El interior de la camioneta adaptada de Ethan Vance era un mundo aparte. Afuera, la tormenta rugía y los invitados de la boda comenzaban a salir de la catedral, buscando a la novia desaparecida como buitres. Adentro, el silencio era absoluto, roto solo por el suave zumbido del motor y el sonido de la calefacción arrancando.
Era un espacio lujoso, con asientos de cuero negro y vidrios tintados tan oscuros que convertían el día en noche, pero se sentía frío. Estéril.
Scarlett estaba sentada en el asiento de cuero, tiritando violentamente. El frío le había calado hasta los huesos, pero era el shock lo que hacía que sus dientes castañetearan. Acababa de subirse al coche de un casi desconocido. Acababa de proponerle matrimonio a un hombre que la sociedad había descartado.
Ethan, anclado en su silla de ruedas en el espacio habilitado frente a ella, la observaba. No le ofreció consuelo. No le preguntó si estaba bien. Simplemente se quitó su chaqueta de traje, una prenda de corte impecable pero de tela oscura y sin marcas visibles, y se la lanzó.
La chaqueta aterrizó en el regazo de Scarlett con un golpe suave. Olía a sándalo, a lluvia y a algo metálico y masculino.
-Póntela -dijo él, mirando su tablet como si ella no existiera-. No quiero que mueras de hipotermia antes de firmar los papeles. Sería un desperdicio de mi tiempo.
Scarlett asintió, agradecida por la prenda. Mientras se acomodaba la chaqueta sobre los hombros, sintió el peso de su propio teléfono aún apretado en su mano junto a los restos del ramo. Con un movimiento torpe, soltó las flores arruinadas en el suelo del auto y deslizó su teléfono en el bolsillo interior de la chaqueta de Ethan, asegurándolo contra su pecho.
-¿A dónde vamos? -preguntó, su voz apenas un susurro.
-Al Ayuntamiento -respondió Ethan sin levantar la vista-. Dijiste "ahora mismo". Yo no dejo las cosas para después.
El chofer, Alfred, miró por el espejo retrovisor. Sus ojos eran duros, protectores, pero no dijo nada. El coche se deslizaba por el tráfico de la ciudad como un tiburón en el agua.
-Debes saber en qué te estás metiendo, Scarlett -dijo Ethan de repente, bloqueando su tablet y fijando su mirada gris en ella-. Soy un lisiado. Mis piernas son inútiles. Mi temperamento es peor. Mi familia me tolera solo porque no pueden matarme legalmente sin causar un escándalo.
Scarlett se ajustó la chaqueta, buscando calor.
-Y yo soy una novia abandonada que acaba de convertirse en el chiste nacional -respondió ella, encontrando su mirada-. Hacemos buena pareja. Los dos somos... defectuosos.
Un destello de algo indescifrable cruzó los ojos de Ethan. ¿Respeto? ¿Diversión? Desapareció antes de que ella pudiera estar segura.
El coche se detuvo frente al edificio gris y monolítico del Registro Civil. La prensa, alertada por algún invitado traicionero de la boda, ya estaba empezando a congregarse en la entrada, como tiburones oliendo sangre.
-Están aquí -dijo Scarlett, sintiendo que el pánico le cerraba la garganta.
-Déjalos que miren -dijo Ethan.
Presionó un botón en el panel lateral de su silla. La puerta lateral de la camioneta se deslizó y la rampa mecánica se desplegó con un zumbido hidráulico.
-Dame la mano -ordenó.
Scarlett dudó.
-Es para la foto, Scarlett. Si vamos a vender esto, tienes que parecer que no te estoy secuestrando.
Ella extendió su mano. Ethan la tomó. Su piel era cálida, seca y callosa. Su agarre no fue el de un inválido débil; fue un agarre de hierro, posesivo y fuerte, que tiró de ella suavemente hacia su lado.
Bajaron juntos. Los flashes estallaron como relámpagos. Gritos, preguntas obscenas sobre Blake, sobre su huida. Scarlett mantuvo la cabeza alta, aferrándose a la mano de Ethan como si fuera su único salvavidas en un mar tormentoso. Él no se inmutó. Avanzó con su silla eléctrica, abriéndose paso entre la multitud con una arrogancia que obligaba a los reporteros a apartarse.
Dentro del edificio, el caos se amortiguó. El funcionario del registro los miró con escepticismo.
-Lo siento, señores -dijo el funcionario con tono aburrido-. En Nueva York hay un periodo de espera de 24 horas después de obtener la licencia. No pueden casarse hoy.
Scarlett sintió que el suelo se abría. ¿Todo esto para nada?
Pero Ethan ni siquiera parpadeó. Con un movimiento fluido, sacó un sobre grueso de su chaqueta y lo deslizó sobre el mostrador, junto con un documento sellado con un emblema judicial.
