velocidad horrorosa, avanzaron determinados y firmes hacia los mismísimos trópicos y, no contentos con detenerse allí, siguieron su ruta imparable hasta el ecuador, convirtiéndose muy pronto la Tierra en un gélido desierto esférico, cubriéndose toda de blanco al unirse los casquetes de ambos extremos, congelando la totalidad del mundo. La superficie de nuestro planeta se hizo tan lisa y reflectante como la de una blanca esfera de cristal y terminó el mundo definitivamente yermo y muerto. Luego de tantos millones de años de vida, la Tierra había logrado al fin zafarse de todos esos terribles parásitos que la atormentaban.
Mensaje del autor.
Saludos a todos, mis queridos lectores. Solo deseo presentarme ante vosotros en esta primera publiación que hago en esta plataforma. Soy Ángel Eduardo Araujo, escritor venezolano y solo espero que podáis disfrutar de las palabras que en esta oportunidad os hago llegar con humidad y con el deseo de que podáis encontrar en ellas una experiencia literaria que os haga sentir reconfortados. Este ha sido el primer capítulo de mi novela Acero y Carne: 9002-9027. Esta novela fue publicada originalmente en 2017 en Amazon, así que, si no queréis esperar hasta mi próxima publicación, podéis comprarla allí en formato Kindle. De verdad os agradecería muchísimo vuestras palabras hacia este texto, ya sea para eligiarla o con sentido crítico. Lo más importante para mí, en este momento, es entrar en contacto con mis lectores.
En su muerte, un bello, feliz y apacible cadáver cósmico, la Tierra recorrió su órbita sin tropiezo alguno una y otra vez, mientras el resto de los astros, como ella misma, obedecían ciegamente las reglas de la física: giraron los planetas y sus lunas las veces que les correspondía alrededor del Sol y sobre su propio eje; cometas y asteroides pasaron y, yendo y viniendo, trazaron órbitas indiferentes para los mundos las más de las veces, aunque en otras pocas ocasiones sus trayectorias resultaron peligrosas y, como es lógico, se precipitaron algunas veces sobre ellos, especialmente sobre Júpiter, astro en el que, por cierto, había dejado de existir la famosa gran mancha roja que observaron por primera vez los extintos astrónomos del siglo XX, pero en el que un particularmente catastrófico impacto de asteroide había hecho aparecer una tormentosa franja de color negro en su hemisferio norte, curioso detalle que hacía parecer a aquel planeta conformado por dos semiesferas separadas por un espacio indecible entre ellas. La joya del sistema solar, Saturno, continuaba invicto en su superior belleza, aún sus anillos igual de brillantes girando sin pausa en derredor y no descansaba el astro en su empeño de moler eternamente a aquellas lunas que habían caído en sus seductoras atracciones o habían nacido de sus propias entrañas, de tal forma que algunos fragmentos caían de vez en cuando hacia el mundo, cual si fuera aquel planeta el original Saturno mítico devorando, obseso, a sus hijos.
Pero, sin duda, de todos los planetas del sistema solar el que más ha¬bía cambiado era Marte. Sin embargo, su transformación no fue natural, sino inducida por el propio ser humano luego de su precipitada huida, cuando algunas naves regresaron desde la recóndita negrura del cosmos, luego de miles de años, para reencontrarse con la Tierra, siempre yéndose desilusionadas, por cuanto el viejo planeta que había sido el hogar original humano no tendría mucho que ofrecer por lo menos durante varios miles —o tal vez millones— de años; así de yermo y agresivo se mostraba. Entonces, el hombre viró sus ojos al cercano vecino terrestre y sintió un impulso irrefrenable por resucitar a aquel muerto, razón por la que envió cientos de bombas atómicas hasta allí, que cayeron sobre aquel mundo sistemáticamente, habiéndose optado así por el método más sucio, pero el más económico y rápido, para iniciar la terraformación marciana, amenizado el proceso por constantes destellos nucleares que estremecían aquella enloquecida atmósfera. El impulso y determinación humana fue tal que incluso se hicieron estallar bombas en las órbitas de Fobos y Deimos y, dado que estos satélites eran tan minúsculos, fueron desviados, precipitándose sobre su planeta regente. Similar acción se llevó a cabo con otros asteroides y cometas cercanos, con lo que se buscaba, además de aumentar el calor planetario, introducir los elementos químicos faltantes en ese astro y que se encontraban en aquellas masas menores que vagaban por el sistema solar. El fuego y la destrucción lo fueron todo en Marte durante siglos de bombardeos y agresiones, mediante lo cual el hombre buscaba derretir el agua congelada en sus polos y debajo de su superficie. Cuando el líquido vital cubrió los valles gracias a la inevitable subida de la temperatura atmosférica, fueron liberados toda clase de seres microscópicos y materia orgánica sobre la que quería ser convertida en una nueva Tierra. Unos pocos miles de años después de tan terrible agresión, los esfuerzos humanos habían ya dado sus frutos, ya que por fin el hombre pudo regresar a su antiguo sistema planetario, aunque fueron en ese primer momento solo pequeñas colonias de pioneros las que se arriesgaron a vivir en un mundo aún no del todo habitable.