-Una exención judicial firmada por el juez supremo del estado -dijo Ethan con voz tranquila pero amenazante-. Alega circunstancias médicas urgentes y... discreción necesaria. Verifique la firma.
El funcionario palideció al ver el sello. No hizo más preguntas. Empezó a teclear frenéticamente.
Quince minutos después, estaban frente a un juez que parecía haber sido sacado de su almuerzo a la fuerza.
-¿Acepta usted a Ethan Vance...?
-Sí-dijo Scarlett. SIN dudar. SIN pensar en el amor. Pensando en la venganza. Pensando en sobrevivir.
-¿Acepta usted a Scarlett Hayes...?
Ethan la miró. Por un segundo, el tiempo se detuvo.
-Sí.
Firmaron los documentos. La caligrafía de Ethan era agresiva, afilada, rasgando el papel. Scarlett firmó con mano firme, sellando su destino.
Cuando salieron de nuevo al coche, con el certificado de matrimonio en la mano de Ethan, la adrenalina de Scarlett comenzó a disiparse, dejando paso a un terror frío. ¿Qué había hecho? Se había casado con un extraño.
El coche arrancó. Ethan guardó el papel en su bolsillo interior.
-Ahora que eres legalmente mía -dijo él, y la palabra "mía" envió un escalofrío por la espalda de Scarlett-, hay un pequeño detalle que omití.
Scarlett se tensó. -¿Qué detalle?
Ethan se recostó, observando su reacción como un científico observa a una rata de laboratorio.
-La familia Vance me ha cortado los fondos hace años. Vivo de una asignación miserable. Pero eso no es lo peor.
Hizo una pausa dramática.
-Tengo una deuda personal. Una deuda enorme. Cien millones de dólares. Producto de... malas inversiones y chantajes de antiguos socios.
Scarlett parpadeó, procesando la cifra. Cien millones.
-¿Cien millones? -repitió ella-. Pero eso es tuyo, ¿verdad? Hay separación de bienes...
Ethan negó con la cabeza lentamente, con una falsa expresión de pesar.
-Ahí está el problema. La exención judicial que usamos para casarnos rápido... conlleva una cláusula de "fusión de activos y pasivos inmediata" para garantizar la solvencia médica. Al firmar el acta, aceptaste legalmente la mitad de mi deuda.
Era una mentira elaborada, una prueba cruel para ver si ella saldría corriendo.
Scarlett sintió un nudo en el estómago. Había salido de la sartén para caer en el fuego. Se había casado con la ruina. Cien millones. Era una cifra imposible.
Pero luego pensó en Blake. Pensó en Tiffany riéndose en el teléfono. Pensó en que, si se divorciaba ahora, sería el hazmerreír dos veces en un día. Y Ethan... él la había ayudado cuando nadie más lo hizo.
Respiró hondo. Apretó los puños sobre su regazo, arrugando la tela de su vestido de novia arruinado.
-Soy una diseñadora excelente -dijo ella lentamente, su mente trabajando a mil por hora-. Y tengo algunos activos que puedo liquidar. No sé cómo, Ethan, pero no voy a dejar que nos hundamos. Si es una deuda compartida, la enfrentaremos.
Los ojos de Ethan se abrieron ligeramente. Un destello de sorpresa genuina rompió su máscara de indiferencia. Esperaba gritos, demandas de anulación. No esto.
-¿No te asusta la pobreza, princesa? -se burló él, intentando recuperarse-. ¿No te asusta trabajar para pagar los errores de un lisiado?
Scarlett se giró hacia él. Sus ojos verdes brillaban con una determinación feroz.
-Me asusta más la traición, Ethan. El dinero se puede ganar. La dignidad no se compra.
El coche comenzó a reducir la velocidad. Estaban frente al antiguo edificio de apartamentos de Scarlett.
-Bien -dijo Ethan, su voz extrañamente suave-. Recoge tus cosas. Vives conmigo ahora. No quiero a mi esposa viviendo en el santuario de su ex.
Scarlett subió al ascensor de su antiguo edificio sintiéndose como una intrusa en su propia vida. El vestido de novia, ahora húmedo y pegajoso, pesaba una tonelada. Cada piso que subía el ascensor aumentaba la presión en su pecho.
Llegó a su puerta. Su mano tembló al introducir la llave. Debido a los nervios y la prisa, no cerró la puerta completamente al entrar, dejándola apenas entornada.
El aire acondicionado la golpeó, pero no traía frescura. Traía el olor dulzón y empalagoso del perfume de Tiffany mezclado con el olor agrio del champán caliente.
El salón estaba hecho un desastre. Botellas vacías, copas con marcas de pintalabios, ropa tirada.
-¿Qué demonios...? -murmuró Scarlett.