Las grandes masas de población se mantuvieron en Novaterra, el pequeño planeta milagroso que orbitaba en torno a Wolf 359 —ahora oficialmente llamado Wolf, a secas— y que los hombres adoptaron como su nuevo hogar luego de los acontecimientos que los expulsaron de la Tierra en 2503. Novaterra era un planeta ligeramente más pequeño que la Tierra, que giraba con gran rapidez sobre su propio eje, tal que en 12,51 horas —es decir, doce horas, treinta minutos y treinta y seis segundos— ya Wolf hacía su periplo celestial en el cielo de aquel mundo. Su gravedad era casi idéntica a la terrestre, ligerísimamente menor, justo de 9,77 m/s2, una feliz coincidencia que, junto al hecho de que fuera un planeta pétreo con una enorme cantidad de agua líquida —casi el triple de la contenida en la Tierra—, una atmósfera un poco más gruesa que la terrestre —y de paso más que suficientemente densa— y ubicado dentro de la distancia justa respecto a Wolf que le hacía mantener su temperatura y nivel de energía dentro de los límites aceptables para la vida, hizo que su descubrimiento, unos ciento veinte años antes de que los hombres partieran a su conquista luego de que no les quedó más remedio, fuera considerado un verdadero milagro, aunque muchos en ese momento ya habían dejado de creer en esas cosas.
Novaterra tenía dos satélites de tamaño muy similar entre sí, aproximadamente un sesenta por ciento más pequeños que la Luna. La vieja obsesión humana por dar nombres mitológicos a los astros importantes se impuso nuevamente con estos pequeños cuerpos celestes. Una de estas lunas, la más cercana a Novaterra, giraba dando siempre la misma cara al planeta y tardaba 169,25 horas en hacer una ronda completa en torno a su planeta regente, es decir, le tomaba siete días y un poco más de una hora terrestre. Este satélite era muy parecido a la Luna, con el mismo color y la misma textura, e incluso, visto desde Novaterra, tenía un tamaño similar. Se discutió mucho en torno a su nombre: unos, afincados en su similitud al viejo astro hermano de la Tierra, proponían llamarlo Novaluna, Nueva Luna o Selene; otros se oponían rotundamente y defendieron nombres novedosos, como Shanti, Deus, Zeus y tantos otros. Al final la llamaron Atenea, en conmemoración a la antigua diosa griega de la sabiduría, pues se llegó al consenso de que sería necesario para el hombre tener la sabiduría suficiente como para comprender las causas por las cuales había llegado a este nuevo mundo luego de tan desastrosa actuación en su planeta de origen. Los hombres en la Tierra actuaron de forma absurda, de espaldas a toda ciencia y a toda lógica, faltos, definitivamente, de la guía de Atenea. Aunque los seres humanos de esos tiempos no eran muy religiosos, pensaron que tener en el cielo de su nuevo mundo un satélite con un nombre divino semejante haría que aquella inexistente providencia por lo menos sirviera para recordarles, cada vez que fuera visible, lo estúpidos que ha¬bían sido tantos milenios antes en su mundo original.
La otra luna era un poco más grande que Atenea, pero estaba mucho más alejada, tanto que desde la superficie de Novaterra parecía una pequeña bola de luz amarilla, por lo menos un setenta por ciento más pequeña respecto a su compañera. Esta otra luna era un verdadero infierno, siempre cubierta por una gruesa capa de azufre a la que debía su color amarillo; a veces, sin embargo, cambiaba su tono repentinamente, debido a que grandes volcanes cubrían su cielo de polvo luego de hacer erupción y diversos materiales eran expulsados y, dependiendo de su composición, el matiz de la fina atmósfera variaba de acuerdo a las partículas suspendidas en ella y su superficie era cubierta por un manto de cenizas y escombros. Unas veces era azulado, otras, algo verdoso; incluso, durante unos años se hizo un mundo tan sombrío que casi no se le notaba en la noche, por lo que parecía un disco gris oscuro contra el cielo negro nocturno. Pero luego de un tiempo, invariablemente, se volvía otra vez amarilla y resplandeciente, como un pequeño limón flotando en la noche. Este lejano satélite también causó polémicas y muchos nombres se sugirieron: Perseo, Pegaso, Orión, Tao, Darhma, y demás nombres providenciales provenientes de varias antiguas y modernas mitologías se consideraron. Sin embargo, fue un nombre por completo inesperado el que por fin se impuso, sugerido por uno de los primeros grandes intelectuales de esos tiempos, recién instalados los seres humanos en su nuevo mundo, luego de mil trescientos ocho años de haber salido de la Tierra. La llamaron Dorothy.
El mago de Oz —junto a otros tantos filmes del primer siglo de la historia del cine— era considerado una exquisita e insustituible obra de arte y prueba documental de la forma de vida humana en la Tierra, vehículo por el cual la gente podía contemplar y añorar a su vez el mundo que había perdido. Antes del Éxodo —nombre con el que pasó a la historia el difícil y peligroso viaje que emprendió la humanidad desde la Tierra hasta Novaterra—, seis siglos de cine le permitieron al hombre nómada del espacio entender cómo había sido la vida en un planeta. El deseo y la lucha de Dorothy por volver a su hogar era un argumento más que nunca vigente para esos desdichados, convirtiéndose, a pesar de su infantil argumento, en una de las cintas más vistas y estudiadas durante el viaje espacial. Cuando finalmente los seres humanos, luego del largo viaje y del gran esfuerzo de conquistar y terraformar aquel mundo, pisaron Novaterra, ya seguros de su suelo, no pudieron evitar sentirse felices de volver a un hogar. El infinito camino amarillo que el satélite dibujaba en el cielo y que tardaba poco más de un mes en recorrer se les hizo material y tangible. Dorothy no era un personaje mitológico, pero en ese momento para aquellos seres humanos el espíritu que ese personaje cinematográfico representaba era más divino que el que pudiera poseer cualquier mito.