La puerta del dormitorio principal se abrió. Blake Miller salió, con la camisa desabrochada y el cabello revuelto. Se detuvo en seco al verla, una mezcla de sorpresa y fastidio cruzando su rostro atractivo y débil.
-¿Scarlett? -Blake frunció el ceño-. ¿Qué haces aquí? ¿Viniste a rogarme? Porque te advierto, Tiffany es muy sensible y no quiero escenas.
La audacia de él le robó el aliento por un segundo.
-¿Rogarte? -Scarlett sintió una risa histérica burbujeando en su garganta-. Vine por mis cosas, Blake. Este es mi apartamento. Está a mi nombre.
-Era tu apartamento -corrigió él con arrogancia, sirviéndose un resto de champán-. Pero dado que te fuiste corriendo y arruinaste mi reputación, mi abogado dice que tengo derecho a quedarme aquí como compensación por daños emocionales hasta que se resuelva el litigio. Intenta echarme y verás lo que pasa.
Scarlett sintió asco. Puro y simple asco. ¿Cómo había amado a este hombre? Comenzó a caminar hacia su habitación de invitados, sacando una maleta del armario del pasillo. Empezó a meter ropa indiscriminadamente.
-¡No me ignores cuando te hablo! -Blake la agarró del brazo. Sus dedos se clavaron en su carne.
Scarlett se soltó con un movimiento brusco y violento.
-¡No toques a una mujer casada! -gritó ella.
Blake se quedó de piedra. Luego, soltó una carcajada. Una risa fea y hueca.
-¿Casada? ¿Con quién? ¿Con el aire? ¿Con el conductor de Uber? Por favor, Scarlett, no seas patética. Nadie se casaría contigo después de lo que pasó hoy.
-Oh, mira quién volvió. La perrita mojada.
La voz de Tiffany vino desde el pasillo. Scarlett se giró. Tiffany Sharp estaba allí, luciendo una bata de seda color champán que pertenecía a Scarlett. Su cabello estaba suelto y seco, su maquillaje retocado. Se veía cómoda, como la dueña del lugar.
La ira de Scarlett se enfrió. Se convirtió en hielo.
-Bonita bata -dijo Scarlett con voz mortalmente tranquila-. Quédatela. Ya está contaminada.
Tiffany sonrió con malicia, caminando descalza hacia ella.
-Oh, Scarlett, viniste a ver nuestro nido de amor. ¿Te duele? ¿Te duele saber que él me toca a mí como nunca te tocó a ti?
Scarlett siguió empacando, cerrando la cremallera de la maleta. Ignorarlas era la mayor ofensa. Sacó su teléfono del bolsillo de la chaqueta de Ethan, que había dejado sobre una silla, y comenzó a grabar discretamente.
Tiffany, molesta por la falta de reacción, se acercó más. Cuando Scarlett se giró para agarrar su bolso, Tiffany estiró el pie y "tropezó" intencionalmente con la maleta.
-¡Ahhh! -gritó Tiffany, lanzándose al suelo con una teatralidad digna de un Oscar.
El golpe fue sordo. Tiffany se agarró el tobillo, gimiendo.
-¡Me empujó! -chilló Tiffany, mirando a Blake con ojos llorosos-. ¡Blake, me empujó! ¡Está loca!
Blake corrió hacia ella, su rostro rojo de ira.
-¡Scarlett! -rugió, levantándose y cerrando los puños-. ¡Estás enferma! ¡Atacar a una mujer indefensa!
Scarlett miró la escena con incredulidad. Era tan burdo, tan falso. Blake avanzó hacia ella, amenazante, acorralándola contra la pared del pasillo.
-Eres una mujer violenta y celosa -escupió él, levantando la mano para intimidarla.
Scarlett levantó el teléfono, mostrando la pantalla de grabación activa.
-Tengo todo grabado, Blake -dijo con voz temblorosa pero firme-. Si me tocas, llamaré al 911 y mostraré este video. Allanamiento, agresión... tú eliges.
La cara de Tiffany palidece instantáneamente. Dejó de gemir.
-¿Estabas grabando? -susurró Blake, deteniéndose.
-El apartamento es mío -dijo Scarlett, cerrando la maleta con un golpe seco-. Llamaré a la policía ahora mismo para reportar intrusos si no se apartan.
Blake dudó, mirando entre el teléfono y Tiffany. Su ego estaba herido, y la amenaza policial lo puso nervioso, pero la furia lo dominó.
-No te vas a ir así -gruñó él, bloqueando la salida con su cuerpo, apostando a que ella no se atrevería a llamar-. Dame ese teléfono.
Se abalanzó sobre ella para arrebatarle el móvil. Scarlett se preparó para el impacto, cerrando los ojos.
Pero la puerta del apartamento, que había quedado mal cerrada, se abrió de golpe con un empujón brutal.